Citas sobre la unidad de la Iglesia

Puesto que la anterior publicación era bastante breve, nos parece oportuno ofrecer a nuestros lectores una nueva entrada, también reducida, donde se muestran tres citas sobre la unidad de la Iglesia y el ecumenismo moderno, tema que ya hemos tratado en ocasiones anteriores.

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«El Señor Jesús quiere que su Iglesia visible refleje unidad y universalidad. A menos que no sea para la preservación de la pureza del Evangelio, cualquier separación dentro de la Iglesia visible constituye una seria ofensa a Cristo».

James Bannerman

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«A fin de conseguir una organización más efectiva y eficiente, el Señor dividió en doce tribus a la pequeña nación de Israel. Cada tribu tenía su propio gobierno. Es cierto que más tarde llegaron a tener un rey que moldeó la estructura tribal en un reino organizado, pero este deseo por parte de los israelitas de tener un rey visible era contrario a la voluntad de Dios, y ocasionó más tarde la división de Israel en dos reinos. Los israelitas se rebelaron contra un gobierno teocrático y desearon una cabeza visible. A veces me pregunto cuánto de este espíritu del israelita antiguo persiste en el movimiento ecuménico con toda su pasión por una organización central y visible. ¿No tiene acaso la Iglesia –la nueva Israel—a Cristo como Rey? Y, sentado a la diestra de Dios, ¿no es Él quien gobierna la Iglesia y la colma de poder y gloria?».

M. Kik, Ecumenism and the Evangelical

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«Si queremos afrontar el verdadero estado de las cosas dentro de la Iglesia y fuera en el mundo, y nos proponemos permanecer firmes por el Evangelio, sin duda alguna nos veremos envueltos en la controversia. Pero, si nos anima el deseo de evitar toda controversia, entonces será mejor que cerremos nuestras biblias, pues prácticamente desde la primera página hasta la última, el Nuevo Testamento es un libro de controversia. Los escritores del Nuevo Testamento y el mismo Señor Jesús, al presentar la verdad, la contrastaron tajantemente con el error. Esta es la única manera de presentar claramente la verdad y hacerla sonar».

G. Machen, What is Christianity?

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Una carta de Lutero

Publicamos, en esta ocasión, una breve carta que Lutero, poco después de su conversión, escribió a un monje compañero suyo que, con sinceridad, buscaba la luz del evangelio.

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«Me gustaría conocer la situación espiritual de tu corazón, y saber si ya has aprendido a despreciar tu justicia propia, y has empezado a creer y a gozar de la justicia de Cristo. Muchos son los que hoy en día ejercitan todas sus fuerzas para conseguir una justicia y bondad propias; esto es caer en el orgullo. Tales personas no pueden comprender la justicia de Dios, que tan abundantemente y sin precio nos es dada en Cristo. Con sus esfuerzos pretenden conseguir suficientes virtudes y méritos como para convencerse de que un día podrán presentarse delante de Dios por lo que son y han hecho. Pero esto es imposible. Hubo un tiempo en que tanto tú como yo llegamos a creer en tal loca y vana pretensión; y aun en la actualidad debo continuar luchando para verme completamente libre de la misma. Por consiguiente, mi querido hermano, acude a Cristo –a Cristo crucificado. Aprende a cantar sus alabanzas, y, desconfiando de todo lo que es tuyo, acércate a Él y dile: “Señor Jesús, Tú eres mi justicia y yo soy tu pecado; lo que era mío Tú cargaste sobre ti, y lo que era tuyo Tú has puesto sobre mí; aceptaste sobre ti lo que Tú no eras, y me diste a mí lo que yo no era”. Ten cuidado, hermano, no sea que, buscando un alto grado de pureza, te olvides de que todavía eres pecador; recuerda que Cristo vive entre los pecadores; por este motivo descendió de los cielos (morando entre los justos, vino a este mundo a vivir con los pecadores). Medita sin cesar en su amor, y llegarás a experimentar el más apacible consuelo. Si con nuestros esfuerzos y méritos personales pudiéramos obtener la paz, entonces ¿qué necesidad hubo de que Cristo muriese por nosotros? Cuanto más desesperado estés de ti mismo y de tus obras, más paz hallarás en su obra; verás cómo Él te recibe y hace de tu pecado su pecado, y de su justicia tu justicia».

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¿Cuándo deja una iglesia de ser iglesia?

Tras la interrupción temporal del Comentario a los Salmos de W. S. Plumer,  reanudamos la serie de artículos que comenzamos hace un tiempo, rescatados de la vieja revista “Pregonero de Justicia”. En esta ocasión, se trata de otro artículo de David Estrada, en el cual reflexiona sobre las marcas de la verdadera iglesia. Esperamos, una vez más, que sea de utilidad a nuestros lectores.

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            ¿Cuándo deja una iglesia de ser iglesia y se convierte en sinagoga de Satanás? En realidad, la pregunta no constituye una mera especulación teológica, ni carece de motivación histórica que la justifique. Muy posiblemente en tiempos apostólicos la pregunta no hubiera tenido sentido –la unidad lograda y experimentada por la Iglesia Apostólica la hubiera excluido. Pero tan pronto como la semilla herética germinó dentro de la Iglesia, y doctrinas contrarias a las Escrituras empezaron a propagarse y a minar la unidad cristiana, nuestra pregunta pasó a ocupar el primer plano de la especulación teológica y a cobrar una creciente y angustiosa actualidad.

            ¿Cuándo deja una iglesia de ser iglesia? Para contestar a esta pregunta, al igual que con cualquier otra pregunta que concierne a la fe cristiana, deberemos apelar al dictamen de la Escritura. En las páginas de la Biblia encontramos las notas o atributos que caracterizan a la verdadera Iglesia de Cristo y, por implicación –es decir, cuando no veamos las notas esenciales de la Iglesia en alguna determinada congregación particular, podremos establecer que tal congregación ha dejado de ser una iglesia verdadera.

            El estudio de este tema requiere, en primer lugar, una distinción entre aquello que es esencial a la naturaleza misma de la Iglesia, y aquello que es esencial para la buena marcha de la Iglesia.

            La Palabra de Dios contiene cierto número de artículos de fe, cuya aceptación por parte de la Iglesia, no solo es un deber, sino también un privilegio. Sin embargo, la no aceptación de los mismos por alguna iglesia local, no implicaría necesariamente el que tal iglesia hubiera dejado de ser una rama visible de la verdadera Iglesia. Hay congregaciones que en materia de disciplina, orden, culto y gobierno han incurrido en pecado al apartarse de las enseñanzas de la Palabra de Dios; pero aun siendo este el caso, no podemos decir que tales iglesias han dejado de ser cristianas, y se hayan convertido en sinagogas de Satanás.

            Muchas son las cosas que se requieren para la perfección y buena marcha de las iglesias locales, pero la ausencia de las tales en alguna congregación, si bien es señal alarmante de una peligrosa desviación de la pureza evangélica, no constituye prueba suficiente como para negar a dicha iglesia el título de cristiana. Hay mucho en doctrina y conducta que es necesario para la existencia del cristiano como tal. No porque un hermano haya hecho poco progreso en la vida de santificación podremos nosotros calificarle de persona no salva. Diremos que se trata de un creyente débil en la fe, que necesita mucho de los cuidados y oraciones de aquellos que son fuertes en los caminos del Señor. Y lo mismo podemos decir hablando de ciertas iglesias; hay iglesias débiles y hay iglesias fuertes. Pero no porque una congregación deje de exhibir ciertas características esenciales para el crecimiento y santificación de sus miembros, deberemos concluir que ha dejado de ser iglesia verdadera.

            Por otro lado, a menos que una persona no haya experimentado el nuevo nacimiento, no podemos considerarla cristiana. Y la misma observación podemos hacer con respecto a las iglesias visibles. Hay ciertas doctrinas bíblicas que de tal modo se identifican con la naturaleza y existencia propias de la Iglesia, que la no aceptación de las mismas por parte de alguna congregación, niega a la tal todo derecho a llamarse cristiana. Dicha iglesia ha dejado de ser iglesia.

            ¿Qué doctrinas podrían considerarse como esenciales a la Iglesia de Cristo? Todo lo que haga referencia a la naturaleza y obra de la Santísima Trinidad, es esencial a la Iglesia. Todo lo que haga referencia a la divinidad, historicidad, obra y persona de Cristo, es esencial a la Iglesia. Todo lo que haga referencia a la caída, pecado y depravación del hombre, es esencial a la Iglesia. Todo lo que haga referencia al nuevo nacimiento, regeneración, justificación por la fe, y santificación, es esencial a la Iglesia. Todo lo que haga referencia a la doctrina del juicio, resurrección, cielo, infierno y segunda venida, es esencial a la Iglesia. Todas estas doctrinas constituyen el fundamento evangélico de la fe cristiana. Estas doctrinas son, además, fundamento y origen de la Iglesia. La confesión y proclamación de las mismas establece la autenticidad de toda iglesia, y constituye la nota infalible de su fidelidad a Cristo.

