Heinrich Bullinger: «De Dios como Creador y Gobernador»

Este sermón procede de la extensa obra de Heinrich Bullinger conocida como las «Décadas», en concreto es el Cuarto Sermón de la Cuarta Década. Presentadas como un conjunto de sermones sobre los puntos principales de la doctrina cristiana, las Décadas fue una de las primeras declaraciones integrales de la teología reformada, se cree que escrita entre 1549 y 1552. Sus 50 sermones (divididos en cinco décadas de diez sermones cada una) brindan una sólida defensa de la ortodoxia de la Iglesia de Zúrich. Bullinger escribió la obra tanto para instruir como para edificar, y el tono de las Décadas es profundamente pastoral y ofrece una guía para la vida cristiana. Fue el más famoso de los alrededor de 150 tratados y manuscritos que escribió Bullinger. Cada sermón es una exposición útil y detallada de una doctrina importante y, combinados, abarcan el campo de la teología en una forma legible hasta para el lector con el conocimiento más sencillo sobre la materia. Quizás no sean demasiado conocidas para el lector moderno, pero en su día superaron, por ejemplo, en Inglaterra, la popularidad incluso de los Institutos de Calvino, de hecho, fueron un manual de lectura obligatoria para los estudiantes de teología que aspiraban al ministerio en la Iglesia de Inglaterra durante el Asentamiento Isabelino, la época del reinado de Isabel I.

4-4. EL CUARTO SERMÓN: DE DIOS COMO CREADOR Y GOBERNADOR.

QUE DIOS ES EL CREADOR DE TODAS LAS COSAS, Y GOBIERNA TODAS LAS COSAS POR SU PROVIDENCIA: DONDE TAMBIÉN SE HACE MENCIÓN DE LA BUENA VOLUNTAD DE DIOS PARA CON NOSOTROS, Y DE LA PREDESTINACIÓN.


MUY amados, me resta ahora en el sermón de este día, agregar brevemente para concluir a lo que hasta aquí he dicho acerca de Dios, algo acerca de esa creación u obra de Dios, por la cual, siendo el hacedor de todas las cosas, él ha creado todas las cosas, tanto visibles como invisibles, para el bien de la humanidad, y ahora, como siempre, las gobierna y las ordena sabiamente.

IV.174

Porque haciendo esto, obtendremos un conocimiento no pequeño de Dios; y muchas cosas que sólo tocamos en nuestro último tratado se nos presentarán más abiertamente. Al escudriñar, considerar y exponer la creación del todo y sus partes, toda la diligencia de todos los hombres sabios se ha puesto a trabajar, y trabaja, y estará turbada mientras este mundo perdure. Porque incluso si fuera el más sabio, el más astuto y el más diligente escritor de historia natural, ¿quién no deja muchas cosas intactas para que la posteridad trabaje en ellas y se golpee los sesos? ¿O quién es el que hoy, incluso si usa la ayuda y la industria de los escritores más eruditos, no se ve obligado a maravillarse ante cosas más y más grandes de lo que ellos jamás podrían alcanzar? El Señor sapientísimo tendrá siempre hombres ingeniosos, enriquecidos con los dones celestiales, para que se ocupen siempre y se ejerciten cada vez más en escudriñar y exponer los secretos de la naturaleza y de la creación.

Pero simplemente concebimos por fe que los mundos fueron hechos por Dios a través de la Palabra de Dios, de la nada, sin un montón de materia; y que persisten por el poder del Espíritu Santo, o Espíritu de Dios. Porque así creían y enseñaban el rey David y Pablo, el maestro de los gentiles. Pero aunque el orden del todo, y la manera de la creación, no pueden ser unidos o declarados en pocas palabras, sin embargo, me esforzaré por expresar algo por lo que la suma de las cosas pueda parecer en parte al que las considera diligentemente.

Y aquí elijo usar las palabras de otro hombre en lugar de las mías; especialmente porque supongo que este asunto no puede expresarse más vivamente de lo que Tertuliano lo expone en su libro De Trinitate, de la siguiente manera: «Dios ha colgado el cielo en una altura elevada; ha hecho la tierra maciza, con una base baja y aplastada, ha derramado los mares como un licor diluido, y ha plantado todos estos, engalanados y llenos con sus instrumentos propios y adecuados».

IV.175

Porque en el firmamento de los cielos ha suscitado las auroras del sol; ha llenado el círculo de la luna resplandeciente para el consuelo de la noche, e ilumina los rayos de las estrellas con diversos destellos de luz titilante; y él deseó que todos estos, por cursos designados, siguieran la brújula del mundo, para hacer para la humanidad días, meses, años, signos, tiempos y mercancías.

También en la tierra, ha levantado altas colinas en lo alto, deprimido los valles de abajo, dispuso los campos uniformemente y ordenó provechosamente rebaños de bestias para diversos servicios y usos de los hombres. Él ha hecho los robles macizos de los bosques para el beneficio del hombre; ha sacado frutos para alimentarlos; ha abierto las bocas de los manantiales, y los ha derramado en ríos caudalosos. Después de todas estas comodidades necesarias, porque también procuraría algo para el deleite de los ojos, las vistió todas con diversos colores de hermosas flores, para placer y deleite de quienes las contemplaban.


