Salmo 9

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Observaciones doctrinales y prácticas

  1. ¡Qué gran maestra es la experiencia! ¡Cómo enriquece al alma con conocimiento y confianza! El cristiano adquiere su fuerza ejercitándose para la piedad. Prueba de esta verdad es todo el salmo.
  2. El primer gran elemento de la verdadera religión es la sinceridad piadosa. Cuando comenzamos a adorar y a cumplir otros deberes «con todo [nuestro] corazón», comenzamos a vivir (v. 1). Sin esto, todas nuestras acciones son «obras muertas», ofensivas a Dios.
  3. Hengstenberg: «Un espíritu de gratitud es una de las marcas por las que la familia de Dios se distingue del mundo. El que no puede dar gracias de corazón, rogará en vano. El receptor abrigará más fácilmente esperanzas de bondad futura si se retrotrae al recuerdo de antiguos beneficios del dador. El fundamento de la desesperación siempre es la ingratitud» (v. 1).
  4. No es menos un deber que un privilegio contar las maravillas de Dios (v. 1). ¡Qué gran ventaja, en este sentido, tienen los cristianos viejos, que han visto muchas muestras maravillosas del amor de Dios para con sus escogidos! A quien ha estado en las guerras, normalmente se le escucha con interés.
  5. Una buena obra o propósito lleva, naturalmente, a otra. Si el pueblo alaba a Dios con fervor, pronto tendrán algo que decir de sus maravillosas obras (v. 1).
  6. En la verdadera religión, no satisfará más que Dios mismo (v. 2). Dickson: «Ningún beneficio o don recibido de Dios, sino Dios mismo y su favor gratuito, es causa del gozo del creyente». Calvino señala que David quiere decir «que encuentra en Dios abundancia de gozo plena y rebosante, de manera que no tiene necesidad de buscar ni aun la gota más pequeña en ningún otro sitio».
  7. Deberíamos averiguar el modo más adecuado de dar a conocer las alabanzas de Dios (vv. 2, 11, 14), y no cansarnos de esta buena obra. Horne: «El que, con el espíritu y el entendimiento, al igual que con la voz, “[canta] alabanzas a tu nombre, oh Altísimo” (LBLA), tiene la misma ocupación que los ángeles, y experimenta un anticipo del placer que ellos sienten». Aprendamos a cantar con gracia en nuestros corazones, entonando para el Señor, alabándole por la existencia, por sus muchos dones temporales, y pasando a los temas más elevados de la redención y la gloria.
  8. Nunca hemos de temer que Dios sea destronado, superado o derrotado. Él es el Altísimo (v. 2). Sus perfecciones naturales, no menos que las morales, lo colocan fuera del alcance de toda malicia, terrenal o infernal.
  9. ¡Cuán fácilmente son turbados los malvados! Su huida es una derrota (v. 3). Su destrucción viene como hombre armado. Tanto los santos como los pecadores normalmente mueren de muerte natural, pero cualquier sabio prefiere morir mil veces la muerte del cristiano antes que la muerte del pecador una sola vez.
  10. La presencia de Dios confundirá a cualquier enemigo (v. 3). Y no deberíamos darle mayor importancia al medio, sino tan solo al Autor de nuestras liberaciones de los enemigos abatidos. Dickson: «La manera de dar a Dios la gloria de toda acción, y en especial de nuestras victorias sobre nuestros enemigos, es reconocerle como agente principal de ellas, y a las criaturas como meros instrumentos por los cuales hace volver atrás al enemigo».
  11. El lado del que Dios está, ha de vencer con toda seguridad (v. 4). No es necesario que se dé ninguna otra razón de victoria: esta lo llena todo.
  12. Las derrotas pasadas deberían advertir a los malvados de los tristes desastres e inevitable destrucción que pronto ha de sobrevenirles (v. 4). Desde el comienzo del mundo, jamás se han salido con la suya. Aun la muerte de Cristo resultó ser el golpe más terrible contra el imperio de las tinieblas. Y, antes de que traspasen los límites del tiempo, las grandes masas confesarán que el pecado es una mentira y el mundo un engaño. ¿Quién ha oído que «la gente del mundo hable bien de él al partir?».
