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Introducción a De Servo Arbitrio (II)

Como prometimos la semana pasada, publicamos ahora la segunda parte de la introducción a De Servo Arbitrio que iniciábamos entonces. En esta ocasión, pasamos a ofrecer la introducción teológica, bastante más extensa que la histórica, y que por tanto nos hemos visto obligados a dividir en varias secciones. En cualquier caso, merece la pena leerla pausada y reflexivamente, para sacarle así todo el jugo doctrinal que de ella se desprende. Esperamos, una vez más, que sea de edificación para nuestros lectores.

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Introducción teológica

            Escribir una introducción a esta tan importante y vigorosa obra de Lutero –una introducción para el lector de nuestros días—no puede significar otra cosa que hacer el intento de abrir un camino de acceso a ese cúmulo de pensamientos, conocimientos y experiencias profundos y arrolladores con que Lutero se enfrenta a Erasmo de Rótterdam, gloria máxima del humanismo, para justificar y defender su empresa reformadora, plenamente consciente de las consecuencias que ello tendría, y plenamente dispuesto a afrontarlas. El que lea este libro detenida y atentamente, ya sea teólogo o laico, siempre de nuevo se hallará ante pasajes donde le resultará harto difícil seguir al autor, pasajes donde se notará cuán extraño nos resulta Lutero a los que tenemos nuestras raíces en el protestantismo moderno o racionalista. Y esta impresión de ser un extraño nos la causará Lutero precisamente allí donde él cree exponer lo que le es más propio, la «summa causae», la médula misma de su titánico bregar. Pero ¡cuánta falta nos hace que se nos abra de nuevo los ojos para que captemos esta dura verdad! Quien después de haber leído este escrito aún no ha llegado a comprender que la teología evangélica depende en forma absoluta de la doctrina del «albedrío esclavo», gastó en vano sus horas de lectura. Esto es lo que le confiere a este libro cierto tono áspero, desafiante: su inconfundible e insoslayable NO a todos los que quieren ver un sentido positivo en la doctrina del libre albedrío, por buenas y razonables que sean las motivaciones que aducen. Y si se nos permite dar al lector un consejo que lo ha de acompañar en la vertiginosa senda por la cual Lutero lo conducirá a través de todas las cimas y los abismos del conocimiento de Dios y de los hombres, este consejo sería el siguiente: haga caso omiso de las muchas interpretaciones y atenuaciones que los comentaristas de tiempos posteriores ofrecieron para suavizar en algo las asperezas y nivelar las paradojas, y deje valientemente y sin temor las palabras de Lutero tales como él las escribió; es muy posible que en su conjunto obtengan la aprobación que una teología orientada hacia los compromisos no es capaz de darles. Mejor es notar la distancia que media entre Lutero y la teología e iglesia que llevan su nombre, mejor es ver el abismo que se abre entre él y lo que resultó del protestantismo al correr de los tiempos, que recurrir a interpretaciones y atenuaciones a los efectos de producir un Lutero «aceptable» y comprensible en lugar del Lutero genuino, tan extraño e incomprensible ya para su propio siglo. Seguir leyendo Introducción a De Servo Arbitrio (II)

Introducción a De Servo Arbitrio (I)

Una semana más tenemos el placer de publicar un nuevo artículo en nuestra página web. En esta ocasión se trata de la introducción a De Servo Arbitrio, la famosa obra de Lutero que escribiera en respuesta a Erasmo, quien previamente había publicado un escrito en que defendía el libre albedrío del hombre. Esta obra de Lutero, junto con la mencionada introducción, fue publicada en español por la editorial La Aurora, en Buenos Aires, hace ya varias décadas. El autor de la introducción es el pastor y teólogo alemán Hans Joaquim Iwand, que vivió y desarrolló su ministerio en el pasado siglo XX. Esta semana, tan solo publicamos la introducción histórica. A partir de la semana que viene, Dios mediante, publicaremos, en diversas entregas, la introducción teológica, de mucha más enjundia. Esperamos que, de momento, está primera entrega sirva para abrir el apetito de nuestros lectores.