           

En segundo lugar, es importante distinguir entre aquello para lo cual fue instituida la Iglesia, y aquello que fue dado para la perfección de la Iglesia. Esta distinción, repetimos, es importantísima.

            Leemos en la Escritura que la Iglesia del Dios vivo es «columna y baluarte de la verdad»; y que para esto había venido el Hijo de Dios, «para dar testimonio de la verdad» (1 Ti. 3:15; Jn. 18:37). La Iglesia fue instituida para ser columna y baluarte de la verdad; su misión es la de mantener y proclamar la verdad pura del evangelio. En esta misión de dar testimonio de la verdad, la Iglesia tiene su razón de ser. Esta es la nota que caracteriza y distingue a la verdadera Iglesia de Jesucristo. Allí donde haya una congregación que predica el verdadero y único evangelio de nuestro Señor Jesucristo, allí se encuentra una verdadera iglesia.

            Por otro lado, las Escrituras nos enseñan que Cristo «constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo» (Ef. 4:11-12). Al igual que para dar a conocer el evangelio, Cristo instituyó la Iglesia, para la perfección y buena marcha de la Iglesia instituyó ordenanzas, cargos y ministerios. Teniendo presente esta distinción, podremos establecer cuándo una iglesia local es verdadera y cuándo es falsa.

            Si se trata de una iglesia que en materia de culto, gobierno, administración de los sacramentos u ordenanzas, etc., se ha desviado de las enseñanzas del Nuevo Testamento, incurriendo con ello en pecado, no por ello podremos necesariamente concluir que la tal iglesia ha dejado de ser una rama visible de la verdadera Iglesia. Y es que tanto el gobierno de la Iglesia como su culto, ordenanzas, etc., fueron instituidos para la perfección y buena marcha de la Iglesia; pero la Iglesia como tal no fue instituida para tales fines, sino para ser columna y baluarte de la verdad.

            Si se trata por el contrario de una iglesia que niega la divinidad de Jesucristo, o cualquiera de las doctrinas que como básicas del cristianismo hemos ya mencionado, entonces tal iglesia ha dejado de ser una rama visible de la verdadera Iglesia, y se ha convertido en sinagoga de Satanás. Pues tanto la divinidad de Jesucristo, como las otras doctrinas ya mencionadas, forman parte de aquel depósito doctrinal para cuya preservación y testimonio Jesucristo instituyó la Iglesia.

           La preservación, testimonio y predicación del evangelio de Jesucristo –la verdadera fe– constituye la nota infalible de la verdadera Iglesia. Cuando una Iglesia profesa una fe contraria a la del evangelio, deja de ser iglesia y se convierte en sinagoga de Satanás.

David Estrada

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Sermón sobre Job: “Bienaventurado el hombre a quien Dios corrige” (II)

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Así que, finalmente, llegaremos a la conclusión de que es bienaventurado el hombre a quien Dios castiga, tanto más si añade la segunda gracia, esto es, si aplica sus varas y sus correcciones enviando al Espíritu Santo para obrar de tal modo en el corazón del hombre, que ya no se empecine en oponerse a Él, sino que pueda reflexionar sobre sus propios pecados, ser dócil, y humillarse verdaderamente. Vemos, de este modo, por qué el mayor beneficio que podemos recibir es ser corregidos por la mano de Dios, hasta el extremo de que la corrección que nos envía nos es más útil que el pan que comemos. Porque, si morimos de hambre, Dios habrá tenido piedad de nosotros sacándonos de este mundo. Pero, si seguimos viviendo aquí abajo sin dejar de provocar la ira de aquel que se nos manifiesta como un Padre tan bueno y liberal, ¿no sería acaso una ingratitud demasiado vergonzosa? Pregunto: ¿No habría sido mejor haber nacido muerto que prolongar así la vida para condenación? Pero, si Dios va delante nuestra, y emplea sus castigos como medicina preservadora, antes de que la enfermedad avance demasiado, ¿acaso no es un gran beneficio para nosotros, el cual deberíamos desear? Así que, todas las veces que nos corrija con dificultad y amargura, y nuestra carne nos incite a la impaciencia y desesperación, recordemos esta lección: que es bienaventurado el hombre a quien Dios castiga, aunque nuestra imaginación no lo admita, pues suponemos que, por el contrario, no hay nada mejor que ser eximidos y guardados. Pero sabemos que no, sin razón, el Espíritu Santo ha hecho tal afirmación.

Por otro lado, no negamos que las correcciones que debemos soportar sean amargas y dolorosas en sí mismas, conforme a lo dicho por el apóstol (He. 12:11). Y Dios también nos hará sentir las punzadas que nos causen dolor, pues si no sintiésemos dolor cuando Dios nos corrige, ¿dónde estaría nuestra obediencia? Además, ¿cómo aprenderíamos a disgustarnos con nosotros mismos por causa de nuestros pecados? ¿Y cómo habríamos de temer los juicios de Dios, a fin de ser enderezados? Así que nos corresponde estar atribulados por el mal que Dios nos envía. Y, aunque el mal finalmente es transformado en nuestro beneficio, demostrándonos Dios, de este modo, que nos ama, no obstante, es necesario que primero haya algunas punzadas y dolores, a fin de que percibamos la ira de Dios y nos disgustemos con nosotros mismos por nuestros pecados. Pero debemos escalar aún más alto y, cuando hayamos aprendido que nuestra naturaleza es inclinada a todo mal, habremos de reconocer la necesidad de que Dios emplee algún castigo severo para purgarnos del mismo, igual que vemos que los médicos a veces emplean algún veneno con sus remedios, siendo la enfermedad demasiado grave y arraigada. El médico ve perfectamente que el veneno debilita las venas y nervios de su paciente; o bien, que no hay otro remedio mejor que dejarlo sangrar, lo cual es como extraer la sustancia de la persona. Y, sin embargo, a veces le es necesario emplear métodos tan extremos para remediar una grave enfermedad.

Del mismo modo tiene que obrar Dios en nosotros. Y, cuando decimos que somos bienaventurados al ser castigados por su mano, ello debería llevarnos a la humildad, viendo que no puede procurar nuestra salvación sino revelándose contrario a nosotros. Por tanto, ¿no habremos de decir con justicia que en el hombre hay una corrupción extraña, no pudiendo Dios ser nuestro Salvador y Padre excepto tratándonos con tanta dureza? Porque su naturaleza es revelarse lleno de gracia y gentileza a sus criaturas, y Él seguiría este orden, derramando su bondad sobre nosotros de modo que fuésemos llenos de su gracia y completamente cautivados por ella. Pero sucede que, si nos tratara gentilmente, conforme a su propia naturaleza e inclinación, estaríamos perdidos. De modo que debe, por así decirlo, cambiar de parecer, es decir, mostrársenos distinto de lo que es. Y la causa es nuestra desesperante maldad. Así que tenemos buenos motivos para llenarnos de vergüenza, viendo que Él tiene que transformarse para que no perezcamos.

            Pero, puesto que no podemos hacer una buena aplicación de esta doctrina sin añadir lo siguiente, prosigamos: «Por tanto, no menosprecies la corrección del Todopoderoso, porque él es quien hace la llaga, y él la vendará»; Él hiere, y sus manos curan y ponen vendajes adecuados sobre la herida, y después de enviar la enfermedad, la sanará. Aquí se nos exhorta a no rehusar las correcciones de Dios, y las razones se exponen claramente, esto es: porque quiere hacer las cosas bien. En esto consiste la dicha mencionada por Elifaz.

Aprendamos aquí que, cuando Dios quiere exhortarnos a la paciencia, no se trata simplemente de que entendamos que no podemos evitar su mano, que perdemos el tiempo rebelándonos contra Él, que, aunque nos pese, tenemos que transitar ese camino, y que no podemos resistir su voluntad. Pues sería la paciencia de Lombardo, como la llaman, si crujiésemos los dientes y nos levantásemos contra Dios, no practicando la paciencia sino por la fuerza. Por eso, si queremos ser pacientes con respecto a Dios, tendremos que acercarnos a Él por otros medios. Al final, tendremos que ser consolados como dice san Pablo en Romanos 15:4, donde une, como inseparables, estas dos cosas, es decir: (1) a fin de que podamos tener paciencia en todas nuestras adversidades, es preciso que gustemos la bondad de Dios, recibiendo gozo por medio de su gracia; y (2) debemos convencernos de que las aflicciones provenientes de su mano son para nuestra salvación.

