Calvino sobre la piedad

Una semana más, publicamos un nuevo artículo que nos parece de gran interés. En realidad, se trata de un nuevo extracto del libro de Joel Beeke Espiritualidad Reformada Puritana, concretamente la primera parte del capítulo primero, en el cual el autor trata el concepto de “piedad” como es entendido por Calvino. Puesto que, a nuestro juicio, el tema puede ser de mucha edificación a nuestros lectores, es nuestro propósito continuar publicando el resto del capítulo en sucesivas entradas.

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La Institución de Juan Calvino le ha hecho ganar el título de «sistemático principal de la Reforma protestante». Pero su reputación de intelectual a menudo se ha visto al margen del contexto espiritual y pastoral en que escribió su teología; cuando, en realidad, para Calvino, comprensión teológica y piedad práctica, verdad y utilidad, son inseparables. La teología, en primer lugar, trata del conocimiento –conocimiento de Dios y de nosotros mismos–, pero no hay verdadero conocimiento donde no hay verdadera piedad.

            El concepto de «piedad» en Calvino está arraigado en el conocimiento de Dios, e incluye actitudes y acciones dirigidas a la adoración y servicio de Dios. Además, incluye una multitud de temas relacionados, como la piedad filial en las relaciones humanas y el respeto y amor por la imagen de Dios en los seres humanos. La piedad de Calvino es evidente en las personas que reconocen, mediante la fe, que han sido aceptadas en Cristo e injertadas en su cuerpo por la gracia de Dios. En esta «unión mística», el Señor los reclama como suyos en la vida y en la muerte. Se convierten en pueblo de Dios y miembros de Cristo por el poder del Espíritu Santo. Esta relación restaura su alegría en la comunión con Dios. Recrea sus vidas.

            El propósito de este capítulo es mostrar que la piedad de Calvino es fundamentalmente bíblica, con un énfasis en el corazón más que en la mente. La cabeza y el corazón deben trabajar juntos, pero el corazón es más importante. Tras una mirada introductoria a la definición y fin de la piedad en el pensamiento de Calvino, mostraré cómo su pietas afecta a las dimensiones teológica, eclesiológica y práctica de su pensamiento.

Definición e importancia de la piedad

            La pietas es uno de los temas mayores de la teología de Calvino. Su teología es, como dice John T. McNeill, «su piedad descrita en detalle». Está decidido a confinar la teología dentro de los límites de la piedad. En su prefacio dirigido al rey Francisco I, Calvino dice que el propósito de escribir la Institución era «solamente enseñar algunos principios, con los cuales los que son tocados de algún celo de religión, fuesen instruidos en la verdadera piedad».

            Para Calvino, la pietas designa la actitud correcta del hombre para con Dios. Esta actitud comprende conocimiento verdadero, adoración sincera, fe salvífica, temor filial, sumisión devota y amor reverente. Conocer quién y qué es Dios (teología) implica actitudes correctas para con Él y actuar como Él quiere (piedad). En su primer catecismo, Calvino escribe: «La verdadera piedad consiste en un sentimiento sincero de amor a Dios como Padre, no menos que de temor y reverencia como Señor, que abraza su justicia y tiene más temor de ofenderlo que de la muerte». En la Institución, Calvino es más sucinto: «Llamo piedad a una reverencia unida al amor de Dios, que el conocimiento de Dios produce». Este amor y reverencia hacia Dios acompaña a cualquier conocimiento suyo, y comprende toda la vida. Como dice Calvino: «La vida entera de los cristianos debería ser la práctica de la santidad». O, como el subtítulo de la primera edición de la Institución declara: «Que comprende casi la suma total de la piedad y todo lo que se necesita saber de la doctrina de la salvación: una obra muy digna de ser leída por todas las personas celosas de piedad».

            Los comentarios de Calvino también reflejan la importancia de la pietas. Por ejemplo, escribe sobre 1ª Timoteo 4:7-8: «Harás lo que es de la más elevada importancia si te dedicas, con todo tu celo y con toda tu capacidad, al ejercicio de la piedad únicamente». Comentando 2ª Pedro 1:3, dice: «Nada más hacer mención de la vida, inmediatamente añade la santidad [pietas], como si fuera el alma de la vida».