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Introducción histórica

            En septiembre de 1524, Erasmo dio a publicidad un escrito polémico contra Lutero titulado Diatribe seu collatio de libero arbitrio. Lo imprimió Froben, de Basilea. No se le puede escapar a Erasmo que esto significaba la ruptura definitiva con Lutero y su obra. El 6 de septiembre del mismo año escribe a Enrique VIII, de Inglaterra, a quien le había enviado el libro para que diera su opinión sobre él: «Alea iacta est. Exiit in lucem libellum de libero arbitrio» (Las suertes están echadas. Salió a la luz el tratado acerca del libre albedrío). Dos fueron los factores que motivaron este paso. En primer lugar, la curia romana y muy posiblemente también la corte inglesa, ejercieron una creciente presión sobre Erasmo en el sentido de que saliera de la prudente reserva que hasta entonces había observado frente a Lutero. Su silencio fue interpretado por sus antiguos antagonistas, los monjes, como indicio de que pese a todo, Erasmo era un secreto partidario de Lutero: acusación levantada ante todo por el carmelita Egmondano, de Lieja. Es posible también, aunque faltan pruebas concretas, que haya existido una presión directa de parte de Enrique VIII, a quien precisamente en aquel entonces Lutero había atacado con vehemencia. En segundo lugar, el curso que tomó la Reforma provocó en Erasmo una repulsión que iba en constante aumento. Desaprobaba la manera radical del proceder de Lutero, su lucha –exteriorizada especialmente en el escrito La cautividad babilónica de la Iglesia— contra la doctrina del mérito sostenida por la iglesia católica, su osadía de quemar las Decretales, y su «determinismo» evidenciado en la Assertio. Como otros muchos humanistas (Ulrico Zasius, Cr. Rubeanus, etc.), Erasmo temía una recaída en la barbarie, el derrumbe del ideal de cultura humanista y el surgimiento de un nuevo escolasticismo teológico (dogmatismo); sus propios esfuerzos reformatorios siempre tendían más a lo moral que a lo dogmático. Seguir leyendo Introducción a De Servo Arbitrio (I)

¿Traerá el hombre provecho a Dios? (II)

Ofrecemos ahora la segunda parte del sermón sobre Job que publicábamos la semana pasada. Sin duda, recomendamos encarecidamente su lectura, por la claridad expositiva de la verdad como se revela en la Escritura, la cual el reformador de Ginebra supo captar con tanta clarividencia. El valor de estas joyas inmateriales no puede ser calculado por el hombre.

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            Continúa diciendo: «A Dios no le importa si hacemos bien o no, o si andamos en perfección». Cuando Elifaz habla de esta manera, no quiere decir que Dios cierre los ojos y no sepa discernir entre el bien y el mal. Lo que significa es que no le importa respecto a sí mismo. Dios, como fuente de toda justicia y rectitud, ama la equidad. Y, cuando vivimos rectamente, es como un reflejo de Él. Porque no hay ningún bien en nosotros, sino que nuestro bien es como el brillo del sol aquí abajo, que no proviene de la tierra. Vemos la luz sobre las casas, sobre la tierra, pero no procede de ella, sino que es una luz reflejada, una luz proyectada; y en este sentido decimos que procede de la tierra. O, como cuando nos miramos en un espejo: el espejo no tiene cara, sino que el rostro del hombre se pone delante y el espejo lo muestra. De igual manera, cuando hacemos el bien, no es algo que proceda de nosotros (pues de nosotros solo se podría obtener hediondez y pobreza), sino de Dios, que derrama su bondad y justicia sobre nosotros. Así que, si Él nos concede esta gracia, regenerándonos por medio de su Espíritu Santo para que podamos vivir en santidad, somos como espejos en los cuales se ve su imagen, como una representación. Es una luz que proviene de lo alto, pero que se manifiesta aquí abajo. Seguir leyendo ¿Traerá el hombre provecho a Dios? (II)

¿TRAERÁ EL HOMBRE PROVECHO A DIOS? (I)

Esta semana ofrecemos a nuestros lectores la primera parte de un sermón de Juan Calvino sobre un pasaje del libro de Job. Las reflexiones del reformador de Ginebra nos parecen de gran valor espiritual, expresadas además con gran sencillez y claridad, de modo que resultan de suma utilidad para el creyente. La semana que viene, Dios mediante, publicaremos la segunda parte. Sirva esta, de momento, como introducción al tema tratado. 

