Sobre la vida cristiana (II)

Ofrecemos ahora la continuación del tema que iniciábamos la semana pasada, es decir, la vida cristiana tal y como la entendió Juan Calvino en su Institución. Simplemente, hemos tratado de sintetizar sus ideas del modo más adecuado posible, de forma que la lectura resulte más ligera. En este caso, exponemos el capítulo VIII del libro III. En la próxima ocasión, Dios mediante, publicaremos el resumen del capítulo IX, con el cual esta materia quedará concluida. Pero, de momento, esperamos que las reflexiones que aquí se proponen resulten, al menos, igual de provechosas que lo han sido para nosotros.

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Capítulo VIII

Sufrir pacientemente la cruz es una parte de la negación de nosotros mismos

Todos los creyentes hemos sido llamados a una dura vida de pruebas y sufrimientos, al igual que Cristo, nuestra Cabeza, quien, aunque era su Hijo amado, Dios lo sometió a toda suerte de dificultades, para que aprendiera obediencia y se convirtiese en nuestro dechado.

De este modo, nuestras cruces se convierten en causa de sumo gozo y consuelo, ya que nos identifican con Cristo y nos confirman en la verdad de que, al igual que Cristo entró en la gloria tras innumerables sufrimientos, es necesario que también nosotros, a través de muchas tribulaciones, entremos en el reino de los cielos. Y, así, asombrosamente, las mismas aflicciones se tornan en ricas bendiciones.

Además, a diferencia de Cristo, a nosotros nos convienen las dificultades por causa de nuestra necedad. Puesto que, por naturaleza, todos estamos inclinados a vanagloriarnos y pensar que, por nosotros mismos, podemos lograr algo, la cruz nos sirve para humillarnos y mostrarnos, una y otra vez, cuán miserables somos y necesitados, en consecuencia, de la gracia de Dios.

De este modo, cuando sucumbimos mediante mil clases de miserias, propias de este mundo caído, nos vemos obligados a reconocer nuestra incapacidad y necesidad de que Dios nos socorra en nuestra aflicción.

Aun los más santos, aunque reconocen su miseria, en el fondo siguen aferrándose a la idea de que hay en ellos alguna fuerza; de modo que les conviene ser una y otra vez humillados, para ser así reafirmados en la verdad de que, sin la gracia de Dios, no pueden hacer absolutamente nada.

El mismo David cayó en esta vana confianza: «En mi prosperidad dije yo:
No seré jamás conmovido, porque tú, Jehová, con tu favor me afirmaste como monte fuerte. Escondiste tu rostro, fui turbado» (Sal. 30:6-7). Es decir, por un momento, pensó que podía sostenerse en sus propias fuerzas. Pero, posteriormente, comprendiendo su necedad, se dio cuenta de que únicamente en el Señor residía su fortaleza.

Utilidad de nuestra cruz

  1. Engendra la humildad y la esperanza

Esto es lo que enseña Pablo cuando dice que «la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba» (Ro. 5:3-4). Es decir, a través de la tribulación, el creyente comprueba la fidelidad de Dios al asistirle en medio de la misma, sin cuyas fuerzas jamás podría sostenerse. De este modo, su fe es reafirmada; y, lleno de gratitud y confianza, sabrá que el Dios que ya ha probado su fidelidad, la seguirá mostrando en el futuro. Así pues, cada vez que Dios nos humilla, nos muestra la realidad de nuestra miseria y necesidad de descansar únicamente en Él. Y, cada vez que cumple sus promesas, nos reafirma en la esperanza de que continuará siendo fiel en el futuro.

  1. La cruz nos ejercita por la paciencia y la obediencia

La cruz también sirve para que mostremos nuestra paciencia y obediencia, permaneciendo fieles a Dios en medio de la prueba, como hizo Abraham al no rehusar a su propio hijo. Además, como enseña Pedro, nuestra fe, mucho más preciosa que el oro, también ha de probarse con fuego.

De modo que un don tan excelente como la paciencia debe ser ejercitado, para que el creyente manifieste este precioso fruto ante sus semejantes. Además, también las tribulaciones sirven para aprender obediencia, ya que verdaderamente servimos a Dios cuando le seguimos en toda circunstancia, y no solo cuando todo se conforma a nuestros deseos.

  1. Es un remedio en vista de la salvación, contra la intemperancia de la carne

Por otro lado, debido a nuestra gran maldad, a menudo nos ocurre como a los caballos, que cuando se nos trata con suma delicadeza, nos volvemos caprichosos y engreídos, no dispuestos a llevar el yugo; en lugar de mostrar gratitud por la enorme generosidad de nuestro Padre. Por eso, para disciplinar nuestra carne, muchas veces se ve obligado a azotarnos, de manera que no nos desboquemos y salgamos del camino.

Así que, para refrenar la insolencia y orgullo de nuestro carne, el Señor nos sale al paso enviándonos cruces, tratando la enfermedad con diferentes remedios, según el grado y género de la misma, suministrando a cada cual la medicina conveniente para su caso. Pero todos, sin excepción, necesitamos ser tratados por el Médico.

