La autoridad de la Biblia

Tras las dos últimas publicaciones sobre la Cena del Señor, con las que hemos retomado nuestra actividad editorial (al margen de los sermones en audio y vídeo que continuamos colgando semanalmente), proponemos ahora la lectura de un interesante artículo de David Estrada, aparecido hace varias décadas en la revista “El estandarte de la verdad”. En el mismo, el autor trata el importante tema de la autoridad e infalibilidad de la Escritura, ya muy amenazadas por aquel entonces. En la medida de lo posible, seguiremos publicando nuevo material literario que pueda resultar de edificación a nuestros lectores. Lamentablemente, la falta de tiempo nos impide una mayor continuidad es esta labor editorial. Sin embargo, aunque solo haya de ser esporádicamente, trataremos de mantener dicha actividad.

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El protestantismo atraviesa por unos momentos críticos y difíciles. Solo un pequeño sector del mismo –el llamado grupo fundamentalista—parece mantenerse dentro de la ortodoxia evangélica. La mayoría de las denominaciones protestantes ha tomado los nuevos senderos doctrinales marcados por la teología moderna. ¿Y con qué resultado? Con un resultado negativo en cuanto a ortodoxia doctrinal se refiere.

       En recientes encuestas tomadas en Estados Unidos entre pastores, profesores y estudiantes de seminario, se ha caído en la cuenta de que la mayoría de los mismos no acepta las doctrinas básicas de la fe cristiana. La doctrina de la inspiración verbal y plenaria de la Biblia se rechaza como anticuada e infantil; la doctrina del pecado pierde los caracteres bíblicos y se reduce a una mera limitación humana. Una idea superficial del pecado lleva también a una apreciación superficial de la vida y obra de Cristo: se niega el nacimiento virginal; la divinidad y existencia histórica de Jesús se pone en entredicho, y lo mismo sucede con su resurrección. Sobra decir que, para el protestante modernista, las doctrinas del infierno, juicio, condenación, resurrección de la carne, etc., constituyen una aberración.

          ¿A qué se debe este estado de descomposición espiritual dentro del protestantismo? Se origina y tiene su causa en la nueva posición doctrinal que el protestantismo moderno ha tomado ante la Biblia. Al revés de lo que sucedía en tiempos de la Reforma, la Biblia del protestantismo moderno es una Biblia sin autoridad. Aquí está la raíz de todos los males que afectan al protestantismo moderno. Aquí se encuentra la causa de su modernismo y la fuente de sus enseñanzas heréticas. El protestantismo moderno ha desechado la autoridad de la Biblia, y la ha suplantado por la autoridad de la razón. Y precisamente por esto, el protestantismo moderno representa un alejamiento de la fe evangélica, y una ruptura radical con las grandes enseñanzas de los reformadores.

            Toda la polémica religiosa de los siglos XVI y XVII se centró y tuvo su origen en la doctrina clave de la autoridad de la Biblia. El retorno a la pureza del evangelio vino como resultado de la firme convicción, por parte de los reformadores, de que la Biblia, por haber sido dada por inspiración del Espíritu Santo, posee una autoridad divina superior a la de la Iglesia. En contra de Roma, que hacía derivar la autoridad de la Biblia de la autoridad de la Iglesia, los reformadores defendieron y reivindicaron la autoridad inherente de la Sagrada Escritura. Para ellos, la Biblia no solo contenía la palabra de Dios, o, como lo expresa la Confesión de Westminster: «La autoridad de la Sagrada Escritura, por la cual esta debe ser creída y obedecida, no depende del testimonio del hombre ni de iglesia alguna, sino que depende completamente de Dios –verdad en sí mismo, y de la cual es autor».

            La autoridad de la Biblia es consecuencia de la inspiración divina de la misma. Por tanto, no puede supeditarse a una autoridad eclesiástica –como aboga Roma–, ni puede interpretarse según los dictados de la razón humana –tal como defiende el protestantismo liberal–. Tanto la Iglesia como la razón humana, ensombrecida por el pecado, deben someterse a la autoridad suprema de la Palabra de Dios.

            Para muchos, la doctrina de la infalibilidad de la Biblia resulta insostenible a la luz de los estudios críticos e históricos de hoy en día. Y, en consecuencia, los teólogos y exégetas de nuestro tiempo se han lanzado a la tarea de «rescatar los valores religiosos de la Biblia del contexto mítico en que se encuentran». Y, así, según Bultman, los «mitos» de la encarnación, nacimiento virginal, resurrección, ascensión, segunda venida, etc., deben ser interpretados según las formas científicas del pensamiento moderno.

         Carlos Barth, el célebre teólogo suizo, acepta también los resultados de la alta crítica, y rechaza la doctrina de la infalibilidad de la Biblia. «Tal doctrina –nos dice Barth – hace de la Biblia un Papa de Papel». Para Barth, la Biblia no es más que un testimonio humano de la Revelación, y como tal es falible. Por tanto, la identificación que hace el protestantismo ortodoxo al decir que la Biblia es la revelación de Dios es, según Barth, inaceptable.

            En el protestantismo modernista, el principio de autoridad no hay que buscarlo en la Biblia, ni en una organización eclesiástica, sino en la razón y conciencia del individuo. El principio de autoridad es, pues, subjetivo. En el protestantismo ortodoxo, la razón se supedita a la autoridad de la Biblia, y a la luz de la misma interpreta la revelación y la creación en general. En el protestantismo modernista, sucede todo lo contrario: la razón humana, de acuerdo con la investigación exegética y científica, es la que juzga la Biblia y la que debe decidir lo que puede considerarse como inspirado, y lo que debe desecharse como producto meramente humano. La postura modernista revela la característica peculiar del pecado: el orgullo; el hombre se revela contra Dios y no quiere someterse a su revelación.

