Calvino sobre la piedad (II)

Publicamos ahora la continuación del capítulo 1 del libro de Joel Beeke  (Espiritualidad puritana reformada), que ofrecíamos la semana pasada a nuestros lectores. En esta ocasión, el autor trata la visión calviniana de otros tres aspectos de la piedad: la Iglesia, la Palabra y los sacramentos. A nuestro juicio, las reflexiones que el autor comparte sobre el pensamiento de Calvino son, una vez más, de sumo interés. Confiamos en que nuestro buen Dios las use para la edificación en la fe o conversión de nuestros lectores.

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Dimensiones eclesiológicas

La piedad a través de la Iglesia

            La piedad de Calvino no es independiente de la Escritura ni de la Iglesia. Antes bien, está arraigada en la Palabra y se nutre en la Iglesia. Si bien rompe con el clericalismo y absolutismo de Roma, Calvino tiene un alto concepto de la Iglesia. «Si no preferimos la Iglesia a cualquier otro objeto de nuestro interés, somos indignos de ser contados entre sus miembros» –escribe.

            Agustín dijo en una ocasión: «No puede tener a Dios por Padre quien se niega a tener a la Iglesia por madre»; a lo cual Calvino añade: «[…] ya que no hay otro camino para llegar a la vida que ser concebidos en el seno de esta madre, quien nos da a luz, nos alimenta con sus pechos, y nos ampara y defiende hasta que, despojados de esta carne mortal, seamos semejantes a los ángeles». Fuera de la Iglesia, hay poca esperanza para el perdón de pecados o la salvación –escribió Calvino–. Siempre es desastroso abandonar la Iglesia.

            Para Calvino, los creyentes son injertados en Cristo y su Iglesia porque el crecimiento espiritual ocurre dentro de la Iglesia. La Iglesia es madre, educadora y alimentadora de todo creyente, porque el Espíritu Santo actúa en ella. Los creyentes cultivan la piedad por el Espíritu, mediante el ministerio de enseñanza de la Iglesia, progresando desde la infancia espiritual a la adolescencia y, finalmente, la plena hombría en Cristo. No se gradúan en la Iglesia hasta que mueren. Esta educación vitalicia se ofrece en un ambiente de genuina piedad, en el que los creyentes se aman y cuidan unos a otros bajo el liderazgo de Cristo. Se fomenta el crecimiento de los dones y el amor mutuo, ya que son «constreñidos a tomar prestado de los demás».

            El crecimiento en la piedad es imposible fuera de la Iglesia, pues la piedad se fomenta mediante la comunión de los santos. Dentro de la Iglesia, «los creyentes se apoyan unos en otros a través de sus diversos dones». Cada miembro tiene su propio lugar y dones dentro del cuerpo. Idealmente, todo el cuerpo emplea estos dones en simetría y proporción, reformándose y avanzando permanentemente hacia la perfección.

La piedad de la Palabra

            La Palabra de Dios es central para el desarrollo de la piedad cristiana en el creyente. El modelo relacional de Calvino explica de qué manera.

            La verdadera religión es un diálogo entre Dios y el hombre. La parte del diálogo que Dios inicia es la revelación. En ella, Dios baja para encontrase con nosotros, y se nos da a conocer mediante la predicación de la Palabra. La otra parte del diálogo es la respuesta del hombre a la revelación de Dios. Esta respuesta, que incluye confianza, adoración y santo temor, es lo que Calvino llama pietas. La predicación de la Palabra nos salva y preserva, ya que el Espíritu nos capacita para apropiarnos de la sangre de Cristo y responderle con amor reverente. Mediante la predicación con poder del Espíritu, «la renovación de los santos es cumplida y el cuerpo de Cristo edificado» –dice Calvino.

            Calvino enseña que la predicación de la Palabra es nuestra comida espiritual y nuestra medicina para la salud espiritual. Con la bendición del Espíritu, los ministros son médicos espirituales que aplican la Palabra a nuestras almas, de la misma manera que aplican la medicina a nuestros cuerpos los médicos terrenales. Usando la Palabra, estos doctores espirituales diagnostican, prescriben y curan la enfermedad espiritual de quienes están contagiados del pecado y la muerte. La Palabra predicada se utiliza como instrumento para sanar, limpiar y hacer fructíferas nuestras almas, propensas a la enfermedad. El Espíritu, o «ministro interno», promueve la piedad usando al «ministro externo» para predicar la Palabra. Como dice Calvino, el ministro externo «proclama la Palabra vocal y la reciben los oídos», pero el ministro interno «comunica verdaderamente la cosa proclamada…, que es Cristo».

