Sobre la vida cristiana

Una semana más, proponemos una lectura que nos parece de interés para la edificación de la común fe que Dios nos ha dado. Seguimos acercándonos, en concreto, al pensamiento de Calvino. Pero, en esta ocasión, hemos optado por ofrecer un pequeño resumen de los capítulos VI y VII del libro III de la Institución de la religión cristiana. La idea es proseguir con los capítulos siguientes, que continúan tratando este tema tan práctico y vital. Confiamos en que nuestro buen y sabio Dios usará estas reflexiones para la edificación de su Iglesia.

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Capítulo VI

Sobre la vida del cristiano. Argumentos de la Escritura que nos exhortan a ella

Dios nos ha salvado para que le sirvamos y vivamos de acuerdo a su Ley, confirmando así que realmente somos sus hijos. Pero, puesto que nuestra carne es tan débil, tenemos necesidad de muchos estímulos que nos impulsen a la obediencia; así pues, nos será muy útil considerar diversos pasajes de la Escritura que nos ayuden en este sentido.

Por un lado, Dios se propone, por medio de su Palabra, imprimir en nuestros corazones el amor a la justicia, que es contrario a nuestra naturaleza. La primera razón para ser santos es que Dios mismo es santo. Precisamente somos unidos a Dios mediante el lazo de la santidad. Él no puede tener relación con la iniquidad y, por tanto, nosotros, que somos suyos, hemos de estar alejados de la misma. La santidad es, así, el fin al que hemos sido llamados y al que, en consecuencia, siempre hemos de aspirar. Hemos sido sacados del cieno de este mundo para habitar en la santa ciudad de Jerusalén, que no hemos de profanar con nuestra impureza. Por eso se nos dice que habitarán en el tabernáculo de Yavé quienes andan en integridad y hacen justicia (cf. Sal. 15:1-2).

En segundo lugar, puesto que hemos sido reconciliados en Cristo, en Él se nos propone un modelo a seguir. Después de haber degenerado del estado original de nuestra creación, Cristo, por quien hemos vuelto a la gracia de Dios, se convierte en nuestro dechado, a quien hemos de imitar en nuestra vida. Hemos sido adoptados en la familia de Dios con el propósito de reflejar la imagen de Cristo.

De este modo, la Escritura nos enseña que, si Dios se nos dado como Padre, demostramos una enorme ingratitud si no nos conducimos como sus hijos. Si Él nos ha lavado con su sangre, no es para que ahora nos mancillemos con nuevas manchas. Si nos ha injertado en su cuerpo, no debemos contaminarnos, ya que somos sus miembros. Si Él es nuestra Cabeza, la cual ha subido al cielo, también nosotros hemos de poner allí la mira y despojarnos de todo afecto terrenal. Si somos templo del Espíritu Santo, no debemos profanar este templo con la suciedad del pecado. Si nuestra alma y nuestro cuerpo están destinados al gozo de la gloria eterna, hemos de procurar conservarlos puros hasta el día del Señor.

Solo pueden llamarse verdaderos cristianos quienes poseen el Evangelio con el alma, y no meramente con el entendimiento y la memoria. Para que la doctrina nos sea útil, ha de penetrar en el corazón y transformar nuestra vida.

Por otro lado, si bien sería deseable que la vida del cristiano fuese perfecta, no podemos exigir tal cosa, pues no hay nadie que alcance dicha perfección (antes bien, por mucho que hayamos avanzado, siempre estamos muy lejos de ella). Sin embargo, debemos, al menos, aspirar a esta perfección, tratando de vivir enteramente para Dios, y no tan solo a medias, pues el culto que Él demanda de nosotros es la integridad, nuestra plena entrega. Y, aunque todos nosotros somos muy deficientes en esto, al menos podemos avanzar algo cada día, con perseverancia, conforme a nuestras posibilidades. No nos desanimemos, pues, al comprobar que nuestros progresos son pequeños, sino contentémonos con mejorar un poco cada día, hasta aquel glorioso día en que, finalmente, seamos despojados de nuestro pecado.

Capítulo VII

La suma de la vida cristiana: La renuncia a nosotros mismos

1º La doble regla de la vida cristiana: no somos nuestros; somos del Señor

Nuestro Maestro nos ha enseñado, de manera más exquisita que la Ley, cuál es nuestro deber: ofrecer nuestros cuerpos a Dios «en sacrificio vivo, santo y agradable». Todo debemos hacerlo para su gloria. Y, puesto que no somos nuestros, sino del Señor, no debe guiarnos nuestra razón ni nuestra voluntad, sino que hemos de someternos a nuestro Señor. Para Él hemos de vivir y morir. La peste que más arruina a los hombres es hacer lo que a cada uno le place, mientras que el único remedio es que se niegue a sí mismo y siga únicamente el camino que el Señor le muestra.

