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Sermón sobre Job: “Bienaventurado el hombre a quien Dios corrige” (II)

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Así que, finalmente, llegaremos a la conclusión de que es bienaventurado el hombre a quien Dios castiga, tanto más si añade la segunda gracia, esto es, si aplica sus varas y sus correcciones enviando al Espíritu Santo para obrar de tal modo en el corazón del hombre, que ya no se empecine en oponerse a Él, sino que pueda reflexionar sobre sus propios pecados, ser dócil, y humillarse verdaderamente. Vemos, de este modo, por qué el mayor beneficio que podemos recibir es ser corregidos por la mano de Dios, hasta el extremo de que la corrección que nos envía nos es más útil que el pan que comemos. Porque, si morimos de hambre, Dios habrá tenido piedad de nosotros sacándonos de este mundo. Pero, si seguimos viviendo aquí abajo sin dejar de provocar la ira de aquel que se nos manifiesta como un Padre tan bueno y liberal, ¿no sería acaso una ingratitud demasiado vergonzosa? Pregunto: ¿No habría sido mejor haber nacido muerto que prolongar así la vida para condenación? Pero, si Dios va delante nuestra, y emplea sus castigos como medicina preservadora, antes de que la enfermedad avance demasiado, ¿acaso no es un gran beneficio para nosotros, el cual deberíamos desear? Así que, todas las veces que nos corrija con dificultad y amargura, y nuestra carne nos incite a la impaciencia y desesperación, recordemos esta lección: que es bienaventurado el hombre a quien Dios castiga, aunque nuestra imaginación no lo admita, pues suponemos que, por el contrario, no hay nada mejor que ser eximidos y guardados. Pero sabemos que no, sin razón, el Espíritu Santo ha hecho tal afirmación.

Por otro lado, no negamos que las correcciones que debemos soportar sean amargas y dolorosas en sí mismas, conforme a lo dicho por el apóstol (He. 12:11). Y Dios también nos hará sentir las punzadas que nos causen dolor, pues si no sintiésemos dolor cuando Dios nos corrige, ¿dónde estaría nuestra obediencia? Además, ¿cómo aprenderíamos a disgustarnos con nosotros mismos por causa de nuestros pecados? ¿Y cómo habríamos de temer los juicios de Dios, a fin de ser enderezados? Así que nos corresponde estar atribulados por el mal que Dios nos envía. Y, aunque el mal finalmente es transformado en nuestro beneficio, demostrándonos Dios, de este modo, que nos ama, no obstante, es necesario que primero haya algunas punzadas y dolores, a fin de que percibamos la ira de Dios y nos disgustemos con nosotros mismos por nuestros pecados. Pero debemos escalar aún más alto y, cuando hayamos aprendido que nuestra naturaleza es inclinada a todo mal, habremos de reconocer la necesidad de que Dios emplee algún castigo severo para purgarnos del mismo, igual que vemos que los médicos a veces emplean algún veneno con sus remedios, siendo la enfermedad demasiado grave y arraigada. El médico ve perfectamente que el veneno debilita las venas y nervios de su paciente; o bien, que no hay otro remedio mejor que dejarlo sangrar, lo cual es como extraer la sustancia de la persona. Y, sin embargo, a veces le es necesario emplear métodos tan extremos para remediar una grave enfermedad.

Del mismo modo tiene que obrar Dios en nosotros. Y, cuando decimos que somos bienaventurados al ser castigados por su mano, ello debería llevarnos a la humildad, viendo que no puede procurar nuestra salvación sino revelándose contrario a nosotros. Por tanto, ¿no habremos de decir con justicia que en el hombre hay una corrupción extraña, no pudiendo Dios ser nuestro Salvador y Padre excepto tratándonos con tanta dureza? Porque su naturaleza es revelarse lleno de gracia y gentileza a sus criaturas, y Él seguiría este orden, derramando su bondad sobre nosotros de modo que fuésemos llenos de su gracia y completamente cautivados por ella. Pero sucede que, si nos tratara gentilmente, conforme a su propia naturaleza e inclinación, estaríamos perdidos. De modo que debe, por así decirlo, cambiar de parecer, es decir, mostrársenos distinto de lo que es. Y la causa es nuestra desesperante maldad. Así que tenemos buenos motivos para llenarnos de vergüenza, viendo que Él tiene que transformarse para que no perezcamos.