            Para promover la piedad, el Espíritu no solo usa el evangelio para obrar la fe en lo profundo de las almas de sus elegidos, como ya hemos visto, sino que también usa la ley. La ley promueve la piedad en tres sentidos:

  1. Reprime el pecado y promueve la justicia en la Iglesia y en la sociedad, impidiendo que caigan en el caos.
  2. Nos disciplina, educa y convence de pecado, haciéndonos salir de nosotros mismos para ir a Cristo, el cumplidor y fin de la ley. La ley no puede llevarnos a un conocimiento salvífico de Dios en Cristo; antes bien, el Espíritu Santo la usa como un espejo para mostrarnos nuestra culpabilidad, alejarnos de toda esperanza y traernos al arrepentimiento; nos conduce a la necesidad espiritual de la que nace la fe en Cristo. Este convincente uso de la ley es crucial para la piedad del creyente, pues le previene de la impía auto-justicia, que tiende a darse aun en los más piadosos de los santos.
  3. Se convierte en la regla de vida para el creyente. «¿Cuál es la regla de vida que [Dios] nos ha dado?» –pregunta Calvino en el Catecismo de Ginebra. La respuesta: «Su ley». Más tarde, Calvino dice que la ley «muestra el blanco hacia el que deberíamos apuntar, el objetivo tras el que deberíamos correr, para que cada uno de nosotros, según la medida de gracia que le es concedida, se esfuerce para estructurar su vida según la más elevada rectitud y, mediante el constante estudio, avance más y más».

Calvino escribe sobre el tercer uso de la ley en la primera edición de su Institución, declarando: «Los creyentes […] se benefician de la ley porque por ella aprenden más ampliamente cada día cuál sea la voluntad del Señor […]. Es como si un siervo, ya dispuesto con todo su corazón a encomendarse a su amo, hubiese de examinar y supervisar sus caminos para conformarse y acomodarse a ellos. Además, por mucho que se sientan estimulados por el Espíritu, y deseosos de obedecer a Dios, aún son débiles en la carne, y prefieren servir al pecado antes que a Dios. La ley es a la carne como el látigo a un asno perezoso y terco, aguijoneándolo, incentivándolo y despertándolo para el trabajo».

            En la última edición de la Institución (1559), Calvino es más enfático acerca de cómo se benefician de la ley los creyentes. En primer lugar, dice: «Es para ellos un excelente instrumento con el cual cada día pueden aprender a conocer mucho mejor cuál es la voluntad de Dios, que tanto anhelan conocer, y con el que poder ser confirmados en el conocimiento de la misma». Y, en segundo lugar, le aprovechará «en cuanto que por la frecuente meditación de la misma se sentirá movido a obedecer a Dios, y fortalecido así, se apartará del pecado». Los santos deben perseverar en esto –concluye Calvino–. «Porque, ¿qué habría menos amable que la ley, si solamente nos exigiera el cumplimiento del deber con amenazas, llenando nuestra almas de temor?».

            Ver la ley, principalmente, como un aliento para que el creyente se aferre a Dios y lo obedezca es otro asunto en que Calvino difiere de Lutero. Para Lutero, la ley es, principalmente, negativa. Está íntimamente ligada al pecado, la muerte y el diablo. El interés dominante de Lutero está en el segundo uso de la ley, aun cuando considera el papel de la ley en la santificación. En contraste, Calvino ve la ley, principalmente, como una expresión positiva de la voluntad de Dios. Como dice Hesselink: «El punto de vista de Calvino podría llamarse deuteronómico, pues para él la ley y el amor no son antitéticos, sino correlativos». El creyente sigue la ley de Dios no con obediencia obligada, sino con obediencia agradecida. Bajo el tutelaje del Espíritu, la ley promueve gratitud en el creyente, que lo lleva a una obediencia afectiva y a una aversión al pecado. En otras palabras, el propósito principal de la ley para Lutero es ayudar al creyente a reconocer y confrontar el pecado. Para Calvino, su propósito principal es conducir al creyente a servir a Dios por amor.

La piedad en los sacramentos

            Calvino define los sacramentos como testimonios «de la gracia divina para con nosotros, confirmada mediante un signo externo, con la correspondiente atestación de nuestra piedad para con él». Los sacramentos son «ejercicios de piedad». Promueven y fortalecen nuestra fe, y nos ayudan a ofrecernos como sacrificio vivo a Dios.

