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Salmo 2

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Observaciones doctrinales y prácticas

  1. Este salmo nos muestra la naturaleza del pecado: es rebelión, la más perversa y atrevida, contrario a la única ley perfecta y al legislador del universo. Es ira y furor (vv. 1-3). Si al pecado se le dejase actuar, aniquilaría el gobierno de Dios; procura destronarle. Esto es verdad con todos los pecados; lo es en el caso de la incredulidad respecto a Cristo. Calvino: «Admítase como algo definitivo que todos los que no se someten a la autoridad de Cristo, le hacen la guerra a Dios. Puesto que a Él le parece bien gobernarnos por mano de su Hijo, quienes se niegan a obedecer a Cristo mismo, rechazan la autoridad de Dios, y es en vano que pretendan otra cosa […]. El Padre no quiere ser temido y adorado más que en la persona de su Hijo». Intentar algo en contra es atacar a la autoridad suprema del universo.
  2. Nadie puede expresar de manera adecuada la necedad del pecado (v. 1). Ciertamente, los pecadores «piensan cosas vanas». ¿Alguien ha visto u oído alguna vez a alguien en cuyo corazón el Espíritu de Dios derramase la luz de la verdad, y declarara después que su conducta pasada había sido irrazonable? ¿Algún pecador moribundo ha ensalzado alguna vez una vida perversa como muestra de sabiduría, o como el camino a la felicidad?
  3. No nos sorprendamos del desarrollo de la maldad (v. 2). Aunque parezca extraño, aun la oposición a Jehová y a su Cristo no es cosa nueva. Henry: «Cabría esperar que una bendición tan grande para este mundo como la santa religión de Cristo, habría sido universalmente recibida y abrazada, y que todo manojo se debería haber inclinado de inmediato al del Mesías, y todas las coronas y cetros de la tierra deberían haberse echado a sus pies; pero más bien ha ocurrido lo contrario».
  4. Las razones por las que los malvados se oponen a Dios y a Cristo son, en primer lugar, que por naturaleza tienen mentes carnales, que están en enemistad contra Dios (cf. Ro. 8:7). Los hombres por naturaleza aborrecen a Dios y a su Hijo. Siendo destituidos del amor a Él, y teniendo la mente una naturaleza activa, la enemistad es inevitable. Además, los hombres pronto descubren que las restricciones de la ley divina frustran sus planes egoístas y sus propósitos pecaminosos, así que se oponen a la Biblia, puesto que la Biblia se opone a ellos, y rechazan la autoridad de Dios, puesto que esta les es contraria (vv. 1-3). Dickson: «Aunque la ley y ordenanzas de Dios sean muy santas, muy equitativas, muy inocuas y, verdaderamente, muy provechosas, los malvados las consideran como las llaman aquí («ligaduras» y «cuerdas»), puesto que refrenan y contrarían su sabiduría carnal y vida licenciosa». Es imposible que hombres sin regeneración amen a Dios; están muertos en delitos y pecados.
  5. Es doloroso contemplar hasta qué punto los gobiernos del mundo son, hasta nuestros días, anticristianos. Y quienes los dirigen, a menudo están encantados de que sea así. Esto ha ocurrido desde antaño (v. 2). No hay gobierno terrenal que no tenga leyes, principios o usos en frontal oposición al cristianismo. Todos ellos, hasta cierto punto, aprueban la profanación del cuarto mandamiento. Siempre ha sido así. Resulta doloroso a la mente piadosa meditar en estos temas. Dickson: «Los principales instrumentos que Satanás levanta contra Cristo –para ser cabecillas y líderes de la gente pagana e impía que se opone y persigue al reino e iglesia de Cristo– son los magistrados, príncipes y hombres de estado, para maquillar su malicia con la sombra de la autoridad y de la ley». Esto es justo lo que se describe en este salmo. «Reyes» y «príncipes» se ponen en orden de batalla frente a la religión.
  6. No obstante, no se atemoricen los justos. Es fácil para Dios poner límites a sus enemigos de Él y de ellos (vv. 4-6). Su título apropiado es: «Rey de reyes y Señor de señores». Él hace lo que le place entre los ejércitos del cielo y los habitantes de la tierra. Mucho antes de su encarnación, Isaías vio su gloria y habló de Él. Newton: «Él es Señor sobre quienes le aborrecen. Los gobierna con vara de hierro y, así, convierte los designios de ellos (aunque en contra de sus voluntades) en los medios e instrumentos para promover sus propios propósitos y gloria. Ellos son sus siervos involuntarios, aun cuando se llenen de ira contra Él. Él tiene una brida en sus bocas para frenarlos y dirigirlos a placer. Puede y, a menudo, los controla cuando parecen más seguros de éxito, y siempre les pone límites, que no pueden traspasar». Todos sus enemigos serán puestos bajo Él. Ningún pie impío quedará sobre el cuello de los justos. Porque además:
  7. Es fácil para Dios destruir a sus enemigos (vv. 5, 9). Un leve golpe de su vara de hierro quebrará el vaso del alfarero. Ciertamente, los hombres no son, en su mejor situación terrenal, más que tiestos. Son débiles como el agua. El que escupe contra el viento, escupe a su propia cara. El que lucha con su Hacedor, certifica su propia destrucción. Dickson: «El Señor tiene su tiempo señalado, en que se levantará y turbará a los enemigos de su iglesia, en parte frustrando sus esperanzas, y en parte enviándoles graves plagas. «Luego […] los turbará con su ira». Así lo ha hecho siempre. Contémplese a Faraón, sus magos, sus ejércitos y sus caballos sumergiéndose, hundiéndose y descendiendo cual plomo en el mar Rojo. Ahí tenemos el fin de una de los mayores conspiraciones urdidas contra los escogidos de Dios. De treinta emperadores romanos, gobernadores de provincias y otros altos cargos, que se distinguieron por su celo y animadversión para perseguir a los primeros cristianos, uno enloqueció rápidamente tras ser tratado con brutal crueldad, otro fue muerto por su propio hijo, otro se quedó ciego, los ojos de otro se desencajaron de sus órbitas, otro fue ahogado, otro estrangulado, otro murió en miserable cautiverio, otro cayó muerto de manera demasiado horrible para relatar, otro murió de una enfermedad tan abominable que a algunos de sus médicos se les dio muerte por no poder soportar el hedor que invadía la habitación, dos cometieron suicidio, un tercero lo intentó pero tuvo que solicitar ayuda para terminar la obra, cinco fueron asesinados por su propio pueblo o siervos, otros cinco tuvieron las muertes más miserables y atroces, algunos de ellos sufrieron enfermedades nunca vistas, y ocho fueron muertos en batalla o tras ser capturados. Entre estos, estaba Julián el apóstata. En sus días de prosperidad, se dice que apuntó con su daga al cielo, desafiando al Hijo de Dios, a quien solía llamar «el galileo». Pero cuando fue herido en batalla, vio que todo había acabado para él, y sacó su sangre coagulada y la lanzó al aire, exclamando: «¡Tú has vencido, oh galileo!». Voltaire nos ha hablado de las agonías de Carlos IX de Francia, que hicieron salir la sangre de aquel miserable monarca por los poros de su piel, tras sus crueldades y traición a los hugonotes.
  8. La Escritura no puede ser quebrantada (vv. 6-8). El consejo de Dios ha de permanecer. Las promesas se confirman con juramento. Las amenazas se cumplen ante nuestros ojos cada día. Los preceptos son la verdad celestial y eterna. Las profecías no son más que los propósitos libres, soberanos, eternos e invariables, que se nos revelan. El cielo y la tierra pueden pasar, pero cada jota y tilde de la Escritura se cumplirá, del mismo modo en que este salmo segundo ha tenido y sigue teniendo su cumplimiento.
  9. El reino de Cristo ciertamente triunfará (v. 8). Nada puede impedir su progreso. Los acontecimientos aparentemente más adversos no han hecho más que acelerar su marcha hacia la perfecta victoria. La muerte del Salvador fue la señal de la caída del reino de Satanás. Las persecuciones en Jerusalén llenaron las naciones circundantes de nuevas y de heraldos de salvación. J. M. Mason: «El trono del Mesías no es una de esas telas ligeras que se fabrican por vanidad y que destruye el tiempo, sino que ha sido afirmado de antiguo, es estable y no puede ser conmovido, puesto que es el trono de Dios. El que se sienta en él es el Omnipotente. El ser universal está en su mano. La revolución, la fuerza y el temor, aplicados a su reino, son palabras sin significado. Álzate en rebelión si tienes valor. Asóciate con todo el poder infernal. Comienza por destruir todo lo que es justo y bueno en este pequeño globo. Continúa arrancando el sol de su lugar y asolando el mundo estelar. ¿Qué le has hecho a Él? No es más que la insignificante amenaza de un gusano a aquel cuyo enfado significa la perdición. «El que mora en los cielos se reirá». Una gota de su ira hace la vida intolerable. Una sonrisa de su rostro hace el cielo.
  10. La profecía, la historia, su falta de perfección, el ejemplo de Cristo y la enemistad de los malvados deberían llevar a los cristianos a esperar pruebas. ¿Por qué no habrían de hacerlo? Si no se les prueba de otro modo, cuando menos, la conducta de los malvados ha de llenarlos de pena. Ningún hombre bueno puede presenciar una conducta como la que se describe en los versículos 1-3, o unos juicios como los que se mencionan en los versículos 4, 5, 9, sin dolor. «Veía a los prevaricadores, y me disgustaba» (Sal. 119:158) es un capítulo de la historia de todos los que aman al Salvador. O, si por un tiempo, los enemigos de Dios parecen estar tranquilos, la corrupción interior afligirá a los piadosos. «Desde que el hombre fue echado del paraíso, ha intentado hallar o fabricar otro», pero nunca ha tenido éxito y nunca lo tendrá. Hay una necesidad en todo lo que acontece a los justos. «Dios en ningún momento niega algo a su pueblo por no tener la capacidad de dárselo, pero muchas veces le niega algo por no tener su pueblo la capacidad de recibir esa misericordia». Lutero: «Todos los que son cristianos sanos, especialmente si enseñan la palabra de Cristo, han de sufrir sus Herodes, sus Pilatos, sus judíos y sus paganos, que se aíran contra ellos, hablan muchas cosas vanas, se levantan y toman consejo contra ellos».
  11. Pero no se inquiete mucho el hijo de Dios por todas sus pruebas, por muy contrarias a la carne y sangre que resulten. Nunca pueden afectar a su relación con Dios. Él permanece fiel (vv. 6-7). Y nada puede perturbar su tranquilidad eterna. Lutero: «El que cuida de nosotros «mora en los cielos», habita muy seguro, libre de todo temor, y, si nos vemos envueltos en dificultades y conflictos, centra su atención en nosotros. Nosotros fluctuamos de un lugar a otro, pero Él permanece estable, y ordena las cosas de tal manera que los justos no seguirán siempre en dificultades (cf. Sal. 55:22). Pero todo esto ocurre tan en secreto que no puedes percibirlo bien, pues, para ello, tú mismo tendrías que estar en el cielo. Debes sufrir por tierra y mar, y entre todas las criaturas. Y no debes esperar consuelo en tus sufrimientos y dificultades hasta que te levantes, por la fe y esperanza, sobre todas las cosas, y anheles al que mora en los cielos, pues también tú moras en los cielos, pero solo en fe y esperanza».
  12. La humanidad del Mesías generalmente se sostiene y se cree. En otros tiempos, la negaban algunos. Si estuviese en peligro ahora, los piadosos se levantarían maravillosamente en su defensa. Y no deberían sorprenderse los herejes de que los ortodoxos muestren semejante celo al defender la doctrina de la verdadera y propia divinidad de Cristo. La Biblia está llena de ella (vv. 1-3, 6-7), expuesta por hombres inspirados. A un Dios-hombre Mediador encomendaron sus almas todos los regenerados en el día de su desposorio con Cristo. J. M. Mason: «La doctrina de la divinidad de nuestro Señor no es, como hecho, de más interés a nuestra fe que, como principio, esencial a nuestra esperanza. Si no fuese el Dios verdadero, no podría ser la vida eterna. Cuando agobiado por la culpa y anhelante de felicidad, busco al libertador que mi conciencia, mi corazón y la palabra de Dios me aseguran que necesito, ¡no te burles de mi agonía dirigiéndome a una criatura, a un hombre, a un mero hombre como yo! ¡Una criatura! ¡Un hombre! Mi Redentor posee mi persona. Mi espíritu inmortal es su propiedad. Cuando haya de morir, deberé ponerlo en sus manos. ¡Mi alma! ¡Mi alma infinitamente preciosa encomendada a un mero hombre! ¡Convertida en propiedad de un mero hombre! Yo no confiaría mi cuerpo al ángel más excelso que resplandece en el templo celestial. Solo el Padre de los espíritus puede tener la propiedad de los espíritus, y ser su refugio en la hora de transición del mundo presente al venidero». Si hay un título, atributo o grado de honor correspondientes al Padre y que demuestren su divinidad, que no correspondan también al Hijo, los enemigos de la divinidad esencial de Cristo no los han señalado. La vital utilidad de esta doctrina se enseña claramente en la Escritura. «¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» (1 J. 5:5).
  13. El obispo Beveridge tiene un sermón sobre Salmos 2:11, cuyo objeto es mostrar «la obligación de las autoridades de promover la religión». Él ha expuesto claramente su argumento, pero cuando tiene que señalar la manera en que ha de cumplirse el deber, presenta puntos de vista en conflicto con ideas albergadas por gente piadosa de nuestro país, y por la gran mayoría de disidentes en Inglaterra. Sin embargo, tiene razón al insistir –y nosotros hemos de insistir también—en que ningún hombre está exento de la obligación de dar a conocer la salvación del evangelio, y remover las piedras de tropiezo, y quitar los obstáculos para la extensión de la verdad. En este asunto, cada cual ha de emplear toda la influencia que Dios le ha confiado. Especialmente, está obligado a adornar la doctrina de Dios nuestro Salvador con un ejemplo piadoso.
  14. Es muy de lamentar que tantos, con autoridad o sin ella, no solo nieguen su ayuda para difundir el evangelio, sino que hagan mucho por obstaculizar esta buena obra. Nadie nos ha dicho qué ocupación hay más terrible que oponerse a la extensión del conocimiento de la salvación (vv. 9, 12). Pablo dice de ciertos judíos de su tiempo que «se oponen a todos los hombres,impidiéndonos hablar a los gentiles para que éstos se salven; así colman ellos siempre la medida de sus pecados, pues vino sobre ellos la ira hasta el extremo» (1 Ts. 2:15-16). Enemigos de la extensión del evangelio, las señales de la perdición están ahora sobre vosotros. Vuestros débiles esfuerzos por derribar la obra de Dios son impotentes. J. M. Mason: «La causa misionera ha de triunfar finalmente. Es la causa de Dios, y prevalecerá. Los días avanzan rápidamente, y el grito de las islas se unirá al trueno del continente; el Támesis y el Danubio, el Tíber y el Rin, invocarán al Éufrates, al Ganges y al Nilo; y al potente concierto se sumarán el Hudson, el Misisipi y el Amazonas, cantando con un solo corazón y a una sola voz: “¡Aleluya! ¡Salvación! ¡El Señor Dios Omnipotente reina!”».
  15. También está claro en este salmo que es apropiado dirigirse a los hombres de manera explícita y particular (v. 10). No es que los heraldos de la cruz, en asambleas heterogéneas, hayan de exhibir a personas particulares antes los asistentes. Pero la palabra de Dios debe predicarse de forma discriminada. Todo hombre debería tener su ración de comida a su debido tiempo. Magistrados, senadores, ricos y pobres, a todos deben los ministros tratar de manera adecuada. Los hombres no aprenden su deber o sus pecados simplemente con insinuaciones y alusiones, sino tan solo mediante una honesta declaración, un valiente y delicado anuncio de la verdad. Los siervos de Dios han de proclamar que «no es impropio de los mayores monarcas estar sujetos a Cristo Jesús, admirarlo, someterse a Él y procurar servirle según su poder; pues el mandato a todos, y a ellos en particular, es: “Servid a Jehová con temor”».
  16. Hay equilibrio en todas las gracias del cristiano (v. 11). Su fe concuerda con la humildad y, por tanto, no es presuntuosa. Su celo es bondadoso, gentil y benevolente; por tanto, no degenera en fanatismo e ira. Su penitencia contiene esperanza y, por tanto, no implica desesperación. Su temor contiene gozo y, por tanto, no conlleva angustia. Su gozo contiene temor y, por tanto, no se transforma en frivolidad. Bates: «Este temor de Dios califica nuestro gozo. Si sustraes el temor del gozo, el gozo se tornará ligero y lascivo; si sustraes el gozo del temor, el temor se tornará, entonces, servil». Hay simetría y armonía en el carácter cristiano. No es un batiburrillo, no es una contradicción, sino que es una unidad.
  17. Los hombres deben confiar además de obedecer, y obedecer además de confiar. La piedad sin confianza en Dios es imposible (v. 12).
  18. Si en la obra de la redención hay lugar para la intercesión de Cristo, aun después de su exaltación (v. 8), ciertamente no es cosa extraña que los cristianos, en esta vida de pruebas, encuentren necesario recurrir a la oración.
  19. Nadie que oiga el evangelio puede dar una razón sólida para perecer (v. 12). Existe una pregunta que los malvados no podrán responder jamás: «¿Por qué moriréis?». Su pecado consiste en que, «por [su] dureza y por [su] corazón no arrepentido, atesora[n] para [sí] mismo[s] ira para el día de la ira» (Ro. 2:5). Todo está contra ellos. ¡Oh, lector, sé sabio! ¡Vuélvete y vive! Newton: «Mi corazón te desea la posesión de los principios que pueden sostenerte en todos los cambios de la vida, y hacer cómoda tu almohada en la hora de la muerte. ¿No deseas ser feliz? O ¿puedes ser feliz demasiado pronto? Muchas personas te están mirando ahora, las cuales estuvieron una vez como tú estás ahora. Y no dudo de que están orando para que estés como están ellos ahora. Intenta orar por ti mismo. Nuestro Dios ciertamente está en medio nuestro. Su gracioso oído está atento a todo suplicante. Búscale entretanto que puede ser hallado. Jesús murió por los pecadores, y ha dicho: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Jn. 6:37). Él es, asimismo, el autor de la fe por la cual, únicamente, puedes acercarte a Él de manera adecuada. Si se la pides, te la dará; si la buscas, del modo que ha señalado, ciertamente la hallarás. Si rechazas esto, no quedan más sacrificios por el pecado. Si no eres salvo por la fe en su sangre, estás perdido para siempre. Oh, “besad al Hijo, porque no se enoje, y perezcáis en el camino, cuando se encendiere un poco su furor. Bienaventurados todos los que en él confían (RVA)”».
  20. «Indecible debe de ser la ira de Dios, cuando se encienda plenamente, puesto que la perdición puede llegar cuando se encienda solo un poco» (v. 12).
  21. «La remisión del pecado, la liberación de la ira, la comunión con Dios y la vida eterna son los frutos recibir a Cristo, hacer un pacto con Cristo y descansar en Cristo; pues «bienaventurados [son] todos los que en él confían» (v. 12).

