Calvino sobre la piedad (IV)

Publicamos ahora la parte final del capítulo que Beeke dedica a la piedad en Calvino. De manera muy resumida, el autor analiza diferentes aspectos de la vida cristiana como los entiende Calvino, a la luz de la enseñanza de la Escritura. Una vez más, esperamos que sea del interés y para la edificación de nuestros lectores; y siempre para la gloria de Dios.

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Dimensiones prácticas

            Aunque Calvino veía la Iglesia como el vivero de la piedad, también enfatizaba la necesidad de la piedad personal. El cristiano se esfuerza por la piedad porque ama la justicia, anhela vivir para la gloria de Dios, y se deleita en obedecer la regla de la justicia de Dios expuesta en la Escritura. Dios mismo es el centro de la vida cristiana –una vida que es, por tanto, llevada a cabo con abnegación, particularmente expresada en llevar la cruz, al igual que Cristo.

            Para Calvino, esta piedad «es el principio, medio y fin de la vida cristiana». Comprende numerosas dimensiones prácticas para la vida cristiana diaria, que son minuciosamente explicadas en su Institución, comentarios, sermones, cartas y tratados. Encontramos la esencia de lo que Calvino dice sobre la oración, el arrepentimiento y la obediencia, así como sobre la vida cristiana piadosa, en los capítulos 6-10 del Libro 3 de la Institución de 1559.

La oración

            La oración es el principal y perpetuo ejercicio de la fe y el elemento primordial de la piedad –dice Calvino–. La oración muestra la gracia de Dios al creyente cuando este le ofrece alabanzas y pide su fidelidad. Comunica piedad de manera privada y colectiva.

            Calvino dedicó el segundo capítulo más largo de la Institución (Libro 3, capítulo 20) a la oración, proporcionando seis propósitos para ella: acudir a Dios con cada necesidad, poner todas nuestras peticiones ante Dios, prepararnos para recibir los beneficios de Dios con humilde gratitud, meditar en la bondad de Dios, instaurar el espíritu apropiado de deleite en las respuestas de Dios a la oración, y confirmar su providencia.

            Dos problemas aparecerán, probablemente, con la doctrina de la oración de Calvino. En primer lugar, cuando el creyente se somete, obedientemente, a la voluntad de Dios, no renuncia, necesariamente, a su propia voluntad. Antes bien, mediante el acto de la oración sumisa, el creyente invoca la providencia de Dios para que actúe en su favor. Así pues, la voluntad del hombre –bajo la guía del Espíritu– y la voluntad de Dios trabajan juntas en comunión.

            En segundo lugar, a la objeción de que la oración parece superflua a la luz de la omnisciencia y omnipotencia de Dios, Calvino responde que Dios ordenó la oración más para el hombre, como un ejercicio de piedad, que para sí mismo. La providencia debe ser entendida en el sentido de que Dios ordena los medios juntamente con los fines. La oración es, así pues, un medio para recibir lo que Dios ya se ha propuesto conceder. La oración es un camino por el que los creyentes buscan y reciben lo que Dios ha determinado hacer por ellos desde la eternidad.

            Calvino trata la oración como un don más que como un problema. La correcta oración está gobernada por reglas –dice–. Estas incluyen orar con:

  • un sincero sentido de reverencia
  • un sentido de necesidad y arrepentimiento
  • una renuncia a toda confianza en uno mismo y una humilde petición de perdón
  • una esperanza segura

Todas estas reglas son repetidamente violadas aun por los más santos del pueblo de Dios. No obstante, por amor a Cristo, Dios no abandona a los piadosos, sino que tiene misericordia de ellos.

A pesar de las faltas de los creyentes, se requiere de oración para aumentar la piedad, pues la oración disminuye el amor propio y multiplica la dependencia de Dios. Como adecuado ejercicio de piedad, la oración une a Dios y al hombre –no en sustancia, sino en voluntad y propósito–. Al igual que la Cena del Señor, la oración eleva al creyente a Cristo y concede a Dios la debida gloria.

            Esta gloria es el propósito de las tres primeras peticiones del Padre Nuestro, así como de otras peticiones que tratan de su creación. Puesto que la creación depende de la gloria de Dios para su preservación, todo el Padre Nuestro está dirigido a la gloria de Dios.

            En el Padre Nuestro, Cristo «provee palabras a nuestros labios» –dice Calvino–. Nos muestra cómo todas nuestras oraciones deben ser controladas, formadas e inspiradas por la Palabra de Dios. Solo esto puede proporcionar santo atrevimiento en la oración, «que justamente concuerda con el temor, reverencia y solicitud».