Ningún filósofo ha conocido esta verdad, puesto que ellos piensan que es la razón la que debe instruirnos en el camino de la sabiduría, en lugar de someternos, únicamente, al Espíritu de Dios, para que sea Cristo quien viva en nosotros.

Si nos negamos a nosotros mismos y ponemos toda nuestra atención en la voluntad de aquel a quien hemos de dar cuenta, fácilmente nos olvidaremos de todos los vicios de la carne, como el amor al mundo y su gloria, que nacen del amor a nosotros mismos.

Los filósofos, como los fariseos, han buscado la virtud no desde una renuncia a sí mismos, sino como una forma de alcanzar su propia gloria, siendo alabados de los hombres. Como dijo Cristo, ellos ya tienen su recompensa en este mundo. Pero nosotros debemos buscar el bien por amor a Dios y a nuestro prójimo, no a nosotros mismos.

Puesto que en el alma del hombre se oculta una infinidad de vicios, Pablo nos exhorta a que renunciemos a la impiedad y a los deseos mundanos, es decir, a la falsa religión y a los deseos de la carne (lo que se comprende en las dos tablas de la Ley).

Por el contrario, debemos seguir la sobriedad, la justicia y la piedad, es decir, la moderación en el disfrute de los bienes de este mundo, el conducirnos rectamente con los hombres, y la íntima comunión con Dios. Y, para animarnos en esta dirección, viendo que nuestra carne es tan débil, el apóstol nos recuerda la gloria eterna a la que hemos sido llamados, la cual Cristo nos ha asegurado, y no debemos, por tanto, perderla de vista, siendo enturbiados por la vanidad de este mundo, el cual no es nuestra patria.

2º La renuncia a nosotros mismos en cuanto hombres: humildad y perdón

Otro aspecto de la renuncia a nosotros mismos es la humildad. La Escritura nos exhorta a honrar a todos los hombres, de tal manera que les sirvamos y consideremos superiores a nosotros mismos. Pero esto es contrario a nuestra razón, ya que todos tendemos a menospreciar a los demás y creernos superiores. De este modo, si Dios nos concede algún don, rápidamente nos llenamos de orgullo. En cuanto a nuestros vicios, tratamos de encubrirlos a toda costa, o los rebajamos, o bien incluso los disfrazamos de virtud. Sin embargo, restamos importancia a los dones de los demás y aumentamos sus faltas.

Es verdad que los que socialmente son inferiores, no tienen más remedio que humillarse antes sus superiores, pero en el fondo de su corazón, se estiman a sí mismos por encima de los demás. De tal manera que, cuando somos puestos a prueba, rápidamente perdemos la paciencia y dejamos ver el veneno que permanecía oculto.

Para remediar esta mal infecto, hemos de recordar que los dones que Dios nos ha concedido no son nuestros. Por otro lado, lo único que encontramos en nosotros mismos como propio son nuestros vicios, de modo que más que a la soberbia, deberíamos ser impulsados a la humildad.

En cuanto a los bienes que Dios confiere a los demás, deberíamos tenerlos en alta estima, ya que proceden de la bondad divina para con ellos. Por el contrario, hemos de cubrir sus faltas, no para promoverlas, sino por amor a nuestro prójimo. Y, de este modo, humillándonos a nosotros mismos y ensalzando a los demás es como alcanzaremos la verdadera mansedumbre.

Por naturaleza, nadie está dispuesto a renunciar a sí mismo, anteponiendo los intereses ajenos a los propios. Pero el verdadero amor es sufrido, benigno, no tiene envidia, no es jactancioso, no busca lo suyo, no se irrita… (cf. 1 Co. 13:4-5).

La Escritura nos advierte que todos los bienes que Dios nos ha confiado, no son para que los disfrutemos de manera egoísta, sino para que los compartamos y pongamos al servicio de los demás. Además, la Escritura nos pone el ejemplo del cuerpo humano: así como los miembros del cuerpo no buscan el propio beneficio, sino el general, nosotros hemos de buscar el bien de la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, del cual hemos sido hechos miembros por su gracia; y de todo los bienes que nos ha concedido, le habremos de dar cuenta. Por tanto, no solo hemos de procurar el interés ajeno, sino incluso anteponerlo al nuestro.

También contamos con el ejemplo veterotestamentario de las primicias, con las cuales se mostraba que no podemos disfrutar legítimamente de los bienes que Dios nos ha dado, hasta habérselos consagrado. Pero, puesto que Él no necesita nada de nosotros, la forma de honrarle en el presente es asistiendo a nuestro prójimo en sus necesidades.