W. S. Plumer

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Salmo 1

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Observaciones doctrinales y prácticas

  1. Siempre ha sido y siempre será verdad que, si los hombres quieren ser salvos, deben abandonar la mala compañía (v. 1). El que va con la multitud a hacer el mal, irá con la multitud a sufrir el castigo. «La compañía de los necios será destruida». El que persistentemente anda, está y se sienta con los impíos, yacerá con ellos en desesperada aflicción. Bishop Hall: «A menudo me he preguntado cómo pueden retener los peces su sabor dulce, a pesar de vivir en aguas saladas, cuando todas las cosas participan de la naturaleza del lugar donde habitan y de lo que está a su alrededor. Así ocurre con la mala compañía, porque, además de manchar nuestra reputación y hacer que piensen mal de nosotros, aunque seamos buenos, también nos inclina, insensatamente, al mal, y fomenta en nosotros, si no aprobación, sí menor desagrado de los pecados a que nuestros ojos y oídos están continuamente habituados. Por esta razón, por la gracia de Dios, siempre la evitaré. Puedo tener mala compañía, pero jamás tendré un compañero malvado».
  2. Toda predicación y literatura que, sistemáticamente, no trace una marcada línea entre los amigos y los enemigos de Dios, no puede beneficiar mucho a las almas de los hombres. Entender las verdades de la palabra de Dios con sentido discriminatorio es sumamente bíblico. Eso aprendemos del salmo primero y de todos los escritores sagrados. Jamás se niegue ni se olvide la diferencia entre pecado y santidad, entre santos y pecadores. Solo la eternidad mostrará cuán grande es.
  3. Los malvados, naturalmente, van de mal en peor. Primero, andan en malas sendas; después, están en camino de pecadores; finalmente, se sientan en silla de escarnecedores. Ruffin: «Andar en el consejo de los impíos es aprobar sus malvadas maquinaciones. Estar en camino de pecadores es perseverar en malas obras. Sentarse en asiento de escarnecedores es enseñar a otros el mal que uno mismo practica». Nadie se hace muy vil de repente. Hay crisis en las vidas de los malvados, pero la aproximación a ellas es gradual. Los inconversos están muy ciegos. El escarnecedor piensa que es muy filosófico, y libre de caprichos y prejuicios; pero es víctima de sus pasiones, siervo del pecado y esclavo del diablo. ¿Quién ha visto alguna vez a un infiel sincero? El escarnio es un viejo artificio para acallar la conciencia. Hengstenberg: «La burla religiosa es tan antigua como la caída». Cuídate de ella y de todo lo que conduce a ella. Cuando el hombre comienza a descender, no puede decirse en qué momento se detendrá. La gracia puede arrestarlo en cualquier momento de esta vida. La muerte puede terminar de repente su carrera terrenal. Dejado a sí mismo, su perdición eterna es segura. Ni aun el escarnio le alarma, pues cuanto más lejos va, más ciego está. Todo pecado endurece el corazón, aturde la conciencia y apaga la luz de la verdad.
  4. Ningún hombre se piense a salvo porque otros que llevan una vida similar no se alarmen de su situación (v. 1). A menudo hay una tranquilidad particular justo antes del terremoto. Probablemente, el sol salió tan radiante la mañana de la destrucción de las ciudades de la llanura como siempre lo había hecho. Los impíos a nuestro alrededor pueden burlarse de los juicios amenazantes. Pero eso no les librará. Las mofas de los impíos manifiestan que la ira está a las puertas. «Ya de largo tiempo [su] condenación no se tarda, y su perdición no se duerme» (2 P. 2:3).
  5. Es una gran cosa tener afecto por la religión y la verdad espiritual (v. 2). Deleitarse en las cosas divinas es tan necesario como ver su importancia o creer su realidad. Debemos amar, además de conocer. Si tenemos discernimiento espiritual, nuestros afectos serán conmovidos. Ningún hombre puede percibir realmente la belleza sin ser afectado por ella.
  6. El que quiera ser verdaderamente bienaventurado, debe convertirse en estudiante de la Escritura. No hay sucedáneo para esto. La palabra de Dios puede hacer a los hombres sabios para salvación. Es viva y poderosa. Nada penetra igual el corazón del hombre. Para el hombre bueno, tiene autoridad. Aun los diablos conocen y, hasta cierto punto, sienten su poder (cf. Mt. 4:11).
  7. Cualquier religión que deseche la ley de Dios es espuria. No es la religión del salmista (v. 2). No es la religión de Jesucristo (cf. Mt. 5:17-18). No es la religión de sus apóstoles (cf. Ro. 3:31). El antinomianismo es una de las peores formas del error. Hace a Cristo ministro de pecado.
  8. No es de extrañar que quienes son verdaderamente piadosos crezcan en pureza. Sus pensamientos reposan en los temas más nobles. Meditan en la palabra de Dios (v. 2). Esto da una asombrosa elevación a sus caracteres. Y el Santificador bendice especialmente la verdad revelada para el bien espiritual de todos los santos. Por la fe tomamos posesión de las promesas, y Dios las cumple. Las grandes y gloriosas verdades son apropiadas para refinar nuestras naturalezas.
  9. Aunque este es un mundo de maldad y sufrimiento, incluso aquí los justos tienen verdadera bienaventuranza (vv. 1, 3, 6). No es completa, como será tras la resurrección, ni perfecta, como será inmediatamente después de la muerte; pero es sólida, genuina y duradera. Es de Dios. Su confianza es en Él, que sabe dar gracias y consuelos en su justa medida y en el momento adecuado. Las circunstancias de los justos varían, pero su condición es estable. Los dones salvíficos de Dios son firmes. Con los santos, algo se ha establecido. Su paz ha sido asegurada por un pacto eterno. Sus principios son fortalecidos por la gracia divina. Son como el monte Sión, que no puede ser conmovido, sino que permanece para siempre. Clarke: «El asunto más trascendente del hombre es la situación en que estará después de que esta breve y transitoria vida haya acabado. Y, en la medida en que la eternidad es de mayor importancia que el tiempo, deberían los hombres interesarse por la base sobre la que descansan sus expectativas respecto a esa situación perdurable, y por las certezas en que se apoyan sus esperanzas o sus temores». Aun los malvados a menudo admiten que, para el mundo venidero, los justos han escogido la buena parte, la cual no les será quitada. En esta vida, a los justos pueden ocurrirles cosas difíciles de soportar. Cummings: «El hombre que ha nacido de nuevo y procura ser santo, como Dios es santo, es cual pobre ave cautiva en su jaula. La jaula no puede matar al ave, pero el ave tampoco puede liberarse de la jaula, sino que solo puede seguir esperando, perseverar, cantar, buscar y aguardar la hora de su libertad. Se acerca su perfecta emancipación en reinos más brillantes y días mejores».

Pero los que niegan que la piedad proporciona deleite aun en esta vida, son ignorantes de su naturaleza. Presenta los temas más gloriosos, inspira las esperanzas más bienaventuradas y proporciona las ocupaciones más elevadas. Nada en el servicio del pueblo de Dios es degradante. Enseña al alma a reposar en el seno de Dios. South: «El placer del hombre religioso es un placer cómodo y ligero, que se lleva en el seno sin llamar la atención de los ojos o despertar la envidia del mundo. El hombre que reduce todos sus placeres a este, es como el viajero que reduce todos sus bienes a una joya; el valor es el mismo, y el provecho mayor». Si alguien pregunta cuáles son las bases de las ventajas de los justos respecto a los impíos, es fácil mostrar algunas de ellas. En primer lugar, el justo tiene la verdad de su lado. Sus esperanzas y su causa no están basadas en la falsedad, el error, la mentira, el engaño, la ficción o la fantasía. La verdad sobrevivirá a todos sus oponentes, aunque por un tiempo pueda caer en las calles. De manera que el hombre sabio aceptaría el legítimo título de un acre de tierra antes que el título espurio de muchas hectáreas; preferiría ser acusado de asesinato, del que fuese inocente, antes que culpable de asesinato, del que no sospechasen. El verdadero derecho a un penique realmente vale más que el derecho ficticio a una libra. La razón es que, al final, la verdad, aun en esta vida, normalmente se manifiesta. En el mundo venidero, no puede ser ocultada. «Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luz» (Mr. 4:22). «Los pecados de algunos hombres se hacen patentes antes que ellos vengan a juicio, mas a otros se les descubren después. Asimismo se hacen manifiestas las buenas obras; y las que son de otra manera, no pueden permanecer ocultas» (1 Ti. 5:24-25). Más aún, el justo está del lado del deber. Honestamente pretende y procura hacer lo que es justo, por ser justo y obligatorio. En general, aun aquí vemos que la fidelidad trae las mejores recompensas. El incumplimiento del deber a veces trae aparente comodidad y provecho. Pero ¿quién no preferiría la rectitud de José que la traición de Ahitofel? Cuando el señor está en un largo viaje, los siervos perezosos y desobedientes pueden pensar que sus hermanos fieles se preocupan sin necesidad; pero, en el día del juicio, tanto los santos como los pecadores verán que una vida empleada en el servicio de Dios acaba felizmente, mientras que una vida malvada solo conduce a la miseria. Además, el pueblo de Dios tiene la justicia de su lado, y existe la impresión general y bien fundada de que nada constituye un escudo más amplio para nadie que tener la razón de su lado. Y los santos saben que «Dios no es injusto para olvidar [su] obra y [su] trabajo de amor» (He. 6:10). A más de esto, Dios, con todos sus atributos, está del lado de los justos. Y, «si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Ro. 8:31). Esto es razonamiento inspirado. Es también claro y fácil para la comprensión de los simples. Pero no es todo. El justo considera sus mayores intereses. Antepone el alma al cuerpo, la eternidad al tiempo, y tiene razón. Si su alma es sustentada, recuerda que «no sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt. 4:4). Si ante él hay una bienaventurada eternidad, con razón considera que importa poco cuánto pueda sufrir en este mundo. Nada es de tanta trascendencia como el bienestar eterno. Además, los justos no tienen guerra con sus conciencias o mejores sentimientos. Jesucristo a menudo ha llamado a sus amigos a sacrificar la comodidad, la fama, los bienes terrenales, las viejas amistades y aun la vida misma. Pero bendito sea su nombre, pues que jamás ha pedido a ningún hombre que manche su conciencia ni mancille su honor mediante algún acto de mezquindad. Si Eugenio Beauharmais quiere conservar el favor imperial de su padrastro Napoleón, debe aceptar públicamente el deshonor traído a su propia madre. Pero el Todopoderoso jamás ha llamado a ninguno de sus siervos a hacer algo bajo. Dios siempre deja la buena conciencia y los buenos principios intactos; de hecho, los fortalece grandemente. ¿Cómo no van, entonces, a ser bienaventurados los justos?