También en el mar, aunque era muy maravilloso por su grandeza y utilidad, formó muchas clases de criaturas vivientes, algunas de tamaño medio y otras monstruosas. Por la variedad de la mano de obra, estos dan notas especiales del ingenio del trabajador. Y sin embargo, no estando contento con esto, cerró los límites de las aguas dentro de las costas. De ese modo, cuando las olas embravecidas y el agua espumosa se elevaran desde la profundidad, el mar podría volverse a sí mismo y no pasar más allá de los límites señalados, manteniendo el curso prescrito; con el fin también de que el hombre esté mucho más dispuesto a guardar las leyes de Dios, cuando perciba que incluso los mismos elementos las observan y las guardan. Por último, Dios pone al hombre como señor del mundo, aquel al que hizo a imagen y semejanza de Dios; aquel a quien dio la razón, el ingenio y la sabiduría, para que pudiera imitar a Dios; aquel cuyo cuerpo, aunque estaba hecho de tierra, no obstante fue inspirado con la sustancia del aliento celestial y el Espíritu de Dios; aquel a quien, habiendo puesto todas las cosas en sujeción, quiso que él solo fuera libre, sin sujeción.

IV.176

Porque debe ser libre, para que la imagen de Dios no parezca atada indecentemente; y también se había de dar una ley, para que en ningún momento aquella libertad desenfrenada irrumpiera en el desprecio de Aquel que dio la libertad. Esto fue para que el hombre pudiera, en consecuencia, recibir recompensas debidas de la obediencia, o méritos del castigo por la desobediencia. Por esto, el pavor a la muerte vuelve a quien podría haber escapado de ella por la obediencia; y, sin embargo, corrió de cabeza hacia ella, igual que con premura trató de convertirse en un dios», etc.

Y añade:

«En las partes de arriba del firmamento que ahora no pueden ser vistas por nuestros ojos mortales, primero se ordenaron ángeles; luego se ordenaron virtudes espirituales; luego se colocaron tronos y poderes, y muchos otros espacios inconmensurables de los cielos, y muchas obras de cosas santas fueron creadas allí», etc. Todo esto es de Tertuliano.

IV.177

Ahora, el resumen de todo esto es que: Dios por su poder creó el cielo, la tierra y el mar, de la nada; inmediatamente los adornó y los enriqueció con toda clase de cosas buenas. Y en este mundo, como en un suntuoso palacio bien provisto con toda clase de artículos de primera necesidad, agradó a Dios traer al hombre, a quien sometió todas las cosas.

David lo expone en el Salmo 8 con asombro, donde dice:

«¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra! Has puesto tu gloria sobre los cielos; de la boca de los niños y de los que maman, fundaste la fortaleza, a causa de tus enemigos, para hacer callar al enemigo y al vengativo. Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites? Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies: Ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo, las aves de los cielos y los peces del mar; todo cuanto pasa por los senderos del mar. ¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán grande es tu nombre en toda la tierra!»

IV.178

De nuevo, en otro lugar dice: «Tuyos son los cielos, tuya también la tierra; el mundo y su plenitud, tú lo fundaste.» Salmo 89.11

«Tuyo es el día, tuya también es la noche; Tú estableciste la luna y el sol. Tú fijaste todos los términos de la tierra; el verano y el invierno tú los formaste.» Salmo 74.16-17

Ahora bien, ¿quién es tan borracho que no concibe fácilmente por estas pruebas cuán grande es nuestro Dios? Cuán grande es el poder de Dios; ¡Cuán bueno, rico y liberal es nuestro Dios para con el hombre, que nunca mereció tal cosa de Su mano! Él ha creado para el hombre solamente, riquezas tan grandes, delicias tan exquisitas y bienes tales que no pueden ser lo suficientemente alabados, y los ha hecho a todos sujetos a él, y quiere que todos obedezcan al hombre, como su amo y señor.

Pero aquí, por cierto, en la creación del mundo, tenemos que considerar la preservación y gobierno de todos, por el mismo Dios. Porque el mundo ni se sostiene ni perdura por ningún poder propio, ni esas cosas se mueven y agitan por sí solas, o (como decimos) «suceden», sin importar cuán movidas o agitadas. Porque el Señor en el evangelio dice: «Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo». Y Pablo dice: «Dios por medio de su Hijo hizo los mundos, y los gobierna y sostiene con la palabra de su poder». Y otra vez: «Por Dios vivimos, nos movemos y existimos». Y otra vez: «Dios no se dejó a sí mismo sin testimonio, mostrando desde el cielo sus bondades, dándonos lluvias y tiempos fructíferos, llenando nuestros corazones de alimento y de alegría». Y Teodoreto, en De Providentia, dice: «Es una cosa muy absurda decir que Dios ha creado todas las cosas, pero que Él no tiene cuidado de las cosas que ha hecho; y que su criatura, como un barco desprovisto de un timonel, es sacudido de un lado a otro con vientos contrarios, y golpeado y agrietado contra estantes y rocas».

IV.179

Por tanto, en este lugar tenemos que decir algo sobre la providencia y el gobierno de Dios, que todos los impíos, juntamente con los epicúreos, niegan hoy, diciendo en sus corazones: «¿Es probable que el que mora en los cielos mire las cosas por encima ¿Y observa y nota el Todopoderoso la más pequeña de las palabras y de las obras? Ha dado a todas las criaturas una cierta inclinación y naturaleza, que ha hecho suyas, y así las deja ahora en manos de su propio consejo, para que por su propia naturaleza, se muevan, aumenten, perezcan y hagan incluso lo que codician. Dios no sabe, ni se preocupa mucho por estos juguetes». Así los impíos razonan muy perversamente. Pero la Escritura declara y prueba expresamente en muchos lugares, que por su providencia, Dios cuida y considera el estado de los hombres mortales, y de todas las cosas que ha hecho para el uso de los hombres mortales.