            Pero, puesto que no podemos hacer una buena aplicación de esta doctrina sin añadir lo siguiente, prosigamos: «Por tanto, no menosprecies la corrección del Todopoderoso, porque él es quien hace la llaga, y él la vendará»; Él hiere, y sus manos curan y ponen vendajes adecuados sobre la herida, y después de enviar la enfermedad, la sanará. Aquí se nos exhorta a no rehusar las correcciones de Dios, y las razones se exponen claramente, esto es: porque quiere hacer las cosas bien. En esto consiste la dicha mencionada por Elifaz.

Aprendamos aquí que, cuando Dios quiere exhortarnos a la paciencia, no se trata simplemente de que entendamos que no podemos evitar su mano, que perdemos el tiempo rebelándonos contra Él, que, aunque nos pese, tenemos que transitar ese camino, y que no podemos resistir su voluntad. Pues sería la paciencia de Lombardo, como la llaman, si crujiésemos los dientes y nos levantásemos contra Dios, no practicando la paciencia sino por la fuerza. Por eso, si queremos ser pacientes con respecto a Dios, tendremos que acercarnos a Él por otros medios. Al final, tendremos que ser consolados como dice san Pablo en Romanos 15:4, donde une, como inseparables, estas dos cosas, es decir: (1) a fin de que podamos tener paciencia en todas nuestras adversidades, es preciso que gustemos la bondad de Dios, recibiendo gozo por medio de su gracia; y (2) debemos convencernos de que las aflicciones provenientes de su mano son para nuestra salvación.

Y esto es lo que se nos muestra en este pasaje cuando dice: «No rehúses la corrección del Todopoderoso, porque Él es el médico para todas tus heridas; Él es quien te enviará sanidad para todas tus dolencias». Dios nos muestra aquí que su intención no es que los hombres le estén sujetos, diciendo: «Puesto que no nos queda otra alternativa, que Dios sea nuestro Maestro, no pudiendo escapar de su dominio». No se trata de acercarnos así a Él. El Señor dice, por el contrario: «No; sed pacientes; humillaos ante mí y recibid la advertencia que encierran mis juicios para que no murmuréis contra mí, ni me desafiéis. De otra manera, tendréis que ser aplastados por mi mano hasta ser desmenuzados. Pero si, con toda humildad, reconocéis vuestras faltas, y venís a mí, y pedís perdón por ellas, experimentaréis tal alivio de vuestros males que, en medio de las mayores aflicciones, tendréis ocasión de darme gracias». Esto es lo que debemos meditar para tener verdadera paciencia. Así que somos tan rebeldes contra Dios que, en cuanto nos toca con su meñique, nos ofendemos; y tenemos tanto orgullo que, ante el más mínimo castigo de Dios, creemos que nos está tratando mal. Pero, aunque nos resulte muy difícil purgarnos de estos dos grandes vicios, tanto más debemos meditar en la doctrina que se nos muestra aquí, es decir: que Dios, al afligirnos, quiere someternos a sí, para nuestro beneficio y salvación.