Lutero: «La práctica de todos los hombres es buscar la bienaventuranza, y no hay hombre sobre la tierra que no desee que le vaya bien y sienta pena si le fuese mal. Pero el que habla en este salmo con voz del cielo, abate y condena todo lo que los pensamientos de los hombres pudieran deliberar y maquinar en este asunto, y expone la única descripción verdadera de la bienaventuranza, de la cual el mundo entero no sabe nada, declarando que solo es bienaventurado y próspero aquel cuyo amor y deseo son dirigidos a la ley del Señor. Esta es una breve descripción y, realmente, va contra todo juicio y razón, especialmente contra la razón de los sabios según el mundo y los altivos. Como si hubiese dicho: ¿Por qué os preocupáis tanto de buscar consejo? ¿Por qué siempre estáis maquinando en vano cosas sin provecho? No hay más que una perla preciosa, y la ha hallado aquel cuyo amor y deseo es hacia la ley del Señor, y que se separa de los impíos; todo le va bien a él. Pero quien no halla esta perla, aunque busque con el mayor esfuerzo y trabajo el camino de la bienaventuranza, jamás lo hallará». El profeta Isaías habla en el mismo sentido (cf. Is. 55:2-3).

  1. Raza vez abandonan los hombres una vida malvada, hasta que no se convencen de su miseria. En consecuencia, las Escrituras fielmente les declara su desgracia (vv. 4-6). El hijo pródigo no vino en sí hasta que empezó a alimentar a los cerdos. La virtud en realidad no consiste, meramente, en buscar la felicidad; pero nos es útil ver que el dolor sigue al placer pecaminoso, y que un Dios justo no permitirá que un camino de maldad triunfe sobre toda bondad. El infierno sigue de cerca los talones de la transgresión. Los ríos no corren hacia el mar con más naturalidad que tiende a la destrucción la iniquidad. Sobre este punto, la palabra de Dios es clara y enfática. Sepan los malvados que son pobres y miserables (cf. Ro. 3:16; Ap. 3:17).
  2. Los impíos, aunque sean muy morales, afables o seguros de encontrarse en una buena situación, están destituidos de la vida espiritual, del favor de Dios, del carácter santo, de las esperanzas bien fundadas (vv. 4-6). El hecho es que tienen mucho por lo que llorar y nada por lo que alegrarse. La lista de sus carencias es horrible. Pablo resume su condición en la falta de cinco cosas: están sin Dios, sin Cristo, sin la iglesia, sin el pacto y sin esperanza (cf. Ef. 2:12). ¿No basta esto para alarmar a cualquier hombre pensativo? Un brazo humano separado del cuerpo, del cual es miembro, no puede vivir. Ha de perecer. Por tanto, el alma separada de Dios ha de perder todas las posibilidades de felicidad permanente y, al final, llenarse toda de miseria. Aun lo que los malvados parecen tener, en breve les será quitado; todas sus obras y esperanzas serán arrebatadas como el tamo.
  3. La doctrina del juicio eterno no es ninguna novedad (v. 5). Fue predicada con tremenda solemnidad a los pecadores del mundo antiguo (cf. Jud. 14-15). Se enseña claramente en el salmo primero. «Ewald acertadamente relaciona las palabras [del versículo 5] con la progresión de la justicia divina, que está perpetuamente avanzando, aunque no sea visible en todo momento. Todas las manifestaciones de la justicia punitiva están incluidas en ella. “Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala”» (Ec. 12:14). Que se preparen los malvados para encontrarse con su Dios. Ha de haber un juicio. Dios lo ha dicho. La justicia lo requiere.
  4. Uno de los efectos más impresionantes del juicio final será una perfecta y eterna separación entre los justos y los malvados (v. 5). Por tanto, no podrán encontrarse nunca más. Aquí a menudo viven juntos, protegidos por las mismas leyes, habitando en la misma ciudad, frecuentando los mismos lugares de culto, de trabajo y de recreo, miembros de la misma familia o aun durmiendo en la misma cama; y, sin embargo, cuando en el último día se separen, su relación nunca será renovada, mientras dure la eternidad. La aparente confusión de las cosas en esta situación presente dará lugar a una gran y bienaventurada aclaración, y a una eterna separación de las ovejas de las cabras.
  5. Cuán bienaventurada será la reunión de los justos, cuando todas las palomas vengan a sus ventanas, todas las ovejas estén en un redil lejos del acecho de los animales salvajes, todos los hijos sean reunidos en la casa de su Padre, con sus muchas mansiones, los exiliados regresen a su ciudad en eterna paz y con eterna alegría. Los justos tienen y tendrán lo opuesto a los malvados, como se da a entender en el versículo 5. Por otro lado, no es el descanso de los justos inconsistente con la actividad eterna, ni con la perfección de la comunión de los santos. Las Escrituras a menudo representan el cielo como una condición social. La iglesia en la tierra es un tipo de la iglesia en los cielos. No lloremos, desesperados, a nuestros hermanos en Cristo que han partido. Están en la ciudad de Dios. «Allí están nuestros tesoros, inmutables y brillantes. Aguardemos con esperanza. No se han perdido, sino que se han marchado antes; solo se han perdido como las estrellas de la mañana, que se apagan para que aparezca la luz de un cielo más brillante; se han perdido para la tierra, pero no para nosotros».
  6. Las miserias de los malvados en parte serán sociales (v. 5). «No se levantarán […] en la congregación de los justos», sino que se mezclarán con todos los viles y malignos ángeles caídos y hombres incorregibles (cf. Is. 14:9-19). Su condenación y desgracia serán terribles. Cristo «quemará la paja en fuego que nunca se apagará» (Mt. 3:12). Para significar destrucción eterna e irreparable, Dios ha empleado una variedad de expresiones que indican angustia insufrible. «La senda de los malos perecerá». Y toda la desgracia de los malvados será el fruto de sus propias acciones. Cosecharán lo que han sembrado, y nada más. Su camino conduce al infierno, y a ningún otro lugar.
  7. Debería ser el gran asunto de nuestras vidas examinarnos a nosotros mismos, y ver si somos justos o impíos. Para este fin, en parte, nos es dado todo este salmo. La aversión a este deber no en una buena señal. Todos nosotros tenemos muchos motivos para advertir las palabras de Lutero: «Cuando la Escritura habla de los impíos, cuídate de pensar, como siempre hacen los impíos, que se refiere a judíos y paganos, o quizá a otras personas también; por el contrario, preséntate tú también ante esta palabra, como algo que te afecta y concierne también a ti. Pues el hombre de corazón recto y gracioso es celoso de sí mismo, y tiembla ante cada palabra de Dios». La verdad se manifestará. Ningún hombre empeorará su situación por escudriñarla honestamente. Algunos han escapado de una terrible destrucción averiguando a tiempo que se habían autoengañado. Amyrald: «Aunque la providencia de Dios, cuyos caminos son a veces inescrutables, no siempre hace una distinción muy notable entre los justos y los malvados, la vida futura los distinguirá de tal manera que nadie podrá dudar más quiénes siguen la senda de la verdadera prosperidad». De todas las necedades de los hombres, ninguna puede ser peor que la de esconder a sí mismos su verdadera condición y carácter.
  8. Aprendamos el arte de aplicar la palabra de Dios a nuestros propios casos. Quien así emplee este salmo, será muy beneficiado. Es una cosa pobre esconder la verdad de nuestros corazones, mirando simplemente la letra de la Escritura. La crítica, cuando es fría, puede engañarnos con la misma facilidad que cualquier otra cosa. Hemos de tener iluminación divina y unción espiritual, o de lo contrario todo nuestro aprendizaje solo servirá para hacernos mayores necios. El conocimiento de muchos hombres, al no estar santificado, solo sirve de antorcha para alumbrarles hasta el infierno. Confían en que no están en peligro, puesto que estudian las Escrituras con gusto y juicio, pero olvidan que el discernimiento espiritual es esencial para la salvación. El método de McCheyne de aplicar la Escritura era convertir cada versículo en una oración.
  9. Las enseñanzas sencillas y claras de la Escritura son las cuestiones de peso, que reclaman inmediata y universal atención. El que hace adecuado caso de las verdades que se enseñan en el salmo primero, verá que es guiado hasta entender la voluntad de Dios lo suficiente para ser infaliblemente salvo. Los grandes misterios de la salvación los entienden mejor quienes, adecuadamente, reciben las enseñanzas más sencillas de la palabra de Dios y las ponen en práctica.
  10. En todo nuestro estudio de la palabra de Dios, debemos tener fe (cf. He. 4:2). Esta gracia del Espíritu es de la mayor importancia. Sin ella, siempre nos extraviamos, vivimos en tinieblas y somos hechos miserables por los remordimientos causados por nuestras propias mentes. «Nada mayor puede decirse de la fe que el hecho de que es la única cosa que puede desafiar a las acusaciones de la conciencia». Esto lo hace contemplando al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Cristo Jesús es la única esperanza de los pecadores que perecen.

W. S. Plumer

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Salmo 35

Con una semana de retraso, tenemos la satisfacción de ofrecer un nuevo comentario al Libro de los Salmos. A partir de ahora, en este período de vacaciones, trataremos de ir publicando los Salmos 1-11, según los vayamos traduciendo. Esperamos que sigan siendo de edificación para nuestros lectores.

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Observaciones doctrinales y prácticas

