Sermón sobre Job: “Bienaventurado el hombre a quien Dios corrige” (II)

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Así que, finalmente, llegaremos a la conclusión de que es bienaventurado el hombre a quien Dios castiga, tanto más si añade la segunda gracia, esto es, si aplica sus varas y sus correcciones enviando al Espíritu Santo para obrar de tal modo en el corazón del hombre, que ya no se empecine en oponerse a Él, sino que pueda reflexionar sobre sus propios pecados, ser dócil, y humillarse verdaderamente. Vemos, de este modo, por qué el mayor beneficio que podemos recibir es ser corregidos por la mano de Dios, hasta el extremo de que la corrección que nos envía nos es más útil que el pan que comemos. Porque, si morimos de hambre, Dios habrá tenido piedad de nosotros sacándonos de este mundo. Pero, si seguimos viviendo aquí abajo sin dejar de provocar la ira de aquel que se nos manifiesta como un Padre tan bueno y liberal, ¿no sería acaso una ingratitud demasiado vergonzosa? Pregunto: ¿No habría sido mejor haber nacido muerto que prolongar así la vida para condenación? Pero, si Dios va delante nuestra, y emplea sus castigos como medicina preservadora, antes de que la enfermedad avance demasiado, ¿acaso no es un gran beneficio para nosotros, el cual deberíamos desear? Así que, todas las veces que nos corrija con dificultad y amargura, y nuestra carne nos incite a la impaciencia y desesperación, recordemos esta lección: que es bienaventurado el hombre a quien Dios castiga, aunque nuestra imaginación no lo admita, pues suponemos que, por el contrario, no hay nada mejor que ser eximidos y guardados. Pero sabemos que no, sin razón, el Espíritu Santo ha hecho tal afirmación.

Por otro lado, no negamos que las correcciones que debemos soportar sean amargas y dolorosas en sí mismas, conforme a lo dicho por el apóstol (He. 12:11). Y Dios también nos hará sentir las punzadas que nos causen dolor, pues si no sintiésemos dolor cuando Dios nos corrige, ¿dónde estaría nuestra obediencia? Además, ¿cómo aprenderíamos a disgustarnos con nosotros mismos por causa de nuestros pecados? ¿Y cómo habríamos de temer los juicios de Dios, a fin de ser enderezados? Así que nos corresponde estar atribulados por el mal que Dios nos envía. Y, aunque el mal finalmente es transformado en nuestro beneficio, demostrándonos Dios, de este modo, que nos ama, no obstante, es necesario que primero haya algunas punzadas y dolores, a fin de que percibamos la ira de Dios y nos disgustemos con nosotros mismos por nuestros pecados. Pero debemos escalar aún más alto y, cuando hayamos aprendido que nuestra naturaleza es inclinada a todo mal, habremos de reconocer la necesidad de que Dios emplee algún castigo severo para purgarnos del mismo, igual que vemos que los médicos a veces emplean algún veneno con sus remedios, siendo la enfermedad demasiado grave y arraigada. El médico ve perfectamente que el veneno debilita las venas y nervios de su paciente; o bien, que no hay otro remedio mejor que dejarlo sangrar, lo cual es como extraer la sustancia de la persona. Y, sin embargo, a veces le es necesario emplear métodos tan extremos para remediar una grave enfermedad.

Del mismo modo tiene que obrar Dios en nosotros. Y, cuando decimos que somos bienaventurados al ser castigados por su mano, ello debería llevarnos a la humildad, viendo que no puede procurar nuestra salvación sino revelándose contrario a nosotros. Por tanto, ¿no habremos de decir con justicia que en el hombre hay una corrupción extraña, no pudiendo Dios ser nuestro Salvador y Padre excepto tratándonos con tanta dureza? Porque su naturaleza es revelarse lleno de gracia y gentileza a sus criaturas, y Él seguiría este orden, derramando su bondad sobre nosotros de modo que fuésemos llenos de su gracia y completamente cautivados por ella. Pero sucede que, si nos tratara gentilmente, conforme a su propia naturaleza e inclinación, estaríamos perdidos. De modo que debe, por así decirlo, cambiar de parecer, es decir, mostrársenos distinto de lo que es. Y la causa es nuestra desesperante maldad. Así que tenemos buenos motivos para llenarnos de vergüenza, viendo que Él tiene que transformarse para que no perezcamos.

            Pero, puesto que no podemos hacer una buena aplicación de esta doctrina sin añadir lo siguiente, prosigamos: «Por tanto, no menosprecies la corrección del Todopoderoso, porque él es quien hace la llaga, y él la vendará»; Él hiere, y sus manos curan y ponen vendajes adecuados sobre la herida, y después de enviar la enfermedad, la sanará. Aquí se nos exhorta a no rehusar las correcciones de Dios, y las razones se exponen claramente, esto es: porque quiere hacer las cosas bien. En esto consiste la dicha mencionada por Elifaz.

