El contentamiento cristiano (I)

«He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación» (Fil. 4:11)

Este texto contiene un cordial muy oportuno para avivar los espíritus decaídos de los santos en estos tristes y deprimentes tiempos. Porque la hora de la prueba (cf. Ap. 3:10) ya ha llegado a todo el mundo para probar a los habitantes de la tierra. En particular, este es el día de angustia para Jacob (cf. Jer. 30:7) en nuestras propias entrañas.

Nuestro gran apóstol expone en este texto evangélico, por experiencia, la vida y alma mismas de toda la teología práctica. En él, podemos ver claramente su avanzado nivel en la escuela de Cristo, y la lección que, necesariamente, debe aprender del apóstol todo cristiano que quiera comprobar el poder y crecimiento de la piedad en su propia alma.

Estas palabras son traídas por Pablo como un claro argumento para convencer a los filipenses de que no buscaba grandes cosas en el mundo, y de que no buscaba «lo de ellos», sino «a ellos». No anhelaba grandes riquezas. Su corazón estaba ocupado en cosas mejores. «No lo digo –afirma—por necesidad, pues, tenga o no tenga, mi corazón está plenamente satisfecho, tengo suficiente: “He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación”».

«He aprendido». El contentamiento en toda condición es un gran arte, un misterio espiritual. Ha de ser aprendido, y aprendido como un misterio. Y, así, en el versículo 12, afirma: «Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado». La palabra que se traduce por «enseñado» deriva de una palabra que significa «misterio». Es como si hubiese dicho: «He aprendido el misterio de esta cuestión». El contentamiento ha de ser aprendido como un gran misterio, y quienes están plenamente ejercitados en este arte, que es como el acertijo de Sansón para el hombre natural, han aprendido un profundo misterio. «Lo he aprendido». No tengo que aprenderlo ahora, pero al principio no tenía este arte. Lo he alcanzado, aunque con mucho trabajo. Y, ahora, por la gracia de Dios, he venido a ser maestro en él.

«Cualquiera que sea mi situación». La palabra «situación» no está en el original, sino simplemente «en lo que me halle», es decir, cualquier cosa que me ocurra o acontezca, tenga poco o nada en absoluto.

«A contentarme». La palabra traducida por «contentarme» tiene gran elegancia y plenitud de significado en el original. En sentido estricto, solo se atribuye a Dios, que se ha autodenominado «Dios todo-suficiente», en tanto que permanece plenamente satisfecho en y consigo mismo. Pero Él se complace en comunicar gratuitamente su plenitud a la criatura, de manera que de Dios, en Cristo, los santos reciben «gracia sobre gracia» (Jn. 1:16). Como resultado, hay en ellos la misma gracia que en Cristo, conforme a su medida. En este sentido, Pablo dice: «Tengo autosuficiencia», que es lo que la palabra significa.

Pero ¿tiene Pablo autosuficiencia? –se dirá–. ¿Cómo somos suficientes en nosotros mismos? Nuestro apóstol afirma en otro caso: «No que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos» (2 Co. 3:5).

Por tanto, esto es lo que querrá decir: «Mi corazón está plenamente satisfecho, por la gracia de Cristo que está en mí. Aunque no tengo comodidades materiales ni provisiones terrenales para suplir mis necesidades, sin embargo, tengo en mi alma una porción suficiente de Cristo que me satisface abundantemente en cualquier situación. Esta interpretación concuerda con aquel lugar: «El hombre de bien estará contento del suyo [camino]” (Prov. 14:14), y también con lo que Pablo afirma de sí mismo en otro lugar: «No teniendo nada, mas poseyéndolo todo» (2 Co. 6:10). Puesto que tenía derecho al pacto y a la promesa, que prácticamente lo contiene todo, y un interés en Cristo, la fuente y bien de todas las cosas, no es maravilla que dijera que, cualquiera que fuera su situación, estaba contento.

Esta es la verdadera interpretación del texto. No haré una división de las palabras, porque solo las tomo para promover el deber más necesario, a saber, acallar y consolar los corazones del pueblo de Dios en medio de los problemas y cambios con que se encuentran en estos tiempos de conmoción.

La conclusión doctrinal, en pocas palabras, es esta: «Estar bien adiestrado en el misterio del contentamiento cristiano es el deber, gloria y excelencia del cristiano».

Esta verdad evangélica se expone suficientemente en la Escritura, pero podemos tomar uno o dos pasajes paralelos más para confirmarla. En 1 Timoteo 6:6,8, se expresa el deber y gloria que hay en ella: «Teniendo sustento y abrigo –dice en el versículo 8–, estemos contentos con esto». Ahí está el deber. «Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento» (v. 6). Ahí está su gloria y excelencia, como sugiriendo que la piedad no es ganancia a menos que el contentamiento esté con ella. La misma exhortación la tenemos en Hebreos: «Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora» (He. 13:5). No encuentro a ningún apóstol o escritor de la Escritura que trate tanto este misterio espiritual del contentamiento como este nuestro apóstol, a través de sus epístolas.

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