  1. El Señor es el Abogado de su pueblo. Disputa (v. 1). Sus méritos se pondrán de manifiesto. Aquí a menudo se les niega la defensa; y, cuando se permite, a menudo es débil. Pero el Abogado infinito mostrará su justicia como la luz, y su juicio como el mediodía. Habrá una aclaración final y perfecta de todos los asuntos, contiendas y disputas humanas.
  2. Bien puede reconciliarnos con las pruebas que afectan a nuestro buen nombre, nuestros derechos legales e incluso nuestras vidas, leer este salmo. David fue un «santo varón, eminente tanto por su beneficencia como por su inocuidad hacia todos los hombres; y, por su cortesía y mansedumbre, había merecido, en público y en privado, la estima y favor de todos». Sin embargo, fue calumniado, aborrecido y vilipendiado; verdaderamente, se le persiguió como a un animal salvaje. Su buen nombre fue completamente despedazado.
  3. El Señor es Juez (vv. 1, 24). Es el Juez de toda la tierra. Es conocido por los juicios que ejecuta. Para los piadosos es y siempre será de alegría que haya un tribunal sobre todas las audiencias de la tierra (cf. Ec. 5:8). Una gran parte de las averiguaciones de los tribunales y las sentencias de los jueces sobre la tierra, serán revertidas en el último día.
  4. El Señor es varón de guerra. Cuando es necesario, no solo echa mano del escudo y el pavés, sino también de la lanza, y avanza conquistando y para conquistar (vv. 1-3). Bendito sea su nombre, pues que pelea las batallas de los santos. Nadie puede resistirle. Él es el único ser en el universo que puede hacer tanto bien con pocos como con muchos, con instrumentos débiles como con instrumentos poderosos.
  5. Es un gran consuelo tener un viva experiencia del favor de Dios cuando habla a nuestra alma (v. 3). Deberíamos ser agradecidos por las promesas, por la fe que confía en las promesas y, aún más, por la viva experiencia de su dulzura. Si se buscase más la seguridad, se hallaría más a menudo.
  6. Bien podemos dejar a los enemigos en las manos de Dios. Él detendrá su loca carrera, «[cerrando]» (v. 3). Puede hacer esto de mil maneras. Aun Saulo de Tarso fue detenido, cuando menos lo pensaba.
  7. Cuando Dios dice: «Yo soy tu salvación», es necedad mirar hacia otra parte (v. 3). Nunca deberíamos atribuir a las criaturas lo que pertenece a Dios de nuestros éxitos.
  8. La derrota y destrucción de los malvados que son definitivamente incorregibles, será inconcebiblemente terrible (vv. 4-6). Ninguna lengua puede describirla. No hay ojo que la haya visto, oído que la haya escuchado, ni corazón que la haya concebido. Su juicio será perfectamente justo, terriblemente angustioso y absolutamente total. Cuando comiencen a deslizarse, su camino será tan resbaladizo que jamás se detendrán. Irán de las tinieblas a las profundas tinieblas. Y no será difícil su destrucción. Le es fácil al viento llevarse el tamo y el polvo de la era.
  9. No solamente pelean los ángeles por los santos, sino que pelean contra los malvados (vv. 5-6). Por mucho que los hombres puedan prepararse contra los enemigos visibles, no pueden hacer nada contra estos guerreros invisibles que persiguen a quienes pelean contra el pueblo de Dios. Si los hombres luchan contra Dios, han de esperar que sus ángeles luchen contra ellos. Si quieren tener a los ángeles de su lado, pónganse del lado de Dios.
  10. No hay nada en los principios o prácticas de la verdadera piedad que justifique la ira de los malvados contra los hijos de Dios. Su odio es sin causa (vv. 7, 19).
  11. Si otros practican las artes del engaño, seamos nosotros ejemplo de franqueza y simplicidad (v. 7). Cuanto más falsos sean otros, más deberíamos procurar evitar toda apariencia de engaño. Si la rectitud y la justicia no pueden salvar nuestra causa o crédito, al menos salvarán nuestra conciencia, lo cual es mejor.
  12. A pesar de toda su astucia, los malvados son grandes necios (v. 7). Son voluntariamente ignorantes de algunas cosas, sin las cuales no pueden actuar sabiamente. El rey de Siria no podía entender cómo todos sus planes contra Israel fracasaban (cf. 2 R. 6:8-12). Dickson: «Aunque los enemigos de los justos maquinen planes secretos contra ellos, no son tan secretos que Dios no pueda advertir de los mismos y mandar a los justos que oren a Él para frustrar el plan».
  13. Es asombroso que los malvados no esperen, en su interior, una derrota, cuando saben que no hay justicia en su contienda con la verdad y la justicia. Quítenseles sus lazos y hoyos, sus mentiras y mofas, y ¿qué les queda? (v. 7). Si creyesen que la causa de los justos no es mejor que la suya, saltarían de alegría. Pero ni con David, ni con Cristo, tuvieron en ningún momento esperanzas razonables de éxito.
  14. Los pecadores son tan ciegos y estúpidos que caen en sus propios lazos (v. 8). En este sentido, una generación no es más sabia que la anterior. Calvino: «Ni por un momento les parece en absoluto posible que sus estratagemas y ardides, sus prácticas malvadas y todas las trampas que tendieron a los buenos y a los simples, desemboquen en la destrucción de los mismos que las han maquinado».
  15. Maravillosa es la providencia que hace recaer sobre los malvados su castigo (v. 8). Buscaron la destrucción de otro, y se destruyeron a sí mismos. Morison: «Ocurre no pocas veces que, cuando un hombre está preparando males para sus congéneres, en realidad solo está forjando el arma de su propio castigo, y afilando el borde de las miserias que afligirán su alma!».
  16. Cuando los malvados perecen, hay griterío (v. 9). Los malvados, que sentían el puño de hierro de la tiranía, se alegran de deshacerse de esa maldición. Y los justos adoran al que ha puesto fin a las crueldades de sus opresores.
  17. Es de bendito consuelo y ayuda a los justos el que realmente no necesiten nada, sino que será para la gloria divina proveer; de manera que, en un sentido muy importante y alentador, su causa es la causa de Dios y, por tanto, ha de triunfar (v. 9).
  18. ¡Cuán miserable debe de ser la condición del hombre que no puede regocijarse en todas las liberaciones que Dios obra para los que confían en Él! (v. 9).
  19. Toda nuestra naturaleza debería alinearse con el Señor (v. 10). Dios justamente reclama el corazón, el alma, la mente y la fuerza, y los que en verdad son piadosos alegremente se lo dan todo. Sus huesos le alaban. Calvino: «Los hombres, en general, alaban a Dios de tal manera que apenas le dan la décima parte de lo que le deben».
  20. Cuando Dios obra, hace cosas maravillosas. Sus liberaciones son portentosas. No hay nadie como Él en consejo, en poderosos hechos y obras, y en gloriosa excelencia (v. 10).
  21. Al igual que las misericordiosas intervenciones de Dios demandan humilde gratitud, la esperanza de liberaciones futuras bien puede suscitar en nosotros la humilde promesa de los mayores servicios, cuando el rescate nos haya sido concedido. Dickson: «Es una forma de comprometer a Dios para que libre, el que el corazón del creyente se comprometa a glorificar a Dios tras su liberación».
  22. En Jehová, los pobres y necesitados tienen un protector, que es más que una contrapartida para todos sus opresores y atormentadores (v. 10). Él es el Amigo de los que no tienen amigos, el Padre de los huérfanos, la esperanza de los abatidos, la fuerza de los débiles. Su oficio y su deleite es tomar causas desamparadas y levantar a los que están postrados.
  23. Nadie se angustie mucho porque se levanten contra él falsos testigos (v. 11). Compárese con Mateo 5:11-12. Es una clase de cumplido para el buen hombre ser calumniado. Sus enemigos han de hablar mal contra él falsamente o no han de hablar en absoluto. Por tanto, se encuentra en el camino de precedentes seguros. Bienaventurado el que puede, al igual que el Maestro, decir a los acusadores: «¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?» (Jn. 8:46). El príncipe de este mundo no tenía nada en Cristo. Sus enemigos tuvieron muchas dificultades para conseguir testigos que pudieran contar una historia aceptablemente coherente contra Él (cf. Mt. 26:59-60). Aun así, el juez malvado y vacilante que se sentó a juzgarlo, fue obligado por su conciencia a decir reiteradamente a sus acusadores: «Ningún delito hallo en este hombre» (Lc. 23:4; cf. Jn. 18:38; 19:4, 6).
  24. En tiempo de difamación y falsa acusación, es una bendición indecible tener una buena conciencia (v. 11).
  25. Tholuck: «La opresión y la violencia nunca son más dolorosas que cuando proceden de quienes han experimentado las pruebas de nuestro amor» (v. 12; cf. Sal. 55:12).
  26. Nada demuestra más claramente la terrible maldad de los hombres impíos que la inversión que hacen de todas las grandes leyes de Dios. Estas dicen: «Devolved bien por mal». Pero ellos pagan mal por bien (v. 12).
  27. El ayuno era un modo apropiado de humillación bajo la ley (v. 13). Moisés no prescribió ningún ayuno específico excepto el del gran día de expiación (cf. Lev. 23:27-32). Pero al pueblo de Dios se le dejó que cada hombre juzgase por sí mismo cuándo se convocaba ayuno por causa de calamidades personales o públicas, excepto que de vez en cuando, por medio de un profeta inspirado, los hombres eran llamados a este deber. No es seguro, aunque es probable, que los patriarcas ayunaran. Bajo el evangelio, la ley del ayuno no establece ningún tiempo para este deber. Lo deja totalmente al juicio del pueblo de Dios en todas las épocas. Probablemente, ningún deber religioso haya sido más pervertido en tiempos antiguos y modernos (cf. Is. 58:3-12; Mt. 6:16-18). Los ayunos son de dos clases: totales o parciales. En aquellos, nos abstenemos de todo alimento; en estos, de alimento delicado. Bajo el evangelio, el ayuno es legítimo (cf. Lc. 5:35; Hch. 13:2-3).
  28. Orar por los enemigos y buscar su bien era un deber y, entre los mejores hombres, una práctica así bajo la ley como bajo el evangelio (vv. 13-14). Cristo mandó e hizo lo mismo. Un gran número de mártires oraron por sus asesinos. Cristo no dio ninguna ley nueva para que amásemos a los enemigos: simplemente rescató la antigua ley de la perversión y el descuido. David y Cristo oraron así. «El tipo era amable, la realidad divina». Una ferviente oración por los malvados enemigos, pidiendo sinceramente para ellos las bendiciones que buscamos para nosotros mismos, es una buena evidencia de un nuevo corazón.
  29. Sin ninguna piedad en el mundo, ¡cuánto se parecería la tierra al infierno! (vv. 15-16).
  30. Las tardanzas divinas demuestran paciencia divina y, si no responden a otro fin, aunque solo sea este, puede justificarlas (v. 17). Compárese con 2 Pedro 3:9, 15.
  31. Se admite que las misericordias públicas invitan a las gracias públicas, pero en algunos casos aun las misericordias personales invitan a las gracias públicas (v. 18). Nuestra religión no debería ser ostentosa, pero tampoco clandestina.
  32. Pedir que los malvados no prevalezcan contra nosotros y nos insulten, es rogar a Dios que ejercite sus gloriosos atributos de modo que engendre santo temor y firme confianza (v. 19).
  33. Cuando consideramos la inclinación de los malvados por la contienda y la trifulca, resulta asombroso que el mundo sea tan tranquilo (v. 20).
  34. No hay nuevas artes que empleen los malvados contra los santos y ministros de Dios. El recurso favorito de todas las épocas es el menosprecio. Esto es muy antiguo (vv. 21, 25).
  35. La mezquindad y la maldad caminan de la mano. Nada es más bajo que insultar a un hombre inocente que ha caído en desgracia. Sin embargo, los enemigos de David hicieron esto (v. 21).
  36. Es una gran misericordia que Dios conozca todas las circunstancias de cada caso, y observe el progreso de cada injusticia hecha a quienes confían en su nombre (v. 22).
  37. Dickson: «La situación más difícil que pueda sobrevenir al creyente es una circunstancia y situación tolerables, si Dios se acerca a su alma» (v. 22).
  38. Con sumisión a Dios, podemos apremiarle a no demorarse más en acudir en nuestro socorro (vv. 22-23).
  39. El último recurso de los santos en todas sus pruebas es la justicia de Dios (v. 24). Esta nunca les falla.
  40. Los corazones de los malvados hacen que todas sus batallas contra Dios y la piedad sean mortales. Tragarían y devorarían a los santos si pudieran (v. 25). En dieciocho siglos, han dado muerte a cincuenta millones de ellos.
  41. Cuanto más se engrandezcan los malvados contra los santos, mayor será al fin su vergüenza y confusión (v. 26).
  42. Los justos tienen motivo para todas sus alegrías. Dios mismo los sostiene en sus mayores júbilos (v. 27). No se alegran en algo insignificante cuando se regocijan en el Señor. No es fanfarronería gloriarse en Dios.
  43. No es menor el propósito que la esperanza de todos los santos pasar toda su existencia futura alabando y exaltando a Dios (v. 28).
  44. Al igual que Dios salvó a David de la mano de todos sus enemigos, salvará a todos sus escogidos de sus pecados y adversarios. El que puso a David en el trono de Israel y a Jesús en el trono de gloria, ciertamente exaltará a todo su pueblo en un reino eterno.

W. S. Plumer

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Salmo 34

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Observaciones doctrinales y prácticas

  1. No es posible apreciar demasiado la verdad, la franqueza y la sinceridad. Son esenciales en un carácter gracioso. Henry: «No podemos justificar a David en su impostura. No es propio de un hombre sincero fingir lo que no es, ni de un hombre de honor fingirse necio o loco. Si, para divertirnos, imitamos a quienes no tienen tan buen entendimiento como creemos tener nosotros, olvidamos que Dios podría habernos puesto en su lugar».
  2. No hay en la tierra ni en el cielo tarea más noble que la alabanza. Es angelical. Deberíamos ocuparnos de ella «en todo tiempo» (v. 1); «en el dolor, la enfermedad, la pobreza, la persecución y aun en las agonías de la muerte». Deberíamos alabarle «de continuo», puesto que continuas bendiciones descienden sobre nosotros, ninguna de las cuales merecemos, y puesto que algunas de las misericordias que se nos otorgan son tan grandes que deberíamos hacer mención de ellas a menudo. Misericordias especiales requieren alabanzas especiales. Tholuck: «Todos los días de la vida del hombre piadoso están provistos de monumentos y señales de la misericordia de Dios, de manera que todos los días tiene que cantar un nuevo cántico». Calvino: «Si, por un solo beneficio, Dios nos pone en deuda consigo toda nuestra vida, de manera que nunca podemos, legítimamente, dejar de expresar sus alabanzas, ¡cuánto más cuando amontona sobre nosotros innumerables beneficios!».
  3. Es legítimo y conforme al ejemplo que deben dar los hombres sabios, tener buenos propósitos (v. 1).
  4. Es muy apropiado hacer memoria de las misericordias pasadas cuando las pruebas presentes nos oprimen, y cantar en los días de tinieblas (v. 1). Es un triste error depender de las misericordias pasadas de modo que no se busquen otras nuevas. Pero no es menos pecado ansiar tanto nuevas misericordias que se menosprecien u olviden las viejas.
  5. El gozo religioso no puede ser demasiado elevado. Podemos regocijarnos y gloriarnos en Dios (v. 2). «El que se gloría, gloríese en el Señor» (2 Co. 10:17), y gloríese en el Señor tanto como le plazca.
  6. Aprovecha a nuestros hermanos y honra a Dios que, verazmente, narremos su graciosa forma de conducirse para con su pueblo. Por tanto, deberíamos mencionar la bondad del Señor para que otros lo oigan y se alegren (v. 2). Pero no deberíamos echar perlas a los cerdos. «Solamente las almas humildes, conscientes de su propia debilidad, son la gente que cosecha beneficio de las misericordias de Dios derramadas sobre otros».
  7. La unidad de la adoración divina, que está basada en la unidad de la naturaleza divina, se mantiene mejor cuando, con nuestras almas y todo nuestro corazón, sinceramente invitamos a todos los siervos de Dios a unirse a nosotros en nuestros actos de devoción más elevados (vv. 2-3). El que nos ha animado a nosotros, puede animar a otros; y el que nos ha salvado a nosotros, puede salvar a cualquiera, por muy grandes que sean sus pecados o aflicciones.
  8. Dickson: «El temor de lo que podría suceder no debería impedir la oración, porque los temores de los justos no son profecías ciertas, pues Dios puede librarles de todas ellas» (v. 4).
  9. El viejo y probado método de obtener liberación de nuestros temores buscando al Señor en el camino de la oración y una buena conciencia es mucho más seguro y exitoso que el que el ingenio humano pueda elaborar. David no dice nada a favor de este, pero a menudo recomienda aquel (v. 4).
  10. La gracia y bondad de Dios para con uno solo de sus siervos tiene un poderoso efecto sobre los demás, de manera que miran y son alumbrados, y sus rostros no son avergonzados (v. 5). Ni un solo ejemplo de misericordia para con un santo ha sido en vano para quienes, temerosos de Dios, supieron de la liberación concedida a su hermano.
  11. En lo sustancial, la experiencia de un buen hombre en la gracia y en la providencia se asemeja tanto a la de todos los santos, que es de fácil aplicación y excelente utilidad para ellos.
  12. La mejor manera de beneficiarse de las maravillas de Dios mostradas a cualquiera de los grandes personajes de antaño no es magnificar, indebidamente, sus dones y excelencias, de modo que los alejemos de nosotros, considerándonos pobres criaturas; sino admitir, como ellos mismos hicieron, que eran pobres (v. 6). Ciertamente, los mejores de ellos decían que eran pobres, miserables, ciegos y desnudos.
  13. Una religión que excluyera la oración no solo sería contraria a la naturaleza, sino a los frecuentemente repetidos preceptos y ejemplos de la Escritura (vv. 4-6, 17). Dickson: «El Señor pone a los justos en apuros y, mediante los apuros, los lleva a la oración, y demora la respuesta hasta que la necesidad se hace grande, y entonces claman al Señor, y Él da muestras de haber oído, y envía liberación».
  14. Todos los ejemplos de un creyente en apuros rescatado de la adversidad, es un mandato a todas las almas que están abatidas y desalentadas, a agarrarse fuertemente al pacto. Aunque el versículo 6 no decida, positivamente, quién fuese este pobre, cualquier alma humilde puede colocar, en el espacio en blanco, su propio nombre. «Al que cree todo le es posible» (Mr. 9:23). Morison: «¡Oh, cuán radiantes de misericordia estarán los registros de aquel mundo en que se verá inscrita, en el libro de la providencia, toda la salvación que Dios ha obrado para su Iglesia rescatada».
  15. Es muy importante albergar ideas correctas y vívidas respecto al ministerio de los ángeles (v. 7). Mucho se dice sobre este tema en la palabra de Dios (cf. 2 R. 6:15-17; Sal. 91:11; Lc. 16:22). Por muy grande que sea el número y poder de nuestros enemigos, estos mensajeros celestiales son más numerosos y más potentes. Hay una innumerable compañía de ellos, y destacan en fuerza.

«Millones de criaturas espirituales recorren la tierra,

Aun cuando, al dormir o al despertar, jamás podamos verlas».