Aprendamos aquí que, cuando Dios quiere exhortarnos a la paciencia, no se trata simplemente de que entendamos que no podemos evitar su mano, que perdemos el tiempo rebelándonos contra Él, que, aunque nos pese, tenemos que transitar ese camino, y que no podemos resistir su voluntad. Pues sería la paciencia de Lombardo, como la llaman, si crujiésemos los dientes y nos levantásemos contra Dios, no practicando la paciencia sino por la fuerza. Por eso, si queremos ser pacientes con respecto a Dios, tendremos que acercarnos a Él por otros medios. Al final, tendremos que ser consolados como dice san Pablo en Romanos 15:4, donde une, como inseparables, estas dos cosas, es decir: (1) a fin de que podamos tener paciencia en todas nuestras adversidades, es preciso que gustemos la bondad de Dios, recibiendo gozo por medio de su gracia; y (2) debemos convencernos de que las aflicciones provenientes de su mano son para nuestra salvación.

Y esto es lo que se nos muestra en este pasaje cuando dice: «No rehúses la corrección del Todopoderoso, porque Él es el médico para todas tus heridas; Él es quien te enviará sanidad para todas tus dolencias». Dios nos muestra aquí que su intención no es que los hombres le estén sujetos, diciendo: «Puesto que no nos queda otra alternativa, que Dios sea nuestro Maestro, no pudiendo escapar de su dominio». No se trata de acercarnos así a Él. El Señor dice, por el contrario: «No; sed pacientes; humillaos ante mí y recibid la advertencia que encierran mis juicios para que no murmuréis contra mí, ni me desafiéis. De otra manera, tendréis que ser aplastados por mi mano hasta ser desmenuzados. Pero si, con toda humildad, reconocéis vuestras faltas, y venís a mí, y pedís perdón por ellas, experimentaréis tal alivio de vuestros males que, en medio de las mayores aflicciones, tendréis ocasión de darme gracias». Esto es lo que debemos meditar para tener verdadera paciencia. Así que somos tan rebeldes contra Dios que, en cuanto nos toca con su meñique, nos ofendemos; y tenemos tanto orgullo que, ante el más mínimo castigo de Dios, creemos que nos está tratando mal. Pero, aunque nos resulte muy difícil purgarnos de estos dos grandes vicios, tanto más debemos meditar en la doctrina que se nos muestra aquí, es decir: que Dios, al afligirnos, quiere someternos a sí, para nuestro beneficio y salvación.

            Además, debemos notar claramente la promesa que aquí se expone, es decir: que Dios curará la herida que ha causado. Es cierto que esto no se aplica a todos, sino solo a quienes reciban pacíficamente las correcciones. Sin embargo, notemos que Dios quiere que todos sean amonestados a volverse a Él, viendo que les muestra semejante bondad. Pero, ¿qué es lo que vemos? Hay muchos que no experimentan lo que aquí se quiere decir, y por eso también vemos tanta impaciencia, tantas murmuraciones, tantas blasfemias contra Dios. Las correcciones están por todas partes, pero ¿dónde está el arrepentimiento? No lo hay. Por el contrario, vemos que los hombres resisten a Dios cuanto pueden. Porque hay muy pocos que entiendan esta doctrina, que reciban esta promesa, diciendo: «Señor, es asunto tuyo curar las heridas que hayas podido causar, y dar salud al enfermo». Así que, retengamos bien esta lección, viendo que se reitera tantas veces. Porque no solamente en este pasaje el Espíritu Santo habla así. Vemos, por el contrario, que se dice: «El Señor nos aflige, y al tercer día nos sana». De modo que, si nos ha aplicado un azote, no por eso hemos de pensar que no quiere ser propicio para con nosotros cuando nos acercamos a Él. Cuando, por medio de los profetas, se nos hace tal exhortación, es como si Dios dijera: «Es cierto que os he afligido durante algún tiempo, pero mi misericordia seguirá con vosotros; será perpetua. Que hayáis sentido alguna ira, algún signo de enojo, como el padre que se enfurece con su hijo, no es porque os odiara; sino que era preciso que pudierais experimentar el resultado de vuestros pecados y reconocer que yo los aborrezco. Pero, al final, veréis que solamente quiero curaros las heridas y sanaros de los males que os he enviado».

Es cierto que, a primera vista, no parece lógico que Dios se complazca en curar heridas después de haberlas causado. ¿Por qué no dejarnos en paz y prosperidad desde el principio? Pero ya os he mostrado que las llagas hechas por Dios son como otras tantas dosis de medicina. Así que aquí se nos muestra una doble gracia: (1) La primera se deduce de que, cuando Dios nos aflige, es porque procura nuestro beneficio: nos lleva al arrepentimiento y nos purga de nuestros pecados, aun de los que nos son ocultos. Porque Dios no se conforma con remediar meramente los males ya existentes, sino que considera que en nosotros se oculta mucha semilla mala. De modo que se anticipa a poner las cosas en orden. Es una bendición especial la que nos otorga cuando, aparentemente, se vuelve contra nosotros con la espada desenvainada, manifestándonos su enojo. Cada vez que lo hace, nos muestra que es nuestro médico. Esa es la primera gracia. (2) Luego, la segunda gracia, que también se nos muestra claramente, es que Dios sana la herida que nos ha causado. Es lo que ya hemos mencionado de san Pablo: que Él no nos deja ser tentados más de lo que podamos resistir, sino que hace una buena obra a partir de todas nuestras tribulaciones (cf. 1 Co. 10:13).