            Además, debemos notar claramente la promesa que aquí se expone, es decir: que Dios curará la herida que ha causado. Es cierto que esto no se aplica a todos, sino solo a quienes reciban pacíficamente las correcciones. Sin embargo, notemos que Dios quiere que todos sean amonestados a volverse a Él, viendo que les muestra semejante bondad. Pero, ¿qué es lo que vemos? Hay muchos que no experimentan lo que aquí se quiere decir, y por eso también vemos tanta impaciencia, tantas murmuraciones, tantas blasfemias contra Dios. Las correcciones están por todas partes, pero ¿dónde está el arrepentimiento? No lo hay. Por el contrario, vemos que los hombres resisten a Dios cuanto pueden. Porque hay muy pocos que entiendan esta doctrina, que reciban esta promesa, diciendo: «Señor, es asunto tuyo curar las heridas que hayas podido causar, y dar salud al enfermo». Así que, retengamos bien esta lección, viendo que se reitera tantas veces. Porque no solamente en este pasaje el Espíritu Santo habla así. Vemos, por el contrario, que se dice: «El Señor nos aflige, y al tercer día nos sana». De modo que, si nos ha aplicado un azote, no por eso hemos de pensar que no quiere ser propicio para con nosotros cuando nos acercamos a Él. Cuando, por medio de los profetas, se nos hace tal exhortación, es como si Dios dijera: «Es cierto que os he afligido durante algún tiempo, pero mi misericordia seguirá con vosotros; será perpetua. Que hayáis sentido alguna ira, algún signo de enojo, como el padre que se enfurece con su hijo, no es porque os odiara; sino que era preciso que pudierais experimentar el resultado de vuestros pecados y reconocer que yo los aborrezco. Pero, al final, veréis que solamente quiero curaros las heridas y sanaros de los males que os he enviado».

Es cierto que, a primera vista, no parece lógico que Dios se complazca en curar heridas después de haberlas causado. ¿Por qué no dejarnos en paz y prosperidad desde el principio? Pero ya os he mostrado que las llagas hechas por Dios son como otras tantas dosis de medicina. Así que aquí se nos muestra una doble gracia: (1) La primera se deduce de que, cuando Dios nos aflige, es porque procura nuestro beneficio: nos lleva al arrepentimiento y nos purga de nuestros pecados, aun de los que nos son ocultos. Porque Dios no se conforma con remediar meramente los males ya existentes, sino que considera que en nosotros se oculta mucha semilla mala. De modo que se anticipa a poner las cosas en orden. Es una bendición especial la que nos otorga cuando, aparentemente, se vuelve contra nosotros con la espada desenvainada, manifestándonos su enojo. Cada vez que lo hace, nos muestra que es nuestro médico. Esa es la primera gracia. (2) Luego, la segunda gracia, que también se nos muestra claramente, es que Dios sana la herida que nos ha causado. Es lo que ya hemos mencionado de san Pablo: que Él no nos deja ser tentados más de lo que podamos resistir, sino que hace una buena obra a partir de todas nuestras tribulaciones (cf. 1 Co. 10:13).

            Y, aunque las correcciones nos son útiles –incluso necesarias—y, aunque Dios tiene que invitarnos de diversas maneras a volvernos a Él, no solo tiene en cuenta lo que nuestros pecados requieren, sino lo que somos capaces de soportar. Y por eso dice que nos castiga con manos humanas, que su ira no es tan grande como su poder. Porque, ¿qué pasaría si Dios extendiese su mano contra nosotros? ¿Qué criatura podría subsistir delante de Él? Ciertamente, con solo mostrarnos el enojo de su rostro, todos pereceríamos; con solo quitarnos su Espíritu, todos sucumbiríamos, como dice el salmo 104:29. Sin embargo, nos trata amablemente y, además, retira su mano de sobre nosotros cuando nos ve demasiado apesadumbrados y abatidos por la carga. Él nos guarda, siempre y cuando seamos de espíritu humilde, teniendo la correcta disposición. Porque sabemos lo que declara en su Ley: que si venimos atacándole, Él vendrá de la misma manera contra nosotros, como también lo dice el salmo 18:27: «Humillarás los ojos altivos». Será duro cuando los hombres usen de obstinada malicia contra Él, y los tales serán totalmente deshechos. Pero, cuando tengamos buena disposición para sujetarnos a la fuerte mano de Dios, siempre hallaremos en Él lo que aquí se nos dice. Entendamos, pues, lo que nos declara el apóstol: «Humillaos [dice] bajo la poderosa mano de Dios» (1 Pe. 5:6). Porque todo aquel que humilla su cabeza, todo aquel que dobla sus rodillas ante Dios para honrarle, si cae, sentirá la mano de Dios levantándolo. Pero aquel que se opone a Dios, tiene que sentir su mano contra sí. ¿Queremos sentir la mano de Dios ayudándonos?: humillémonos. Pero todo aquel que se oponga, necesariamente se estrellará, y sentirá que un rayo lo arroja al abismo. Por tanto, recordemos bien la enseñanza que encierran estas palabras: «No menosprecies la corrección del Todopoderoso». Cuando hayamos comprendido el significado de la bondad de Dios, cuando hayamos conocido su amor paternal, se endulzarán las aflicciones, que de otra manera nos parecerán severas y amargas.