  13. Ante los tribunales terrenales, una buena causa no es suficiente para asegurar el éxito, pero Dios siempre está con el derecho (v. 4); Él juzga con justo juicio. Tres cosas deberían hacer que nuestra confianza en Dios sea perfecta: «Dios siempre es el mismo y su trono permanece inconmovible; su administración de los asuntos del mundo es con estricta justicia; Él es aún el refugio de su pueblo y el oidor de la oración».
  14. Los hombres, las ciudades y las naciones que han perecido, bien podrían poner en alerta a todo hombre inclinado a rebelarse contra Dios (v. 5). La caída de todo rebelde es la advertencia divina de que nadie puede delinquir con impunidad. Los hombres o poderes perseguidores de la tierra, cuando son hallados inexcusables, siempre han sufrido una terrible derrota. Las naciones inflamadas por la ambición, ávidas de conquista y despreocupadas por el derecho, siempre se han encontrado, más tarde o más temprano, con un juicio terrible. Clarke avisa solemnemente a «todas las naciones de la tierra que –para agrandar su territorio, aumentar sus riquezas o extender su comercio– han hecho guerras destructivas. Por la sangre que han derramado tales naciones, será derramada la suya».
  15. El malvado y el justo se oponen en todos los sentidos (v. 6). Si uno está en lo cierto, el otro ha de estar equivocado; si uno agrada a Dios, el otro ha de estar continuamente provocando a la majestad celestial; si uno es salvo, el otro ha de ser condenado. Lo contrario también es verdad. Si uno está equivocado, el otro está en lo cierto; si uno ha de ser condenado, el otro ha de ser salvo. Dios no puede amar a los dos; ha de amar a aquel cuyo carácter moral es como el de su Creador.
  16. En medio de todas las escenas variables de la tierra y de los hombres, ¡cuán gloriosa es la verdad de que Dios permanece y reina para siempre (v. 7)! En los gobiernos humanos, uno muere y otro sucede. Pero el único que tiene inmortalidad, está en el trono del universo. Si, en la tierra, tenemos un alto magistrado bueno, no sabemos si ha de vivir un solo día más, ni tenemos la certeza de que su sucesor no sea un hombre necio o malo.
  17. Puesto que Dios no puede negarse a sí mismo, ha de presidir sobre todos los asuntos humanos. Para ausentarse del trono del juicio, tendría que dejar de existir. Dickson: «Los tribunales de justicia de los hombres no siempre están dispuestos a oír a los demandantes, pero el Señor ejerce de juez continuamente; no se retrasa en atender la queja de ningún hombre ni por una hora, aunque se presenten miles a la vez, y todos con diversas peticiones». Morison: «Es agradable sentir que el reino del mal no será eterno, que por mucho tiempo que se le permita existir, al final terminará; y no es menos vivificante saber que el reino de la paz, la verdad y la justicia, será eterno».
  18. El día del juicio final será muy revelador (v. 8). No puede ser de otra manera.
  19. ¡Cuán vana es una religión de formas! ¡Cuán vano es tratar de ocultarnos en ordenanzas y ceremonias, viendo que el mismo Jehová es el refugio de sus santos (v. 9)!
  20. Dios puede colocar fácilmente a su pueblo fuera del alcance de sus más poderosos enemigos. Él es su lugar alto (v. 9).
  21. El verdadero conocimiento de Dios promueve la quietud. Henry: «Cuanto mejor se conoce a Dios, más se confía en Él».
  22. ¡Qué eternas columnas de la verdad se levantan por todas las Escrituras para consuelo de los santos (v. 10; cf. He. 13:5)! Todas estas doctrinas y promesas son tan duraderas como el trono de Dios.