El fin supremo de la piedad: Soli Deo Gloria

            El fin de la piedad, al igual que el de toda la vida cristiana, es la gloria de Dios –gloria que brilla en los atributos de Dios, en la estructura del mundo y en la muerte y resurrección de Jesucristo–. Glorificar a Dios se antepone a la salvación personal para toda persona piadosa. Calvino escribe así al Cardenal Sadoleto: «Sin embargo, no creo que sea propio de un auténtico teólogo procurar que el hombre se quede en sí mismo, en vez de mostrarle y enseñarle que el comienzo de la buena reforma de su vida consiste en desear fomentar y dar realce a la gloria del Señor… Por lo cual, no habrá ninguna persona bien instruida y experimentada en la verdadera religión cristiana que no juzgue esta tan larga y curiosa exhortación al estudio de la vida celestial (la cual detiene al hombre en esto solo, sin elevarlo con una sola palabra a la santificación del Nombre de Dios) como cosa de mal gusto y sin sabor».

            Que Dios sea glorificado en nosotros, el fin de la piedad, es el propósito de nuestra creación. Así pues, vivir el propósito de su creación original es el anhelo de los regenerados. El hombre piadoso, según Calvino, confiesa: «Somos de Dios: vivamos, por tanto, para Él y muramos para Él. Somos de Dios: esfuércense, en consecuencia, todas las partes de nuestra vida por alcanzarlo como nuestro único fin legítimo».

            Dios redime, adopta y santifica a su pueblo para que su gloria brille en ellos y los libere del impío egoísmo. La preocupación más profunda del hombre piadoso es, por tanto, Dios mismo y las cosas de Dios: la Palabra de Dios, la autoridad de Dios, el evangelio de Dios y la verdad de Dios. Anhela conocer más de Dios y tener más comunión con Él.

            Pero, ¿cómo glorificamos a Dios? Como escribe Calvino: «Dios nos ha prescrito un camino para glorificarlo, a saber, la piedad, que consiste en la obediencia a su Palabra. El que traspasa estos límites no se ocupa de la honra a Dios sino, antes bien, de su deshonra». La obediencia a la Palabra de Dios significa refugiarse en Cristo para el perdón de nuestros pecados, conocerlo a través de su Palabra, servirle con un corazón de amor, hacer buenas obras en gratitud por su bondad y ejercitar la abnegación hasta el punto de amar a nuestros enemigos. Esta respuesta implica rendición total a Dios mismo, a su Palabra y a su voluntad.

            Calvino dice: «Te ofrezco mi corazón, Señor, inmediata y sinceramente». Este es el deseo de todos los que son verdaderamente piadosos. Sin embargo, este deseo solo puede realizarse mediante la comunión con Cristo y la participación de Él, pues, fuera de Cristo, aun la persona más religiosa vive para sí. Solo en Cristo pueden vivir los piadosos como siervos dispuestos para su Señor, soldados fieles a su Comandante e hijos obedientes a su Padre.

Dimensiones teológicas

La profunda raíz de la piedad: la unión mística

«La doctrina calviniana de la unión con Cristo es uno de los rasgos más influyentes de su teología y ética, si no la enseñanza más importante que mueve todo su pensamiento y vida personal» –escribe David Willis-Watkins.

Calvino no pretendía presentar la teología desde el punto de vista de una única doctrina. No obstante, sus sermones, comentarios y obras teológicas están tan impregnados de la doctrina de la unión con Cristo, que se convierte en el centro de atención para la fe y práctica cristianas. Calvino dice otro tanto cuando escribe: «Doy la primacía a la unión que tenemos con nuestra Cabeza, a la habitación de Cristo en nuestros corazones, y a la unión mística mediante la cual gozamos de Él, de modo que, al hacerse nuestro, nos hace partícipes de los bienes que posee».