Y cada uno de nosotros tiene que aplicar esta enseñanza a su propio caso. Porque sería muy fácil decir: «Bendito sea Dios, que así castiga a los hombres»; pero, al ser castigados nosotros, no elevar alabanzas, sino más bien murmuraciones contra Él. Nunca debemos hacer semejante cosa. Por el contrario, cuando seamos afligidos personalmente, recibamos con paciencia la corrección, y apliquémonos a nosotros mismos las exhortaciones que sabemos dar tan bien a los demás.

Reconozcamos, entonces, que no hay nadie que no tenga muchos vicios, y que son males que Dios no puede remediar más que por medio de la aflicción que nos envía. Es cierto que, si Él quisiera emplear su poder absoluto, podría hacerlo de otra manera. Pero no estamos hablando del poder de Dios. Solamente estamos discutiendo los medios que emplea para con nosotros. Por tanto, puesto que Dios anhela remediar nuestros vicios afligiéndonos, cada cual debe estudiar esta lección por sí mismo, a fin de confesar con David: «Señor, me ha sido de provecho que me hayas humillado» (Sal. 119:67). David no está hablando de otros, como diciendo: «Señor, has hecho bien en castigar a los transgresores»; sino que comienza consigo mismo. Es así como debemos hacerlo. Y eso es lo que en otro pasaje nos muestra el Espíritu Santo: «He aquí bienaventurado el hombre a quien Dios castiga». Porque los humanos no pueden admitir ser gobernados por Dios; se resisten y siguen incorregibles. Por eso les es necesario y provechoso que Dios los castigue. Y, puesto que hoy vemos la mano de Dios levantada, tanto en general como en particular, más debería afectarnos esta enseñanza. Se ven cosas muy absurdas. Por tanto, ¿nos asombraremos si Dios manifiesta tanta severidad?

De todos modos, es cierto que aparentemente no castiga a los malvados como a nosotros, aunque sean extremadamente rebeldes y obstinados. Pero, por otra parte, no importa cuánto puedan ser amonestados, porque de ninguna manera estarán dispuestos a conformarse a Dios. Él les manda advertencias por medio de las aflicciones que pone ante sus ojos en otras personas, y ciertamente algunas veces se las hace sentir a ellos mismos. Y, así, tanto más condenará su insubordinación, cuanto más rebeldes y obstinados se muestren. Pero, por nuestra parte, roguemos a Dios que no nos permita endurecernos, sino que tan pronto nos dé muestras de su ira, el Espíritu Santo obre de tal modo en nosotros que atenúe la dureza de nuestro corazón, mostrándonos su gracia y recibiéndonos en su misericordia, de la cual tenemos tanta necesidad. Y, ahora, inclinémonos delante de nuestro Dios en humilde reverencia.