Y por lo tanto, aquí es útil y necesario citar algunos testimonios de las Sagradas Escrituras para la prueba de este argumento. David en sus Salmos dice: «El Señor reinará para siempre, y su reino es un reino de todas las edades, y su dominio de generación en generación». He aquí, el reino de Dios (dice) es un reino de todas las edades, y su dominio por todas las generaciones. Por tanto, Dios no sólo ha creado el mundo y todas las cosas que hay en el mundo, sino que también las gobierna y las preserva hoy, y las gobernará y preservará hasta el fin. Porque el mismo profeta real, celebrando la providencia de Dios sobre el hombre y su estado, dice: «Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda. Detrás y delante me rodeaste, y sobre mí pusiste tu mano.»; Salmo 139.2-5, y así sucesivamente, como sigue en el salmo ciento treinta y nueve, que sirve enteramente a este propósito. El testimonio de Salomón concuerda con esta doctrina de David, donde dice: «Como los repartimientos de las aguas, así está el corazón del rey en la mano de Jehová; a todo lo que quiere lo inclina. Todo camino del hombre es recto en su propia opinión; pero Jehová pesa los corazones.». Proverbios 21.1-2

IV.180

Y en el evangelio, el Señor dijo: «Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.». Mateo 10.28

Además de estos, hay otros testimonios evidentes de la providencia de Dios. Daniel, el hombre más sabio de todo el oriente, y el más excelente profeta de Dios, dice esto: «Sea bendito el nombre de Dios de siglos en siglos, porque suyos son el poder y la sabiduría. Él muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos. Él revela lo profundo y lo escondido; conoce lo que está en tinieblas, y con él mora la luz.». Daniel 2.20-22

Además, Etán el ezraita dice: «Tú tienes dominio sobre la braveza del mar; cuando se levantan sus ondas, tú las sosiegas. Tú quebrantaste a Rahab como a herido de muerte; con tu brazo poderoso esparciste a tus enemigos. Tuyos son los cielos, tuya también la tierra; el mundo y su plenitud, tú lo fundaste. El norte y el sur, tú los creaste; el Tabor y el Hermón cantarán en tu nombre. Tuyo es el brazo potente; fuerte es tu mano, exaltada tu diestra. Justicia y juicio son el cimiento de tu trono; misericordia y verdad van delante de tu rostro.». Salmo 89.9-14

Y David dice: «Él riega los montes desde sus aposentos; del fruto de sus obras se sacia la tierra. Él hace producir el heno para las bestias, y la hierba para el servicio del hombre, sacando el pan de la tierra, y el vino que alegra el corazón del hombre, el aceite que hace brillar el rostro, y el pan que sustenta la vida del hombre.» Salmo 104.13-15

E inmediatamente después en el mismo salmo: «Todos ellos esperan en ti, para que les des su comida a su tiempo. Les das, recogen; abres tu mano, se sacian de bien. Escondes tu rostro, se turban; les quitas el hálito, dejan de ser, y vuelven al polvo.». Salmo 104.27-29

De nuevo: «El Señor sostiene a todos los que caen, y levanta a todos los que están caídos. El Señor suelta a los hombres de sus cadenas, el Señor da la vista a los ciegos. El Señor guarda al extranjero, defiende al huérfano y a la viuda, y el camino de los impíos trastorna».

«Él cuenta el número de las estrellas; a todas ellas llama por sus nombres. Grande es el Señor nuestro, y de mucho poder; y su entendimiento es infinito. Jehová exalta a los humildes, y humilla a los impíos hasta la tierra. Cantad a Jehová con alabanza, cantad con arpa a nuestro Dios. Él es quien cubre de nubes los cielos, el que prepara la lluvia para la tierra, el que hace a los montes producir hierba. Él da a la bestia su mantenimiento, y a los hijos de los cuervos que claman. No se deleita en la fuerza del caballo, ni se complace en la agilidad del hombre. Se complace Jehová en los que le temen, y en los que esperan en su misericordia. Alaba a Jehová, Jerusalén; alaba a tu Dios, oh Sion. Porque fortificó los cerrojos de tus puertas; bendijo a tus hijos dentro de ti. Él da en tu territorio la paz; te hará saciar con lo mejor del trigo. Él envía su palabra a la tierra; velozmente corre su palabra. Da la nieve como lana, y derrama la escarcha como ceniza. Echa su hielo como pedazos; ante su frío, ¿quién resistirá? Enviará su palabra, y los derretirá; soplará su viento, y fluirán las aguas.». Salmo 147.4-18

IV.181

Y otra vez: «Porque yo sé que Jehová es grande, y el Señor nuestro, mayor que todos los dioses. Todo lo que Jehová quiere, lo hace, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos. Hace subir las nubes de los extremos de la tierra; hace los relámpagos para la lluvia; saca de sus depósitos los vientos.». Salmo 135.5-7

Hay muchos testimonios como estos que se pueden ver en los capítulos treinta y ocho y treinta y nueve del libro de Job; y frecuentemente en los Salmos, y en los libros de los santos profetas. Pero estos que he dicho hasta aquí son suficientes, testificando abundantemente que, por su providencia, Dios gobierna este mundo y todas las cosas que en él hay, y especialmente el hombre mismo, poseedor del mundo, para quien todas las cosas fueron hechas. No atribuimos nada aquí al destino, ya sea estoico o astrológico, ni para bien ni para mal. Detestamos totalmente las disputas filosóficas en este caso, que son contrarias a la verdad de los escritos de los profetas ya la doctrina de los apóstoles. Nos contentamos con la única palabra de Dios; y por lo tanto simplemente creemos y enseñamos que Dios gobierna todas las cosas por su providencia, y eso también es de acuerdo a su propia buena voluntad, juicio justo y orden decente, por medios que son los más justos e iguales. Esto significa que quien menosprecia y se jacta sólo del mero nombre de la providencia de Dios, no puede ser que entienda correctamente el efecto de la providencia de Dios. Hacen esta objeción:

«Debido a que todas las cosas en el mundo son hechas por la providencia de Dios, por lo tanto, no necesitamos poner nuestro remo [en el agua]. Podemos resoplar ociosamente y descansar. Es suficiente para nosotros esperar la obra o el impulso de Dios; porque si necesita nuestra ayuda, entonces, lo queramos o no, nos impulsará a la obra que habría hecho por nosotros».

Pero los santos en las Escrituras se presentan ante nosotros y se muestra que pensaron, hablaron y juzgaron más sinceramente acerca de la providencia de Dios. El ángel en palabras expresas le dice a Lot:

«Date prisa, escápate allá; porque nada podré hacer hasta que hayas llegado allí. Por eso fue llamado el nombre de la ciudad, Zoar.». Génesis 19.22

IV.182

Mira, Lot y los suyos son salvos aquí por la providencia de Dios; los ciudadanos de Sodoma son destruidos, y todas las ciudades de alrededor. Y sin embargo, incluso en la obra misma de su preservación, se requiere el trabajo de Lot, y se le pide que haga su buena voluntad para salvarse a sí mismo. De hecho, «no puedo», dice el Señor, «hacer nada hasta que hayas llegado a Zoar». El rey y profeta David dice claramente:

«En ti he esperado, oh Señor; he dicho: Tú eres mi Dios; mis días están en tu mano». Salmo 31.14-15

Y sin embargo, aun el que se entregó enteramente a la providencia de Dios, consideraba seriamente dentro de sí mismo cómo con su diligencia e ingenio podría engañar y escapar de Saúl, su suegro, quien le acechaba. Tampoco desprecia la ayuda de su esposa Mical. Él no le responde y dice: «Todas las cosas son hechas por la providencia de Dios; por lo tanto, no es necesario forjar artimañas. El Todopoderoso puede sacarme de las manos de los soldados de nuestro padre, o de otra manera salvarme por algún medio milagroso. Contentémonos y dejemos que Dios haga su voluntad en nosotros». Él no argumentó así; sino que entendió que, así como la providencia de Dios procede en cierto orden por medios medios (secundarios), así también le correspondía a él aplicarse a los medios, en el temor de Dios, y por todos los medios hacer lo mejor que pudiera para su propia defensa. San Pablo escucha al Señor decir rotundamente: «Así como disteis testimonio de mí en Jerusalén, así debéis dar testimonio de mí en Roma». Aunque no dudaba de la verdad de las promesas de Dios, y no ignoraba el poder de la providencia de Dios; sin embargo, envió en secreto al hijo de su hermana, quien le había dicho que los judíos habían conspirado para matarlo, al tribuno, para pedirle que no sacaran a Pablo a petición de los judíos. Tampoco se mostró descortés ni desagradecido con los soldados que lo llevaron a Antipatridis, ni con los jinetes que lo acompañaron a Cesarea. Nuevamente, mientras navegaba en el Mar Adriático, cuando estaba en peligro de un peligroso naufragio, y toda su compañía estaba presa del miedo, dijo: «Pero ahora os exhorto a tener buen ánimo, pues no habrá ninguna pérdida de vida entre vosotros, sino solamente de la nave.

IV.183

Porque esta noche ha estado conmigo el ángel del Dios de quien soy y a quien sirvo, diciendo: Pablo, no temas; es necesario que comparezcas ante César; y he aquí, Dios te ha concedido todos los que navegan contigo.» Hechos 27.22-24

Pero poco tiempo después, cuando los marineros estaban a punto de abandonar el barco, Pablo dijo al centurión ya los soldados: «Pero Pablo dijo al centurión y a los soldados: Si estos no permanecen en la nave, vosotros no podéis salvaros.». Hechos 27.31

Por lo tanto, los medios pertenecen a la providencia de Dios, por los cuales él obra; y por lo tanto no deben ser descuidados. Verdaderamente, es por el gobierno o providencia de Dios que tenemos todas estas señales de todo tipo, ya sea de fuego, de aire o de agua. Porque por el poder de Dios, y no por ningún poder propio, el aire hace fecunda la tierra, el agua fluye y vuelve a menguar, y la tierra produce su fruto. Y los santos piensan con verdad, que nada de todo esto es hecho por ellos, porque el mismo Salvador dice en el evangelio: «El Padre hace llover sobre justos e injustos». Mateo 5,45

Sin embargo, por todo eso, nunca olvidan las palabras del profeta, donde dice: «Si estáis dispuestos y obedientes, comeréis el bien de la tierra; pero si sois obstinados y rebeldes, seréis devorados por la espada, porque la boca de Jehová lo ha dicho». Isaías 1.19-20

Porque el gran profeta Moisés había dicho, mucho antes que Isaías: «Si oyeres atentamente la voz del Señor tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos, todas estas bendiciones vendrán sobre ti. Bendito serás en la ciudad, y bendito en el campo. Bendito el fruto de vuestro vientre, y bendito el fruto de la tierra. El Señor os abrirá los cielos, y dará lluvia a vuestra tierra a su tiempo. Pero si no escucháis la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra sus mandamientos, entonces vendrán sobre ti todas estas maldiciones. Maldito serás en la ciudad, y maldito en el campo. Los cielos sobre tu cabeza serán de bronce, y Jehová os herirá con muchas plagas», etc. Y las historias dan testimonio de que todas estas cosas sucedieron al pueblo de Dios, tal como se predicen aquí; y eso tampoco fue sin la providencia del Señor su Dios.