            El creyente evangélico sabe bien que, a través de una apologética racionalista, jamás podrá probar al incrédulo la autoridad de la Biblia. La creencia y sumisión a la misma es uno de los frutos de la obra del Espíritu Santo en el corazón del creyente. El Espíritu Santo, el Autor de la Biblia, es quien da testimonio en el corazón del creyente de la infalibilidad de la misma. En cierta ocasión, cuando el famoso teólogo y estadista holandés Abraham Kuyper fue atacado por su creencia en la autoridad de la Biblia, este dijo: «Ciertamente este es mi prejuicio, este es mi a priori; el Señor me lo ha dado». La cuestión de la autoridad de la Biblia, más que una cuestión apologética o exegética, es una cuestión profundamente espiritual. Para reconocer la autoridad de la Biblia, se requiere la «mente de Cristo», y la acción redargüidora del Espíritu Santo para acatarla. «Tal como sucede con el creyente sencillo –escribía Herman Bavinck—cuanto más vivo y más pienso, tanto más difícil me resulta escapar de la autoridad de la Biblia».

            En los diferentes artículos que aparecen en este número de «El estandarte de la verdad», no nos proponemos defender la autoridad de la Biblia de los ataques de los falsos profetas de nuestro tiempo. Y es que nos anima el mismo sentir de Spurgeon cuando escribía: «¿Defender la Biblia? ¡Antes defendería a un león!». La autoridad de la Biblia es la autoridad de Dios. Aunque el hombre natural se resista a acatarla, y con sus argumentos carnales la rechace, no por eso la autoridad de la Palabra Sagrada pierde su vigencia y sello soberano. No es defensa lo que requiere la autoridad de la Biblia, sino obediencia.

            El motivo que nos ha impulsado a publicar los artículos de este segundo número de nuestra revista es doble. Por un lado, nos anima el deseo de reafirmar al creyente en las verdades preciosas de la fe evangélica y, por el otro, creemos que ha llegado el momento de prevenir al creyente de las falsas doctrinas con las que Satanás trata de engañar, si es posible, a los escogidos. Con verdadera alarma nos damos cuenta de cómo las enseñanzas del modernismo se introducen en el protestantismo español, y debemos despertar al creyente antes de que sea demasiado tarde.

            Hablando del modernismo en las iglesias protestantes, un distinguido teólogo americano se expresaba en estos términos: «En algunos aspectos, la teología modernista constituye un peligro más grande que el ateísmo radical. Se presenta de una manera mucho más sutil. Retiene una apariencia de cristianismo, aunque en realidad nada tiene de cristiana. Se vale de muchas de las expresiones ortodoxas, pero las adultera con nuevas significaciones . . . Como resultado de este oscuro proceder, muchas almas sencillas han caído en sus redes . . . Los protagonistas de esta nueva religión solo pueden ser considerados como lobos rapaces vestidos de ovejas».

            En nuestro tiempo, y especialmente en el campo religioso, las afirmaciones dogmáticas tienen poca aceptación. Con respecto a las verdades reveladas, existe la tendencia a rehuir toda declaración rotunda y tajante. En el momento en que la gente oye a alguien afirmar con rotunda firmeza una verdad bíblica, en seguida le tildan de fanático y exaltado. Parece ser –y ¡cuán triste es confesarlo!—que muchos creyentes, en vez de buscar un fundamento sólido en la Palabra de Dios, procuran por todos los medios mantenerse en una posición intermedia entre el fundamentalismo y el modernismo. Condenan algunas de las conclusiones del modernismo protestante, pero también censuran el «fanatismo» de los fundamentalistas. ¡Posición difícil de mantener es esta! Y es que, con respecto a las doctrinas básicas de la Biblia, no cabe una postura intermedia y vacilante. El mensaje bíblico es tajante.

            Con referencia a la doctrina que nos ocupa en este número, no hay postura intermedia que valga: de no aceptarse la autoridad infalible de la Biblia, se acaba negando el fundamentalismo mismo sobre el que descansa la verdad evangélica.

            Al ver comprometida la pureza del evangelio, los apóstoles hicieron uso de un dogmatismo irrevocable. Cuando algunos de los creyentes de Galacia adulteraron el mensaje evangélico con las aportaciones de la mente carnal, el apóstol Pablo, lleno de santa indignación, se expresó en términos firmes y tajantes: «Hay algunos que os inquietan, y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas aun si nosotros o un ángel del cielo os anunciare otro evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora decimos otra vez: si alguno os anunciare otro evangelio del que habéis recibido, sea anatema» (Gá. 1:7-9). San Juan, el apóstol del amor, contra aquellos que negaban o dudaban la realidad de la encarnación, se pronuncia también de una manera dogmática: «Y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo es venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo» (1 Jn. 4:3).

           La confusión que impera en el protestantismo de nuestro tiempo, la incertidumbre de muchos corazones que profesan un cristianismo nominal, y el abandono de las preciosas doctrinas de la fe evangélica, es el resultado de haber rechazado la autoridad de la Biblia. «He aquí que aborrecieron la palabra de Dios, ¿y qué sabiduría tienen?» (Jer. 8:9). Como en el siglo XVI, la Iglesia cristiana necesita otra Reforma. La Iglesia cristiana necesita volver de nuevo a la autoridad infalible de la Palabra de Dios.

David Estrada

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Creado a partir de la obra en http://www.iprsevilla.com.

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