  1. ¿Cómo se atreven algunos a enseñar que el temor de Dios no es una parte esencial de la verdadera piedad, cuando tan frecuentemente se habla de él como si fuese el todo de la santidad? (vv. 7, 9, 11).
  2. Nada nos prepara mejor para invitar a otros a servir a Dios en todos sus caminos, que una bendita experiencia de su gracia y misericordia en nuestras propias almas y vidas (v. 8). El que ha gustado y visto es el más indicado para invitar a otros a gustar y ver. Los ciegos nunca invitan a sus semejantes a admirar el arcoíris. Los sordos nunca animan a otros a escuchar música. Tholuck: «El cielo y la tierra están repletos de la bondad de Dios. Nos negamos a abrir nuestras bocas y ojos, motivo por el cual el salmista desea que gustemos y veamos».
  3. Dickson: «Todo lo que el creyente puede alcanzar en esta vida de consolación espiritual, ya sea por fe o por experiencia, dulcificado con el cálido consuelo del Espíritu Santo, no es sino una degustación en comparación con lo que ha de tenerse en el más allá y, sin embargo, esta degustación, ¡oh cuán dulce, indeciblemente gozosa y llena de gloria es!» (v. 8).
  4. El deber de todos los que han hallado misericordia es invitar a otros a buscar al Señor, abrazar al Redentor y sellar el pacto (v. 8; cf. Jn. 1:42, 45; Ap. 22:17).
  5. La confianza es un ingrediente esencial en la fe (v. 8). Sin esta, la fe es como una fábula. No puede ofrecerse oración más oportuna en la aflicción que esta: «Señor, aumenta nuestra fe». Calvino: «Nuestra propia incredulidad es el único obstáculo que impide que Dios nos satisfaga grande y espléndidamente con abundancia de todas las cosas buenas».
  6. Toda la Escritura deja clara la necesidad de pureza interior y santidad personal en todos los siervos de Dios. En otros lugares, se les llama por muchos nombres de cariño y ternura, pero a menudo, como aquí, se les llama «santos» (v. 9). La Iglesia de Roma inscribe en el calendario los nombres de hombres y mujeres muertos, en diferentes días del año, y los llama días de santos. Pero Moisés, David, Salomón, Daniel y Pablo hablan de todos los hijos de Dios como sus santos. Así sea. Son llamados a ser santos.
  7. La provisión para todos los que temen a Dios es muy rica. Nada les falta, es decir, ninguna cosa buena les falta. Esto siempre es verdad en ellos (vv. 9-10). Calvino: «Es más fácil que los leones perezcan de hambre y escasez, que Dios prive del alimento necesario a los justos y sinceros, quienes, contentos con su bendición, procuran su alimento solamente de su mano». Tholuck: «No sentiremos carencia alguna aunque la tengamos». El pacto extiende la ayuda prometida de Dios mucho más allá de las carencias corporales y temporales, abarcando toda la lista de beneficios (cf. 1 Co. 3:21-22; Ro. 8:32; Mt. 5:3-12).
  8. El que confía en su poder y vigor innatos, sus talentos o su influencia política, y especialmente si la falta de virtud se une a la tentación para llevarle a la voracidad e injusticia, antes o después llegará, como los leoncillos, a carece de algún bien necesario (v. 10).
  9. Los profesores deberían ser amables y dirigirse a sus alumnos como si fuesen sus niños o hijos (v. 11). ¡Oh, si todos los profesores supiesen el significado de esto: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt. 11:29). El tono severo y el lenguaje duro no convienen a los instructores.
  10. Deberíamos ser condescendientes con los hombres de baja condición, con los jóvenes y los niños, y con personas de endeble entendimiento (v. 11). Los viejos rara vez recuerdan lo que se les ha enseñado. Los de mediana edad a menudo están demasiado ocupados para escuchar a sus profesores. Pero los jóvenes, aun los muy jóvenes, pueden oír, aprender, recordar y vivir. Henry: «Aunque era hombre de guerra y había sido ungido por rey, David no consideró impropio de él enseñar a los niños. Aunque ahora tenía la cabeza llena de inquietudes y las manos de ocupaciones, disponía de ganas y tiempo para dar buenos consejos a la gente joven».
  11. Los jóvenes están especialmente obligados a procurar aprender, particularmente cuando personas mayores que ellos se proponen darles las lecciones de la experiencia y sabiduría sobre los asuntos más importantes (v. 11). «David era un músico famoso, un hombre de estado y un soldado; pero no dice a los niños: “Os enseñaré a tocar el arpa, o a manejar la espada o la lanza, o a lanzar con el arco, o: Os enseñaré las máximas de la política de estado”; sino que «el temor de Jehová os enseñaré», lo cual es mejor que todas las artes y ciencias, mejor que todos los holocaustos y sacrificios». Si los profesores desean hacer mucho bien, seleccionen temas importantes, empleen palabras claras y hablen de manera amable.
  12. A los jóvenes, no menos que a los demás, se les debería enseñar que no es oro todo lo que reluce, que no es piedad todo lo que lleva el nombre. La naturaleza y evidencias de la verdadera piedad debería manifestarse claramente a todos, y más que a nadie a los principiantes (vv. 12-15).
  13. No es extraño que los justos nunca lamenten la elección que han hecho, ni abandonen del todo el camino de Dios, pues toda su experiencia se encuentra del lado de Dios, de la verdad y de la justicia (v. 12). La vida piadosa de los justos aquí será sucedida por otra infinitamente gloriosa en el más allá.
  14. ¿No puede hacerse algo en el gobierno familiar, en las regulaciones sociales y eclesiásticas, y en la enseñanza privada y pública, para detener los grandes males que proceden de los abusos malvados del poder de la palabra? (v. 13). ¡Padres, considerad! ¡Prójimos, considerad! ¡Pastores, considerad! ¡Sabios, considerad! La tierra es, a veces, tan similar al infierno que le hace a uno dudar si, en su conjunto, la existencia aquí es deseable.
  15. Un carácter virtuoso y piadoso tiene rasgos negativos y positivos. Se aparta del mal y hace el bien (v. 14).
  16. Ningún filósofo, moralista o profeta ha dado jamás demasiado valor a la inestimable bendición de que a uno se le permita y capacite a llevar una vida tranquila y apacible en toda piedad y honestidad (v. 14). ¡Oh, si todos los hombres amasen la paz y aborrecieran la contienda (cf. 1 Co. 13:4-7; 2 Co. 13:11). Si somos cristianos, servimos al Dios de paz. Pero hay algo en la tierra peor que una vida de disensión: una vida de maldad. Sin embargo, si nos vemos forzados a contender, Dios no nos condenará, sino que nos sostendrá. Calvino: «David quiere decir que, en nuestros asuntos personales, deberíamos ser mansos y condescendientes, y procurar, en lo que dependa de nosotros, mantener la paz, aunque esto sea para nosotros causa de muchas dificultades y molestias».
  17. La providencia de Dios, que deberíamos estudiar con devoción, tiene dos aspectos: uno favorable para los justos; el otro desfavorable para los malvados (vv. 15-16; cf. Ex. 14:19-20).
  18. Tenemos autoridad bíblica para estimar más un buen nombre que las riquezas, pero ¡qué engañados están los malvados cuando persiguen la fama como un gran bien! La memoria de los malvados se pudrirá. Dios cortará su recuerdo de la tierra (v. 16). Un joven que pasaba por un banco de arena, con su cayado escribió la palabra «fama». Al regresar de la escuela el mismo día por la tarde, vio que ya los vientos habían removido las arenas y habían cubierto la palabra. En días posteriores, refirió que esto le había enseñado una buena lección, y le llevó a desear sobre todas las cosas tener su nombre escrito en el libro de la vida.
  19. El apóstol Pedro da un uso práctico a los versículos 12-16, lo cual aún no se ha indicado formalmente. Dice que las verdades aquí enseñadas deberían moderar nuestro dolor y calmar nuestras mentes, haciéndonos compasivos, misericordiosos, corteses, devolviendo bendición por maldición, etc. (cf. 1 P. 3:8-12). Realmente nos enseñan muchísimo, y algunas de ellas apuntan a las más altas sanciones.
  20. Desde que el hombre se convirtió en pecador, la verdadera religión ha tenido el elemento de penitencia (v. 18; cf. Sal. 51:17; Is. 57:15). Examinemos a menudo si tenemos esta penitencia. Es muy diferente del remordimiento. Es un gran error de algunos que cultiven tan poco un estado de ánimo penitente.
  21. La religión cristiana es la única forma de doctrina sobre la tierra que, francamente, admite todo el alcance de la calamidad humana; y, al mismo tiempo, provee adecuadamente para el sustento del sufridor piadoso, y para su liberación plena y final de todo lo que pueda hostigar a la mente (v. 19). «Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios» (Hch. 14:22). Tholuck: «Si los hombres piadosos fuesen librados de toda dificultad y aflicción, los motivos para la piedad se harían impuros, la fe se debilitaría, la oración cesaría y la seguridad carnal abundaría». Las aflicciones son pruebas de amor. «Los azotes son las marcas del hijo». Todas nuestras tribulaciones no son nada comparadas con lo que merecemos, con lo que los justos de otros días han sufrido, con lo que nuestro Salvador sufrió, con la gracia otorgada para sostenernos, o con la dicha eterna que nos espera. Así pensaba Pablo (cf. 2 Co. 4:17). Lutero: «Aunque los huesos y miembros de los santos son, más que todos los demás, cruelmente esparcidos y quebrados, quemados en el fuego, y dejados en los sepulcros hasta pudrirse; aun cuando sean puestos, de este modo, en ignominia, serán levantados en gloria; serán reavivados con todos sus miembros y cuerpos, y todos sus huesos serán restaurados, y los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre».
  22. Aun en esta vida, las liberaciones del pueblo de Dios a menudo son asombrosas (v. 19). Considera la del profeta en 2 Reyes 6:18-23. Mira las misericordias mostradas a Pedro en prisión, cuando estaba a punto de ser decapitado (cf. Hch. 12:3-11). «Está registrado de aquel santo varón, Bernard Gilpin, llamado «el apóstol del norte», que, en tiempos de las persecuciones marianas, fue prendido por los mensajeros de Bonner y llevado a Londres (a la hoguera). “Pero ¡observa –dice su biógrafo–, observa la providencia de Dios!”. De camino a Londres, se rompió la pierna, lo cual detuvo por un tiempo su viaje. Las personas bajo cuya custodia estaba, aprovecharon la ocasión de replicarle con un comentario que, frecuentemente, él mismo había hecho: “que nada nos ocurre que no se encamine a nuestro bien”. Y le preguntaron si pensaba que la rotura de su pierna se encaminaba a su bien, a lo que, con mansedumbre, respondió que no tenía ninguna duda de que así era. Y esto fue demostrado en el más estricto sentido, pues antes de que pudiera viajar, la reina María murió y él fue puesto en libertad».
  23. Aunque no podemos considerar todo este salmo mesiánico, complace ver cuán agradable es, a todos los profetas, el tema del Salvador prometido, y cómo, sin el menor aviso formal, lo introducen en sus composiciones sagradas, como aquí (v. 20).
  24. No hay forma de decir qué mal pondrá miserable fin a la carrera del pecador. Puede ser la espada del enemigo o de sí mismo, el aguijón de la conciencia o de una abeja, un mal natural o un mal moral (v. 21). El pecado es siempre la causa responsable de la muerte; y es a veces el propio medio de terminar con una vida malvada.
  25. Si el único pecado imputado a los malvados en una tierra provista del evangelio fuese su enemistad con los hombres buenos, su destrucción sería muy justa y terrible (v. 21).
  26. Es siempre una regla segura para determinar el destino final del pecador que será, en todos los aspectos, el opuesto a aquel del santo. Uno será desolado; el otro no será desolado (vv. 21-22). Uno será condenado; el otro no vendrá a condenación. Uno será declarado culpable; el otro será declarado justo. Dios está contra uno; Dios está con el otro.
  27. La redención del pueblo de Dios al final será completa. Dios ha emprendido la obra (v. 22). Él jamás pone su mano en el arado y mira atrás. El Señor tiene un único propósito, y nadie puede hacerle cambiar.
  28. La terrible desolación está basada en la culpa (vv. 21-22). El pecado es condenatorio más que ninguna otra cosa. No somos heridos hasta que son heridas nuestras almas. Henry: «Ningún hombre se encuentra desolado excepto aquel a quien Dios ha desamparado, ni ningún hombre arruinado hasta que se halla en el infierno».

W. S. Plumer

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Salmo 33

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Observaciones doctrinales y prácticas

  1. Alegrarse en Dios ha de ser un deber principal de los hombres piadosos (v. 1; cf. Sal. 32:11, etc.). El gozo en el Señor es uno de los vínculos entre la antigua y la nueva dispensación, entre la iglesia militante y la iglesia triunfante.
  2. El verdadero gozo en Dios tiene una adecuada expresión en la ferviente alabanza (v. 1). «¿Está alguno alegre? Cante alabanzas» (Stg. 5:13). Dickson: «No hay ejercicio que más convenga a los santos que la alabanza de Dios, ya sea que consideremos el objeto de la alabanza, que es Dios, o la obligación que ellos tienen más que nadie en el mundo; pues «en los íntegros es hermosa la alabanza». Y no hay ejercicio al que más necesitemos que se nos estimule que la alabanza: tal es nuestra apatía y la excelencia y necesidad de la tarea».
  3. Las alabanzas que se ofrecen a Dios deberían estar llenas de vida (v. 2). Deberíamos alentarnos a nosotros mismos a agarrarnos a Él. Henry: «He aquí una buena regla para este deber: “Cúmplelo con destreza y con energía; intervenga en él la cabeza y el corazón; cúmplase inteligentemente y con una cabeza despejada; afectivamente y con un corazón fervoroso”».
  4. Los versículos segundo y tercero de este salmo ponen directamente ante nosotros el tema de la música instrumental. Exponemos aquí algunas ideas sobre lo apropiado de hacer uso ahora de esta música en la adoración pública.
  1. Es totalmente cierto que los cristianos primitivos empleaban instrumentos de música en su adoración pública. Esto está claro por las enseñanzas de Justino Mártir, Crisóstomo y Teodoreto. Sobre los salmos 143 y 149, Crisóstomo, y sobre nuestro salmo (v. 2), Teodoreto, dan un testimonio decisivo. Está recogido en Bingham, vol. II, pp. 494-495. Crisóstomo dice que «solo les era permitido a los judíos, como el sacrificio, por la pesadez y grosura de sus almas. Dios se mostró comprensivo con su debilidad, puesto que habían sido rescatados, recientemente, de los ídolos; pero ahora, en lugar de órganos, podemos emplear nuestros cuerpos para alabarle con ellos».
  2. Es cierto que los órganos no se introdujeron en las iglesias cristianas en ningún lugar hasta, al menos, mediados del siglo XIII. Tomás de Aquino dice expresamente: «Nuestra iglesia no emplea instrumentos musicales, como arpas y salterios, en la alabanza de Dios, para que no parezca judaizante». Protestantes y romanistas admiten este testimonio como decisivo en cuanto al hecho de que los instrumentos no se emplearon hasta nada menos que la época del gran escolático (1250 d. C.).
  3. Es bastante claro, a partir de la Escritura, que se emplearon instrumentos de música antes de los días de Moisés, para expresar los alegres sentimientos del corazón (cf. Job 30:31).
  4. Pocos negarán la legitimidad de emplear instrumentos de música en privado para levantar las alegres emociones del alma, aun en la devoción. Tal posición generalmente se consideraría extrema.
  5. La introducción de instrumentos de música como ayuda al canto sagrado no es una provisión de la ley de Moisés, sino que vino en los días de David. No era parte esencial de la institución ceremonial del gran profeta que escribió el Pentateuco.
  6. En la discusión y resolución de esta cuestión, no nos servirá para encontrar la verdad, perder la compostura y emplear un lenguaje duro y extravagante, como ocurre con demasiada frecuencia.
  7. Quienes rehúsan o rechazan el uso de la música instrumental, no deberían juzgar a sus hermanos que piensan que es provechosa. «¿Tú quién eres, que juzgas al criado ajeno?» (Ro. 14:4).
  8. Los hermanos que deseen tener música instrumental, no deberían usar de su libertad maliciosamente. No es correcto hacer un cisma en el cuerpo de Cristo por tales cuestiones.
  9. Quienes insisten en el pecado de emplear estas ayudas están obligados, con toda justicia, a mostrar al menos un texto claro, o proponer una inferencia justa y sencilla de algún pasaje de la Escritura que apoye sus opiniones.
  10. Si se emplean instrumentos en la adoración pública, debería ser solo como ayuda al canto congregacional. Cuando lo entorpecen, son una ofensa intolerable. «Los solos livianos y absurdos, los interludios largos y sin sentido entre estrofas, un acompañamiento ruidoso, las pausas caprichosas, el toque ostentoso y repetitivo, y otras cosas similares», deberían rechazarse rotundamente.
  11. En latitudes muy altas, los moravos descubrieron que el órgano era de gran utilidad para ayudar al pueblo a evitar que sus voces bajasen de tono demasiado.
  12. Probablemente interesará al lector conocer las opiniones de dos eminentes personajes sobre este tema. Calvino: «Es evidente que aquí el salmista expresa el sentimiento vehemente y ardiente que los fieles deberían tener al alabar a Dios, cuando manda que los instrumentos musicales se empleen con este propósito. No desea que los creyentes omitan nada que tienda a animar las mentes y sentimientos de los hombres cuando cantan las alabanzas de Dios. Sin duda, el nombre de Dios, propiamente hablando, solo puede ser celebrado por la voz articulada. Pero no es sin causa que David añada aquellas ayudas con las que los creyentes acostumbraban estimularse más a sí mismos para esta tarea, especialmente cuando consideramos que le estaba hablando al pueblo antiguo de Dios. Sin embargo, hemos de hacer aquí una diferencia, para que no consideremos aplicable a nosotros, de manera indiscriminada, todo lo que antes se mandó a los judíos. No tengo ninguna duda de que tocar los címbalos, el arpa y la viola, y toda la clase de música que tan frecuentemente se menciona en los salmos, era parte de la educación, es decir, de la pueril instrucción de la ley (hablo del servicio instaurado en el templo). Porque aun ahora, si los creyentes escogen animarse con instrumentos musicales, pienso que deberían proponerse no separar su ánimo de las alabanzas de Dios. Pero cuando frecuentan sus sagradas asambleas, los instrumentos musicales para celebrar las alabanzas de Dios no serían más convenientes que quemar incienso, encender lámparas o restaurar las demás sombras de la Ley. Los papistas, por tanto, neciamente han adoptado esto, así como otras muchas cosas de los judíos. Los hombres que aprecian la pompa externa pueden deleitarse en este ruido, pero la simplicidad que Dios nos recomienda por medio del apóstol, le complace mucho más. Pablo solo nos permite bendecir a Dios en la asamblea pública de los santos en una lengua conocida (cf. 1 Co. 14:16). La voz del hombre, aunque no la entienda la mayoría, ciertamente supera a todos los instrumentos de música inanimados; y, sin embargo, ya vemos lo que san Pablo señala respecto a hablar en una lengua desconocida. ¿Qué, pues, diremos de la salmodia, que no hace sino llenar los oídos de un sonido vacío? ¿Objeta alguien que la música es muy útil para despertar las mentes de los hombres y conmover sus corazones? Lo admito; pero siempre deberíamos procurar evitar que se cuele la corrupción, la cual podría contaminar la adoración pura de Dios y llevar a los hombres a la superstición. Además, puesto que el Espíritu Santo nos advierte expresamente de este peligro por boca de Pablo, ir más allá de lo que nos permite no solo es –debo decir—celo temerario, sino malvada y perversa obstinación».