IV.184

Todos los éxitos y la prosperidad son las buenas bendiciones de Dios; y por otro lado, todas las calamidades y adversidades son las maldiciones de Dios. Por lo tanto, los santos deducen de esto que los asuntos y el estado de los hombres están totalmente gobernados por la providencia de Dios. Sin embargo, no deben, por lo tanto, sentarse ociosamente (como decimos) con las manos en el pecho y descuidar los buenos medios. Más bien, deben caminar atenta y diligentemente por la gracia de Dios en los caminos y medios, o en los preceptos y ordenanzas del Señor. Porque la providencia de Dios no perturba el orden de las cosas; no abroga los oficios de la vida, ni nuestro trabajo e industria; no quita una justa dispensación y obediencia. Pero por estas cosas obra la salud de aquellos hombres que, con la ayuda de Dios, se aplican religiosamente a los decretos, propósito u obra del Señor. Con razón les atribuyen todo el bien que les sucede; imputando a la corrupción del hombre, a nuestra propia torpeza y a nuestros pecados, cualquier mal que nos suceda. Por lo tanto, los santos reconocen que, por la providencia de Dios, las guerras, las plagas y otras diversas calamidades afligen a los hombres mortales; sin embargo, no obstante, las causas de estos surgen de nada más que los pecados del hombre. Porque Dios es bueno, y nos desea el bien antes que el mal. De hecho, muchas veces por su bondad, convierte nuestros malos propósitos en buenos fines, como se ve en la historia de José en el libro de Génesis.

Verdaderamente, sobre la seria consideración de la providencia de Dios, todos los piadosos se dan cuenta de que su buen Dios desea que todo esté bien para el hombre. Porque tiene gran cuidado de nosotros, no sólo en las cosas grandes, sino también en las más pequeñas. Él sabe el número de los días de nuestra vida. A sus ojos están todos nuestros miembros, tanto de dentro como de fuera. Porque el Señor en el evangelio dice que «todos los cabellos de nuestra cabeza están contados». Mateo 10.30

Por su providencia nos defiende de toda clase de enfermedades y peligros inminentes. Él nos alimenta, nos conforta y nos preserva. Porque así como hizo todas las criaturas para la salud y el beneficio del hombre, así las conserva y las aplica al bien y la comodidad del hombre.

IV.185

La doctrina de la PRESCIENCIA y PREDESTINACIÓN de Dios, que tiene cierta semejanza con su providencia, no menos consuela a los piadosos adoradores de Dios. Llaman presciencia al conocimiento en Dios, por el cual Él conoce todas las cosas antes de que sucedan, y ve incluso presente todas las cosas que son, han sido y serán. Porque para el conocimiento de Dios, todas las cosas son presentes; nada es pasado, nada está por venir. Y la predestinación de Dios es el decreto eterno de Dios, por el cual Él ha ordenado salvar o destruir a los hombres, asignándoles un fin certero de vida y muerte. Tocando estos puntos, algunos han discutido diversamente, y muchos verdaderamente lo han discutido con bastante curiosidad y polémica. En tales disputas, seguramente, no sólo se pone en peligro la salvación de las almas, sino también la gloria de Dios con el simple género. Los intérpretes de las escrituras confiesan que aquí nada se debe permitir al ingenio del hombre; sino que debemos aferrarnos simple y totalmente a lo que la Escritura ha dicho. Y por lo tanto, estas palabras de San Pablo están continuamente ante sus ojos y en sus mentes: «¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado?» Romanos 11,33-35

Nunca olvidan la admonición del hombre más sabio, Jesús Sirach, diciendo: «No busques las cosas que son demasiado difíciles para ti, ni busques las cosas que son demasiado poderosas para ti: sino lo que Dios te ha mandado, piensa siempre en ello, y no seas demasiado curioso en muchos de sus obras; porque no es necesario que veas con tus ojos las cosas que son secretas». Sabiduría 3,22-23

Mientras tanto, en verdad, no desprecian ni descuidan las cosas que a Dios le ha placido revelar a sus siervos por medio de las Escrituras abiertas en cuanto a este asunto. Hay muchos testimonios de la presciencia de Dios, especialmente en la profecía de Isaías, cap. cuarenta y uno, y en los capítulos siguientes, por los cuales el Señor declara que él es el Dios verdadero.

IV.186

Además, por su eterno e inmutable consejo, Dios ha señalado de antemano quiénes han de ser salvos y quiénes han de ser condenados. Ahora, el final o el decreto de vida y muerte es breve y manifiesto para todos los piadosos. El fin de la predestinación es Cristo, el Hijo de Dios Padre. Porque Dios ha ordenado y decretado salvar a los que tengan comunión con Cristo, su Hijo unigénito; y condenar a aquellos que no tienen parte en la comunión o compañerismo de Cristo, su único Hijo.