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(Job 22:1-8)

Cuando nos enfrentamos a los hombres, si podemos reprocharles algo o encontrar alguna falta en ellos, tenemos la impresión de haber ganado nuestro caso. Si, por ejemplo, nos hemos equivocado en algo, pero no hay ningún juez que nos pueda condenar más allá de nuestra conciencia, y alguien nos acusa y nos sentimos culpables, entonces contraatacamos buscando alguna falta en nuestro adversario. Y, si la hallamos, la sacaremos a relucir en nuestra defensa. De ese modo, desviaremos la atención, y ocultaremos el mal que hemos cometido. Y esta es la forma común que tienen los hombres de defenderse, es decir, buscando algún subterfugio que les sirva de escapatoria. Dirán: «Si he fallado en este asunto, ¿acaso mi adversario es completamente inocente?». O quizá digan: «He hecho bien a tal hombre, cuando merecía mi ira. Por tanto, esta buena acción debería contar en mi favor». Y así pretendemos disminuir la falta que hemos cometido. Seguir leyendo ¿TRAERÁ EL HOMBRE PROVECHO A DIOS? (I)

El movimiento ecuménico y la unión de las iglesias (II)

Publicamos ahora la continuación del artículo que ofrecíamos la semana pasada acerca de la verdadera unidad promovida por la Escritura, frente al ecumenismo apóstata promovido por una falsa iglesia. Como ya indicábamos entonces, el artículo de David Estrada aparecía en la revista “Estandarte de la Verdad” hace varias décadas, concretamente en mayo de 1962.

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            La verdadera unidad es en Cristo, en el Cristo de los evangelios, en el Cristo de toda la Biblia. ¿Es este el Cristo del movimiento ecuménico? Qué duda cabe de que dentro del Consejo Mundial hay hombres y mujeres con una genuina fe en el Cristo de los evangelios, pero poco sabemos de los tales. La triste realidad es que dentro de la organización ecuménica predomina el error y la apostasía. El movimiento es suficientemente amplio para dar cabida a un buen número de «cristos». Las riendas y resortes clave de la organización ecuménica están en manos de hombres que niegan las verdades centrales del cristianismo y son enemigos de la cruz de Cristo. Seguir leyendo El movimiento ecuménico y la unión de las iglesias (II)

El movimiento ecuménico y la unión de las iglesias (I)

Una semana más, proponemos la lectura de un interesante artículo aparecido hace décadas en la revista Estandarte de la Verdad. En esta ocasión, el tema es el ecumenismo, que ya en aquella época estaba en auge y, como sabemos, sigue muy vigente en la actualidad. El autor es David Estrada Herrero (doctor honoris causa por la Facultad de Teología de Westminster, EE. UU.)  de quien también hemos publicado algunas de sus últimas conferencias en audio. Hemos optado por dividir el artículo en dos partes, debido a su considerable extensión. De momento, esperamos que esta primera entrega sea del interés de nuestros lectores.

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      Recientemente, se celebró en Nueva Delhi la tercera Asamblea del Consejo Ecuménico Mundial de las Iglesias, en la que participaron delegados de más de ciento setenta y cinco iglesias protestantes, anglicanas y ortodoxas. Por primera vez, asistieron a la asamblea observadores católicos. También para otoño de este año la Iglesia Católica tiene anunciada la celebración del Concilio Ecuménico Vaticano II. Parece ser, pues, que tanto pata protestantes como para católicos, el ideal ecuménico ha pasado a ocupar el primer plano de las inquietudes religiosas de nuestro tiempo.

           Si bien es cierto que las primeras iniciativas ecuménicas dentro del protestantismo empezaron en la segunda mitad del siglo pasado, en realidad el crecimiento e importancia del movimiento ecuménico data desde después de la Segunda Guerra Mundial. En la actualidad, y después de la Iglesia Católica Romana, el Consejo Mundial de las Iglesias representa la organización «cristiana» con mayor número de miembros.

      Para muchas personas, el movimiento ecuménico en pro de la unidad cristiana constituye uno de los acontecimientos más significativos y prometedores de la historia del cristianismo; de ahí que apoyen con verdadero entusiasmo la causa ecuménica. Este optimismo, sin embargo, no es general dentro del protestantismo, y dista mucho de ser compartido por aquellos que aman y defienden la pureza del evangelio. Muchas son, pues, también las iglesias que han permanecido al margen de la organización ecuménica, e incluso se han manifestado abiertamente contra el Consejo Mundial de las Iglesias.

        Buscar y promover la unidad de las iglesias cristianas es, en verdad, un ideal noble y glorioso, y este deseo debería vibrar en todos los corazones que amen al Señor. ¿No es este también el deseo y oración del bendito Salvador? «Para que todos sean una cosa; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean en nosotros una cosa: para que el mundo crea que tú me enviaste» (Jn. 17:21).