  23. El deber de publicar toda la verdad, que ha de honrar a Dios y promover su reino, no es ninguna novedad (v. 11). El Antiguo Testamento revela muchos de los principios sobre los que descansa la empresa misionera. Y, para esta obra, tenemos gran aliento, pues, como dice Dickson: «Las acciones del Señor a favor de su pueblo, de tal manera están impresas con el sello de la divinidad, que este pueblo puede adquirir gloria para Dios aun en medio de las naciones que están sin iglesia, y atraerlas a Él; y, por tato, no es una obra innecesaria, infructífera ni inútil «declarar sus obras en medio de las naciones».
  24. Cuídense los hombres de todo homicidio y malicia que conduce al homicidio (v. 12). Scott: «La sangre de muchos mártires se ha derramado, y sus perseguidores han supuesto que no se haría ninguna pesquisa sobre ello; pero, de vez en cuando, el Señor anticipa el día en que “la tierra descubrirá sus sangres, y no más encubrirá sus muertos” (Is. 26:21). Él siempre atiende al clamor de los humildes».
  25. No teman ser ignorados u olvidados por Dios quienes son perseguidos por causa de la justicia (v. 12).
  26. Una oración humilde y ferviente no se pierde jamás (v. 12). Crisóstomo: «La oración es un puerto para el náufrago, un ancla para quienes se hunden en medio de las olas, un cayado para los miembros que se tambalean, una mina de joyas para los pobres, un sanador de enfermedades y un guardián de la salud. La oración en seguida asegura la continuidad de nuestras bendiciones y disipa las nubes de nuestras calamidades. ¡Oh, bendita oración! Eres la incansable vencedora de las desgracias humanas, el firme fundamento de la felicidad humana, la fuente de gozo inagotable, la madre de la filosofía. El hombre que verdaderamente puede orar, aunque languidezca en medio de la más extrema indigencia, es más rico que todos los demás; mientras que el desgraciado que nunca ha doblado su rodilla, aunque se siente, orgulloso, en el trono, es el más miserable de todos los hombres». Jamás renuncies a la oración.
  27. ¡Cuán armonioso es el carácter de un hombre bueno! Se le llama «humilde» (v. 12) y, sin embargo, la misma palabra puede traducirse por otras palabras sin que se enseñe ningún error. Es manso, es afligido, es modesto. Una mala pasión puede expulsar a otra, de manera que ocupe plenamente su lugar, pero las gracias del cristiano habitan todas juntas en unidad.
  28. El viejo modo de acudir a Dios, despojado de una justicia propia, es el mejor y único modo. El hombre más santo que haya existido, ha tenido gran necesidad de implorar misericordia (v. 13).
  29. Deberíamos prestar gran atención a las maravillosas escapatorias de la muerte que experimentamos (v. 13). Dios nos levanta de las puertas de aquella oscura prisión. Conozco a un hombre que fue endeble toda su infancia, y en la juventud tuvo tan poca salud que, a menudo, se decía que pronto estaría en el sepulcro. Casi ininterrumpidamente, sufrió ataques de poderosas y malignas enfermedades hasta cumplir los treinta años. Una vez, en su temprana infancia, estuvo a unas yardas de un enorme oso hambriento. Poco después, cayó al suelo por el terrible golpe de un hacha que, inintencionadamente, le inflingieron en la cara. Otra vez, cayó de una gran altura, y apenas escapó de la muerte. Otra vez, casi se ahoga, al punto de tener que salvar su vida arrastrándose por el fondo de un río hasta la orilla. Otra vez, parecía imposible que no se despeñara por un precipicio, hacia el que le arrastraron, junto con su carro, unos poderosos caballos descontrolados. También estuvo en una tormenta en el mar, bajo el mando de un capitán ebrio, que poco después perdió su barco, con una suave brisa y a clara luz del día, en medio de los acantilados. Reiteradamente, ha sido amenazado con la violencia personal más feroz. A menudo, ha estado en poder de conductores ebrios sin cabeza para guiar aun los caballos más dóciles. Sin embargo, después de más de medio siglo de escapatorias tan ajustadas, aún vive para contar las misericordias de Dios. ¿No debería hacerlo con ardiente amor? Y, sin embargo, quizá la mitad de sus coetáneos podrían narrar cosas no menos extrañas.