            Y, aunque las correcciones nos son útiles –incluso necesarias—y, aunque Dios tiene que invitarnos de diversas maneras a volvernos a Él, no solo tiene en cuenta lo que nuestros pecados requieren, sino lo que somos capaces de soportar. Y por eso dice que nos castiga con manos humanas, que su ira no es tan grande como su poder. Porque, ¿qué pasaría si Dios extendiese su mano contra nosotros? ¿Qué criatura podría subsistir delante de Él? Ciertamente, con solo mostrarnos el enojo de su rostro, todos pereceríamos; con solo quitarnos su Espíritu, todos sucumbiríamos, como dice el salmo 104:29. Sin embargo, nos trata amablemente y, además, retira su mano de sobre nosotros cuando nos ve demasiado apesadumbrados y abatidos por la carga. Él nos guarda, siempre y cuando seamos de espíritu humilde, teniendo la correcta disposición. Porque sabemos lo que declara en su Ley: que si venimos atacándole, Él vendrá de la misma manera contra nosotros, como también lo dice el salmo 18:27: «Humillarás los ojos altivos». Será duro cuando los hombres usen de obstinada malicia contra Él, y los tales serán totalmente deshechos. Pero, cuando tengamos buena disposición para sujetarnos a la fuerte mano de Dios, siempre hallaremos en Él lo que aquí se nos dice. Entendamos, pues, lo que nos declara el apóstol: «Humillaos [dice] bajo la poderosa mano de Dios» (1 Pe. 5:6). Porque todo aquel que humilla su cabeza, todo aquel que dobla sus rodillas ante Dios para honrarle, si cae, sentirá la mano de Dios levantándolo. Pero aquel que se opone a Dios, tiene que sentir su mano contra sí. ¿Queremos sentir la mano de Dios ayudándonos?: humillémonos. Pero todo aquel que se oponga, necesariamente se estrellará, y sentirá que un rayo lo arroja al abismo. Por tanto, recordemos bien la enseñanza que encierran estas palabras: «No menosprecies la corrección del Todopoderoso». Cuando hayamos comprendido el significado de la bondad de Dios, cuando hayamos conocido su amor paternal, se endulzarán las aflicciones, que de otra manera nos parecerán severas y amargas.

Y cada uno de nosotros tiene que aplicar esta enseñanza a su propio caso. Porque sería muy fácil decir: «Bendito sea Dios, que así castiga a los hombres»; pero, al ser castigados nosotros, no elevar alabanzas, sino más bien murmuraciones contra Él. Nunca debemos hacer semejante cosa. Por el contrario, cuando seamos afligidos personalmente, recibamos con paciencia la corrección, y apliquémonos a nosotros mismos las exhortaciones que sabemos dar tan bien a los demás.

Reconozcamos, entonces, que no hay nadie que no tenga muchos vicios, y que son males que Dios no puede remediar más que por medio de la aflicción que nos envía. Es cierto que, si Él quisiera emplear su poder absoluto, podría hacerlo de otra manera. Pero no estamos hablando del poder de Dios. Solamente estamos discutiendo los medios que emplea para con nosotros. Por tanto, puesto que Dios anhela remediar nuestros vicios afligiéndonos, cada cual debe estudiar esta lección por sí mismo, a fin de confesar con David: «Señor, me ha sido de provecho que me hayas humillado» (Sal. 119:67). David no está hablando de otros, como diciendo: «Señor, has hecho bien en castigar a los transgresores»; sino que comienza consigo mismo. Es así como debemos hacerlo. Y eso es lo que en otro pasaje nos muestra el Espíritu Santo: «He aquí bienaventurado el hombre a quien Dios castiga». Porque los humanos no pueden admitir ser gobernados por Dios; se resisten y siguen incorregibles. Por eso les es necesario y provechoso que Dios los castigue. Y, puesto que hoy vemos la mano de Dios levantada, tanto en general como en particular, más debería afectarnos esta enseñanza. Se ven cosas muy absurdas. Por tanto, ¿nos asombraremos si Dios manifiesta tanta severidad?

De todos modos, es cierto que aparentemente no castiga a los malvados como a nosotros, aunque sean extremadamente rebeldes y obstinados. Pero, por otra parte, no importa cuánto puedan ser amonestados, porque de ninguna manera estarán dispuestos a conformarse a Dios. Él les manda advertencias por medio de las aflicciones que pone ante sus ojos en otras personas, y ciertamente algunas veces se las hace sentir a ellos mismos. Y, así, tanto más condenará su insubordinación, cuanto más rebeldes y obstinados se muestren. Pero, por nuestra parte, roguemos a Dios que no nos permita endurecernos, sino que tan pronto nos dé muestras de su ira, el Espíritu Santo obre de tal modo en nosotros que atenúe la dureza de nuestro corazón, mostrándonos su gracia y recibiéndonos en su misericordia, de la cual tenemos tanta necesidad. Y, ahora, inclinémonos delante de nuestro Dios en humilde reverencia.

Juan Calvino

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