Juan Calvino

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SERMÓN SOBRE JOB: “BIENAVENTURADO EL HOMBRE A QUIEN DIOS CORRIGE” (I)

Tras varias semanas sin publicar nada (habiéndonos visto obligados a interrumpir, temporalmente, la serie de Comentarios al libro de los Salmos, por falta de tiempo), tenemos la satisfacción de ofrecer a nuestros lectores la primera parte de un nuevo sermón de Juan Calvino al libro de Job (tras otro que ya habíamos publicado hace algún tiempo). En realidad, se trata de de una traducción que circula en español desde hace ya bastantes años, a la que le hemos realizado algunos arreglos de estilo, aunque sin consultar el original. Sin tratarse, por tanto, de una traducción muy rigurosa, confiamos en que conserva el sentido de sermón original, resultando, a nuestro juicio, de gran edificación para el creyente. Así esperamos, nuevamente, que sea para todos nuestros lectores.

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“He aquí, bienaventurado es el hombre a quien Dios castiga; por tanto, no menosprecies la corrección del Todopoderoso. Porque él es quien hace la llaga, y él la vendará; él hiere, y sus manos curan” (Job 5:17-18).

           Anteriormente, Elifaz había declarado el poder de Dios, de modo que estuviésemos mejor preparados para recibir la doctrina que ahora añade. Porque no estamos abiertos a la enseñanza como deberíamos, por no conocer lo suficiente la majestad de Dios, de modo que nos alcance su temor. Por eso hemos de saber cómo gobierna Dios el mundo, y considerar su infinita justicia, poder y sabiduría. Ahora bien: si los malvados son confundidos por mostrarse Dios contrario a ellos, tapándoles la boca, ¿cuál ha de ser nuestra actitud? Porque Dios no tiene por qué obligarnos a darle honra: basta con que nos presente la ocasión y muestre que hay razones para hacerlo, de modo que acudamos por voluntad propia. Cuando se nos muestran los juicios de Dios, hemos de temblar ante ellos.

            Y ahora dice que es «bienaventurado el hombre a quien Dios castiga», y que por ello no debemos rehusar la corrección del Todopoderoso. Pero, si alguien nos dijera que Dios no hace daño a los hombres cuando se constituye en su Juez, empleando gran severidad y rigor, tal doctrina, aunque verdadera, nos sentaría como si un hombre nos diera con un martillo en la cabeza. ¿Qué ha de hacerse, entonces?: el castigo debe mezclarse con un poco de azúcar, haciéndonos saber que es provechoso para nuestra salvación. Por eso, después de declarar los juicios de Dios en términos generales, para que estemos dispuestos a temerle con toda humildad, ahora Elifaz nos muestra el amor de Dios, el cual, cuando nos castiga, nunca es tan severo con nosotros que no nos haga sentir, al mismo tiempo, su bondad y misericordia, a fin de que nos acerquemos a Él y no desmayemos. Así que la intención de Dios no es que su majestad sea terrible para nosotros. Por el contrario, su propósito es acercarnos a Él para que le amemos, no únicamente cuando nos hace bien, sino también cuando nos castiga por nuestros pecados. Vemos, así, lo que debemos aprovechar de este pasaje.

