Calvino sobre la piedad (III)

Continuamos con el capítulo que Joel Beeke dedica a la piedad en Calvino. En esta ocasión, el texto es más breve de lo habitual, pero creemos que puede ser de gran interés a nuestros lectores. El autor pasa ahora a tratar el canto de los Salmos en Calvino, quien les dedicó una enorme atención a lo largo de su vida, debido a la gran utilidad que en ellos percibió como medio de alabanza colectivo e instrumento para promover la piedad y la comunión con Dios.

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La piedad en el Salterio

         Calvino ve los Salmos como el manual canónico de la piedad. En el prefacio a su comentario de cinco volúmenes a los Salmos –su mayor exposición de un libro de la Biblia– escribe Calvino: «No hay otro libro en que se nos enseñe más perfectamente el modo adecuado de alabar a Dios, o en que se nos induzca más poderosamente a la realización de este ejercicio de la piedad». El interés de Calvino por el salterio estaba motivado por su creencia de que los Salmos enseñan e inspiran genuina piedad, de la siguiente manera:

  • Como revelación de Dios, los Salmos nos enseñan acerca de Dios. Puesto que son teológicos a la vez que doxológicos, son nuestro credo cantado.
  • Enseñan claramente nuestra necesidad de Dios. Nos dicen quiénes somos y por qué necesitamos la ayuda de Dios.
  • Ofrecen el remedio divino para nuestras necesidades. Presentan a Cristo en su persona, oficios, sufrimientos, muerte, resurrección y ascensión. Anuncian el camino de la salvación, proclamando la bendición de la justificación por la sola fe, y la necesidad de la santificación por el Espíritu con la Palabra.
  • Demuestran la asombrosa bondad de Dios y nos invitan a meditar en su gracia y misericordia. Nos llevan al arrepentimiento y al temor de Dios, a confiar en su Palabra y esperar en su misericordia.
  • Nos enseñan a acudir al Dios de la salvación mediante la oración, y nos muestran cómo llevar nuestras peticiones a Dios. Nos muestran cómo orar confiadamente en medio de la adversidad.
  • Nos muestran la profundidad de la comunión que podemos disfrutar con nuestro Dios, guardador del pacto. Nos muestran cómo la Iglesia viva es la esposa, hijos y grey de Dios.
  • Proporcionan un vehículo de adoración comunitaria. Muchos salmos usan pronombres en primera persona del plural («nosotros», «nuestro») para indicar este aspecto comunitario pero, aun los que usan pronombres en primera persona del singular, incluyen a todos los que aman al Señor y están comprometidos con Él. Nos mueven a confiar en Dios y alabarle, y a amar a nuestro prójimo. Fomentan confianza en las promesas de Dios, celo por Él y su casa, y compasión por los que sufren.
  • Abarcan toda la diversidad de experiencias espirituales, como la fe y la incredulidad, el gozo en Dios y el pesar por el pecado, la presencia y el desamparo divinos. Como dice Calvino, son «una anatomía de todas las partes del alma». Aún vemos nuestras afecciones y enfermedades espirituales en las palabras de los salmistas. Cuando leemos acerca de sus experiencias, somos conducidos al auto-examen y a la fe por la gracia del Espíritu. Los salmos de David, especialmente, son como un espejo en que somos llevados a alabar a Dios y hallar descanso en sus propósitos soberanos.

Calvino estuvo veinticinco años sumergido en los Salmos como comentarista, predicador, erudito bíblico y director de adoración. Pronto se puso a trabajar en la metrificación de los Salmos, para emplearlos en el culto público. El 16 de enero de 1537, poco después de su llegada a Ginebra, Calvino pidió a su consejo introducir el canto de los Salmos en el culto de la Iglesia. Aprovechó el talento de otros hombres, como Clement Marot, Louis Bourgeois y Teodoro Beza, para producir el salterio ginebrino. Esta obra tardaría veinticinco años en completarse. La primera colección (1539) contenía dieciocho salmos, seis de los cuales puso en verso Calvino. El resto fue hecho por el poeta francés Marot. Una versión extendida (1542) que contenía treinta y cinco salmos fue posterior, seguida por una de cuarenta y nueve salmos (1543). Calvino escribió el prefacio a ambas, recomendando la práctica del canto colectivo. Tras la muerte de Marot en 1544, Calvino alentó a Beza a poner en verso el resto de los salmos. En 1564, dos años antes de su muerte, Calvino se alegró de ver la primera edición completa del salterio ginebrino.

El salterio ginebrino está dotado de una excelente colección de 125 melodías, escritas particularmente para los Salmos por músicos destacados, de quienes Louis Bourgeois es el más conocido. Las composiciones son melódicas, distintivas y reverentes. Expresan claramente las convicciones de Calvino de que la piedad se promueve más cuando se da prioridad al texto por encima de la melodía, al tiempo que se reconoce que los salmos merecen su propia música. Puesto que la música debía ayudar a la recepción de la Palabra, Calvino dice que debía ser «de peso, dignificada, majestuosa y modesta» –adecuándose a las actitudes de una criatura pecaminosa en la presencia de Dios. Esto protege la soberanía de Dios en la adoración y permite una apropiada conformidad entre la disposición interna del creyente y su confesión externa.

El canto de los Salmos es uno de los cuatro actos principales de la adoración eclesial –creía Calvino–. Es una extensión de la oración. Es también la contribución vocal más significante del pueblo en el culto. Los Salmos se cantaban en los cultos de la mañana y de la tarde del domingo. Comenzando en 1546, una lista impresa indicaba qué salmos habían de ser cantados en cada ocasión. Los salterios eran asignados a cada culto conforme a los textos que se predicaban. En 1562, se cantaban tres salmos en cada culto.

Calvino creía que el canto colectivo subyugaba el corazón caído y reeducaba los afectos caprichosos en el camino de la piedad. Como la predicación y los sacramentos, el canto de los Salmos disciplina los afectos del corazón en la escuela de la fe y eleva al creyente a Dios. El canto de los Salmos amplifica el efecto de la Palabra en el corazón y multiplica la energía espiritual de la Iglesia. «Los Salmos pueden estimularnos a levantar nuestros corazones a Dios, y despertarnos un ardor por invocar y exaltar con alabanzas la gloria de su nombre» –escribe Calvino–. Con la dirección del Espíritu, el canto de los Salmos afina los corazones de los creyentes para la gloria.

El salterio ginebrino fue una parte integral de la adoración calvinista durante siglos. Estableció el modelo para posteriores libros de Salmos reformados franceses, así como en inglés, holandés, alemán y húngaro. Como libro devocional, enardeció los corazones de miles, pero la gente que cantaba con él entendía que su poder no estaba en el libro o en sus palabras, sino en el Espíritu que imprimía aquellas palabras en sus corazones.

El salterio ginebrino promovía la piedad estimulando una espiritualidad de la Palabra que era colectiva y litúrgica, y que deshacía la distinción entre liturgia y vida. Los calvinistas cantaban libremente los Salmos no solo en sus iglesias, sino también en los hogares y lugares de trabajo, en las calles y en el campo. El canto de los Salmos se convirtió en un «medio de auto-identificación hugonote». Este piadoso ejercicio se convirtió en un emblema cultural. En pocas palabras, como escribe T. Hartley Hall: «En versiones bíblicas o métricas, los Salmos, junto con las melodías majestuosas a las que pronto fueron unidos, son claramente el corazón y alma de la piedad reformada».

Joel Beeke

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