Es probable que las opiniones de Calvino tengan la fuerza, y estén expresadas con la contundencia, que desean las personas que se encuentran en esa posición. Por otra parte, Richard Baxter, en su Directorio cristiano, Obras, vol. V, pp. 499-501, se expresa así: «Pregunta 127: ¿Es legítima la música eclesiástica de órgano u otros instrumentos?

Respuesta. Sé que en tiempos de persecución y de más pobreza de la iglesia, no se empleaba ninguno (cuando no tenían templos, ni siempre un lugar de reunión fijo). Y que el autor de Quest. et Resp. de Justino Mártir habla en su contra. Y concedo: 1. Que, de la misma manera que los cristianos débiles y enfermos pueden hacer que muchas cosas sean ilegítimas a sus hermanos –debido a que pueden perjudicar a aquellos, y así tienen que privarse no solo de muchas de sus libertades, sino también de sus ayudas–, en las muchas congregaciones, la música eclesiástica se hizo ilegítima por accidente, por causa de su error. Porque es ilegítimo (cæteris paribus) que una cosa innecesaria ocasione divisiones en las iglesias; y, cuando una parte considera ilegítima la música eclesiástica, si la otra parte la emplea, ocasionará divisiones en las iglesias y echará a la otra parte. Por tanto, desearía que la música eclesiástica no se instaurase en ningún lugar, si la congregación no se pone de acuerdo respecto a su uso, o se divide por esta cuestión. 2. Y pienso que es ilegítimo emplear compases ligeros o que no se le pueda enseñar fácilmente a la congregación; mucho más cuando expresamente se encomienda toda la tarea del canto a los coristas, y se excluye a la congregación. No deseo unirme a una iglesia en que se me impida esta noble tarea de la alabanza. 3. Pero una música eclesiástica sencilla e inteligible, que no ocasiona divisiones, sino con la que la iglesia está de acuerdo, por mi parte nunca he dudado de que es legítima. Porque: 1. Dios la instauró mucho tiempo después de la Ley ceremonial de Moisés, por medio de David, Salomón, etc.

  1. No es meramente una ceremonia instituida, sino una ayuda natural para incentivar a la mente, y es un deber y no un pecado usar las ayudas de la naturaleza y el arte legítimo, aunque no para instituir sacramentos, etc., propios. Al igual que es legítimo hacer uso de la ayuda beneficiosa de las gafas para leer la Biblia, también lo es hacerlo de la música para levantar el alma a Dios.
  2. Jesucristo se unió a los judíos que la empleaban, y jamás habló una palabra en su contra.
  3. No la prohíbe ninguna Escritura y, por tanto, no es ilegítima.
  4. Nada puede estar en su contra, que yo sepa, que no pueda decirse también de las melodías. Porque, cuando dicen que es una invención humana, puede responderse que también los son nuestras melodías (y metrificaciones y versiones). En realidad, no es una invención humana, como ponen de manifiesto el último salmo y otros muchos, que nos llaman a alabar al Señor con instrumentos de música.

Y, cuando se dice que es una clase de placer carnal, puede decir otro tanto de un concierto de voces melodioso y armonioso, que es música más excelente que la de ningún instrumento.

Y, cuando algunos dicen notar que les hace daño, también lo dicen otros del canto melodioso (pero los hombres sabios notan, por el contrario, que les hace bien). Y ¿por qué la experiencia de alguna persona prejuiciosa y engreída, o de un hombrecillo que no sabe qué es una melodía, había de ponerse frente a la experiencia de todos los demás y privarles de todas estas ayudas y misericordias, porque estas personas digan que no encuentran ningún beneficio en ellas.

Y, así como algunos se mofan de la música eclesiástica poniéndole muchos nombres burlescos, otros lo hacen con el canto (como testifican algunas congregaciones de mi entorno, que durante muchos años lo han abandonado y no lo soportan; pero su pastor está dispuesto a unirlos, omitiendo permanente y totalmente el canto de los salmos). Es grande el mal que ocasionan algunos a los cristianos ignorantes, metiéndoles estas fantasías y escrúpulos en la cabeza, que nada más aparecer convierten en menosprecio, lazo y dificultad lo que podría serles de verdadera ayuda y consuelo, como lo es para otros».

  1. El autor no sabe cómo finalizar mejor las observaciones sobre este tema que citando con total aprobación una frase o dos de Morison: «Nunca se olvide que ningún sonido de la armonía más exquisita, ya proceda de voces humanas o del arpa de sonido más dulce, puede ser aceptable a Jehová si la música de un corazón redimido no da entonación y énfasis al cántico de alabanza. Es infaliblemente cierto que no puede haber religión en meros sonidos, sean del tipo que fueren, a menos que el adorador cante con gracia en su corazón, entonando para el Señor».
  2. Podemos estar seguros de que nada de lo que afecte a la alegre solemnidad de la adoración de Dios carece de importancia (v. 3).
  3. Se coloca un gran fundamento para la piadosa confianza en la verdad y excelencia de la palabra de Dios (v. 4). Si un precepto, promesa, doctrina, amenaza o predicción de Dios pudiera fallar, entonces realmente estaríamos perdidos. Pero eso jamás puede ocurrir.
  4. La uniformidad, estabilidad y justicia de la providencia para administrar los asuntos humanos, y especialmente para llevar a cabo los principios de la Sagrada Escritura en todas las cosas para las que tienen aplicación, es verdaderamente admirable (v. 4). Todos los acontecimientos de la providencia «conforman una armonía de concordancias y disonancias bien administradas».
  5. En todos los asuntos terrenales, el cambio es el orden de las cosas. Los vientos, las mareas, las estaciones, la faz de la naturaleza y, aun los amigos, cambian, pero, en medio de todas nuestras vicisitudes, podemos confiar en la santidad, justicia y bondad inmutables de Dios (v. 5). El Juez de toda la tierra hará lo correcto. Él jamás yerra, ni hace injusticia a la criatura, ni es cruel.
  6. La creación y la providencia, las estrellas y los mares, los cielos y las leyes de la materia, todos publican el derecho de Jehová a su suprema y santa adoración (vv. 6-7). Si el Creador y Gobernador del mundo no ha de ser adorado, el culto religioso nunca puede considerarse apropiado. Si no se le debe a quien nos hizo y nos guarda, a quien nos alimenta y nos viste, no se le debe a nadie.
  7. Los sentimientos de profunda reverencia a Dios deberían tenerlos todos los hombres, si tan solo consultasen con la naturaleza (vv. 8-9). «Su omnipotencia, manifestada cuando formó y afirmó el mundo con una palabra, debería mover a los hombres a temerle».
  8. Ningún arma forjada contra Sión prosperará (v. 10). Si los planes y las conspiraciones, los consejos y las maquinaciones, los más astutos y los más crueles, hubieran podido dañar a la iglesia de Dios, no habría quedado ni siquiera un pequeño remanente. Hace mucho tiempo, el enemigo esperó poner fin a la adoración y servicio de Dios sobre la tierra; pero fracasó, y siempre fracasará.
  9. Siendo todos los consejos y pensamientos de Dios infinitamente santos, justos y buenos, solo podrían cambiarse para lo peor. Así pues, impidan todas sus perfecciones que se produzca cambio alguno. Todo está bien cuando Dios lo planea. Todo acontecerá con seguridad, puesto que Él lo ha planeado. Cuanto más se prueben, más firmes se hallarán la palabra y consejos de Dios. Aquel cuya esperanza de éxito descansa en el fracaso del propósito divino, se encontrará con una terrible derrota. «Dios no ha prometido sino lo que se ha propuesto realizar».
  10. La justicia exalta a la nación (v. 12). Cuando la gente sinceramente adopta el curso de la piedad, inicia un proceso de mejora mental y social, que le habrá de elevar muy por encima de lo que haya alcanzado jamás.
  11. ¡Es una rica misericordia que Dios realice el primer movimiento hacia la salvación de los hombres! Si un pueblo es su heredad, es porque Él lo ha escogido (v. 12). La doctrina del Nuevo Testamento es la misma. «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros» (Jn. 15:16).
  12. En toda la vasta extensión de la creación, nada se esconde de la observación del Todopoderoso (vv. 13-14). Si algo pudiera pasarle inadvertido, o escapar a su dominio, podría ser fatal a sus planes y a la salvación de su pueblo. A menos que Él controle todas las causas, aquella que no controle puede causar un mal indecible.
  13. El que hizo los corazones de todos los hombres, no puede sino conocerlos y entender todas sus operaciones (v. 15). Esto demuestra que es Dios, que puede salvar plenamente a su pueblo de sus pecados, y que los malvados no ganarán ventaja sobre el pueblo de Dios.
  14. Todos los nombres y formas de fuerza y poder pertenecientes a las criaturas no son nada sin Dios (vv. 16-17). Cuatro de ellos se especifican aquí: rey, ejército, valiente y caballo. Donde está la palabra del rey, allí hay poder (cf. Ec. 8:4). Pero cuando Dios no la apoya, o batalla contra ella, es tan impotente como el gorjeo de una golondrina. El monarca más poderoso no puede hacer nada excepto que le sea dado de Dios (cf. Jn. 19:11). David a menudo reconoce que Dios hizo todo lo que él era. Tampoco un ejército es de protección si Dios está en su contra. La misma grandeza de una hueste a menudo ha sido su ruina. Dios, que hizo que las estrellas lucharan contra Sísara, puede desbaratar fácilmente cualquier preparación militar. Sin levantar un dedo, puede enviar un ángel y, en una noche, destruirá el mayor ejército que haya invadido un país. Los valientes muchas veces han hecho grandes cosas. Pero «en su valentía [no] se alabe el valiente» (Jer. 9:23). Los valientes morirán como hombres. Dios ha dado al caballo fuerza, y ha vestido su cuello de trueno. La gloria de sus narices es terrible. Piafa en el valle y se regocija en su fuerza. Procede a encontrarse con los hombres armados. Se burla del miedo y no se atemoriza. Huele la batalla desde lejos. Sin embargo, no es nada sin Dios. Tan pronto puede meter a su jinete en el peligro como sacarlo del mismo.
  15. Ningún hombre actúa jamás con verdadera sabiduría hasta que teme a Dios y espera en su misericordia (v. 18).
  16. Un buen hombre puede estar seguro de la vida natural siempre que sea lo mejor para él tenerla y, cuando le es quitada, puede esperar, confiado, una vida mejor en un mundo mejor (v. 19). Compárese con Isaías 33:16; 41:17-18; 1 Timoteo 4:8.
  17. Esperar en el Señor, ¿no es un deber en que se insiste demasiado poco en nuestros días? (v. 20). El autor no recuerda haber oído más de uno o dos discursos públicos respecto a este excelente ejercicio.
  18. Hay una bella proporción en el carácter de los hombres verdaderamente piadosos. Cuando hay auténtica confianza, hay gracioso temor, y, cuando estos están, hay también gozo santo (vv. 18, 21).
  19. El clamor por misericordia siempre nos conviene, hasta que obtengamos nuestra corona (v. 22). Nunca está fuera de lugar. Aun para concluir un canto triunfante es apropiado.