            Para Calvino, la piedad está arraigada en la unión mística del creyente con Cristo. Así pues, esta unión debe ser nuestro punto de partida. Tal unión es posible porque Cristo tomó nuestra naturaleza humana, llenándola de su virtud. La unión con Cristo en su humanidad es histórica, ética y personal, pero no esencial. No hay una crasa mezcla de substancias humanas entre Cristo y nosotros. No obstante, Calvino declara: «Y no solamente está unido a nosotros por un lazo indisoluble, sino que, merced a una unión admirable que supera nuestro entendimiento, cada día se hace más un cuerpo con nosotros, hasta que esté completamente unido a nosotros». Esta unión es uno de los mayores misterios del evangelio. De la fuente de la perfección de Cristo en nuestra naturaleza, los piadosos pueden, por la fe, sacar lo que necesiten para su santificación. La carne de Cristo es el manantial del cual su pueblo deriva vida y poder.

            Si Cristo hubiese muerto y resucitado pero no estuviese aplicando su salvación a los creyentes para su regeneración y santificación, su obra habría sido ineficaz. Nuestra piedad muestra que el Espíritu de Cristo está operando en nosotros lo que ya ha sido cumplido en Cristo. Cristo administra su santificación a la Iglesia mediante su real sacerdocio para que la Iglesia viva piadosamente para Él.

El tema principal de la piedad: la comunión y la participación

           El corazón de la teología práctica y la piedad de Calvino es la comunión con Cristo. Esto implica participación de sus beneficios, que son inseparables de la unión con Cristo. La Confessio Fidei de Eucaristía (1537), firmada por Calvino, Martín Bucero y Wolfgang Capito, apoyó este énfasis. Sin embargo, la idea de la comunión con Cristo en Calvino no se formó por su doctrina de la Cena del Señor. Antes bien, su énfasis en la comunión espiritual con Cristo ayudó a formar su concepto del sacramento.

            De manera similar, los conceptos de «comunión» y «participación» ayudaron a Calvino a comprender la regeneración, la fe, la justificación, la santificación, la seguridad, la elección y la Iglesia. No podía hablar de ninguna doctrina al margen de la comunión con Cristo. Este es el corazón del sistema de teología calviniano.

El doble vínculo de la piedad: el Espíritu y la fe

            La comunión con Cristo solamente se da mediante la fe que produce el Espíritu –enseña Calvino. Es una comunión real no porque los creyentes participen de la esencia de la naturaleza de Cristo, sino porque el Espíritu de Cristo une a los creyentes tan íntimamente con Cristo que se convierten en carne de su carne y huesos de sus huesos. Desde la perspectiva de Dios, el Espíritu es el vínculo entre Cristo y los creyentes, mientras que, desde nuestra perspectiva, la fe es el vínculo. Estas perspectivas no se oponen, ya que una de las principales funciones del Espíritu es obrar fe en el pecador.

            Solo el Espíritu puede unir a Cristo en el cielo con el creyente en la tierra. Al igual que el Espíritu unió cielo y tierra en la encarnación, en la regeneración el Espíritu resucita de la tierra a los elegidos para tener comunión con Cristo en el cielo, y trae a Cristo a los corazones y vidas de los elegidos sobre la tierra. La comunión con Cristo siempre es el resultado de la obra del Espíritu –obra que es asombrosa y experimental, antes que comprensible–. Así pues, el Espíritu Santo es el vínculo que une al creyente con Cristo y el canal por el que Cristo es comunicado al creyente. Como Calvino escribe a Pedro Mártir: «Crecemos juntamente con Cristo en un cuerpo, y Él comparte su Espíritu con nosotros, por medio de cuya operación oculta se ha hecho nuestro. Los creyentes reciben esta comunión con Cristo al mismo tiempo que su llamamiento. Pero crecen cada día más en esta comunión, en proporción a la vida de Cristo que crece en ellos».

            Calvino va más allá que Lutero en este énfasis de la comunión con Cristo. Calvino acentúa que, por su Espíritu, Cristo capacita a quienes están unidos a Él por la fe. Siendo «injertados en la muerte de Cristo, derivamos de ella una energía secreta, como la rama de la raíz» –escribe–. El creyente es movido por el poder secreto de Cristo, de modo que puede decirse que Cristo vive y crece en él.; pues, al igual que el alma da vida al cuerpo, Cristo imparte vida a sus miembros».

            Como Lutero, Calvino cree que el conocimiento es fundamental para la fe. Tal conocimiento incluye la Palabra de Dios, así como la proclamación del evangelio. Puesto que la Palabra escrita es ejemplificada en la Palabra viva, Jesucristo, la fe no puede separarse de Cristo, en quien todas las promesas de Dios son cumplidas. La obra del Espíritu no complementa ni suplanta la revelación de la Escritura, sino que la autentifica –enseña Calvino–. «Quitad la Palabra, y no quedará fe alguna» –dice Calvino.