Y, para incentivarnos a hacer el bien a todos, nos insta a ver en ellos la imagen de Dios, y no su propia miseria. Sobre todo hemos de verla en la familia de la fe, en quien esta imagen es restaurada por el Espíritu de Cristo. No importa cuán indignos sean los hombres de nuestra ayuda; puede que incluso nos hayan ocasionado mucho daño. Sin embargo, por cuanto Dios ha impreso en ellos su propia imagen, y el Señor además nos ordena que los perdonemos, en su Nombre hemos de entregar nuestra propia vida por amor a nuestros mismos enemigos. Así pues, únicamente viendo la gloriosa imagen de Dios en el hombre, somos estimulados a cumplir este mandamiento, tan contrario a la naturaleza humana.

Pero lo que Dios pide de nosotros no es que simplemente cumplamos la ley de la caridad de manera externa, como los fariseos, con soberbia y menosprecio del que la recibe, sino que debemos ayudar al necesitado de corazón, doliéndonos por él como si se tratara de nosotros mismos, de la misma manera que los miembros del cuerpo se ayudan mutuamente unos a otros, sin reprocharse nada. De este modo, no nos contentaremos con hacer algún bien a los demás, pensando que ya hemos cumplido con nuestro deber, y que no tenemos que preocuparnos de nada más, sino que más bien nuestra permanente actitud será la de hacer todo el bien que podamos a nuestro prójimo, no teniendo más límite que nuestra incapacidad; pues Dios nos ha concedido tantas gracias (como ya se ha indicado) no para que egoístamente las disfrutemos, sino para ponerlas al servicio de los demás.

3º. La renuncia de nosotros mismos respecto a Dios

Por naturaleza, nos sentimos inclinados a agradar a la carne, buscando toda el placer y gloria que este mundo puede ofrecernos y tratando de evitar el sufrimiento y la ignominia de la carne. Y, para esto, el hombre se esfuerza grandemente y pone en ello todo su empeño.

Para luchar contra esta tendencia de la carne, debemos temer a Dios, y no atrevernos a hacer nada por nuestra cuenta, viendo que sin su bendición ningún intento humano podrá prosperar, mientras que con su favor nada puede impedir nuestra prosperidad. Además, aunque humanamente pudiésemos prosperar en este mundo, como de hecho vemos que ocurre a menudo entre los impíos, sin la bendición de Dios en realidad tal prosperidad es falsa y miserable, de tal modo que sería absurdo desearla.

Así que, en lugar de apoyarnos en nuestras propias fuerzas y buscar la gloria del mundo al margen de la voluntad de Dios, somos instados a buscar únicamente su bendición, sin la cual nada de lo que procuremos puede hacernos bien. En cambio, con la bendición de Dios, no importa cuál sea nuestra circunstancia en este mundo, sino que todo estará bien y seremos verdaderamente felices. Además, si las cosas no salen según nuestros deseos, lejos de murmurar contra Dios, el cual dispone todas las cosas, aceptaremos su voluntad de buen grado, confiando en su sabiduría y bondad para con nosotros.

Si, por otra parte, algo bueno nos sucediera, lejos de jactarnos, lo agradeceremos a Dios, quien de gracia nos lo ha concedido. Y, si ve que otros prosperan y nosotros no, en lugar de sentir envidia de ellos, nos contentaremos sabiendo que todo ayuda a nuestra salvación, descansando en que nuestro buen Padre celestial, mejor que nosotros mismos, sabe lo que más nos conviene. Así, como el salmista, nada desearemos aparte de Dios (cf. Sal. 73:25). De este modo, hemos de sujetarnos a su voluntad en todo lo que nos sucede, no quejándonos jamás de nada, sino por el contrario llenos de gratitud a Dios, quien aun las peores adversidades dispone para nuestro bien. Esto se hace más necesario aún al considerar las numerosas vicisitudes a las que estamos sujetos, pues nada en este mundo es seguro, estando expuestos a mil clases de miserias. Si bien los incrédulos son impulsados a maldecir a Dios por estas causas, el creyente más bien lo bendecirá, sabiendo que, aun cuando Dios le mande dificultades, por la fe sabe que sigue contando con su bendición, y confía en que Él tiene cuidado de nosotros, a pesar de las apariencias externas.

Finalmente, a diferencia de los gentiles, lejos de atribuir nuestras gracias y desgracias a la caprichosa fortuna, hemos de alegrarnos sabiendo que nada acontece sin el permiso de nuestro buen y sabio Dios; y, por tanto, cualquier cosa que sucediere debe llevarnos al gozo y a la gratitud.

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