            Debemos ser disciplinados y constantes en la oración, pues esta nos mantiene en comunión con Cristo. En la oración, nos son confirmadas las intercesiones de Cristo, sin las cuales nuestras oraciones serían rechazadas. Solo Cristo puede convertir el trono de la temible gloria de Dios en un trono de gracia, al cual nos podemos acercar por la oración. Así pues, la oración es el canal entre Dios y el hombre. Es la manera en que el cristiano expresa su alabanza y adoración a Dios, y pide la ayuda de Dios en sumisa piedad.

Arrepentimiento

            El arrepentimiento es el fruto de la fe y la oración. Lutero dijo en sus noventa y cinco tesis que toda la vida cristiana debería estar marcada por el arrepentimiento. Calvino también ve el arrepentimiento como un proceso que dura toda la vida. Dice que el arrepentimiento no es, meramente, el comienzo de la vida cristiana: es la vida cristiana. Implica tanto confesión de pecado como crecimiento en santidad. El arrepentimiento es la respuesta vitalicia del creyente al evangelio en su vida externa, mente, corazón, actitud y voluntad.

            El arrepentimiento comienza con la conversión a Dios del corazón, y procede de un puro y sincero temor de Dios. Implica morir a uno mismo y al pecado (mortificación) y vivir a la justicia (vivificación) en Cristo.

            Calvino no limita el arrepentimiento a una gracia interna, sino que lo ve como la redirección de todo el ser del hombre a la justicia. Sin un puro y sincero temor de Dios, el hombre no será consciente de la atrocidad del pecado ni querrá morir a él. La mortificación es esencial porque, aunque el pecado deja de reinar en el creyente, no deja de morar en él. Romanos 7:14-25 muestra que la mortificación es un proceso que dura toda la vida. Con la ayuda del Espíritu, el creyente debe mortificar el pecado cada día mediante la abnegación, llevando la cruz y meditando en la vida futura.

            Sin embargo, el arrepentimiento también se caracteriza por la novedad de vida. La mortificación es el medio para la vivificación, que Calvino define como «el deseo de vivir de manera santa y devota, un deseo que surge con el nuevo nacimiento; como si dijéramos que el hombre muere para sí para que comience a vivir para Dios». La verdadera abnegación resulta en una vida entregada a la justicia y la misericordia. Los piadosos «dejan de hacer el mal» a la vez que «aprenden a hacer el bien». Mediante el arrepentimiento, se inclinan sobre el polvo ante su Juez santo y, entonces, son levantados para participar de la vida, muerte, justicia e intercesión de su Salvador. Como escribe Calvino: «Pues si verdaderamente participamos de su muerte, nuestro viejo hombre es crucificado por su poder, y el cuerpo de pecado perece (cf. Ro. 6:6), para que la corrupción de la naturaleza original no se extienda más. Si compartimos su resurrección, mediante ella somos resucitados para novedad de vida, correspondiente a la justicia de Dios».

            Las palabras que Calvino usa para describir la vida cristiana piadosa (reparatio, regeneratio, reformatio, renovatio, restitutio) apuntan a nuestro estado original de justicia. Indican que una vida de piedad es restauradora por naturaleza. Mediante el arrepentimiento producido por el Espíritu, los creyentes son restaurados a la imagen de Dios.

La abnegación

            La abnegación es la dimensión sacrificial de la piedad. El fruto de la unión del creyente con Jesucristo es la abnegación, que incluye lo siguiente:

  1. La conciencia de que no somos nuestros, sino que pertenecemos a Dios. Vivimos y morimos para Él, conforme a la regla de su Palabra. Así pues, la abnegación no está centrada en uno mismo, como a menudo ocurría con el monasticismo medieval, sino en Dios. Nuestro mayor enemigo no es ni el diablo ni el mundo, sino nosotros mismos.
  2. El deseo de buscar las cosas del Señor mediante toda nuestra vida. La abnegación no deja lugar al orgullo, la lascivia o la mundanalidad. Es opuesta al amor propio porque es el amor a Dios. Toda la orientación de nuestra vida debe ser hacia Dios.
  3. El compromiso de entregarnos a Dios con todo lo que poseemos, como sacrificio vivo. De este modo, estaremos preparados para amar a los demás y considerarlos mejores que a nosotros mismos –no viéndolos como son en sí mismos, sino la imagen de Dios en ellos–. Esto desarraiga nuestro amor por las disensiones y por nosotros mismos, y lo reemplaza por un espíritu de amabilidad y servicio. Nuestro amor por los demás, de este modo, fluye del corazón, y el único límite para ayudarles es el límite de nuestros recursos. Los creyentes son alentados a perseverar en la abnegación por lo que el evangelio promete acerca de la futura consumación del Reino de Dios. Tales promesas nos ayudan a superar todo obstáculo que se opone a la renuncia a uno mismo, y nos asisten para soportar la adversidad.