            La fe une al creyente con Cristo por medio de la Palabra, capacitando al creyente para recibir a Cristo como se presenta en el evangelio y es ofrecido por la gracia del Padre. Por la fe, Dios también mora en el creyente. En consecuencia –dice Calvino– «no deberíamos separar a Cristo de nosotros ni a nosotros de Él», sino participar de Cristo por la fe, pues esto «nos vivifica de la muerte para hacernos una nueva criatura».

            Por la fe, el creyente posee a Cristo y crece en Él. Más aún, su grado de fe ejercitada por la Palabra determina su grado de comunión con Cristo. «Todo lo que la fe debería contemplar nos es manifestado en Cristo» –escribe Calvino–. Aunque Cristo permanece en el cielo, el creyente que destaca en piedad aprende a asirse de Cristo tan firmemente, mediante la fe, que Cristo mora en su corazón. Por la fe, los piadosos viven por lo que encuentran en Cristo, antes que por lo que encuentran en sí mismos.

            Mirar a Cristo para la seguridad, por tanto, significa mirarnos a nosotros mismos en Cristo. Como escribe David Willis-Watkins: «La seguridad de salvación es un auto-conocimiento derivado, cuyo centro de atención permanece en Cristo unido a su cuerpo, la Iglesia, de la cual somos miembros».

El doble lavamiento de la piedad: la justificación y la santificación

Según Calvino, los creyentes reciben de Cristo por la fe la «doble gracia» de la justificación y la santificación, que, juntas, proporcionan un doble lavamiento. La justificación ofrece pureza imputada, y la santificación pureza real.

Calvino define la justificación como «la aceptación con que Dios nos recibe en su favor como hombres justos». Continúa diciendo que, «puesto que Dios nos justifica por la intercesión de Cristo, no nos absuelve por la confirmación de nuestra propia inocencia, sino por la imputación de la justicia, para que nosotros, que no somos justos en nosotros mismos, seamos considerados como tales en Cristo». La justificación incluye la remisión de los pecados y el derecho a la vida eterna.

Calvino considera la justificación una doctrina central de la fe cristiana. La llama «la bisagra principal sobre la que se apoya la religión», el suelo desde el cual se desarrolla la vida cristiana, y la sustancia de la piedad. La justificación no solo sirve al honor de Dios, satisfaciendo las condiciones para la salvación: también ofrece a la conciencia del creyente «pacífico reposo y serena tranquilidad». Como dice Romanos 5:1: «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo». Este es el corazón y alma de la piedad. Los creyentes no tienen que preocuparse de su estatus para con Dios, porque son justificados por la fe. Saben renunciar voluntariamente a la gloria personal y recibir su vida cada día de la mano de su Creador y Redentor. Se pueden perder batallas diarias ante el enemigo, pero Jesucristo ha ganado la guerra por ellos.

La santificación se refiere al proceso por el cual el creyente es más y más conformado a Cristo en corazón, conducta y devoción a Dios. Es la continua reforma del creyente por el Espíritu Santo, la creciente consagración de cuerpo y alma a Dios. En la santificación, el creyente se ofrece a sí mismo a Dios en sacrificio. Esto no viene sin gran lucha y lento progreso. Requiere limpiarse de la contaminación de la carne y renunciar al mundo. Requiere arrepentimiento, mortificación y conversión diaria.

La justificación y la santificación son inseparables –dice Calvino–. Separar la una de la otra es romper a Cristo en pedazos, o como intentar separar la luz del sol del calor que la luz genera. Los creyentes son justificados con el propósito de adorar a Cristo en santidad de vida.

Joel Beeke

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2 comentarios en “Calvino sobre la piedad”

    1. Muchas gracias, Adrián, por tu comentario. Es un verdadero gozo comprobar que nuestra página resulta de edificación a lectores de diversos lugares del mundo. Que nuestro buen Dios siga usando a su Iglesia para dar testimonio de la verdad, y así añada cada día a la misma a los que han de ser salvos.

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