Y esto es lo que se nos muestra en este pasaje cuando dice: «No rehúses la corrección del Todopoderoso, porque Él es el médico para todas tus heridas; Él es quien te enviará sanidad para todas tus dolencias». Dios nos muestra aquí que su intención no es que los hombres le estén sujetos, diciendo: «Puesto que no nos queda otra alternativa, que Dios sea nuestro Maestro, no pudiendo escapar de su dominio». No se trata de acercarnos así a Él. El Señor dice, por el contrario: «No; sed pacientes; humillaos ante mí y recibid la advertencia que encierran mis juicios para que no murmuréis contra mí, ni me desafiéis. De otra manera, tendréis que ser aplastados por mi mano hasta ser desmenuzados. Pero si, con toda humildad, reconocéis vuestras faltas, y venís a mí, y pedís perdón por ellas, experimentaréis tal alivio de vuestros males que, en medio de las mayores aflicciones, tendréis ocasión de darme gracias». Esto es lo que debemos meditar para tener verdadera paciencia. Así que somos tan rebeldes contra Dios que, en cuanto nos toca con su meñique, nos ofendemos; y tenemos tanto orgullo que, ante el más mínimo castigo de Dios, creemos que nos está tratando mal. Pero, aunque nos resulte muy difícil purgarnos de estos dos grandes vicios, tanto más debemos meditar en la doctrina que se nos muestra aquí, es decir: que Dios, al afligirnos, quiere someternos a sí, para nuestro beneficio y salvación.

            Además, debemos notar claramente la promesa que aquí se expone, es decir: que Dios curará la herida que ha causado. Es cierto que esto no se aplica a todos, sino solo a quienes reciban pacíficamente las correcciones. Sin embargo, notemos que Dios quiere que todos sean amonestados a volverse a Él, viendo que les muestra semejante bondad. Pero, ¿qué es lo que vemos? Hay muchos que no experimentan lo que aquí se quiere decir, y por eso también vemos tanta impaciencia, tantas murmuraciones, tantas blasfemias contra Dios. Las correcciones están por todas partes, pero ¿dónde está el arrepentimiento? No lo hay. Por el contrario, vemos que los hombres resisten a Dios cuanto pueden. Porque hay muy pocos que entiendan esta doctrina, que reciban esta promesa, diciendo: «Señor, es asunto tuyo curar las heridas que hayas podido causar, y dar salud al enfermo». Así que, retengamos bien esta lección, viendo que se reitera tantas veces. Porque no solamente en este pasaje el Espíritu Santo habla así. Vemos, por el contrario, que se dice: «El Señor nos aflige, y al tercer día nos sana». De modo que, si nos ha aplicado un azote, no por eso hemos de pensar que no quiere ser propicio para con nosotros cuando nos acercamos a Él. Cuando, por medio de los profetas, se nos hace tal exhortación, es como si Dios dijera: «Es cierto que os he afligido durante algún tiempo, pero mi misericordia seguirá con vosotros; será perpetua. Que hayáis sentido alguna ira, algún signo de enojo, como el padre que se enfurece con su hijo, no es porque os odiara; sino que era preciso que pudierais experimentar el resultado de vuestros pecados y reconocer que yo los aborrezco. Pero, al final, veréis que solamente quiero curaros las heridas y sanaros de los males que os he enviado».

Es cierto que, a primera vista, no parece lógico que Dios se complazca en curar heridas después de haberlas causado. ¿Por qué no dejarnos en paz y prosperidad desde el principio? Pero ya os he mostrado que las llagas hechas por Dios son como otras tantas dosis de medicina. Así que aquí se nos muestra una doble gracia: (1) La primera se deduce de que, cuando Dios nos aflige, es porque procura nuestro beneficio: nos lleva al arrepentimiento y nos purga de nuestros pecados, aun de los que nos son ocultos. Porque Dios no se conforma con remediar meramente los males ya existentes, sino que considera que en nosotros se oculta mucha semilla mala. De modo que se anticipa a poner las cosas en orden. Es una bendición especial la que nos otorga cuando, aparentemente, se vuelve contra nosotros con la espada desenvainada, manifestándonos su enojo. Cada vez que lo hace, nos muestra que es nuestro médico. Esa es la primera gracia. (2) Luego, la segunda gracia, que también se nos muestra claramente, es que Dios sana la herida que nos ha causado. Es lo que ya hemos mencionado de san Pablo: que Él no nos deja ser tentados más de lo que podamos resistir, sino que hace una buena obra a partir de todas nuestras tribulaciones (cf. 1 Co. 10:13).

            Y, aunque las correcciones nos son útiles –incluso necesarias—y, aunque Dios tiene que invitarnos de diversas maneras a volvernos a Él, no solo tiene en cuenta lo que nuestros pecados requieren, sino lo que somos capaces de soportar. Y por eso dice que nos castiga con manos humanas, que su ira no es tan grande como su poder. Porque, ¿qué pasaría si Dios extendiese su mano contra nosotros? ¿Qué criatura podría subsistir delante de Él? Ciertamente, con solo mostrarnos el enojo de su rostro, todos pereceríamos; con solo quitarnos su Espíritu, todos sucumbiríamos, como dice el salmo 104:29. Sin embargo, nos trata amablemente y, además, retira su mano de sobre nosotros cuando nos ve demasiado apesadumbrados y abatidos por la carga. Él nos guarda, siempre y cuando seamos de espíritu humilde, teniendo la correcta disposición. Porque sabemos lo que declara en su Ley: que si venimos atacándole, Él vendrá de la misma manera contra nosotros, como también lo dice el salmo 18:27: «Humillarás los ojos altivos». Será duro cuando los hombres usen de obstinada malicia contra Él, y los tales serán totalmente deshechos. Pero, cuando tengamos buena disposición para sujetarnos a la fuerte mano de Dios, siempre hallaremos en Él lo que aquí se nos dice. Entendamos, pues, lo que nos declara el apóstol: «Humillaos [dice] bajo la poderosa mano de Dios» (1 Pe. 5:6). Porque todo aquel que humilla su cabeza, todo aquel que dobla sus rodillas ante Dios para honrarle, si cae, sentirá la mano de Dios levantándolo. Pero aquel que se opone a Dios, tiene que sentir su mano contra sí. ¿Queremos sentir la mano de Dios ayudándonos?: humillémonos. Pero todo aquel que se oponga, necesariamente se estrellará, y sentirá que un rayo lo arroja al abismo. Por tanto, recordemos bien la enseñanza que encierran estas palabras: «No menosprecies la corrección del Todopoderoso». Cuando hayamos comprendido el significado de la bondad de Dios, cuando hayamos conocido su amor paternal, se endulzarán las aflicciones, que de otra manera nos parecerán severas y amargas.

Y cada uno de nosotros tiene que aplicar esta enseñanza a su propio caso. Porque sería muy fácil decir: «Bendito sea Dios, que así castiga a los hombres»; pero, al ser castigados nosotros, no elevar alabanzas, sino más bien murmuraciones contra Él. Nunca debemos hacer semejante cosa. Por el contrario, cuando seamos afligidos personalmente, recibamos con paciencia la corrección, y apliquémonos a nosotros mismos las exhortaciones que sabemos dar tan bien a los demás.

Reconozcamos, entonces, que no hay nadie que no tenga muchos vicios, y que son males que Dios no puede remediar más que por medio de la aflicción que nos envía. Es cierto que, si Él quisiera emplear su poder absoluto, podría hacerlo de otra manera. Pero no estamos hablando del poder de Dios. Solamente estamos discutiendo los medios que emplea para con nosotros. Por tanto, puesto que Dios anhela remediar nuestros vicios afligiéndonos, cada cual debe estudiar esta lección por sí mismo, a fin de confesar con David: «Señor, me ha sido de provecho que me hayas humillado» (Sal. 119:67). David no está hablando de otros, como diciendo: «Señor, has hecho bien en castigar a los transgresores»; sino que comienza consigo mismo. Es así como debemos hacerlo. Y eso es lo que en otro pasaje nos muestra el Espíritu Santo: «He aquí bienaventurado el hombre a quien Dios castiga». Porque los humanos no pueden admitir ser gobernados por Dios; se resisten y siguen incorregibles. Por eso les es necesario y provechoso que Dios los castigue. Y, puesto que hoy vemos la mano de Dios levantada, tanto en general como en particular, más debería afectarnos esta enseñanza. Se ven cosas muy absurdas. Por tanto, ¿nos asombraremos si Dios manifiesta tanta severidad?

De todos modos, es cierto que aparentemente no castiga a los malvados como a nosotros, aunque sean extremadamente rebeldes y obstinados. Pero, por otra parte, no importa cuánto puedan ser amonestados, porque de ninguna manera estarán dispuestos a conformarse a Dios. Él les manda advertencias por medio de las aflicciones que pone ante sus ojos en otras personas, y ciertamente algunas veces se las hace sentir a ellos mismos. Y, así, tanto más condenará su insubordinación, cuanto más rebeldes y obstinados se muestren. Pero, por nuestra parte, roguemos a Dios que no nos permita endurecernos, sino que tan pronto nos dé muestras de su ira, el Espíritu Santo obre de tal modo en nosotros que atenúe la dureza de nuestro corazón, mostrándonos su gracia y recibiéndonos en su misericordia, de la cual tenemos tanta necesidad. Y, ahora, inclinémonos delante de nuestro Dios en humilde reverencia.