            Sin embargo, parece que esta afirmación es contraria a lo que se proclama en el resto de las Sagradas Escrituras, es decir: que todas las miserias y calamidades de esta vida terrenal provienen del pecado y, consecuentemente, de la maldición de Dios. ¿Cómo pueden concordar estas cosas: que seamos bendecidos cuando Dios nos castiga y que todos los males que nos sobrevienen de sus manos sean señales de su ira (es decir: que le hemos ofendido y Él nos maldice)? Porque, ¿de dónde proviene nuestra felicidad y gozo, sino de Dios? Y, por el contrario, cuando Dios es contra nosotros, vemos que nuestra vida está bajo maldición. Así pues, cuando sentimos que, por el hecho de castigarnos, Dios está enojado con nosotros, no nos parece que haya felicidad en ello. Pero hemos de tener presente que aquí Elifaz considera la intención y fin que Dios persigue al castigarnos. Pues Él aborrece el pecado y, aunque vayan en contra del orden que Él mismo señaló en la creación del mundo (tratándonos como nuestro Padre), todas las adversidades de la vida nos señalan la maldición de Dios, para que entendamos que el pecado le desagrada, que lo odia y aborrece, y que no lo puede soportar, puesto que Él es la fuente de toda justicia. Pero, a pesar de todo, cuando Dios nos ha declarado su aversión hacia el pecado, también nos atrae, nos exhorta y nos invita a arrepentirnos. Por tanto: ¿nos aflige Dios? Ello es una señal de que no quiere que perezcamos, y de que nos insta a volvernos a Él. Porque las correcciones son como testimonios de que Dios está dispuesto a recibirnos en misericordia si reconocemos nuestras faltas y, sinceramente, pedimos que nos perdone.

               Siendo así, no nos debe parecer extraño que Elifaz diga que es bienaventurado el hombre a quien Dios castiga. Por el contrario, debemos recordar los dos puntos que he mencionado: primero, que en cuanto nos sobrevenga algún mal, debemos considerar la justa ira de Dios, y entender que Él no puede soportar el pecado. La severidad de su juicio ha de llevarnos al sincero dolor por haberle ofendido. He aquí el punto por donde hemos de comenzar. Luego, debemos considerar la bondad de Dios al no dejarnos arrastrar hacia la perdición, sino que nos invita a regresar al hogar, demostrándonos su intención de hacernos volver cada vez que nos aflige. Vemos, así, cómo hemos de considerar todas nuestras aflicciones.

          Pero aún queda un punto difícil por resolver. Porque, mientras vemos que las aflicciones son comunes a todos los hombres, Dios castiga a aquellos a quienes quiere mostrar su misericordia. Pero vemos que también castiga a los malvados, permitiendo que sigan pecando, para su mayor condenación. ¿De qué le sirvieron a Faraón todos los azotes, sino para hacerlo tanto más inexcusable, puesto que siguió testarudo e incorregible para con Dios, hasta su mismo final? Siendo así, pues, que Dios aflige tanto a buenos como a malos, y que, como vemos por experiencia, las aflicciones son fuego para encender tanto más la ira de Dios contra los malvados, concluimos que Dios castiga a muchas personas que no serán bendecidas por ello.

            Por tanto, esto nos enseña que aquí Elifaz habla solamente de aquellos a quienes Dios castiga como a hijos suyos, para su provecho, según lo declara con las palabras que siguen, afirmando que Él hace la llaga y Él la vendará. Le coloca vendajes y la sana. Así pues, vemos que Elifaz limita su afirmación a aquellos para quienes Dios convierte el castigo en auténtica corrección.

            Pero esta afirmación seguirá siendo un tanto oscura hasta que se explique con más detalle, de modo que quedemos plenamente convencidos. Notemos cómo obra Dios con los malvados. Es cierto que, con el castigo, exhorta a todos los hombres al arrepentimiento –como hemos dicho–, y es lo mismo que si los despertase y les dijera: «Conoced vuestras faltas y no sigáis más en ellas, sino volveos a mí, y yo estaré dispuesto a mostraros misericordia». Sin embargo, es bien sabido que el castigo no aprovecha a todos los hombres, y que no a todos concede la gracia de volverse a Él. Porque a Dios no le basta con herirnos con su mano, a menos que también nos toque interiormente con su Espíritu Santo. Si Dios no quitase la dureza de nuestro corazón, nos ocurriría lo que a Faraón. Porque los hombres son como yunques. Los golpes no cambian su naturaleza, pues vemos cómo los rechazan. Por tanto, hasta que Dios no nos toque en lo más profundo de nuestro interior, no haremos sino dar cocer contra Él, escupiendo más y más veneno. Y toda vez que nos castigue, crujiremos los dientes y no haremos sino atacarle. Y, en efecto, tan malvada es la iniquidad de los hombres, tan testaruda, tan desesperada, que cuanto más los castiga Dios, más le escupen sus blasfemias, mostrándose totalmente incorregibles, de modo que no hay forma de hacerles entrar en razón. Aprendamos, entonces, que hasta que Dios no nos toque con su Santo Espíritu, es imposible que sus castigos sirvan para traernos al arrepentimiento. Más bien, nos harán ir de mal en peor.