  1. Por la cruz Dios corrige nuestras faltas y nos retiene en la obediencia

Además, Dios también tiene que disciplinarnos por causa de nuestras faltas del pasado, de modo que su disciplina debería llevarnos a examinar los pecados en que hayamos podido caer en el pasado. Sin embargo, la Escritura nos muestra un motivo para la paciencia aún más excelente: que no seamos condenados con el mundo (cf. 1 Co. 11:32).

  1. Toda cruz nos atestigua el inmutable amor de Dios

A la vez, Dios muestra su gran amor para con nosotros mediante la misma disciplina, ya que el propósito de la misma no es dañarnos, sino procurar nuestra salvación. De este modo, se nos dice que, si quedásemos sin disciplina, seríamos bastardos y no hijos. Y, por tanto, sería una enorme ingratitud por nuestra parte no recibir el castigo de nuestro Padre de buen grado, alegrándonos en su gran amor.

De este modo, la diferencia entre los fieles e infieles es que a aquellos les aprovechan los azotes, acercándolos más a Dios, mientras que a los infieles solo les sirven para endurecerlos más aún y aumentar su maldad.

La consolación de ser perseguido por causa de la justicia

Además, cuando sufrimos por causa de la justicia, ya sea por defender el evangelio o, simplemente, por abogar por la causa del oprimido, podemos tener sumo gozo y considerarnos bienaventurados, como nos lo enseña nuestro Señor. Es verdad que todo el mal que nuestros enemigos puedan ocasionarnos (siendo el mayor el quitarnos la vida), considerado en sí mismo es algo negativo y miserable. Sin embargo, en tanto que contamos con el favor de Dios, las mismas desgracias se tornan bendiciones.

Aunque, a los ojos de los hombres, las miserias a las que podemos ser expuestos resultan despreciables, por la fe debemos gozarnos grandemente, sabiendo que todas las injusticias que sufrimos en esta vida por causa del Nombre nos serán inconmensurablemente recompensadas por nuestro Padre. Apreciemos, por tanto, estas admirables cosas, por encima de las vanidades pasajeras del mundo.

La consolación espiritual supera toda tristeza y dolor

Debemos alegrarnos en las tribulaciones y aceptarlas de buen grado, ya que se nos presentan tantos motivos de consuelo y ánimo en la Escritura. Y no solamente hemos de tolerar la muerte, sino incluso la infamia, no importándonos ser deshonrados por los hombres con tal de obtener la aprobación de Dios.

Pero esto no significa que seamos inmunes e insensibles al dolor; en tal caso, no habría ninguna muestra de fidelidad. Sin embargo, cuando asaltados por las penalidades propias de este mundo caído, nos sobreponemos a las mismas, negándolas y poniendo nuestro gozo en la bendita esperanza a que hemos sido llamados, se hace manifiesta la nobleza de nuestra paciencia y fe en Dios, que se alegra en Él en medio del sufrimiento.

El cristiano bajo la cruz no es un estoico

De manera que la verdadera paciencia no consiste en la insensibilidad, ya que tal cosa destruiría una parte esencial del alma: la emocional. Más bien, consiste en sobreponerse a las adversidades para alegrarse, por medio de la fe, en las promesas de Dios, de tal manera que, paradójicamente, aun en medio de las dificultades, resultamos más que vencedores.

Pero Cristo, que es nuestro supremo dechado, nos enseñó, tanto por medio de su ejemplo como por medio de sus palabras, que es legítimo llorar y sufrir, y que de hecho son «bienaventurados los que lloran» (Mt. 5:4).

Paciencia y constancia cristianas. Gozoso consentimiento a la voluntad de Dios

Por tanto, debemos consolarnos al pensar que la fortaleza y paciencia del creyente no se encuentran en la insensibilidad al dolor, sino más bien en sobreponerse a lo que es contrario a la carne, mediante la fe, de tal manera que el gozo triunfe sobre la tristeza, y se persevere en el temor de Dios aun en medio de las adversidades.

Cuando sufrimos cualquier desgracia, como es natural, nuestro corazón se angustia. Sin embargo, cuando consideramos que es la voluntad de Dios, siempre agradable y perfecta, este pensamiento ha de traernos un profundo consuelo aun en la mayor de las adversidades.

Diferencia entre la paciencia cristiana y la de los filósofos

A lo máximo a que llegaron los filósofos es a aceptar las adversidades porque era inútil tratar de resistir la voluntad divina. Pero la razón del cristiano es muy distinta, ya que ve en las mismas tribulaciones la justicia y el amor de Dios, que ha de disciplinarnos para nuestro bien, como el padre que ama a sus hijos.

Así que, por muy graves que sean nuestros sufrimientos, debemos contentarnos con saber que proceden de la divina providencia, que sabe mejor que nosotros mismos lo que más nos conviene. Además, hemos de pensar que la grandeza de nuestro pecado es merecedora de un juicio mucho más severo que las pruebas que podamos soportar en este mundo, por duras que nos parezcan; y que, por otro lado, si permaneciésemos sin disciplina, nuestra naturaleza carnal pronto se ensoberbecería y se saldría del camino.

Solamente cuando comprendemos estas cosas, podemos alegrarnos en medio de las pruebas, y de este modo alabar a Dios con un corazón alegre y agradecido, única alabanza que le agrada. Por eso es tan importante que aprendamos esta lección del contentamiento cristiano, de modo que al contemplar la mano de nuestro buen Padre celestial, el gozo en Él triunfe sobre el sufrimiento.

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