Juan Calvino

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SERMÓN SOBRE JOB: “BIENAVENTURADO EL HOMBRE A QUIEN DIOS CORRIGE” (I)

Tras varias semanas sin publicar nada (habiéndonos visto obligados a interrumpir, temporalmente, la serie de Comentarios al libro de los Salmos, por falta de tiempo), tenemos la satisfacción de ofrecer a nuestros lectores la primera parte de un nuevo sermón de Juan Calvino al libro de Job (tras otro que ya habíamos publicado hace algún tiempo). En realidad, se trata de de una traducción que circula en español desde hace ya bastantes años, a la que le hemos realizado algunos arreglos de estilo, aunque sin consultar el original. Sin tratarse, por tanto, de una traducción muy rigurosa, confiamos en que conserva el sentido de sermón original, resultando, a nuestro juicio, de gran edificación para el creyente. Así esperamos, nuevamente, que sea para todos nuestros lectores.

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“He aquí, bienaventurado es el hombre a quien Dios castiga; por tanto, no menosprecies la corrección del Todopoderoso. Porque él es quien hace la llaga, y él la vendará; él hiere, y sus manos curan” (Job 5:17-18).

           Anteriormente, Elifaz había declarado el poder de Dios, de modo que estuviésemos mejor preparados para recibir la doctrina que ahora añade. Porque no estamos abiertos a la enseñanza como deberíamos, por no conocer lo suficiente la majestad de Dios, de modo que nos alcance su temor. Por eso hemos de saber cómo gobierna Dios el mundo, y considerar su infinita justicia, poder y sabiduría. Ahora bien: si los malvados son confundidos por mostrarse Dios contrario a ellos, tapándoles la boca, ¿cuál ha de ser nuestra actitud? Porque Dios no tiene por qué obligarnos a darle honra: basta con que nos presente la ocasión y muestre que hay razones para hacerlo, de modo que acudamos por voluntad propia. Cuando se nos muestran los juicios de Dios, hemos de temblar ante ellos.

            Y ahora dice que es «bienaventurado el hombre a quien Dios castiga», y que por ello no debemos rehusar la corrección del Todopoderoso. Pero, si alguien nos dijera que Dios no hace daño a los hombres cuando se constituye en su Juez, empleando gran severidad y rigor, tal doctrina, aunque verdadera, nos sentaría como si un hombre nos diera con un martillo en la cabeza. ¿Qué ha de hacerse, entonces?: el castigo debe mezclarse con un poco de azúcar, haciéndonos saber que es provechoso para nuestra salvación. Por eso, después de declarar los juicios de Dios en términos generales, para que estemos dispuestos a temerle con toda humildad, ahora Elifaz nos muestra el amor de Dios, el cual, cuando nos castiga, nunca es tan severo con nosotros que no nos haga sentir, al mismo tiempo, su bondad y misericordia, a fin de que nos acerquemos a Él y no desmayemos. Así que la intención de Dios no es que su majestad sea terrible para nosotros. Por el contrario, su propósito es acercarnos a Él para que le amemos, no únicamente cuando nos hace bien, sino también cuando nos castiga por nuestros pecados. Vemos, así, lo que debemos aprovechar de este pasaje.

            Sin embargo, parece que esta afirmación es contraria a lo que se proclama en el resto de las Sagradas Escrituras, es decir: que todas las miserias y calamidades de esta vida terrenal provienen del pecado y, consecuentemente, de la maldición de Dios. ¿Cómo pueden concordar estas cosas: que seamos bendecidos cuando Dios nos castiga y que todos los males que nos sobrevienen de sus manos sean señales de su ira (es decir: que le hemos ofendido y Él nos maldice)? Porque, ¿de dónde proviene nuestra felicidad y gozo, sino de Dios? Y, por el contrario, cuando Dios es contra nosotros, vemos que nuestra vida está bajo maldición. Así pues, cuando sentimos que, por el hecho de castigarnos, Dios está enojado con nosotros, no nos parece que haya felicidad en ello. Pero hemos de tener presente que aquí Elifaz considera la intención y fin que Dios persigue al castigarnos. Pues Él aborrece el pecado y, aunque vayan en contra del orden que Él mismo señaló en la creación del mundo (tratándonos como nuestro Padre), todas las adversidades de la vida nos señalan la maldición de Dios, para que entendamos que el pecado le desagrada, que lo odia y aborrece, y que no lo puede soportar, puesto que Él es la fuente de toda justicia. Pero, a pesar de todo, cuando Dios nos ha declarado su aversión hacia el pecado, también nos atrae, nos exhorta y nos invita a arrepentirnos. Por tanto: ¿nos aflige Dios? Ello es una señal de que no quiere que perezcamos, y de que nos insta a volvernos a Él. Porque las correcciones son como testimonios de que Dios está dispuesto a recibirnos en misericordia si reconocemos nuestras faltas y, sinceramente, pedimos que nos perdone.

               Siendo así, no nos debe parecer extraño que Elifaz diga que es bienaventurado el hombre a quien Dios castiga. Por el contrario, debemos recordar los dos puntos que he mencionado: primero, que en cuanto nos sobrevenga algún mal, debemos considerar la justa ira de Dios, y entender que Él no puede soportar el pecado. La severidad de su juicio ha de llevarnos al sincero dolor por haberle ofendido. He aquí el punto por donde hemos de comenzar. Luego, debemos considerar la bondad de Dios al no dejarnos arrastrar hacia la perdición, sino que nos invita a regresar al hogar, demostrándonos su intención de hacernos volver cada vez que nos aflige. Vemos, así, cómo hemos de considerar todas nuestras aflicciones.

          Pero aún queda un punto difícil por resolver. Porque, mientras vemos que las aflicciones son comunes a todos los hombres, Dios castiga a aquellos a quienes quiere mostrar su misericordia. Pero vemos que también castiga a los malvados, permitiendo que sigan pecando, para su mayor condenación. ¿De qué le sirvieron a Faraón todos los azotes, sino para hacerlo tanto más inexcusable, puesto que siguió testarudo e incorregible para con Dios, hasta su mismo final? Siendo así, pues, que Dios aflige tanto a buenos como a malos, y que, como vemos por experiencia, las aflicciones son fuego para encender tanto más la ira de Dios contra los malvados, concluimos que Dios castiga a muchas personas que no serán bendecidas por ello.

            Por tanto, esto nos enseña que aquí Elifaz habla solamente de aquellos a quienes Dios castiga como a hijos suyos, para su provecho, según lo declara con las palabras que siguen, afirmando que Él hace la llaga y Él la vendará. Le coloca vendajes y la sana. Así pues, vemos que Elifaz limita su afirmación a aquellos para quienes Dios convierte el castigo en auténtica corrección.

            Pero esta afirmación seguirá siendo un tanto oscura hasta que se explique con más detalle, de modo que quedemos plenamente convencidos. Notemos cómo obra Dios con los malvados. Es cierto que, con el castigo, exhorta a todos los hombres al arrepentimiento –como hemos dicho–, y es lo mismo que si los despertase y les dijera: «Conoced vuestras faltas y no sigáis más en ellas, sino volveos a mí, y yo estaré dispuesto a mostraros misericordia». Sin embargo, es bien sabido que el castigo no aprovecha a todos los hombres, y que no a todos concede la gracia de volverse a Él. Porque a Dios no le basta con herirnos con su mano, a menos que también nos toque interiormente con su Espíritu Santo. Si Dios no quitase la dureza de nuestro corazón, nos ocurriría lo que a Faraón. Porque los hombres son como yunques. Los golpes no cambian su naturaleza, pues vemos cómo los rechazan. Por tanto, hasta que Dios no nos toque en lo más profundo de nuestro interior, no haremos sino dar cocer contra Él, escupiendo más y más veneno. Y toda vez que nos castigue, crujiremos los dientes y no haremos sino atacarle. Y, en efecto, tan malvada es la iniquidad de los hombres, tan testaruda, tan desesperada, que cuanto más los castiga Dios, más le escupen sus blasfemias, mostrándose totalmente incorregibles, de modo que no hay forma de hacerles entrar en razón. Aprendamos, entonces, que hasta que Dios no nos toque con su Santo Espíritu, es imposible que sus castigos sirvan para traernos al arrepentimiento. Más bien, nos harán ir de mal en peor.