     Ahora bien, no por motivos antiecuménicos se han mantenido fuera del Consejo Mundial de las Iglesias muchas iglesias evangélicas, ni porque persista en las mismas el deseo de continuar en los sagrados claustros de un ostracismo denominacional. La realidad es muy otra. Por razones bíblicas importantísimas y vitales al cristianismo se han mantenido fuera de la organización ecuménica estas iglesias. La unidad tras la cual se afana el movimiento ecuménico dista mucho de ser el ideal de unidad cristiana que se nos revela en el Nuevo Testamento.

     Esencialmente, la unión que persigue el movimiento ecuménico es una unión meramente externa. Según uno de sus dogmas, la diversidad de creencias en el seno del cristianismo no es pecado, pero la diversidad de organizaciones es pecado; de ahí, pues, que se trate de conseguir una única organización central. Pero la Palabra de Dios precisamente nos enseña lo contrario: la unidad de las iglesias cristianas no es posible sin una previa unidad espiritual. La idea de una organización central como necesaria para la unidad cristiana es verdaderamente significativa, ya que pone al descubierto lo que el movimiento ecuménico entiende por «iglesia».

          Según la fe evangélica, la Iglesia de Jesucristo está formada por una gran multitud de pueblos y naciones que han sido redimidos con la preciosa sangre de Cristo, y están unidos a Él por una fe viva, y por los lazos de un mismo Espíritu. La naturaleza de la Iglesia es esencialmente espiritual, y lo mismo su unidad. Allí donde hay una congregación de creyentes que en espíritu y en verdad adoran al Padre, y son testigos fieles de la verdad evangélica, tenemos una rama visible de la Iglesia de Jesucristo. La Iglesia es el cuerpo de Cristo. Él la compró con su sangre, y la guarda con su poder y gracia. También el gobierno de la Iglesia es prerrogativa de Cristo; así como la cabeza gobierna el cuerpo, Cristo gobierna a su Iglesia. La relación entre Cristo y su Iglesia es espiritual. Allí donde dos o tres se congregan en el nombre de Cristo, allí está el bendito Salvador en medio de ellos. Es el Espíritu Santo, y no una organización eclesiástica, quien efectúa esta relación vital entre Cristo y su Iglesia.

          El movimiento ecuménico parece haber perdido de vista este concepto bíblico de iglesia, y prefiere la idea de iglesia como organización esencialmente visible –algo así como una institución. Para los líderes del movimiento ecuménico, el logro de una organización central es absolutamente necesario para conseguir la tan ansiada unidad cristiana. Como alguien ha comentado: «Parece como si Dios no pudiera hacer nada hasta que no se ponga en marcha la gran máquina ecuménica». Sin duda alguna, el concepto ecuménico es más católico-romano que evangélico.

         El interés ecuménico por la unidad de las iglesias bajo una gran organización, hace que cuestiones doctrinales sean relegadas a un plano muy secundario. A la teología se la considera como el principio de la división y separación. «Gracias a la teología –se nos dice—existen tantas denominaciones y sectas; en pro de la unidad cristiana, debemos sacrificar la teología; más que la teología, lo que importa es la religión».

          En este punto, como en tantos otros, el movimiento ecuménico da muestras de una gran inconsistencia. La religión cristiana no descansa sobre un vacío doctrinal, ni sobre un caos informe de creencias, sino que descansa sobre una base doctrinal y concreta. Relegar a un plano de insignificancia esta base teológica, es traicionar al cristianismo. «Pretender tener religión sin teología –alguien ha dicho—es lo mismo que hacer ladrillos sin arcilla». Para el creyente evangélico, las doctrinas de su fe son demasiado preciosas para ser sacrificadas en pro de una unión que, en definitiva, no es cristiana. «Las doctrinas que os predicamos –decía Spurgeon—son doctrinas bañadas en sangre». De ser cierta la tesis ecuménica, los mártires de la religión cristiana en vano vertieron su sangre.

          Quizá los entusiastas del ecumenismo no estén de acuerdo con nuestro criticismo, y levanten la objeción de que también el Consejo Mundial de las Iglesias tiene su base doctrinal, sin cuya aceptación no se admiten nuevos miembros. La declaración doctrinal del Consejo dice: «El Consejo Ecuménico de las Iglesias es una asociación fraternal de iglesias que aceptan a nuestro Señor Jesucristo como Dios y Salvador». En la reciente reunión de Nueva Delhi, y después de una acalorada discusión, se decidió sustituir los términos «que aceptan» por el de «que confiesan». A primera vista, parece que esta base doctrinal exige de las iglesias miembro la creencia en la divinidad y obra redentora de Cristo. Pero, en la práctica, esta base doctrinal viene a ser una frase decorativa, una reliquia de teología cristiana o, si se prefiere, un minimum de fe cristiana para contentar a «los miembros débiles» del Consejo Mundial que todavía creen en un cristianismo más o menos puro.