Ahora bien, los fieles verdaderamente tienen comunión con Cristo, y los infieles son extraños a Cristo. Porque Pablo dice en su Epístola a los Efesios: «Dios nos escogió en Cristo, antes de que se pusieran los cimientos del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él por amor. Nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesús. Cristo en sí mismo, según el beneplácito de su voluntad, para que sea alabada la gloria de su gracia, con la cual se agradó de nosotros en su amado». Efesios 1.4-6

Mira, Dios nos ha elegido desde antes de que se pusieran los cimientos del mundo; de hecho, nos ha elegido para que seamos irreprensibles, esto es, para que seamos herederos de la vida eterna; sin embargo, nos ha elegido por causa de y por medio de Cristo. Y una vez más, aún más claro: nos ha «predestinado», dice, «para adoptarnos entre sus hijos», pero por Cristo; y eso también lo ha hecho libremente, con la intención de que se diera gloria a su divina gracia. Por lo tanto. los que están en Cristo son escogidos y elegidos. Porque el apóstol Juan dice: «El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida». 1 Juan 5.12

La doctrina de los apóstoles concuerda con la del evangelio también. Porque en el evangelio el Señor dice: «Esta es la voluntad del que me envió, el Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él, tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.» Juan 6.40

IV.187

Mira, esta es la voluntad o decreto eterno de Dios, dice: que seamos salvos por la fe en el Hijo. De nuevo, por el contrario, tocante a los que están predestinados a muerte, el Señor dice: «El que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz». Juan 3.18-19

Por tanto, si me preguntáis si sois elegidos para vida, o predestinados para muerte; esto es, si sois del número de los que han de ser condenados, o de los que han de ser salvados; Respondo simplemente de la Escritura, tanto de los evangelistas como de los apóstoles: Si tenéis comunión o compañerismo con Cristo, entonces estáis predestinados a la vida, y sois del número de los elegidos y escogidos. Pero si eres un extraño de Cristo, por más que parezcas florecer en virtudes, estás predestinado a la muerte y la condenación. No me arrastraré más alto ni más profundo en el asiento del consejo de Dios. Y aquí repito de nuevo los primeros testimonios de la Escritura: «Dios nos ha predestinado para adoptarnos como hijos suyos por medio de Jesucristo. Esta es la voluntad de Dios: que todo el que cree en el Hijo viva, y el que no cree, muera». La fe, por tanto, es una señal muy segura de que sois elegidos; y mientras sois llamados a la comunión de Cristo, y se os enseña la fe, el Dios amantísimo os declara su elección y buena voluntad.

La gente más simple, en verdad, está muy tentada y extremadamente preocupada con la cuestión de la elección. Porque el diablo se ocupa de poner el odio de Dios en sus mentes, como si envidiara nuestra salvación, y Dios nos hubiera ordenado para la muerte. Para que pueda persuadirnos más fácilmente de esto, el diablo trabaja con uñas y dientes para debilitar y derrocar perversamente nuestra fe; como si nuestra salvación fuera dudosa. Sus labores se apoyan y se detienen en la incertidumbre de nuestra elección por Dios. Contra estas armas de fuego, los siervos de Dios arman su corazón con pensamientos y consuelos de este tipo, sacados de la Escritura:

IV.188

La predestinación de Dios no se detiene ni se agita con ninguna dignidad o indignidad nuestra, sino que considera sólo a Cristo, por la mera gracia y misericordia de Dios Padre. Y debido a que nuestra salvación permanece solo en él, no puede dejar de ser muy cierta. Porque se equivocan los que piensan que los salvados para la vida son predestinados por Dios por sus méritos, o buenas obras, que Dios previó en ellos. Porque el apóstol Pablo dice en particular: «Él nos escogió en Cristo para sí, según el beneplácito de su voluntad, para que la gloria de su gracia sea alabada». Efesios 1.4-6

Y otra vez: «Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.». Romanos 9.16

Nuevamente: «Dios nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos, 10 pero que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Jesucristo». 2 Timoteo 1.9,16

Libremente, pues, por su mera misericordia, no por nuestros merecimientos, sino por Cristo, y sólo en Cristo, nos ha elegido, y por Cristo nos abraza, porque es nuestro Padre y amante de los hombres. El profeta David también habla de esto: «Jehová es compasivo y misericordioso, lento para la ira y grande en misericordia… Como el padre se compadece de los hijos, así se compadece el Señor de los que le temen: porque Él sabe de qué estamos hechos y recuerda que no somos más que polvo». Salmos 103.8, 13-14

Además, en el profeta Isaías leemos: «¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti.». Isaías 49,15

Verdaderamente, en Cristo, el Hijo unigénito de Dios exhibido a nosotros, Dios el Padre ha declarado qué gran valor tiene para nosotros. De esto, el apóstol recoge: «El que no escatimó a su Hijo, sino que lo dio por todos nosotros, ¿cómo puede ser que no nos dé también con él todas las cosas?» ¿Con qué cosa, pues, no debemos contar y prometernos de un Padre tan benéfico? Porque no podéis quejaros de que no os dé a su Hijo, o que no sea vuestro, el cual, como dice el apóstol, fue dado por todos nosotros.

Además, el mismo Señor dice, clamando en el evangelio: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar». Mateo 11.

Y de nuevo a sus discípulos: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo».