            Sin embargo, no se puede decir que Dios no sea justo al obrar de esta manera, pues así se convencen los hombres. De modo que, si Dios no los mantuviera a raya, castigando sus pecados, podrían argumentar ignorancia, afirmando que no lo sabían, y que se excedieron porque Dios no les invitó a reconocer sus faltas. Pero, cuando sintieron la mano de Dios y percibieron sus juicios, siendo convocados al arrepentimiento, no solo fueron de mal en peor, sino que se mostraron en abierta rebelión contra Dios; de modo que ahora tienen que cerrar sus bocas y ya no pueden decir nada en su favor. Así pues, vemos cómo Dios muestra su justicia cada vez que castiga a los hombres, aunque dicho castigo no resulte en su enmienda.

           Además, cuando Dios castiga a los malvados, es como si hubiera comenzado a mostrar ya su ira sobre ellos, y que el fuego de su ardor ya se hubiera encendido. Es cierto que, por el momento, no son consumidos totalmente, pero estas son señales de la horrible venganza que les está preparada para el día del juicio final. Vemos que muchas personas, siendo afligidas por la mano de Dios, se hallan bajo maldición. Su infierno ya comienza en este mundo, conforme a los ejemplos que tenemos de todos aquellos que no corrigen su malvada vida cuando Dios les envía aflicciones. Se les puede ver en una esquina aullando como perros, mostrando una continua cólera, o cual caballos desbocados, como se describen en el salmo 32. Están tan viciados que no reconocen su propio mal, considerando la mano que los golpea. Como dice el profeta: «Habrá llanto, porque pasaré en medio de ti». Pero, ¿de qué sirve?; ellos no piensan en la mano de Dios, ni saben que los visita. Vemos, así, con nuestros propios ojos, que muchas personas son aún más desdichadas al ser castigadas por la mano de Dios, porque no les aprovecha su escuela, ni reciben ningún beneficio de sus azotes.

          Pero aquí se menciona particularmente a aquellos a quienes Dios castiga tocándolos con su Santo Espíritu. Podemos estar seguros de que, cuando Dios nos hace sentir su mano, humillándonos bajo ella, nos está haciendo un favor especial, y se trata de un privilegio que no concede a nadie sino a sus propios hijos. Cuando sentimos la corrección que Él nos manda y, además, somos enseñados a disgustarnos con nosotros mismos por causa de nuestras ofensas, a suspirar y gemir por ellas en su presencia, y a refugiarnos en su misericordia; digo que, si éste es nuestro sentimiento en cuanto a los castigos de Dios, será señal de que Él ha obrado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo. Porque es demasiada sabiduría para que crezca por sí misma en la mente del hombre; tiene que proceder de la libre y buena voluntad de nuestro Dios. El Espíritu Santo primero tiene que haber suavizado esa maldita dureza y testarudez que hemos mencionado, y a la cual estamos inclinados por naturaleza. Entendamos, pues, que este texto se refiere particularmente a los hijos de Dios, los cuales no están obcecados contra Él, sino que han sido vencidos y aplacados por la obra del Espíritu Santo, a fin de que ya no luchen contra las aflicciones que les manda. Pero, aún así, esta afirmación parecerá extraña a la opinión de la carne, pues todas las circunstancias que resultan distintas a nuestros anhelos las tildamos de «adversidades». Cuando sufrimos hambre, sed, frío o calor, decimos que es grande el mal, porque queremos satisfacer nuestros apetitos y deseos. Y, en realidad, esta manera de hablar, diciendo que las desgracias que Dios nos envía son adversidades –esto es, cosas contrarias a nosotros–, no carece de razón. Pero debemos entender el propósito de Dios, el cual nos aflige por causa de nuestros pecados.

            Además, ya hemos afirmado que es necesario considerar que las aflicciones que Dios nos manda se deben a su odio al pecado, y que, si nos llama a su presencia, es para hacernos sentir que es nuestro Juez; pero también porque necesitamos que nos extienda sus brazos y nos muestre que está dispuesto a reconciliarnos consigo, cuando nos acercamos con verdadero arrepentimiento. Entendamos, por tanto, que son bienaventurados aquellos a quienes Dios castiga, a pesar de que todos huyan de la adversidad. Sin embargo, nunca seremos capaces de admitir esta doctrina y recibirla en nuestros corazones, hasta que la fe nos haya hecho comprender la bondad de Dios para con sus siervos cuando hace que se vuelvan a Él.

            Y, para que podamos entenderlo mejor, advirtamos lo que les ocurre a las personas cuando Dios las deja libres, cuando no tiene intención de limpiarlas de sus pecados. Consideramos a una persona entregada al mal: por ejemplo, al que desprecia a Dios. Si Dios lo deja a su aire y no lo castiga, se endurecerá y el diablo lo llevará cada vez más lejos. Por eso, le habría sido mucho mejor que hubiese sido castigada antes. De modo que la mayor desgracia que nos puede ocurrir es que Dios permita que nos revolquemos en nuestras iniquidades, pues, en tal caso, finalmente nos pudriremos en ellas. Ciertamente, es de desear en gran manera que los hombres vayan a Dios por su propia voluntad, sin ser espoleados para hacerlo, y que se aferren a Él sin ser reprendidos por sus faltas. Esto –digo—es algo en gran manera deseable; y, más aún, que no hubiese en nosotros faltas, y que fuésemos como los ángeles, deseando únicamente rendir obediencia a nuestro Creador, y honrarle y amarle como a nuestro Padre. Pero, teniendo en cuenta lo perversos que somos, que no cesamos de ofender a Dios y que, además, actuamos con hipocresía delante de Él, anhelando solamente ocultar nuestras faltas; teniendo en cuenta que hay tanto orgullo en nosotros que quisiéramos que Dios nos dejara libres y satisficiera nuestros deseos, de modo que al final nosotros fuésemos sus jueces, en lugar de ser Él el nuestro; considerando –digo—lo perversos que somos, Dios ciertamente tiene que emplear algún remedio violento a fin de atraernos a sí. Porque, si nos tratara de forma absolutamente delicada, ¿qué ocurriría? En parte, podemos verlo incluso en los niños pequeños. Pues, si su padre o su madre no los castigaran, los estarían mandando a la horca. La misma experiencia lo demuestra, y hasta tenemos dichos populares: «Cuanto más los apañas, más pañales mojan». Y las madres van aún más allá, pues les gusta adularlos hasta que se echan a perder. De esta manera, Dios realmente nos ofrece pequeñas ilustraciones de lo que es mucho mayor en Él. Porque, si nos tratara suavemente, nos arruinaríamos del todo, sin posibilidad de ser rescatados. Por eso, para mostrarse como un Padre con nosotros, tiene que ser severo, viendo que somos de una naturaleza tan rebelde que tratándonos delicadamente no obtendríamos provecho. ¿Veis cómo podemos entender la verdad de esta doctrina, que es bienaventurado aquel a quien Dios castiga, considerando cuál es nuestra naturaleza, cuán testarudos somos y cuán difícil es ponernos en orden? Porque, si Dios nunca nos castigase, no sacaríamos provecho; y, por eso, es menester que nos mantenga bajo control, y nos dé todos los azotes que sean necesarios para que nos acordemos de Él.

Juan Calvino

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Salmo 11

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Observaciones doctrinales y prácticas