          Pensando en esta base doctrinal del Consejo Mundial de las Iglesias, uno no puede por menos de recordar aquella expresiva anécdota de Spurgeon, según la cual en cierta ocasión un maestro de educación política señaló la bandera que colgaba en una de las paredes del aula, y preguntó a un niño: «¿Qué bandera es esta?». A lo que el niño contestó: «Es la bandera inglesa, señor». «¿Y para qué sirve? –preguntó de nuevo el maestro. Y sin titubeos de ninguna clase el niño contestó: «Sirve para tapar un pedazo sucio en la pared». La base doctrinal del Consejo Mundial sirve para tapar muchas herejías.

David Estrada

EL EVANGELIO ENCARAMELADO

En esta ocasión, proponemos la lectura de un breve artículo aparecido en “Pregonero de Justicia”, traducido del original, que a su vez publicó  la revista “Christianity Today” en 1972. De nuevo, el tema del artículo tiene que ver con la importancia de la ley en la predicación del evangelio.

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            Al echar un vistazo a los esfuerzos de los cristianos evangélicos por predicar el evangelio hoy día, puede que a uno le sobrecoja el pensamiento casi herético de que quizá –tan solo quizá– lo que se presenta como evangelio de Cristo en el siglo XX no sea una reproducción exacta del original. Probablemente en algún punto, a lo largo del mismo, algo se perdió. Y, por los dichos y costumbres populares –tales como: «noche de llenar los bancos», «domingo de transformación» (el que venga a la iglesia de la forma más extravagante se lleva el premio), atletas de renombre y estrellas de cine haciendo acto de presencia para dar su testimonio en la iglesia local, y otras novedades–, puede sospecharse que las iglesias evangélicas están ocultando el evangelio con artificios y encantos. Seguir leyendo EL EVANGELIO ENCARAMELADO

La ley y el evangelio: El juicio y la justificación por la fe (IV)

Ofrecemos a nuestros lectores la última parte del artículo que venimos publicando en las últimas semanas sobre la ley y el evangelio, en que se insiste sobre el peligro de caer tanto en el legalismo como en el antinomianismo.

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            El juicio de todos los hombres en el fin del mundo fue proclamado por los apóstoles como una parte y porción del evangelio (cf. Hch. 17:13). Pero la preocupación de la Iglesia Católica con la idea platónica del alma inmortal, en lugar de la bíblica resurrección de entre los muertos, provocó la decidida pérdida de la esperanza escatológica real en el pensamiento cristiano. Para la Reforma, y especialmente para Lutero, la esperanza escatológica (de los acontecimientos finales y la venida del Señor) había revivido, y la doctrina de un juicio final sobre todos los hombres se veía dentro del gran mensaje de la justificación por la fe. Seguir leyendo La ley y el evangelio: El juicio y la justificación por la fe (IV)

La ley y el evangelio: El antinomianismo y la justificación por la fe (III)

Continuamos con la serie sobre “la ley y el evangelio”. En esta ocasión, ofrecemos la tercera parte de este interesante estudio. Esperamos que sea de utilidad a nuestros lectores.

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            Después de haber predicado Lutero en la capilla del castillo de Dresden, el duque Jorge preguntó a Madame de la Salle: «¿Qué le pareció el sermón?». Ella le respondió: «Si pudiera oír otro discurso semejante, podría morir en paz». «Y yo –contestó Jorge, airado—pagaría una buena suma para no volverlo a oír. Discursos como este solo sirven para que la gente peque confiadamente». Seguir leyendo La ley y el evangelio: El antinomianismo y la justificación por la fe (III)

La ley y el evangelio: el legalismo y la justificación por la fe (II)

Ofrecemos a nuestros lectores la segunda entrega del artículo que publicábamos la semana pasada, de gran interés espiritual.

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Galacianismo. En algunos sistemas de pensamiento, la justificación por la fe se considera meramente el paso inicial de la vida cristiana, y no la vida cristiana completa (cf. Ro. 1:17). Esto conduce a dos propuestas legalistas: Seguir leyendo La ley y el evangelio: el legalismo y la justificación por la fe (II)