W. S. Plumer

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Salmo 32

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Observaciones doctrinales y prácticas

  1. Negar nuestro pecado es negar nuestra necesidad de perdón, y cortar toda esperanza de salvación y felicidad eterna. La bienaventuranza no comienza hasta que se recibe el perdón (v. 1), y pretender que tal perdón se ofrece al inocente sería un insulto.
  2. Aunque la Biblia es un libro sobrio, emplea una variedad de términos y expresiones respecto al pecado, todos los cuales serían impropios a menos que el pecado fuese un mal terrible. En Éxodo 34:7, encontramos «iniquidad», «transgresión» y «pecado». Aquí encontramos lo mismo y, además, «engaño» (vv. 1-2). En otros lugares, otros nombres y expresiones lo señalan como «rebelión», «sublevación», «maldad», «cosa horrenda», «necedad», «mentira», «menosprecio de Dios», «vileza», «desesperación». Desecha todos los principios de la razón, y desafía todos los atributos de Dios. Dejado a sí mismo, es incorregible. Es ciego a todo lo glorioso y admirable. Considera una catástrofe lo que es una menudencia, y antepone la criatura al Creador. Hace que sus víctimas consideren a Dios como alguien semejante a ellos. Olvida la santidad infinita de Aquel a cuyos ojos los cielos no son puros ni las estrellas limpias. La indignación de Dios no produce justo y continuo temblor en las estúpidas almas de los malvados, miríadas de las cuales suponen que la ira del cielo puede evitarse con rituales, que el fuego del infierno puede extinguirse con lágrimas, y que la paz puede asegurarse con torturas autoimpuestas. Ah, si todos «aprendieran: 1. Que el pecado conlleva una deuda que ningún hombre puede satisfacer, una deuda por la que el hombre ha de perecer si no le es perdonada. 2. Que el pecado es una inmundicia que ni Dios puede contemplar sin abominar al pecador, ni la conciencia culpable puede mirar sin horror excepto que se cubra. 3. Que el pecado conlleva una culpa que puede conducir a los hombres a la condenación si se les acusa de la misma. 4. Que no hay justificación del pecador ante Dios por sus buenas obras».
  3. Con el Señor está la misericordia y con Él la abundante redención. Al Señor nuestro Dios pertenecen la misericordia y el perdón. Es su gloria y su deleite perdonar las transgresiones, cubrir el pecado y no culpar de iniquidad (vv. 1-2). Aún «[da] conocimiento de salvación a su pueblo» (Lc. 1:77). Ha exaltado a su Hijo como Príncipe y Salvador para conceder arrepentimiento y remisión de pecados a Israel (cf. Hch. 5:31). La salvación es posible. Para los creyentes es cierta.
  4. La salvación de Dios no es parcial. No solo perdona, sino que acepta como justo. No solo no culpa de iniquidad, sino que «atribuye justicia sin obras» (vv. 1-2; Ro. 4:6). No solo salva de la ira, sino que da derecho al árbol de la vida. No es cuestión de decidir entre la justicia de Cristo y la nuestra, pues no tenemos ninguna. Todas nuestras justicias son como trapos de inmundicia. Para nuestra pecaminosa raza, es cuestión de decidir, meramente, entre la justicia de Cristo y la condenación. Sin sus méritos, perecemos. Y no podemos obtener su justicia más que siendo puesta a nuestra cuenta. No es impartida; es imputada. Somos investidos de ella; es nuestro lino blanco y limpio; es nuestra gloriosa vestidura de boda.
  5. La justificación y la santificación son distinguibles, pero no separables. Cuando una existe, la otra no falta. Cuando el pecado es perdonado, el engaño es desterrado (vv. 1-2). Compárese con Romanos 8:1. El que cree que se puede tener el favor de Dios sin que se tenga al mismo tiempo su imagen, que se puede estar bajo el beneplácito del cielo mientras se ama el pecado, y que Dios no tiene una sentencia de ira contra el que ama el engaño, ya ha sido destruido. Solo un milagro de la misericordia, que abra sus ojos, quite sus engaños y convierta su alma a Dios, le salvará de una penosa eternidad.
  6. De todas las formas de pecado, ninguna es más afín a su naturaleza que el engaño, la mentira, la falsedad, el embuste (v. 2). Sin embargo, engañar a Dios es imposible; engañar a nuestros congéneres no puede hacernos bien permanente; y engañarnos a nosotros mismos nos destruirá. La Biblia de Berleberg: «Así como los niños imaginan que no son vistos cuando se tapan los ojos con las manos, de forma que ellos no ven a nadie, de manera semejante, los hombres actúan con necedad al suponer que sus pecados y delitos, cuando permanecen ocultos a sí mismos, también permanecen ocultos a los ojos omniscientes de Dios».
  7. Nadie tiene más necesidad de plena experiencia de religión que quienes quieren enseñar a otros (vv. 1-4).
  8. La piedad vital tiene un enemigo mortal en la seguridad carnal. Esta impide todo el bien que podríamos obtener en otras circunstancias. Lleva a los pecadores e hipócritas a clamar: «Paz y seguridad», cuando la destrucción está a las puertas. Hace que los que son verdaderamente piadosos, se establezcan sobre sus desechos y descansen, satisfechos, cuando su condición es deplorable. Los hombres pueden tener alguna conciencia de pecado y, sin embargo, traicionarse a sí mismos y a Dios. Quienes piensan que están bien, no buscan ningún remedio.
  9. No es la seguridad carnal menos enemiga de una paz sólida. Fortalece el engaño, que al final no hace sino aumentar la miseria. Aun en su progreso, normalmente se atormentan. Calvino: «A menudo ocurre que son torturados con el más intenso dolor quienes roen el hueso y, en lo interior, devoran la pena y la mantienen enclaustrada, encerrada por dentro y sin descubrirla, pero después se apodera de ellos una especie de locura repentina, y la fuerza de su dolor irrumpe con mayor ímpetu cuanto más tiempo haya sido contenido». Arnd: «La melancolía que surge del pecado consume el cuerpo, lo reduce a una condición miserable, y da lugar a un llanto secreto del corazón, de manera que se produce un alarido constante».
  10. La distinción entre el perdón judicial y paternal de Dios es sana y bíblica. Inmediatamente después de que David dijera a Natán: «Pequé contra Jehová», «Natán dijo a David: También Jehová ha remitido tu pecado» (2 Sam. 12:13). Sin embargo, después de esto, David escribió el salmo 51 y tuvo la experiencia descrita en los versículos 3-5. Tholuck: «El profeta pronunció perdón, pero otra cosa era que David se apropiara y regocijara en él delante del Señor».
  11. El pecado es un enredo terrible. Un pecado conduce a otro, ya que el mal engendra mal sin fin, a menos que la gracia de Dios intervenga para romper la horrible sucesión. David miró, codició, cometió adulterio, recurrió a las artimañas, manchó su alma con sangre inocente, durante mucho tiempo vino a justificarse a sí mismo, se hizo obstinado e irritable, y pronto se habría arruinado si el amor de Dios no le hubiese buscado y humillado.
  12. Las aflicciones del pecado no perdonado pueden, en cualquier momento, hacerse intolerables, consumiendo nuestra salud y sumiéndonos en el abatimiento y aun en la desesperación (vv. 3-4). No hay fuego más ardiente que la ira de Dios derramada sobre una conciencia culpable. No hay daño más terrible que el del espíritu herido por la transgresión.
  13. La doctrina bíblica de la confesión del pecado es de gran importancia y ocupa un lugar destacado en ambos Testamentos (vv. 3-5). La confesión aquí mencionada no es «auricular a un sacerdote», tan exaltada por los romanistas; ni la mutua confesión de faltas recomendada por un apóstol (cf. Stg. 5:16); ni el reconocimiento del mal ocasionado a un hermano (cf. Lc. 17:3-4); sino la confesión debida solo a Dios, como Señor de la conciencia y Juez final. Sobre esto, las Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento son claras y armoniosas (cf. Pr. 28:13; 1 Jn. 1:8-10). Toda santa confesión de pecado es plena, sincera, humilde y penitente. Henry: «Quienes deseen obtener el consuelo del perdón de sus pecados, deben acarrearse vergüenza mediante una confesión penitente de los mismos». Que tal confesión sea necesaria, es claro: 1. Del mandato de Dios; 2. Del ejemplo de los buenos hombres; 3. De la naturaleza del caso, ya que ningún hombre estará dispuesto a abandonar el pecado hasta que se prepare para confesarlo; y ningún hombre cuya abominación no esté dispuesto a admitir, se sentirá inclinado a reconocer la misericordia del perdón de pecado.
  14. La excelencia de la confesión no consiste en ningún mérito que haya en ella, como algunos sueñan vanamente, sino en tanto que es un acto demandado por la simple verdad, y en tanto que considera el gracioso perdón de Dios como un don bienvenido. La conexión entre confesión y perdón es estrecha e íntima. No podemos amar y querer a los enemigos de Dios, y amarle y temerle a Él al mismo tiempo. Dios está más dispuesto a perdonar el pecado que nosotros a abandonarlo y confesarlo (v. 5).
  15. Para todo hay un tiempo. Especialmente hay un tiempo para volverse al Señor mediante la confesión y la oración. Los sabios invocan a Dios cuando hay posibilidad de hallarle (v. 6; cf. Is. 55:6). Habrá oración en el día del juicio final y en el infierno, pero será demasiado tarde. Dios no oirá entonces.
  16. Si hemos tenido experiencia de los métodos divinos para tratar las almas, deberíamos, en primer lugar, beneficiarnos de ella nosotros mismos y, después, darla a conocer modestamente para que otros eviten nuestros errores, y se valgan del aliento producido por nuestro éxito en el propiciatorio (v. 6). Un acto justo puede tener un larguísimo alcance. La gente que ora está segura en tiempos de las catástrofes más extremas. Las muchas aguas no se acercarán a ellos.
  17. Dickson: «La experiencia de las misericordias de Dios pasadas debería llevarnos a hacer uso de la fe en todas las dificultades futuras. Tras una dificultad, los santos deberían prepararse para otra; tras una liberación, deberían esperar otra» (v. 7).
  18. Si Dios o sus siervos nos invitan a la instrucción, deberíamos atender a las cosas que se hablan para nuestro aprendizaje (v. 8).
  19. Henry: «Pueden enseñar mejor a otros la gracia de Dios quienes la han experimentado; y quienes han sido enseñados por Dios, deberían decir a otros lo que Él ha hecho por sus almas» (v. 8).
  20. En cualquier parcela de la vida, tener el carácter adecuado es de gran importancia; pero, para recibir instrucción, tener un carácter inadecuado es fatal. Aquel cuya única semejanza al caballo consiste en su inquietud, y aquel que se asemeja a la mula únicamente en su obstinación, no harán progreso en el aprendizaje de las lecciones de la salvación. La sumisión, la docilidad y la calma son esenciales. El pecado no tiene peor efecto en la naturaleza del hombre que el que produce la terrible perversión que excluye la enmienda.
  21. Nuestra actitud temeraria y testaruda se encontrará, en algún momento, con un terrible freno. La Biblia de Berleberg: «Si no accedemos a servir a Dios voluntariamente, a la larga le habremos de servir, queramos o no. El que huye del servicio voluntario a Dios, cae en su servicio obligatorio. Por esta causa, el sabio estoico oró: “Guíame, oh Dios, por el camino que Tú has escogido; y, si no quiero, lo mejor es que se me obligue”. No se recurre al freno y al cabestro a menos que no se nos puede hacer sabios por medios más delicados. Dios emplea estos con el propósito de librarnos de la autodestrucción».
  22. Las miserias de los inconversos son inconcebiblemente terribles. Sobre ellos reina la depravación; la culpa carga sus almas con sus ardientes cadenas; la ignorancia ciega sus mentes; y no tienen ningún poder para hacer el bien. Dios, las estrellas y toda la naturaleza lucharán, además, contra los impenitentes. «Muchos dolores habrá para el impío» (v. 10). La conexión entre pecado y miseria es más estrecha que entre alma y cuerpo (es inseparable). Aunque los malvados se exalten a sí mismos cual águila, y aunque pongan su nido entre las estrellas, de allí los bajará Dios. Los pecadores tienen que soportar todas sus dificultades solos. No conocen a Dios. No tienen acceso al propiciatorio. El único remedio para la desgracia humana se halla en Cristo. Puesto que los pecadores lo rechazan, no les queda más que miseria. Los justos obtienen bien de todo el mal que les acontece, pero los malvados de tal manera lo pervierten todo, que obtienen mal de todo el bien que se les envía.
  23. Ambos Testamentos con razón declaran que es el deber de los siervos de Dios estar llenos de gozo santo, aun en tiempos de prueba, pérdida de un ser querido o tribulación (v. 10). Tienen una buena causa para el regocijo; la misericordia los rodea.
  24. Si los justos pueden regocijarse hasta la exultación, mientras que aún están en el valle de lágrimas y en el campo de batalla de la vida, ¿cuál no será su regocijo cuando la guerra haya acabado y Dios mismo venga a bendecirlos?
  25. Aun en esta vida, la verdadera bienaventuranza es posible (vv. 1, 11). Toda ella estriba en el perdón del pecado y una justificación gratuita. Si la culpa hace a los hombres cobardes, el perdón y la aceptación los hace intrépidos. Si la culpa envenena toda copa de alegría, la justificación endulza toda copa de angustia. Si la culpa hace de la muerte el rey de los terrores, un interés en Cristo lleva al creyente a gritar: «Sorbida es la muerte en victoria» (1 Co. 15:54). Si la culpa ha de conducir a los malvados, en el último día, a gritar a las rocas y a las montañas que caigan sobre ellos y los escondan de la faz de aquel que se sienta en el trono, y de la ira del Cordero, el derecho que los creyentes tienen al árbol de la vida les dará valentía en el día del juicio final. El pecador salvo por gracia tiene todas las cosas y está rebosante, puesto que tiene a Cristo como su sacrificio y como su justicia. Bouchier: «El criminal puede ser perdonado, pero regresa a un mundo despectivo con un nombre manchado y un carácter arruinado. Es liberado de la pena temporal de su culpa para buscar refugio y subsistencia donde pueda, casi obligado a regresar a sus antiguos socios de pecado, como los únicos seres que han de admitirlo en su fraternidad sin burla ni reproche. Ninguna voz amiga está a su lado para instruirle y enseñarle el camino por el que deba ir, ningún ojo le mira con amabilidad para guiarle y dirigirle». Lo peor de todo es que no tiene paz por dentro, ni un cambio de corazón. Dejado a sí mismo, es tan vil como siempre. Pero el pecador que ha acudido a Jesús, halla todo lo que necesita: gracia, amigos, un hogar, olvido eterno de sus delitos pasados y seguridad de eterna victoria sobre todos sus enemigos. ¡Oh, cuán asombroso es el plan del evangelio!
  26. Y ahora, querido lector, ¿aceptarás el perdón ofrecido, la salvación propuesta? Ahora es tu tiempo. Si estás fuera de Cristo, este puede ser tu último llamamiento a la salvación. ¿Por qué has de morir? ¿Cómo escaparás si descuidas una salvación tan grande? ¿Qué dirás cuando Dios te castigue? ¿Confesarás tu pecado, aceptarás a Cristo y serás salvo? ¿LO HARÁS?