  1. La fe en Dios es necesaria en todas las dispensaciones y situaciones. Es imposible dar un paso en el camino recto sin ella (v. 1).
  2. El que confía en Dios siempre tiene base para la esperanza. No todo lo que se encuentra en peligro está perdido. Mientras viva y reine Dios, hay esperanza para una buena causa y para un buen hombre. Podemos desafiar con valentía a todos los que quieran hacernos desesperar (v. 1).
  3. El que se proponga cumplir con su deber, ha de aprender a no conocer a ningún hombre según la carne, y a no escuchar ningún consejo, por mucha bondad con que parezca darse, si entra en conflicto con la voluntad conocida de Dios (v. 1).
  4. ¡Cuán extrema es la necedad del pecado! Nada parece más justificable a los ojos de los hombres carnales que huir en tiempo de peligro. Sin embargo, a menudo hemos de clamar: «¿Cómo decís […]?» (v. 1).
  5. Siempre es sabio permanecer en nuestro lugar (v. 1). El puesto del deber es una torre alta. Henry: «Lo que apenaba a Dios en este asunto no era que escapar podía oler a cobardía, lo cual no es propio del soldado, sino que podía oler a incredulidad, lo cual no es propio del santo que tantas veces ha dicho: «En Jehová he confiado». Calvino: «Este versículo nos enseña que, por mucho que el mundo nos aborrezca y persiga, no obstante debiéramos permanecer firmes en nuestro puesto, para no vernos privados del derecho a reclamar las promesas de Dios o que las mismas se escapen de nosotros; y que, por más que se nos acose durante todo el tiempo que fuere, siempre debiéramos ser constantes e inalterables en la fe de haber recibido el llamamiento de Dios».
  6. Para mantener una profesión firme e inalterable, hemos de evitar escrupulosamente toda influencia de la sabiduría de la carne (v. 1). Aun siendo cristianos, los hombres pueden ser carnales hasta un punto lamentable (cf. 1 Co. 3:1). En tal caso, su consejo suele ser muy parecido al que dan los hombres impíos.
  7. Los hombres buenos no deberían sorprenderse de ninguna maldad que puedan presenciar. Los hombres malos siempre han sido muy malos (v. 2). Los malvados siempre harán maldad. Está en sus corazones. Cada generación tiene su Caín, su Ahitofel, su Sanbalat, su Judas, su Demas, sus falsos hermanos, sus perros, sus cobardes sin principios y sus atroces tiranos.
  8. Se da una curiosa correspondencia entre los procedimientos y los propósitos de los hombres malvados. Las acciones furtivas se adecuan a los planes furtivos (v. 2). A muchos pecadores que disparan en secreto, les daría demasiada vergüenza atacar abiertamente. Las obras de las tinieblas se adecuan a los hijos de las tinieblas.
  9. Es importante que, a menudo, nos preguntemos: ¿Somos rectos? (v. 1). Si lo somos, también seremos directos, francos, claros y sinceros. Los caminos retorcidos no son propios de la piedad. Cuando nos sintamos inclinados a la falsedad, podemos estar seguros de que no está todo bien.
  10. Siempre es necesario adherirse a los primeros principios (v. 3). Esto es tan importante en religión como en cualquier otra materia. Henry: «Si destruyes los fundamentos, si a las buenas personas les quitas su esperanza en Dios, si puedes persuadirles de que su religión es un engaño y una broma y puedes apartarlos de ella, los destruirás, realmente les romperás el corazón, y los convertirás en los más miserables de los hombres». Adopta los primeros principios atenta y escrupulosamente; y, cuando los hayas adoptado, retenlos.
  11. En las tentaciones que nos llevan a negar las primeras verdades de la religión, hay una ventaja, a saber: que en seguida vemos que, o nos aferramos a nuestra integridad, o habremos de renunciar a la conciencia, paz mental, principios, Dios y salvación. Es de gran ayuda cuando podemos ver la deriva de nuestros conflictos. Si fallan los fundamentos, todo está perdido (v. 3).
  12. ¡Qué bendición tan inestimable es un buen gobierno, establecido y conducido con principios verdaderos, justos y uniformes! Si a quienes se quejan de las cargas normales de un buen gobierno, se les sometiera, aun por poco tiempo, a los horrores del desgobierno o anarquía, se encontrarían en una situación que probablemente les llevaría a sentirse agradecidos de volver a cualquier forma de gobierno regular y libre (v. 3).
  13. Pero, si Dios nos ha colocado en una situación de vida social y civil totalmente inestable, recordemos que también otros, que nos han precedido, han visto todo orden subvertido y justicia negada (v. 3). Mas, por medio de Dios, han sobrevivido a tal situación y alcanzado días mejores, del mismo modo que también podemos hacerlo nosotros. El romano no desesperaba de la república; y el cristiano ha de esperar el bien en todos los asuntos, siendo gobernados por Dios. Horne: «No todo está perdido mientras quede un solo hombre que repruebe el error y dé testimonio de la verdad; y el hombre que lo hace con el espíritu adecuado, puede detener al príncipe o senado que actúa con todo su vigor y, de ese modo, arreglar las cosas […]. Ningún lugar de la tierra está libre de preocupaciones y dificultades; las tentaciones se hallan por todas partes, pero también la gracia de Dios».
  14. Vemos cuál sería el estado de las cosas si los infieles tuviesen el dominio. Toda virtud y, con ella, toda justicia y orden perecerían; todos los fundamentos serían destruidos. Morison: «Tales hombres acostumbran exaltar la libertad, pero ¡ay de los justos de la tierra cuando quedan a merced de sus delicadas misericordias! No es de suponer que quienes niegan la lealtad al todopoderoso, traten con mucha deferencia a sus humildes y leales siervos. La libertad, de la que tanto hablan los infieles, no es sino aquel egoísmo del que su sistema jamás puede apartarles, y solo hace falta que tal egoísmo dicte un renglón de persecución para que ellos lo escriban al instante. Ante la total carencia de principios, necesariamente han de ser conducidos a donde la pasión, el prejuicio o el interés les arrastre».
  15. Por mucha confusión atroz que reine a nuestro alrededor, y que los verdaderos fines del gobierno sean olvidados, sin embargo, bien pueden regocijarse los corazones de los justos en que Dios no es, ni puede ser, destronado (v. 4). Todos los demás cetros serán quebrados, y todas las demás coronas caerán a tierra, pero los píos siempre clamarán: «Aleluya, porque el Señor Dios omnipotente reina».
  16. Cuanto más se sequen las fuentes de gozo terrenal, más deberíamos acudir a los pozos de salvación, y con deleite sacar de ellos el consuelo necesario (v. 4). Calvino: «Estando destituido de ayuda humana, David se encomienda a la providencia de Dios. Es una señal notable de fe obtener luz del cielo que nos guíe a la esperanza de salvación cuando, en este mundo, nos rodean las tinieblas por todos lados. Todos los hombres reconocen que el mundo es gobernado por la providencia de Dios, pero cuando se produce alguna triste confusión de las cosas, que perturba su paz y les acarrea dificultad, hay pocos que retengan en sus mentes la firme convicción de esta verdad». Sin embargo, este es justo el momento en que la fe es más necesaria y puede ser más ilustre.
  17. ¡Cuán consoladora es al alma humilde la doctrina de la omnisciencia de Dios! (v. 4). Si se avergüenza de sus propias imperfecciones y defectos, puede apelar a Dios para que atestigüe su sinceridad. Si los hombres entienden mal y malinterpretan sus mejores acciones y propósitos, está segura de que Jehová los aprueba. Si tiene la sensación de que los consejos malvados son demasiado oscuros para poder penetrarlos, tiene a un Amigo todopoderoso que sondea todas las malvadas ardides. Henry: «Dios no solo ve a los hombres, sino que ve a través de ellos; no solo sabe todo lo que dicen y hacen, sino que sabe lo que piensan, lo que se proponen y lo que realmente sienten –no importa lo que quieran aparentar. Nosotros podemos saber lo que los hombres parecen ser, pero él sabe lo que son, como el refinador sabe cuál es el valor del oro cuando lo ha probado».
  18. Debería resultar solemne a los hombres que Dios los escudriñe y pruebe (v. 5). Muchos se dirigen a su Hacedor con palabras muy solemnes, pero en sus corazones son livianos y vanos. El que escudriña los corazones no se agrada de los necios. No juega con nadie, ni dejará que nadie juegue con él.
  19. Los hombres malvados no tienen más derecho a creer que Dios favorecerá sus acciones malvadas que a creer que cambiará, pues toda su naturaleza moral está en contra de los hacedores de iniquidad (v. 5). Calvino: «Dios aborrece a los que se dedican a causar daño y hacer mal. Habiendo ordenado la interrelación de los hombres, quiere que la mantengamos inviolable. Por tanto, para preservarla como orden sagrada y señalada, ha de mostrarse enemigo de los malvados que son injustos y perturbadores para con los demás». La sociedad es la ordenanza de Dios. Todo lo que tienda a subvertirla será castigado por Dios.
  20. Puesto que Dios es lo que es, es imposible que al justo y al malvado por siempre les vaya igual; mucho menos, que el malvado siempre tenga al justo en su poder y pueda atormentarlo (v. 5).
  21. Si Dios prueba a los justos, es por su bien; y, por tanto, hay una enorme diferencia entre los sufrimientos de los santos y los de los pecadores, no tanto en el grado como en el propósito, fin y efectos (v. 5). Morison: «Percibimos aquí la indecible diferencia entre los castigos paternales y la acción de Dios, en su desagrado, sobre sus enemigos. Los unos tienen un carácter correctivo, la otra un carácter punitivo; los unos expresan la consideración del pacto, la otra conlleva el justo desagrado y el juicio inminente; los unos son la reprensión de un padre justamente ofendido, la otra la vara alzada de un juez que, en breve, aplastará a todos sus enemigos».
  22. Las calamidades que alcanzarán a los malvados son inconcebiblemente terribles (v. 6). La Biblia excede a todos los libros en sobriedad, y aun en sus imágenes más impactantes no da una idea exagerada de la miseria futura de los hombres malvados que mueren impenitentes. ¡Cuán insoportable debe de ser la ira de Dios, cuando se expresa con palabras tan tremendas como las empleadas en este salmo y otros lugares de la Biblia! No me sorprende que los grandes y buenos hombres que han proclamado la salvación de manera enérgica y ferviente, normalmente hayan hablado de la pérdida de un alma con tono sumiso y muchas lágrimas. Pero no hay nada que excuse el silencio en un asunto tan serio (cf. Ez. 3:18; 33:7-8). La condenación es más terrible de lo que se haya expresado jamás.
  23. Henry: «Aunque la gente honesta y buena pueda ser machacada y pisoteada, Dios la reconoce y reconocerá, la favorecerá y le sonreirá, y esa es la razón por la que Dios tratará severamente a los perseguidores y opresores: porque aquellos a quienes oprimen y persiguen le son queridos. De manera que quien les toca, toda a la niña de sus ojos» (v. 7).
  24. Todo este salmo nos enseña que, si somos tentados, no hemos de ceder, sino resistir al diablo, y él huirá de nosotros.
  25. No podemos leer estos salmos sin ver que hay una diferencia entre santos y pecadores, quienes sirven a Dios y quienes no le sirven.
  26. Todos los males que, en esta vida, acontecen al impío no son sino el comienzo de sus aflicciones, pero todas las cosas malas que suceden al justo solo se dan antes de alcanzar la eternidad.
  27. Una cosa debería animar grandemente a los santos cuando se acercan a Dios, a saber: que ahora sabemos no solo que reina, sino que reina por Jesucristo. Es tan cierto que Dios está en su trono, como que está en Cristo Jesús.
  28. Morison concluye sus comentarios a este salmo así: «¡Pecador impenitente! ¡Lee este salmo y advierte tu destino inminente! Abrigar esperanza de escapatoria es en vano. Los elementos de la omnipotente ira están todos preparados, y los huracanes que te arrastrarán a la perdición pronto comenzarán a soplar. Los cielos morales ya están cubiertos de nubes amenazadoras, el destello del relámpago se ve girando en torno a tu cabeza, y el abismo inferior se está abriendo para recibirte; un estadio más en la impenitencia y serás destruido para siempre; el Juez está a la puerta, estás a punto de recibir el último llamado al arrepentimiento, pronto se oirá el doble de campanas del juicio, y a través de la lúgubre sombra de muerte pasarás a una región en que la ira de Dios será la porción eterna de tu copa. Date prisa, por tanto, oh pecador, en acudir a la cruz de Cristo. El que murió en aquella cruz te da la bienvenida; a pesar de toda tu impenitencia, te da la bienvenida. Puede ablandar y cambiar tu duro corazón de piedra. Puede perdonar y quitar tus pecados de color carmesí. Pero no olvides que el día de la visitación misericordiosa se apresura a su fin, y que la insultada compasión de un Salvador moribundo se vengará terriblemente por medio de los incesantes tormentos que producirá».