            Para Calvino, como para Agustín, los sacramentos son la Palabra visible. La Palabra predicada llega a través de nuestros oídos; la Palabra visible, a través de nuestros ojos. Los sacramentos presentan al mismo Cristo que la Palabra predicada, pero lo comunican de un modo diferente.

            En los sacramentos, Dios se acomoda a nuestra debilidad –dice Calvino–. Cuando oímos la Palabra proclamada de manera indiscriminada, podemos preguntarnos: «¿Verdaderamente es para mí? ¿Realmente me alcanza?». Sin embargo, en los sacramentos Dios extiende la mano y nos toca individualmente, y dice: «Sí, es para ti. La promesa te incluye a ti». Los sacramentos, así pues, ministran a la debilidad humana, personalizando las promesas a quienes confían en Cristo para salvación.

            Dios viene a su pueblo en los sacramentos, los alienta, los capacita para conocer a Cristo mejor, los edifica y los nutre en Él. El bautismo promueve la piedad como símbolo del modo en que los creyentes son injertados en Cristo, renovados por el Espíritu y adoptados en la familia del Padre celestial. De igual manera, la Cena del Señor muestra el modo en que estos hijos adoptivos son alimentados por su Padre amoroso. A Calvino le encanta referirse a la Cena como «nutrición del alma». «Los signos son el pan y el vino, que nos representan la comida invisible que recibimos de la carne y sangre de Cristo –escribe–. Cristo es la única comida de nuestra alma y, por tanto, nuestro Padre celestial nos invita a Cristo para que, refrescados al participar de Él, reiteradamente reunamos fuerzas hasta que alcancemos la inmortalidad celestial».

            Como creyentes, necesitamos constante nutrición. Nunca alcanzamos un punto en que no necesitemos oír más la Palabra, orar o ser nutridos por los sacramentos. Debemos crecer y desarrollarnos constantemente. Puesto que continuamos pecando a causa de nuestra vieja naturaleza, estamos en constante necesidad de perdón y gracia. Así que la Cena, junto con la predicación de la Palabra, reiteradamente nos recuerda que necesitamos a Cristo, y ser renovados y edificados en Él. Los sacramentos prometen que Cristo está presente para recibirnos, bendecirnos y renovarnos.

            Para Calvino, la palabra «conversión» no significa, simplemente, el acto inicial de venir a la fe. También significa diaria renovación y crecimiento para seguir a Cristo. Los sacramentos conducen a esta conversión diaria –dice Calvino–. Nos comunican que necesitamos la gracia de Dios cada día. Debemos sacar fuerzas de Cristo, particularmente mediante el cuerpo que sacrificó por nosotros en la cruz.

            Como escribe Calvino: «Pues, de la misma manera que la eterna Palabra de Dios es la fuente de la vida, su carne es el canal para mandarnos la vida que reside intrínsecamente en su divinidad. Pues en su carne fue cumplida la redención del hombre, en ella se ofreció un sacrificio para expiar el pecado, y se rindió obediencia a Dios para reconciliarnos con Él. Además, fue llena de la santificación del Espíritu Santo. Finalmente, habiendo vencido a la muerte, fue recibido en la gloria celestial». En otras palabras, el Espíritu santificó el cuerpo de Cristo, que Cristo ofreció en la cruz para expiar el pecado. Este cuerpo fue resucitado de los muertos y recibido en el cielo. A cada paso de nuestra redención, el cuerpo de Cristo es la senda a Dios. En la Cena, entonces, Cristo viene a nosotros y dice: «Mi cuerpo os es dado aún. Por la fe, podéis tener comunión conmigo y mi cuerpo y todos sus beneficios salvíficos».

            Calvino enseña que Cristo se dio a sí mismo por nosotros en la Cena, y no solo sus beneficios, del mismo modo en que se dio a sí mismo y sus beneficios por nosotros en la predicación de la Palabra. Cristo también nos hace parte de su cuerpo cuando se da a sí mismo por nosotros. Calvino no puede explicar con precisión cómo ocurre esto en la Cena, pues se experimenta mejor que se explica. Sin embargo, sí dice que Cristo no abandona el cielo para entrar en el pan. Antes bien, en la Santa Cena, somos llamados a elevar nuestros corazones al cielo, donde está Cristo, y no aferrarnos al pan y al vino externos.

