Algunas observaciones sobre la inspiración de la Biblia

Ofrecemos, en esta ocasión, un breve artículo del famoso teólogo calvinista norteamericano Louis Berkof, de nuevo acerca de la inspiración de la Escritura, la cual, bien entendida, no niega el factor humano en su composición; antes bien, este explica que unos escritos bíblicos se diferencien de otros en cuanto a estilo, sin negar por ello la presencia del Espíritu Santo guiando a los autores en la transmisión infalible del mensaje.

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1. Naturaleza de la inspiración. La teoría de la inspiración en los círculos ortodoxos del cristianismo la que se conoce con el nombre de «inspiración orgánica de la Biblia». Aquí el término «orgánico» indica que Dios no se sirvió de los escritores de la Biblia de manera mecánica, como a veces se supone, sino que se sirvió de ellos de manera orgánica, es decir, en armonía con las leyes de la naturaleza propia de los mismos. Se sirvió de ellos según su carácter y temperamento; según su cultura y educación; y también según el estilo, dicción y vocabulario característicos de los mismos. El Espíritu Santo iluminó sus mentes, los impulsó a escribir y, reprimiendo la influencia del pecado en su producción literaria, los guió en la expresión de sus pensamientos y en la elección de las palabras. Esta teoría de la inspiración es la que más se ajusta al sentir de la Escritura. Los escritores de la Biblia no se nos presentan en la misma como simples amanuenses, sino como verdaderos autores. Y, de esta manera, puede entenderse la individualidad peculiar de los distintos libros de la Biblia, pues cada autor tenía su propio estilo, imprimiendo en su producción literaria el sello personal propio y el sello de la época en que vivieron.

2. Alcance de la inspiración. En conformidad con la enseñanza de la Escritura, la inspiración alcanza a todas las partes de la Biblia. Tanto Jesús como los apóstoles se refirieron al Antiguo Testamento con los términos de «Escritura» o «las Escrituras», y con frecuencia apelaron a las mismas para justificar sus enseñanzas. Para ellos, apelar a la Escritura era lo mismo que apelar a Dios, y significaba, por consiguiente, el fin de toda controversia. Varios de los autores del Nuevo Testamento, particularmente en la epístola a los Hebreos, nos citan pasajes del Antiguo Testamento como siendo, en realidad, palabras de Dios o del Espíritu Santo. Además, el apóstol Pedro coloca a las epístolas de san Pablo al mismo nivel que los escritos del Antiguo Testamento. El Nuevo Testamento contiene citas de veinticinco libros del Antiguo Testamento, a los que se les denomina con el término de «Escritura», aunque algunas de estas citas estén tomadas de los libros históricos. No podemos dividir la Escritura en una parte humana y otra divina. Resulta tan imposible decir dónde termina lo humano y empieza lo divino en la Escritura, como tratar de saber dónde empieza el alma en el hombre y dónde termina el cuerpo. Los dos aspectos se compenetran y, como resultado de esta compenetración, la Biblia, en su totalidad, es una producción humana y, al mismo tiempo, una creación divina.

            Además, la inspiración se extiende a cada palabra de la Escritura. Esta doctrina de la inspiración verbal de la Biblia no quiere decir que Dios dictara las palabras de la Biblia, sino que, como ya hemos visto, el Espíritu Santo guió a los escritores de la Escritura en la elección de las palabras y expresiones, de modo que estos fueron preservados de todo error. Esta doctrina también se la conoce con el nombre de «inspiración plenaria de la Biblia», para evitar el peligro de identificarla con la teoría mecánica de la inspiración. La Escritura nos da muchos ejemplos que demuestran esta doctrina de la inspiración plenaria. En muchas ocasiones el Señor dijo exactamente a Moisés y a Josué lo que debían escribir (cf. Ex. 3:4; 6:2; 7:1; 12:1; Lv. 4:1; 6:1,24; 7:22,28; Jos. 1:1; 4:1; 6:2, etc.). Los profetas nos hablan de cómo Jehová puso las palabras en sus bocas (cf. Jer. 1:9; Ez. 3:4,10-11). Pablo nos habla de sus palabras como enseñadas por el Espíritu (cf. 1 Co. 2:13). En algunas ocasiones, tanto Jesús como Pablo basaron un argumento en una sola palabra (cf. Mt. 22:43-45; Jn. 10:35; Gál. 3:16).

Louis Berkhof

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