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Salmo 10

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Observaciones doctrinales y prácticas

  1. No es cosa nueva que Dios parezca, por un tiempo, entregar a su pueblo al poder de sus enemigos (v. 1). Pero ello no debería abatirlos; los siervos de Dios de épocas anteriores también soportaron todo esto y, sin embargo, salieron victoriosos.
  2. No hay en toda la iglesia militante de Cristo un solo caso de injusticia sufrida o persecución soportada, que sea tan malo como para poner en duda si ha de presentarse a Dios (v. 1). «La gente buena estaría perdida si no tuviese un Dios al que acudir, un Dios en quien confiar y una dicha futura que esperar». Echad sobre él todo vuestro cuidado, pues cuida de vosotros. El oficio, obra y deleite personales de Dios es ayudar a los débiles y defender a los heridos.
  3. Por muy graves que puedan ser las pruebas de sus santos, Dios jamás los desampara definitiva ni totalmente. Es verdad que, como dice Henry, «el hecho de que Dios se retire resulta muy penoso para su pueblo en todo momento, especialmente en momentos de dificultad». Pero el momento en que Dios viene en nuestro rescate, a menudo se encuentra muy cerca cuando más lejos nos parece a nosotros. «La extrema necesidad del hombre es la oportunidad de Dios». Esta es la primera lección que Ames saca de este salmo: que «en medio de sus dificultades, los hombres piadosos se quejan, principalmente, de la ausencia de Dios; puesto que se han dado cuenta de que, en todo lo que les concierne, han de considerar, principalmente, a Dios y su providencia; puesto que la ausencia de Dios es motivo de gran consternación para todas las criaturas; y puesto que la presencia de Dios trae la apropiada consolación para todos los males».
  4. El abuso de la paciencia y misericordia de Dios por parte de las sucesivas generaciones de sus enemigos, no parece variar en la menor medida. Las excusas, burlas y artes de los malvados, cuando se atreven a emplearlas, tienen una tediosa uniformidad. El lenguaje de los malvados que encontramos en este salmo, se ha repetido en todas las épocas. Véase otros salmos, los profetas, los evangelistas, el último capítulo de 2ª Pedro y la historia de la iglesia en general.
  5. La persecución no es cosa nueva (v. 2). Cuando el pueblo de Dios tiene mucho del Espíritu de Cristo y los enemigos de Cristo tienen el poder, fluirá la sangre de los mártires. Pero, bendito sea Dios, pues que mejor es sufrir el mal que hacer el mal. El espíritu de los malvados no se preocupa de la justicia si puede salirse con la suya. Su orgullo lo llevará. Henry: «La tiranía, tanto del estado como de la iglesia, tiene su origen en el orgullo». Horne: «Resulta inconcebible el maligno furor con que el vanidoso infiel persigue al humilde creyente, aunque este no le haya ofendido más que por ser creyente». Si hubiese misericordia en los corazones de los perseguidores, el carácter inofensivo y desvalido del pueblo de Dios despertaría su compasión; pero son despiadados. Verdaderamente, es una gran misericordia cuando se nos mantiene fuera del alcance de los malvados. No es de extrañar que provoque a Dios la violencia hecha a sus santos.
  6. Tampoco es cosa nueva que los malvados se gloríen en su vergüenza (v. 3). Llevan manifestándola mucho tiempo.
  7. Pero tengan cuidado los hombres con la forma en que tratan de aprobar su maldad, alegando que Dios les da poder (v. 3; cf. Is. 10:12-15).
  8. Una de las cosas más peligrosas que puede hacer el hombre, es bendecir a los hombres malvados, poniendo lo amargo por dulce y la luz por las tinieblas (v. 3; cf. Is. 5:20). El que exalta lo vil está completamente perdido.
  9. ¿Alguna vez aprenderán los hombres el mal que hay en la codicia? Es la raíz de todos los males; es condenada es la ley moral, en los salmos, en los profetas, en los evangelios, en las epístolas, por la conciencia, por el sentido común, por la voz de la humanidad, por muchos ejemplos terribles de hombres ávidos de ganancia. El hombre codicioso abomina al Señor, y el Señor le abomina a él (v. 3). Tan imposible es que el hombre sea salvo sin aborrecer la codicia, como que sea salvo sin aborrecer la mentira o el homicidio.
  10. El orgullo es un pecado muy parecido en todos los casos (vv. 3-4). Convierte todas las bendiciones en maldiciones. Hace a los hombres desvergonzados. Todos lo denuncian; pocos renuncian a él. Uno está orgulloso de su origen humilde, otro de su noble nacimiento; uno de su ropa espléndida, otro de sus toscas vestiduras; uno de sus virtudes, otro de sus vicios. No hay diferencia constatable en la tendencia destructiva de las diferentes clases de orgullo (cf. Pr. 16:18; 29:23).
  11. Una de las lecciones que Ames saca de este salmo es que «en ninguna otra cosa la impiedad de los orgullosos rebasa más todos los límites que en estar acostumbrados a alabarse a sí mismos y a quienes se asemejan a ellos en maldad» (v. 3; cf. Dt. 29:19-21).
  12. Una causa suficiente de la irreligiosidad de todos los hombres malvados se encuentra en sus malas pasiones (vv. 3-4). ¡Cuántas multitudes de hombres, como el rey Saúl, tienen convicción de pecado y, a veces, incluso la expresan con seriedad y ternura y, sin embargo, son arrastrados al pecado por su obstinación, malicia, mundanalidad, ambición o celos!
  13. Y ¿cómo puede esperarse que los hombres vengan a un conocimiento salvífico de las cosas divinas, cuando no buscan que se les informe (v. 4)? Ningún indagador honesto de la verdad ha perecido jamás. La historia personal de todo infiel da la clave de su escepticismo. Es un hecho que la historia del mundo aún no nos ha mostrado un solo objetor de la doctrina y misericordia del evangelio que manifieste serenidad, oración e imparcialidad.
  14. Si se diese rienda suelta al pecado, destronaría y aniquilaría a Dios (v. 4). Hasta donde puede, actúa, siente y piensa como si no existiera.
  15. No deberíamos sorprendernos de la vileza del pecador (v. 5). La tranquila continuidad en el pecado es una señal infalible de impiedad, no menos que los flagrantes pecados que se cometen puntualmente. Todas las transgresiones son fruto de un corazón no regenerado. Deberíamos confundirnos si un mal árbol diese buen fruto.
  16. Tampoco deberíamos sorprendernos si los caminos de los pecadores resultan penosos aun a sí mismos (v. 5). Los malvados siempre han sido y han de ser como el mar agitado.
  17. Tampoco debería asombrarnos la prosperidad de los malvados (v. 5). No obtienen nada de valor para la eternidad; todas las cosas buenas las obtienen en esta vida.
  18. No es cosa nueva que los hombres pecadores carezcan de discernimiento espiritual (v. 5). Están tan cegados por el pecado, tan enamorados del engaño, que sin un cambio sobrenatural no pueden percibir belleza alguna ni aun en la santidad.
  19. «Si ves el maltrato de los pobres y la violenta perversión del juicio y la justicia en algún lugar, no te maravilles del asunto» (v. 5). Así fue en los días de Salomón; así ha sido siempre. Pero Dios lo pondrá todo en orden.
  20. Aunque los hombres malvados a veces alcanzan asombrosas cotas de poder, su arrogancia suele elevarse aún más (v. 5).
  21. Los incorregibles malvados no podrían continuar en la seguridad de sus pecados si no fuese por extraños engaños, el rechazo ostensible de la evidencia o la maravillosa capacidad de falso razonamiento (v. 6). Un hombre vivo puede decir con la misma sabiduría: «No moriré jamás»; que un hombre próspero: «No estaré en adversidad jamás»; o un pecador: «No perderé mi alma».