S. Plumer

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Salmo 31

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Observaciones doctrinales y prácticas

  1. Se da mucha honra a Dios con la confianza que su pueblo pone en Él en las horas más oscuras (v. 1). Esta es una razón por la que deberían esforzarse grandemente por esperar y confiar en Dios en todo momento.
  2. La auténtica confianza en Dios es solo en Él. No mezcla ayudas y amistades humanas con lo divino. Es callada como una tumba respecto a todo recurso que no sea el Infinito, Eterno e Inmutable (v. 1).
  3. Una auténtica confianza puede alegarse siempre como razón por la que Dios debería concedernos nuestras peticiones (v. 1). Él nunca despierta esperanza o inspira confianza para, después, defraudarnos. Lejos de Él tal cosa.
  4. Los justos tienen muchas buenas, y ninguna mala, expectativas para la eternidad (v. 1). Jamás serán avergonzados. Todas las buenas cosas que reciben aquí no son sino promesas de cosas mejores por venir, mientras que el mal que reciben es todo el mal que les acontecerá.
  5. Cada atributo de Dios requiere y asegura la salvación de los creyentes. Eran pecadores y, por tanto, merecían mal. Pero, puesto que están bajo el pacto de Dios, aun la justicia divina demanda su completa liberación (v. 1). Compárese con 1 Juan 1:9. Dickson: «Al igual que el Señor envía, en su sabiduría, turbación tras turbación al creyente, también envía, en su justicia y fidelidad, liberación tras liberación prometidas».
  6. Es una gran misericordia que Dios oiga la oración. Podemos pedirle, confiadamente, que oiga nuestras oraciones y condescienda a inclinar a nosotros su oído (v. 2). Arnd: «¡Oh Dios, hasta tal punto oyes lo que se te ofrece con voz debilitada que aun mi suspiro oyes! ¡Ah, no te mantengas tan alejado de mí! No tengo ninguna defensa temporal, ningún lugar de fuerza y seguridad; sé Tú mi castillo y fortaleza».
  7. Cuando los hombres hablan muy en serio y sus corazones son totalmente sinceros, desean la pronta ayuda de Dios (v. 2). El alma piadosa en tinieblas pide que las tinieblas sean disipadas ahora. El que justamente desea liberación del pecado, pide ser salvado ahora.
  8. Está bien desesperar de toda ayuda creada, renunciar a toda confianza en nosotros mismos u otras criaturas. David no tenía más esperanza que Dios (vv. 1-2).
  9. Dios puede defender y salvar plena y efectivamente. Él es «roca fuerte», arsenal, «roca» y «castillo» (vv. 2-3). Confiar en Él no puede ser en vano. Tal cosa es imposible. Su naturaleza lo impide. No hay verdad más segura ni clara.
  10. Si simplemente se tratara del honor de la criatura, el crédito de los ministros o la gloria de los ángeles, la salvación del hombre sería realmente incierta. Pero, a cada paso, se trata del honor de Dios. Rogamos «por [su] nombre» (v. 3). Si Dios comenzara y no continuara, o si Él llevase adelante la obra pero no la completase, todos admitirían que sería por alguna razón ignominiosa para el Todopoderoso. Pero tal cosa no puede ocurrir jamás. Dios llevó a cabo la salvación del hombre motu proprio. Su glorioso nombre asegura que la piedra culminante ha de ser colocada en gloria.
  11. La guía divina no puede buscarse con demasiado fervor y constancia (v. 3). Dejados a nosotros mismos, cometemos errores fatales. Si el hombre pudiera ser su propio guía, ¿por qué no podría ser también su propio salvador? Por tanto, es correcto someter todo nuestro entendimiento a la enseñanza de Dios, y nuestro corazón a la purificación del Espíritu Santo.
  12. La historia del pueblo de Dios se une a la Escritura para mostrar que «el justo con dificultad se salva» (1 P. 4:18). Muchas veces sus pies están en la «red», y nadie más que Dios puede sacarlos (v. 4). A este respecto, su éxito de ninguna manera depende de un ingenio innato o carácter fuerte, sino del propósito y gracia de Dios. Dickson: «Aunque los piadosos sean débiles y simples, tienen a un Dios sabio y fuerte a quien invocar, el cual puede romper el lazo y poner a los suyos en libertad».
  13. Cuanto más se estudia la Escritura y más aprendemos por experiencia, más claro parece que la omnipotencia de Dios es una verdad necesaria para la paz y alegría cristianas (v. 4). Recientemente, partió de esta tierra alguien cuyo recuerdo permanece en los corazones de miles: el Rvdo. James Waddell Alexander (Th.Dr.). Entre sus muchas contribuciones a la piedad, ninguna merece un lugar más elevado que su obra titulada Consolación. Ninguno de sus capítulos está más lleno de bendita verdad que el cuarto, titulado «La omnipotencia de Dios: Fundamento de amplia esperanza cristiana».
  14. Es un privilegio de los creyentes, en todo momento, encomendar su espíritu a Dios (v. 5). Y es especialmente deleitoso hacerlo en la hora de la muerte. Así lo hizo nuestro Salvador. El moribundo Esteban, el Rvdo. James Waddell (Th.Dr.), célebre predicador ciego de Virginia, la Sra. Sarah B. Judson y muchos otros, cuando estaban muriendo, clamaron: «Señor Jesús, recibe mi espíritu» (Hch. 7:59). De camino a la hoguera, Huss frecuentemente decía: «En tus manos encomiendo mi espíritu; Tú me has redimido, mi Señor Jesús, Dios de verdad». Lutero, muriendo, dijo tres veces: «En tus manos encomiendo mi espíritu». Las últimas palabras de John Janeway fueron: «Ven, Señor Jesús, ven pronto» (cf. Ap. 22:20). John Frederic Oberlin: «Señor Jesús, llévame rápido, mas hágase tu voluntad». Calvino: «Quien no confíe en la providencia de Dios para encomendar su vida a su fiel custodia, no ha aprendido correctamente qué es vivir».
  15. ¡Cuán preciosa es la redención! Todos los santos aman hablar de ella y glorificar a su autor (v. 5). No es de extrañar que las plumas inspiradas nunca se cansen de este tema, y a menudo prorrumpan en cánticos de alabanza respecto al mismo, aun sin aviso formal.
  16. Si los hombres no se duelen cuando contemplan a los transgresores, no son santos (v. 6). Cuando Pablo vio la ciudad de Atenas terriblemente sumida en la idolatría, su espíritu se conmovió. El que puede contemplar la maldad de los malvados sin tristeza y aversión, tiene un corazón muy distinto al corazón de Dios.
  17. No hay manera razonable de justificar la idolatría, excepto suponiendo que los hombres están terriblemente cegados, pervertidos y degradados por el pecado. Todo el sistema de idolatría y de magia, necromancia, augurios y adivinaciones, es tal cúmulo de «vanidades ilusorias», que únicamente una mente depravada podría recibirlo aun un solo momento.
  18. Las verdaderas misericordias nunca pierden su utilidad para la mente piadosa (v. 7). Mucho tiempo después de su recepción, podemos traerlas a la memoria. Jacob lo hizo cuando estaba muriendo (cf. Gn. 48:16). El que no tiene conciencia para pensar en las misericordias pasadas, apenas puede rogar, de manera correcta, nuevas bendiciones. A veces, la única luz que nos queda es la luz de las promesas, aumentada por la luz de una bienaventurada experiencia.
  19. Es nuestra obligación mantener y cultivar el gozo y la alegría en el servicio a Dios (v. 7). Sería un estigma indeleble para la religión el que todos sus profesantes mostraran por su semblante que sirven a un señor duro, que les envió a la guerra a sus expensas y los dejó en una tristeza que amarga sus vidas. Bendito sea su nombre, pues que da cánticos en la noche. «Saliste al encuentro del que con alegría hacía justicia» (Is. 64:5).
  20. Dios conoce nuestras almas en la aflicción (v. 7). Pesa bien nuestra causa. Siempre mira a sus santos, especialmente cuando están inundados en lágrimas o lidiando con las ondas de la adversidad. Ve toda nuestra turbación. Bendito sea su nombre por ello.
  21. «Los problemas rara vez vienen solos». Los de David se multiplicaron. Léase la lista (vv. 7-13). ¡Cuán pesada la carga! ¡Cuánto presionaba! Cuando comienzan a llegar las aflicciones, bienaventurado el que está preparado para lo peor.
  22. Si fuese posible que Dios, aunque solo por poco tiempo, se pusiese del lado de los malvados en contra de los justos, esto destruiría toda la religión del mundo. Pero Él jamás, ni aun por una hora, entrega a un buen hombre «en mano del enemigo» (v. 8).
  23. Cuando Dios da anchura, ¿quién puede ponernos en estrechura? (v. 8).
  24. Mantengan vivo todos los buenos hombres el conocimiento y recuerdo de la misericordia divina (v. 9). En ella reside la vida de los hombres. El santo moribundo y el cristiano vivo no tienen otro recurso. El Dr. McLaren de Escocia, muriendo, dijo: «Estoy juntando todos mis sermones y todas mis oraciones, todas mis buenas obras y todas mis malas obras, y los estoy tirando por la borda, decidido a nadar hasta la gloria sobre la tabla de la libre gracia». Jamás sostengamos una doctrina dudosa sobre este punto vital.
  25. El peor aguijón de cualquier prueba es el pecado (v. 10). Este da a nuestros dolores su terrible conmoción. Dickson: «La conciencia de pecado unida al problema es carga sobre carga, y puede quebrantar la fuerza del hombre más que cualquier problema». La razón es que el pecado es la cosa más amarga y maldita, el veneno más tóxico y mortal, el mal más mortífero y horrible del universo. Absolutamente nada puede compararse con él. Aunque el hombre parezca totalmente alegre y jovial, si el pecado está sobre él, languidece y muere.
  26. Si la existencia y contemplación del pecado producen tales efectos aquí, ¿qué no han de ocasionar al alma en el otro mundo, donde la retribución será perfecta?
  27. Si experimentamos pruebas intensas de la mano del hombre, también las experimentaron David (v. 11) y Cristo. Si no nos va peor que al Maestro y su gran tipo, podemos considerarnos felices. A menudo, el ingrediente más amargo en nuestra copa es el papel que se permite jugar a nuestros antiguos amigos. Esto también formó parte de las pruebas de David y de Cristo.
  28. Cuando casi todos los hombres desprecian o desesperan de una buena causa, es un ilustre acto de fe no rendirse. En este caso, David esperó contra esperanza. Siguió la promesa, no las apariencias. Lo que hizo la fe del ladrón penitente más notable fue que, firmemente, miró al Sol de justicia, aunque estaba bajo un eclipse; creyó en un Salvador que fue abandonado por sus propios discípulos, muriendo en ignominia y confesando que había sido desamparado por Dios. No es de extrañar que tal ejemplo de fe haya sido celebrado desde entonces, y lo siga siendo hasta el fin del mundo.
  29. Ni la multitud de nuestros enemigos y sus calumnias, ni sus consejos, ni sus maquinaciones homicidas, ni ninguna otra cosa puede destruirnos o desalentarnos si Dios está con nosotros (v. 13).
  30. La confianza en Jehová como nuestro Dios nunca jamás será defraudada (v. 14). Hay una frase en uno de los libros apócrifos del Antiguo Testamento que una vez dio al pobre Bunyan gran consuelo. Pensó que estaba en la Biblia, en lo cual se equivocaba, pero no en suponer que conformaba una verdad de la Escritura: «Mirad a las generaciones de antaño y ved: ¿Quién se confió al Señor y quedó confundido? ¿Quién perseveró en su temor y quedó abandonado? ¿Quién le invocó y fue desatendido?» (Eclo. 2:10, LBJ).
  31. Cuán consoladora es la doctrina bíblica de la providencia (v. 15). Lo mismo podríamos creer que no hay Dios, que creer que no ve, ni oye, ni se preocupa, ni actúa en los asuntos humanos. Si confiamos en su gobierno, todo estará bien, y nadie lo dirá más seguro, alto y gozoso que quienes, en esta vida, se encuentran con los reveses más tristes.
  32. La persecución no es ninguna novedad (v. 15). Su espíritu se ha agitado desde los días de Caín, y continuará hasta que el último pecador se convierta. La ofensa de la cruz jamás cesará hasta que toda carne vea la salvación de Dios.
  33. Cuando brilla el sol, no necesitamos velas, y cuando tenemos la luz del rostro de Dios, importa muy poco que los hombres sonrían o frunzan el ceño, alaben o culpen, bendigan o maldigan (v. 16).
  34. La vergüenza, la derrota, el vencimiento, el silencio y la confusión ciertamente vienen, pero no para los justos (v. 17).
  35. Será una dicha indecible vivir en un país como el cielo, donde «los labios mentirosos» nunca se abren, donde «cosas duras» nunca se hablan, donde la «soberbia» y el «menosprecio» son desconocidos (v. 18).
  36. El que tiene a Dios por su Dios «posee a Dios con todos sus tesoros de gracia, con toda su bondad, amor y amistad» (v. 19). Dios no niega nada a quienes no le niegan nada a Él.
  37. Es una bendición indecible tener permiso para llevar una vida tranquila y apacible, aun si es en tiempos turbulentos, cuando el mundo está todo alborotado. Esto nunca puede hacerse si no es mediante esa paz que es un don especial de Dios. Él esconde a sus escogidos «en lo secreto de [su] presencia», «en un tabernáculo» (v. 20). Dickson: «¡La gran paz de conciencia ante Dios, y consuelo en el Espíritu Santo, que el Señor puede dar al creyente cuando tiene que tratar con perseguidores soberbios y manifiestos, y con calumniadores chismosos, es un misterio secreto y oculto al hombre mundano!». Calvino: «El poder de la sola providencia divina basta para ahuyentar toda especie de mal». En la prisión de Bedford, Bunyan caminaba sigilosamente hacia el cielo, mientras que su detestable príncipe, con sus secuaces y esbirros, era zarandeado en un mar de vanidad.
  38. El que quiera puede ver las maravillas de la misericordia obradas para quienes aman y temen a Dios (v. 21).
  39. Dickson: «Puede haber en el alma, a la vez, dolor opresivo y fuerte esperanza; tinieblas de aflicción y la luz de la fe; dudas desesperadas y firme sujeción a la verdad y bondad de Dios; una aparente rendición en la lucha y, sin embargo, un esfuerzo de la fe frente a toda oposición; un necio apresuramiento y una pausa de la fe» (v. 22).
  40. La desconfianza en la bondad, el amor y la misericordia de Dios es un pecado que debe confesarse (v. 22). Una vez lo hemos confesado sinceramente, nos guardaremos del mismo con mucha vigilancia.
  41. El amor a Dios es una antigua doctrina (v. 23). Se enseña tan claramente en el Pentateuco como en los Evangelios, en los Salmos como en las Epístolas.
  42. Ningún alma fiel perece jamás. La razón es que Dios reina y la guarda (v. 23).
  43. La recompensa de los incorregiblemente malvados será bastante pronto y bastante terrible, sin que nos tengamos que ocupar de hacerles mal (v. 23).
  44. Sean todos los siervos de Dios de buen ánimo. Ningún comportamiento cobarde caracterice jamás su conducta (v. 24). El que pelea sus batallas es el Todopoderoso. «Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Ro. 8:31).
  45. Este salmo muestra que David fue, en muchos aspectos, un tipo de Cristo. Estudiemos tanto la figura como a quien era prefigurado.

W. S. Plumer

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