           Más aún, la abnegación nos ayuda a encontrar la verdadera felicidad, porque nos ayuda a hacer aquello para lo que fuimos creados. Fuimos creados para amar a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. La felicidad es el resultado de tener este principio restaurado. Sin la abnegación, como dice Calvino, podemos poseerlo todo sin poseer un ápice de verdadera felicidad.

Llevar la cruz

            Mientras que la abnegación se centra en la conformidad interna a Cristo, llevar la cruz se centra en la semejanza externa a Cristo. Quienes están en comunión con Cristo deben prepararse para una vida dura y penosa, llena de muchos tipos de males –dice Calvino–. Esto no es, simplemente, debido al efecto del pecado en este mundo caído, sino a causa de la unión del creyente con Cristo. Puesto que su vida fue una perpetua cruz, la nuestra también debe incluir sufrimiento. No solamente participamos de los beneficios de su obra expiatoria en la cruz, sino que también experimentamos la obra del Espíritu por la que nos transforma a la imagen de Cristo.

            Llevar la cruz prueba la piedad –dice Calvino–. Llevando la cruz somos despertados a la esperanza, entrenados en la paciencia, instruidos en la obediencia y corregidos en el orgullo. Llevar la cruz es nuestra medicina y nuestro escarmiento. Revela la debilidad de nuestra carne y nos enseña a sufrir por amor a la justicia.

            Felizmente, Dios promete estar con nosotros en todos nuestros sufrimientos. Aun transforma el sufrimiento derivado de la persecución en consuelo y bendición.

La vida presente y la futura

            Llevando la cruz, aprendemos a tener desprecio por la vida presente, cuando la comparamos con las bendiciones del cielo. Esta vida no es nada comparada con lo que ha de venir. Es como humo o sombra. «Si el cielo es nuestro patria, ¿qué otra cosa es la tierra sino nuestro lugar de exilio? Si la partida del mundo es la entrada en la vida, ¿qué otra cosa es el mundo sino un sepulcro? –pregunta Calvino–. Nadie ha hecho progreso en la escuela de Cristo si no espera alegremente el día de la muerte y resurrección final» –concluye.

            Típicamente, Calvino usa el complexio oppositorum cuando explica la relación del cristiano con este mundo, presentando extremos para encontrar un término medio entre los mismos. Así pues, por un lado, llevar la cruz nos crucifica al mundo y el mundo a nosotros. Por otro lado, el cristiano devoto disfruta de esta vida presente, aunque con la debida restricción y moderación, pues es enseñado a usar de las cosas de este mundo con el propósito para el que Dios las destinó. Calvino no era un asceta. Disfrutaba de la buena literatura, la buena comida y las bellezas de la naturaleza. Pero rechazaba toda forma de exceso terrenal. El creyente es llamado a la moderación de Cristo, que incluye modestia, prudencia, huida de la exhibición y contentamiento con la situación que nos ha tocado, pues es la esperanza de la vida que ha de venir la que da propósito y disfrute a nuestra vida presente. Esta vida siempre procura una vida celestial mejor.

            ¿Cómo es posible, entonces, para el cristiano verdaderamente piadoso mantener un equilibrio adecuado, disfrutando de los regalos que Dios da en este mundo a la vez que evita la trampa de la auto-indulgencia? Calvino ofrece cuatro principios para orientarnos:

  1. Reconocer que Dios es el proveedor de todo don bueno y perfecto. Esto debería restringir nuestras concupiscencias, porque nuestra gratitud a Dios por sus dones no se puede expresar mediante una codiciosa recepción de ellos.
  2. Entender que, si tenemos pocas posesiones, debemos soportar nuestra pobreza pacientemente para que no caigamos en deseos desordenados.
  3. Recordar que somos administradores del mundo en que Dios nos ha colocado. Pronto tendremos que rendirle cuentas de nuestra administración.
  4. Saber que Dios nos ha llamado para sí mismo y su servicio. A causa de este llamamiento, nos esforzamos por cumplir con nuestras tareas en su servicio, para su gloria y bajo su ojo vigilante y benevolente.

La obediencia

            Para Calvino, la obediencia incondicional a la voluntad de Dios es la esencia de la piedad. La piedad vincula el amor, la libertad y la disciplina sujetándolos todos a la voluntad y Palabra de Dios. El amor es el grandioso principio que impide que la piedad degenere en el legalismo. Al mismo tiempo, la ley proporciona el contenido para el amor.