            Sin embargo, no se puede decir que Dios no sea justo al obrar de esta manera, pues así se convencen los hombres. De modo que, si Dios no los mantuviera a raya, castigando sus pecados, podrían argumentar ignorancia, afirmando que no lo sabían, y que se excedieron porque Dios no les invitó a reconocer sus faltas. Pero, cuando sintieron la mano de Dios y percibieron sus juicios, siendo convocados al arrepentimiento, no solo fueron de mal en peor, sino que se mostraron en abierta rebelión contra Dios; de modo que ahora tienen que cerrar sus bocas y ya no pueden decir nada en su favor. Así pues, vemos cómo Dios muestra su justicia cada vez que castiga a los hombres, aunque dicho castigo no resulte en su enmienda.

           Además, cuando Dios castiga a los malvados, es como si hubiera comenzado a mostrar ya su ira sobre ellos, y que el fuego de su ardor ya se hubiera encendido. Es cierto que, por el momento, no son consumidos totalmente, pero estas son señales de la horrible venganza que les está preparada para el día del juicio final. Vemos que muchas personas, siendo afligidas por la mano de Dios, se hallan bajo maldición. Su infierno ya comienza en este mundo, conforme a los ejemplos que tenemos de todos aquellos que no corrigen su malvada vida cuando Dios les envía aflicciones. Se les puede ver en una esquina aullando como perros, mostrando una continua cólera, o cual caballos desbocados, como se describen en el salmo 32. Están tan viciados que no reconocen su propio mal, considerando la mano que los golpea. Como dice el profeta: «Habrá llanto, porque pasaré en medio de ti». Pero, ¿de qué sirve?; ellos no piensan en la mano de Dios, ni saben que los visita. Vemos, así, con nuestros propios ojos, que muchas personas son aún más desdichadas al ser castigadas por la mano de Dios, porque no les aprovecha su escuela, ni reciben ningún beneficio de sus azotes.

          Pero aquí se menciona particularmente a aquellos a quienes Dios castiga tocándolos con su Santo Espíritu. Podemos estar seguros de que, cuando Dios nos hace sentir su mano, humillándonos bajo ella, nos está haciendo un favor especial, y se trata de un privilegio que no concede a nadie sino a sus propios hijos. Cuando sentimos la corrección que Él nos manda y, además, somos enseñados a disgustarnos con nosotros mismos por causa de nuestras ofensas, a suspirar y gemir por ellas en su presencia, y a refugiarnos en su misericordia; digo que, si éste es nuestro sentimiento en cuanto a los castigos de Dios, será señal de que Él ha obrado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo. Porque es demasiada sabiduría para que crezca por sí misma en la mente del hombre; tiene que proceder de la libre y buena voluntad de nuestro Dios. El Espíritu Santo primero tiene que haber suavizado esa maldita dureza y testarudez que hemos mencionado, y a la cual estamos inclinados por naturaleza. Entendamos, pues, que este texto se refiere particularmente a los hijos de Dios, los cuales no están obcecados contra Él, sino que han sido vencidos y aplacados por la obra del Espíritu Santo, a fin de que ya no luchen contra las aflicciones que les manda. Pero, aún así, esta afirmación parecerá extraña a la opinión de la carne, pues todas las circunstancias que resultan distintas a nuestros anhelos las tildamos de «adversidades». Cuando sufrimos hambre, sed, frío o calor, decimos que es grande el mal, porque queremos satisfacer nuestros apetitos y deseos. Y, en realidad, esta manera de hablar, diciendo que las desgracias que Dios nos envía son adversidades –esto es, cosas contrarias a nosotros–, no carece de razón. Pero debemos entender el propósito de Dios, el cual nos aflige por causa de nuestros pecados.