IV.189

Con lo cual Pablo también dice: «Dios nuestro Salvador quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad». 1 Timoteo 2.4

En la antigüedad, hace mucho tiempo, se le dijo a Abraham: «En tu Simiente serán benditas todas las tribus (o naciones) de la tierra». Génesis 22.18

Y Joel dice: «Y sucederá que todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo». Joel 2.32

Pedro también repitió esto en los Hechos, capítulo 2; y Pablo a los Romanos, capítulo 10. Isaías también dice: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas; cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él las iniquidades de todos nosotros». Isaías 53.6

Y por eso san Pablo se atreve a decir: «Así como por la ofensa de uno la culpa pasó a todos los hombres para condenación, así también por la justificación de uno abundó el beneficio para con todos los hombres, para justificación de vida». Romanos 5.18

Por eso, se lee en el evangelio que el Señor recibió a los pecadores y a los publicanos con los brazos extendidos y abrazos, añadiendo además estas palabras: «Vine a buscar lo que se había perdido. No vine a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento». Lucas 19.10

Todos estos dichos pertenecen a esto: que, sopesados ​​más estrechamente, puedan confirmarnos acerca de la buena voluntad de Dios para con nosotros, quien en Cristo nos ha elegido para salvación. Esta salvación, en verdad, no puede dejar de ser certera, y sobre todo indudable, sobre todo porque el mismo Señor dice en el evangelio: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen; y les doy vida eterna, y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano», etc. Juan 10,27-28

Una vez más, sé lo que pica y aflige las mentes de muchos. Dicen: «Las ovejas escogidas de Cristo conocen la voz de Cristo; y estando revestidas de una fe firme, se adhieren inseparablemente a Cristo, ya que han sentido esa atracción de la que habla el Señor en el evangelio. ‘Nadie viene a mí, a menos que mi Padre lo atrae.’ En cuanto a mí, no siento tal atracción, por lo que no me adhiero al Hijo de Dios con una fe plena y perfecta». En primer lugar, se requiere la fe verdadera de los elegidos: porque los elegidos son llamados; y siendo llamados, reciben su llamado por la fe, y se asemejan a aquel que los llamó. «El que no cree, ya está condenado». Juan 3.18

IV.190

Con lo cual también Pablo dice: «Dios es el Salvador de todos los hombres, especialmente de los fieles». 1Timoteo 4,10

Además, si no somos atraídos por el Padre celestial, no podemos creer. Y debemos tener mucho cuidado de que, concibiendo vanas opiniones de ese dibujo divino, descuidemos el dibujo mismo. Dios ciertamente atrajo violentamente a Pablo, pero no atrae a todos hacia él por los cabellos. También hay otros caminos por los cuales Dios atrae al hombre hacia sí mismo; pero no lo atrae como un tronco o un bloque. El apóstol Pablo dice: «La fe es por el oír, y el oír por la palabra de Dios». Romanos 10.17

Dios, pues, os atrae, cuando os anuncia el evangelio por medio de sus siervos; cuando toca tu corazón; cuando os incita a la oración, por la cual podéis invocar y clamar por su gracia y asistencia, su iluminación y atracción. Cuando sientas estas cosas en tu mente, no quisiera que busques otro dibujo. No desprecies la gracia ofrecida, sino utilízala mientras el tiempo presente sirve, y ora por el aumento de la gracia. Porque aspiras piadosamente a cosas mayores y más perfectas después; mientras tanto, no hay ninguna razón por la que debas despreciar la menor. En el evangelio de San Mateo, 25,14, reciben mayores riquezas quienes habiendo recibido pocos talentos, los invierten fielmente. Pero el que menospreció el talento que se le atribuía, y encubrió su pereza con no sé qué cuidado, es grandemente acusado. De hecho, es desposeído del dinero que se le había dado, y es arrojado a tormentos eternos, siendo atado con cadenas de condenación. Porque el Señor pronuncia en general: «Al que tiene, se le dará, y tendrá en abundancia; pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene». El que tiene, es el que reconoce, magnifica y reverencia la gracia de Dios; a este montón de gracias se le añade más, para que se haga más abundante. El que no tiene, es el que no reconoce los dones de Dios, e imagina otros, no sabría decir de qué tipo. Mientras tanto, no pone en uso la gracia que recibió y que está presente. Tales hombres son propensos a usar excusas: que la atracción de Dios aún no ha llegado a ellos; y que es un asunto muy peligroso invertir o «hacer mercadeo» de los dones de Dios.

IV.191

Pero San Pablo, juzgando de otro modo, dice: «Así que nosotros, como colaboradores, os suplicamos, que no recibáis la gracia de Dios en vano». 2Cor 6.1

Y a Timoteo: «Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos.». 2Timoteo 1.6

No que sin Dios seamos capaces de hacer algo por nosotros mismos, sino que el Señor requiere nuestro esfuerzo que, sin embargo, no es sin su ayuda y gracia. Porque en verdad, el mismo apóstol dice: «Dios produce en nosotros tanto el querer como el hacer por su buena voluntad». Filipenses 2.13

Nuevamente: «No que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios». 2 Corintios 3.5

Además, no quiero que ningún hombre se desespere si, poco a poco, no siente y experimenta en su mente una fe madurísima y perfecta. El evangelio dice: «Por su propia voluntad, la tierra da fruto; primero hierba, luego espiga, y después grano lleno en la espiga». Marcos 4,28

Porque así también, la fe tiene sus aumentos. Y por eso, los apóstoles del Señor oraron: «Señor, auméntanos la fe». Lucas 17,5

Además, en Marcos, un hombre verdaderamente afligido clama a nuestro Salvador: «Si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos». Pero inmediatamente oyó que el Señor le decía: «Si puedes creer, al que cree todo le es posible». Y esta pobre alma gritó: «Creo; ayuda mi incredulidad». Marcos 9.22