            La piedad incluye reglas que gobiernan la respuesta del creyente. Privadamente, estas reglas toman la forma de la abnegación y el llevar la cruz; públicamente, son expresadas en el ejercicio de la disciplina eclesial, lo que Calvino puso en práctica en Ginebra. En cualquier caso, la gloria de Dios impone la obediencia disciplinada. Para Calvino, el cristiano piadoso no es ni débil ni pasivo, sino dinámicamente activo en el seguimiento de la obediencia, muy similar a un corredor de distancias largas, un colegial diligente o un guerrero heroico, sometiéndose a la voluntad de Dios.

            En el prefacio de su comentario a los Salmos, Calvino escribe: «Esta es la verdadera prueba de nuestra obediencia: que, diciendo adiós a nuestros afectos, nos sujetamos a Dios y permitimos que nuestras vidas sean de tal manera gobernadas por su voluntad, que cosas que nos son muy amargas y duras, en tanto que vienen de Él se tornan dulces». «Dulce obediencia». Calvino acogió de buen grado tales descripciones. Según I. John Hesselink, Calvino describió la vida piadosa con palabras como «dulce», «dulcemente» o «dulzura» cientos de veces en su Institución, comentarios, sermones y tratados. Calvino escribe sobre la dulzura de la ley, la dulzura de Cristo, la dulzura de la consolación en medio de la adversidad y la persecución, la dulzura de la oración, la dulzura de la Cena del Señor, la dulzura de la divina oferta gratuita de la vida eterna en Cristo, y la dulzura de la gloria eterna.

            Escribe sobre el dulce fruto de la elección, además, diciendo que finalmente este mundo y todas sus glorias pasarán. Lo que nos da seguridad de salvación y esperanza de la vida que ha de venir es que hemos sido «escogidos en Cristo desde antes de la fundación del mundo» (Ef. 1:4). «Jamás seremos claramente persuadidos […] de que nuestra salvación emana del manantial de la misericordia gratuita de Dios hasta que conozcamos el dulce fruto de la elección eterna de Dios».

Conclusión

            Calvino se esforzó por vivir él mismo la vida de pietas –teológica, eclesiástica y prácticamente–. Al final de la vida de Calvino, Teodoro de Beza escribió: «Habiendo sido espectador de su conducta durante dieciséis años […], puedo ahora declarar que en él todos los hombres pueden ver un muy bello ejemplo del carácter cristiano, un ejemplo que es tan fácil de calumniar como difícil de imitar.

            Calvino nos muestra la piedad de un ferviente teólogo reformado que habla desde el corazón. Habiendo gustado la bondad y gracia de Dios en Jesucristo, siguió la piedad buscando conocer y hacer la voluntad de Dios cada día. Tuvo comunión con Cristo, practicó el arrepentimiento, la abnegación y el llevar la cruz, y se involucró en importantes mejoras sociales. Su teología se concretó en la piedad sincera centrada en Cristo.

            Para Calvino y los reformadores de la Europa del siglo XVI, doctrina y oración, fe y adoración, están totalmente relacionados. Para Calvino, la Reforma incluye tanto la reforma de la teología como la reforma de la piedad o espiritualidad. La espiritualidad que había sido enclaustrada entre los muros de los monasterios durante siglos, había colapsado. La espiritualidad medieval quedó reducida a una devoción célibe, ascética y penitente en el convento o monasterio. Pero Calvino ayudó a los cristianos a entender la piedad en términos de vivir y actuar cada día conforme a la voluntad de Dios (cf. Ro. 12:1-2), en medio de la sociedad humana. Mediante la influencia de Calvino, la espiritualidad protestante se centró en cómo vivir la vida cristiana en la familia, el campo, la fábrica y el mercado. Calvino ayudó a los protestantes a cambiar por completo el centro de la vida cristiana.

            La enseñanza, predicación y catequismo de Calvino fomentaron el crecimiento de la relación entre los creyentes y Dios. La piedad significa experimentar la santificación como una obra divina de renovación expresada en arrepentimiento y justicia, que progresa mediante el conflicto y la adversidad, de manera similar al ejemplo de Cristo. En tal piedad, la oración y la adoración son centrales, tanto en privado como en la comunidad de los creyentes.

            La adoración de Dios siempre es principal, pues nuestra relación con Dios tiene preferencia sobre todo lo demás. Esta adoración, sin embargo, se expresa mediante el modo en que el creyente vive su vocación y trata a su prójimo, pues nuestra relación con Dios se ve más concretamente en la transformación de toda relación humana. La fe y la oración, puesto que transforman a cada creyente, no pueden ocultarse. En última instancia, por tanto, deben transformar a la Iglesia, la comunidad y el mundo.

Joel Beeke

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