  30. Hasta que Dios haga suya nuestra causa, hemos de desesperar. Pero, con su ayuda, podemos alzar la voz en el campo de batalla antes de que abran fuego las armas o las espadas se desenvainen (v. 14).
  31. Clarke: «No hay nada que haga un hombre malvado que no sea contra su propio interés. Se está haciendo daño continuamente, y se esfuerza más por destruir su alma que el hombre justo por salvar la suya para vida eterna» (vv. 15-16).
  32. ¡Cuán terrible debe de ser el destino de los malvados (v. 17)! Cualquiera que sea la regla del lenguaje con que interpretemos las palabras de la Escritura respecto a su destino, hemos de temblar cuando pensamos en el paso del tiempo a la eternidad. Morison dice que el versículo diecisiete de este salmo contiene, sin duda, «una amenaza de castigo en una condición de la existencia no vista, y adopta la posición de que una condición futura de premios y castigos no era desconocida a la antigua iglesia judía. Por muchas dificultades que puedan surgir acerca del significado crítico de la palabra «infierno», quizá se admitirán dos cosas: primero, que aquí se introduce como amenaza; y, segundo, que pretende describir un destino peculiar para los malvados. Si es una amenaza, no puede ser el reposo pacífico del sepulcro; y, si pretende representar la ignominia de los malvados, debe de implicar, por supuesto, existencia consciente. Y, si es así, el infierno del que se habla no puede ser, ni más ni menos, que la prisión de oscuridad en la que están reservados los espíritus de los que se pierden hasta el juicio del gran día».
  33. Sepa el pueblo afligido de Dios que el día de su liberación está a las puertas (v. 18). Su tiempo se acerca, y será un tiempo bendito (cf. Mal. 3:16-18).
  34. Por muy lejos que puedan ir los malvados, no establecerán nada. Dios aparecerá y sus planes se disiparán como la neblina de la mañana (v. 19).
  35. Cada decisión que Dios haya hecho o haya de hacer, ha sido y será contra los malvados (v. 19).
  36. ¡Qué bendición sería que los hombres se conocieran lo bastante para abatir su extravagante necedad y, más aún, para ganar un poco de auténtica modestia! Agustín dice que «toda la humildad del hombre consiste en un conocimiento de sí mismo». Pero, ¡ay!, «de tal manera asedia el pecado a las gentes ignorantes y desgraciadas, que olvidan que son mortales y que Dios es su juez».
  37. Todo este salmo muestra que no es probable que la iglesia sea llamada a soportar más de lo que ya ha conquistado.
  38. ¿No guardará cada lector en su corazón estas grandes y tremendas verdades? Ciertamente, todos nosotros tenemos interés en asegurar la salvación. Pero ¿cuándo será? Chalmers dice: «La fe es el punto de partida de la obediencia; pero lo que quiero es que empieces inmediatamente, que no esperes más luz para espiritualizar tu obediencia, sino que trabajes para obtener más luz, rindiendo obediencia en este momento conforme a la luz que profesas en este momento, que ejercites todo el don que ahora está en ti. Y esta es la manera de aumentar el don: que todo lo que tu mano encuentre en el camino del servicio a Dios, lo haga con todo su poder. Y el fruto de hacerlo a causa de su autoridad, será que finalmente lo harás a causa de tu propio gusto renovado. Conforme perseveres en las labores de su servicio, crecerás en semejanza a su carácter. Las gracias de la santidad brillarán y se multiplicarán sobre ti. Estos serán tus tesoros, y tesoros para el cielo también, cuyos deleites consisten principalmente en los afectos, sentimientos y ocupaciones agradables de la nueva criatura». Ciertamente, si a los hombres les queda alguna capacidad de raciocinio o juicio, la emplearán para emprender su huida de la ira venidera.

W. S. Plumer

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