            Además, ya hemos afirmado que es necesario considerar que las aflicciones que Dios nos manda se deben a su odio al pecado, y que, si nos llama a su presencia, es para hacernos sentir que es nuestro Juez; pero también porque necesitamos que nos extienda sus brazos y nos muestre que está dispuesto a reconciliarnos consigo, cuando nos acercamos con verdadero arrepentimiento. Entendamos, por tanto, que son bienaventurados aquellos a quienes Dios castiga, a pesar de que todos huyan de la adversidad. Sin embargo, nunca seremos capaces de admitir esta doctrina y recibirla en nuestros corazones, hasta que la fe nos haya hecho comprender la bondad de Dios para con sus siervos cuando hace que se vuelvan a Él.

            Y, para que podamos entenderlo mejor, advirtamos lo que les ocurre a las personas cuando Dios las deja libres, cuando no tiene intención de limpiarlas de sus pecados. Consideramos a una persona entregada al mal: por ejemplo, al que desprecia a Dios. Si Dios lo deja a su aire y no lo castiga, se endurecerá y el diablo lo llevará cada vez más lejos. Por eso, le habría sido mucho mejor que hubiese sido castigada antes. De modo que la mayor desgracia que nos puede ocurrir es que Dios permita que nos revolquemos en nuestras iniquidades, pues, en tal caso, finalmente nos pudriremos en ellas. Ciertamente, es de desear en gran manera que los hombres vayan a Dios por su propia voluntad, sin ser espoleados para hacerlo, y que se aferren a Él sin ser reprendidos por sus faltas. Esto –digo—es algo en gran manera deseable; y, más aún, que no hubiese en nosotros faltas, y que fuésemos como los ángeles, deseando únicamente rendir obediencia a nuestro Creador, y honrarle y amarle como a nuestro Padre. Pero, teniendo en cuenta lo perversos que somos, que no cesamos de ofender a Dios y que, además, actuamos con hipocresía delante de Él, anhelando solamente ocultar nuestras faltas; teniendo en cuenta que hay tanto orgullo en nosotros que quisiéramos que Dios nos dejara libres y satisficiera nuestros deseos, de modo que al final nosotros fuésemos sus jueces, en lugar de ser Él el nuestro; considerando –digo—lo perversos que somos, Dios ciertamente tiene que emplear algún remedio violento a fin de atraernos a sí. Porque, si nos tratara de forma absolutamente delicada, ¿qué ocurriría? En parte, podemos verlo incluso en los niños pequeños. Pues, si su padre o su madre no los castigaran, los estarían mandando a la horca. La misma experiencia lo demuestra, y hasta tenemos dichos populares: «Cuanto más los apañas, más pañales mojan». Y las madres van aún más allá, pues les gusta adularlos hasta que se echan a perder. De esta manera, Dios realmente nos ofrece pequeñas ilustraciones de lo que es mucho mayor en Él. Porque, si nos tratara suavemente, nos arruinaríamos del todo, sin posibilidad de ser rescatados. Por eso, para mostrarse como un Padre con nosotros, tiene que ser severo, viendo que somos de una naturaleza tan rebelde que tratándonos delicadamente no obtendríamos provecho. ¿Veis cómo podemos entender la verdad de esta doctrina, que es bienaventurado aquel a quien Dios castiga, considerando cuál es nuestra naturaleza, cuán testarudos somos y cuán difícil es ponernos en orden? Porque, si Dios nunca nos castigase, no sacaríamos provecho; y, por eso, es menester que nos mantenga bajo control, y nos dé todos los azotes que sean necesarios para que nos acordemos de Él.

Juan Calvino

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