            Somos elevados mediante la obra del Espíritu Santo en nuestros corazones. Como escribe Calvino: «Cristo, entonces, está ausente de nosotros respecto a su cuerpo, pero, habitando en nosotros por su Espíritu, nos eleva al cielo hasta sí mismo, infundiéndonos el vivificante vigor de su carne, al igual que los rayos del sol nos vigorizan con su calor vital». Participar de la carne de Cristo es un acto espiritual, antes que un acto carnal que implique una «transfusión de sustancia».

            Los sacramentos pueden verse como escaleras por las que trepamos al cielo. «Puesto que somos incapaces de volar hasta Dios, nos ha ordenado sacramentos, cual escaleras –dice Calvino–. Si un hombre desea saltar alto, se romperá el cuello en el intento pero, si tiene peldaños, podrá proceder con confianza. De la misma manera, si queremos alcanzar a nuestro Dios, debemos usar los medios que Él ha instituido, ya que sabe lo que nos conviene».

            Jamás debemos adorar el pan, porque Cristo no está en el pan, pero encontramos a Cristo a través del pan –dice Calvino–. Al igual que nuestras bocas reciben pan para nutrir nuestros cuerpos físicos, nuestras almas reciben por la fe el cuerpo y la sangre de Cristo para nutrir nuestras vidas espirituales.

            Cuando encontramos a Cristo en los sacramentos, crecemos en gracia. Por eso son llamados medios de gracia. Los sacramentos nos alientan en nuestro progreso hacia el cielo. Promueven la confianza en las promesas de Dios mediante la «señalada y sellada» muerte redentora de Cristo. Puesto que son pactos, contienen promesas por las cuales «las conciencias pueden alcanzar seguridad de salvación» –dice Calvino–. Los sacramentos ofrecen «paz de conciencia» y «una seguridad especial» cuando el Espíritu capacita al creyente a «ver» la Palabra grabada en los sacramentos.

            Finalmente, los sacramentos promueven la piedad instándonos a agradecer y alabar a Dios por su abundante gracia. Requieren que «atestigüemos nuestra piedad hacia Él». Como dice Calvino: «El Señor trae a nuestra memoria la inmensidad de su bondad y nos mueve a reconocerla. Y, al mismo tiempo, nos amonesta a que no seamos ingratos por esta generosa liberalidad sino que, antes bien, la proclamemos con apropiadas alabanzas y celebremos [la Cena del Señor] dando gracias».

            Dos cosas ocurren en la Cena: la recepción de Cristo y la entrega del creyente. La Cena del Señor no es eucarística desde la perspectiva de Dios –dice Calvino–, pues Cristo no es ofrecido de nuevo. Tampoco es eucarística en términos de méritos de hombre, pues no podemos ofrecer nada a Dios por la vía del sacrificio. Pero es eucarística en términos de nuestra acción de gracias. Ese sacrificio es una parte indispensable de la Cena del Señor, que –dice Calvino– incluye «todos los deberes del amor». La Eucaristía es un ágape en el que los comulgantes se aman unos a otros y testifican del vínculo que disfrutan entre sí en la unidad del cuerpo de Cristo.

            Ofrecemos este sacrificio de gratitud en respuesta al sacrificio de Cristo por nosotros. Entregamos nuestras vidas en respuesta al banquete celestial que Dios nos adereza en la Cena. Por la gracia del Espíritu, la Cena nos capacita, como real sacerdocio, a ofrecernos como sacrificio vivo de alabanza y acción de gracias a Dios.

            La Cena del Señor, así pues, promueve tanto una piedad de gracia como una piedad de gratitud, como ha mostrado Brian Gerrish. La liberalidad del Padre y la respuesta agradecida de sus hijos son un tema recurrente en la teología de Calvino. «Debiéramos reverenciar a un Padre como este de tal manera –nos amonesta Calvino– que, con piedad agradecida y ardiente amor, nos entreguemos enteramente a su obediencia y lo honremos en todo». La Cena es la promulgación litúrgica de los temas de gracia y gratitud de Calvino, que se encuentran en el corazón de su piedad.

            En la Cena del Señor, los elementos humano y divino de la piedad de Calvino se sostienen en tensión dinámica. En ese intercambio dinámico, Dios se mueve hacia el creyente cuando su Espíritu consuma la unión basada en la Palabra. Al mismo tiempo, el creyente se mueve hacia Dios contemplando al Salvador, que lo refresca y fortalece. Así, Dios es glorificado y el creyente edificado.

Joel Beeke

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