  22. Nadie se sorprenderá más que los mismos malvados de la profundidad y rapidez de su caída. Esta es inevitable, si permanecen en incredulidad. Un ángel del cielo no podría abrirles los ojos para ver su juicio venidero, si no tienen voluntad de conocer la verdad (vv. 6-7).
  23. Hay consanguinidad en todos los pecados. Compárese el versículo 6 con varios versículos anteriores y posteriores. El orgullo, la crueldad, la astucia, la jactancia, la concupiscencia, la codicia, la falsa paz, la falta de docilidad, el ateísmo práctico, la ceguera espiritual, el menosprecio, la maldición, el engaño, el fraude, las malas acciones y la vanidad forman una espantosa hermandad.
  24. El apóstol Santiago no nos dijo ninguna cosa nueva cuando retrató (Stg. 3:2-13) los terribles males de una lengua malvada (v. 7). La muerte y la vida están en su poder. No hay mayor maldad que la que prorrumpe en palabras.
  25. Es asombroso a qué miserables artimañas recurren los mejores oponentes de la verdad y del pueblo de Dios, aun gente que, normalmente, es justa en otros asuntos (vv. 7-8).
  26. El papel servil, rastrero y adulatorio que, a menudo, juegan los crueles y malvados, no puede engañar a nadie más que a los simples e inexpertos (v. 10).
  27. La declaración bíblica de la necedad del pecado se sostiene plenamente por lo que este alega en su defensa. Ningún maníaco ha razonado jamás más ilógicamente que el incrédulo (vv. 6-11).
  28. Es muy seguro para quienes tienen una buena causa, pedir al juez infalible que proceda en seguida a decidir la controversia entre ellos y sus enemigos (v. 12). Calvino: «Este versículo contiene la útil doctrina de que, cuanto más se endurezcan los impíos, mediante su perezosa ignorancia, y procuren convencerse de que Dios no se preocupa de los hombres y de sus asuntos, y que no castigará la maldad que cometen, más deberíamos nosotros procurar convencernos de lo contrario; de hecho, su impiedad habría, más bien, de inducirnos a rechazar con vigor las dudas que ellos no solo admiten, sino que suscitan con diligencia».
  29. Cuando los hombres ven lo lejos que el pecado conduce a los impíos (v. 13), ¿no es razonable suponer que todo pecador se espantaría y gritaría horrorizado si, al comienzo de cualquier camino de necedad, viera claramente su fin?
  30. La omnisciencia divina es tan consoladora a los santos como terrible a los pecadores (v. 14).
  31. La venganza divina, que parece tan lenta en hacer su obra, no se detendrá. Su llegada es más rápida de lo que piensan muchos. No se tarda; no se duerme (v. 14).
  32. Cuando consideramos el amigo que el pobre y el huérfano tienen en Dios, no es de extrañar que se levanten del muladar y se sienten entre príncipes. Sus mismas dificultades son una buena escuela para ellos. Su misma incapacidad les convierte en objetos adecuados de la compasión divina. Recuerden todos la disposición de Dios a ayudarles (v. 14). El poder divino puede aplastar a cualquier número de enemigos para salvar a sus amigos.
  33. La destrucción de los malvados será absoluta (v. 15). Dios no les dejará rama ni raíz.
  34. Si no leemos la historia como los ateos, hemos de aprender algunas tremendas y saludables lecciones (v. 16). ¿Dónde están todos los antiguos imperios y emperadores? ¿Dónde están las naciones que olvidaron a Dios? Dickson: «Los reyes terrenales no pueden seguir viviendo para ayudar a sus amigos, seguidores o aduladores, o para perseguir y molestar a la iglesia de Dios; pero Cristo es el Señor y Rey por los siglos de los siglos para defender a su pueblo y castigar a sus enemigos».
  35. Si estamos seguros de tener buenos deseos, deberíamos esperar, con ánimo, su cumplimiento (v. 17).
  36. Realmente, es tanto una misericordia como una verdad revelada el hecho de ser dependientes de Dios para todo, aun para un pensamiento o sentimiento adecuado. Si él no preparase nuestros corazones, nunca serían apropiados para ninguna parte de su servicio (v. 17).
  37. No es posible que la oración bíblica no sea oída y respondida (v. 17). Ha de ser así, pues que Dios es Dios.
  38. Es una gran misericordia que Dios juzgue en la tierra (v. 18). El Señor reina: regocíjese la tierra.
  39. En todas las épocas, la maldad es muy parecida. Los hombres más eruditos no se ponen de acuerdo si este salmo se adecua más a Saúl y sus cortesanos, Antíoco Epífanes, Belsasar, Sanbalat y sus colaboradores, o el papa y sus esbirros. El hecho es que el carácter y artes de los aborrecedores de la iglesia de Dios son tan similares en disposición que, en cuanto tienen oportunidad, actúan de manera muy parecida.
  40. Las anotaciones de la Asamblea dice: «Todo este salmo puede servir para refutar ampliamente el error de quienes hacen del éxito mundano de los grandes emprendedores un argumento de la bondad de su causa, así como para consolar y confirmar a quienes sufren, aunque sea mucho y por largo tiempo».
  41. Es incuestionablemente sabio servir a Dios. El último dictamen lo pondrá todo en orden. Aquí hay oscuridad respecto a algunas cosas. Pero santos y pecadores harán, en el último día, el mismo juicio acerca de la necedad del pecado y la sabiduría de la piedad.
  42. Cobbin: «Nuestra base para gloriarnos en Dios es que él es justo. Él prueba a los rectos como se prueba el oro en la hornaza, pero castiga a los malvados. Uno es corregido, el otro destruido. Ambos pueden sufrir, pero uno para su bien presente y eterno, y otro como preludio de la ruina eterna». «Cecil se estaba paseando por el Jardín Botánico de Oxford, cuando observó un bonito espécimen de granado casi cortado de cuajo por el tallo. Al preguntarle al jardinero la razón, obtuvo una respuesta que explicaba las heridas de su propio espíritu sangrante: “Señor, este árbol brotaba con tanta fuerza que no daba sino hojas. Por tanto, me vi obligado a cortarlo de este modo y, una vez cortado casi de cuajo, comenzó a dar abundante fruto”. Vosotros, miembros sufrientes de Cristo, sed agradecidos por cada aflicción que debilita una concupiscencia o fortalece una gracia. Aunque sea un corte hasta el corazón, sed agradecidos por cada pecado e ídolo rasurado. Sed agradecidos por todo lo que haga más tierna vuestra conciencia, más espirituales vuestros pensamientos y más consistente vuestro carácter. Sed agradecidos por ser las tijeras de podar y no el hacha de talar lo que sentisteis. Porque, si sufrís en Cristo, sufrís con él; y, si sufrís con él, también reinaréis con él».
  43. ¡Qué tremenda lección enseña este salmo a los tiranos, a los monarcas tiranos, a los jueces tiranos, a los segundos comandantes tiranos, a los propietarios tiranos, a los maridos tiranos, a los amos tiranos, a los acreedores tiranos y a los profesores tiranos! ¡Oh, cómo se levantarán aún los hollados de la tierra, y harán sonar sus cadenas, y mostrarán sus cicatrices, y harán memoria de sus ruegos de misericordia cuando todos eran en vano!
  44. Al seguidor de Cristo cansado, tentado y perseguido, ¡cuán dulce será el descanso del cielo! Scott: «Tan solo en el cielo quedará excluido todo pecado y tentación. Ningún cananeo hallará entrada en él; ninguna concupiscencia quedará entonces en el corazón de habitante alguno; no se conocerá ninguna imperfección, sino que todos estarán completos en amor, pureza y gozo».

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