Mira, este desgraciado creyó, sintiendo en su mente la fe que Dios le había dado, la cual, no obstante, percibió como tan débil que necesitaba la ayuda de Dios. Por eso ora: «ayuda mi incredulidad», es decir, ayuda mi fe que, si se compara con una fe absoluta y perfecta, puede parecer incredulidad. Pero escucha, te lo ruego, lo que esta fe, por pequeña que fuera, obró y llevó a cabo, lo que una mente humilde pudo hacer, dependiendo solo de la misericordia de Dios. Pues inmediatamente, Cristo sanó al hijo del padre afligido; y siendo restaurado a la salud, y resucitado de entre los muertos, lo devuelve a su padre fiel. Por tanto, si alguno siente fe en su mente, que no se desespere, aunque sabe, y Dios lo sabe, que es débil y endeble. Que se entregue por completo a la misericordia de Dios; que presuma muy poco de sus propias fuerzas, o nada en absoluto; ore sin cesar por el aumento de la fe.

IV.192

A este fin, en verdad, las palabras de nuestro Salvador extraídas del Evangelio, que están llenas de consuelo, pueden confirmar y fortalecer a cualquier hombre de la manera más saludable: «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?» Mateo 7,7-11

Estos y otros dichos, presentados en el santo evangelio para nuestro consuelo, deberían conmover y convencernos de la recta buena voluntad de Dios hacia nosotros, más que las incitaciones del diablo. Con ellas trata, no sólo para desbaratar la esperanza de nuestra elección, sino para hacernos sospechar y dudar de Dios, como si odiara a su criatura, a la que preferiría destruir antes que salvar. Pero el diablo es bien conocido por los santos por sus sutilezas y astucias; porque así engañó a nuestros primeros padres. Guardemos bien grabado en nuestro pecho que Dios nos ha escogido en Cristo, y por Cristo nos ha predestinado a la vida; y por tanto, da y aumenta la fe en Cristo en los que la piden; y él es quien la pone en nuestros corazones.

Porque todas las cosas que tienden a nuestra salvación provienen de la gracia de Dios; nada es nuestro sino oprobio y vergüenza. Hasta aquí os he expuesto estas cosas, hermanos, concernientes a la maravillosa y admirable obra de la creación realizada por el Dios eterno, verdadero y viviente. «Porque él habló la palabra, y fueron hechos. Él mandó, y fueron creados». Salmo 33.9

Añadimos un poco tocante al sapientísimo y excelente gobierno de todas las cosas por la divina providencia de Dios, que es siempre justa y rectísima; igualmente de la buena voluntad de Dios hacia nosotros; de la predestinación; y algunos otros puntos pertenecientes a estos.

IV.193

Todas estas cosas hemos dicho, en verdad, para hermosear la gloria y el conocimiento de Dios nuestro creador, de quien dan testimonio tanto el curso perpetuo y universal de la naturaleza, como las cosas invisibles y visibles; a quien los ángeles adoran, las estrellas se maravillan, los mares bendicen, la tierra reverencia, y todas las cosas infernales contemplan; a quien la mente de todo hombre siente, aunque no lo exprese; a cuya disposición todas las cosas se mueven, los manantiales vierten sus corrientes, los ríos disminuyen, las olas se elevan en lo alto, todas las cosas producen su crecimiento, los vientos se ven obligados a soplar, las lluvias caen, los mares se enfurecen, todas las cosas en todos los lugares entregan su fecundidad; que plantó un singular jardín de felicidad para nuestros primeros padres, les dio un mandamiento, y pronunció sentencia contra su pecado; libró al justo Noé de los peligros del diluvio; traspuso a Enoc a la comunión de su amistad; eligió a Abraham para sí mismo; defendió a Isaac; aumentó a Jacob; nombró a Moisés capitán sobre su pueblo; liberó del yugo de la servidumbre a los gimientes hijos de Israel; escribió una ley; trajo la descendencia de los padres a la tierra prometida; instruyó a sus profetas con su Espíritu, y por todos estos, prometió de nuevo a su Hijo unigénito, y en el mismo instante en que había prometido darlo, lo ha enviado; por medio de quien él también se familiarizaría y entraría en conocimiento con nosotros; y ha derramado sobre nosotros todas sus gracias celestiales. Y porque, por sí mismo, es liberal y generoso, para que este mundo entero no se seque, siendo apartado de los ríos de su gracia, Él quiso que su Hijo enviase apóstoles como maestros por todo el mundo, para que el estado de la humanidad pudiera reconocer a su Hacedor; y si lo siguieran, pudieran tener en el lugar de un Dios, uno a quien pudieran llamar Padre en sus peticiones y oraciones; cuya providencia no sólo se ha extendido, y ahora se extiende, no sólo individualmente a los hombres, sino también a los pueblos y ciudades, cuyo fin él predijo por las voces de sus profetas. Y para que nadie piense que esta infatigable providencia de Dios no se extiende a todo, por pequeño que sea, dice el Señor:

IV.194

«De dos gorriones, ninguno de ellos cae a tierra sin la voluntad del Padre»; y, «los cabellos de vuestra cabeza están todos contados». Su cuidado y también Su providencia no permitieron que las vestiduras de los israelitas envejecieran, ni que los sencillos zapatos de sus pies se gastaran y rasgaran. Y no sin una buena razón. Porque si este Dios comprende aquello que contiene todas las cosas, y el todo consta de partes y particulares, entonces su cuidado llegará, por consiguiente, incluso a cada parte y particular, cuya providencia ya ha alcanzado al todo mismo, cualquiera que sea. A este Dios sea toda la gloria.

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