Salmo 6

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Observaciones doctrinales y prácticas

  1. Con los creyentes, cuando las cosas empeoran al máximo, entonces empiezan a mejorar. Para ellos, las tinieblas son precursoras de la luz; el dolor, de la alegría; la humildad, de la exaltación; la muerte, de la vida. Todo el salmo así lo enseña.
  2. Cuídense los hombres de endurecerse en el pecado, alegando las caídas de David. Si se le parecen tan solo en el pecado, perecerán miserablemente. A menos que, como él, se arrepientan, serán destruidos para siempre. Y este arrepentimiento ha de ser rápido, pues, como dice Agustín: «Aunque tras esta vida, el arrepentimiento fuere perpetuo, será en vano».
  3. Es mejor llorar ahora que Dios oye, que en el más allá, cuando la misericordia desaparecerá para siempre. A nosotros los pecadores, ha de llegar la aflicción. Pero los sabios prefieren lamentar cuando al lamento por el pecado le siguen la paz y el gozo.
  4. Buena parte de la sabiduría espiritual consiste en saber cómo comportarse en medio de pruebas duras y complicadas. Algunos se desmoronan en medio de ellas y pierden todo el ánimo y el valor. Este es un extremo muy peligroso. Otros endurecen el corazón y actúan como si Dios no les estuviese castigando. Hengstenberg: «Esa supuesta grandeza de alma que considera el sufrimiento como un juego que debería afrontarse con hombría, no se encuentra en las páginas de la Escritura, sino que por todas partes aparecen corazones medrosos, débiles y apocados, que encuentran su fuerza y consuelo solo en Dios. Esta circunstancia procede de más de una causa. 1. El sufrimiento tiene un aspecto muy diferente para los miembros de la iglesia de Dios que para el mundo. Mientras que este lo considera tan solo como el efecto de un accidente, que se debería afrontar con hombría, el hombre piadoso reconoce en cada prueba la visitación de un Dios airado, el castigo de sus pecados. Este es para él el verdadero aguijón del sufrimiento, del que deriva su poder para penetrar la médula y el hueso. “Sentir el pecado correctamente –dice Lutero—es la tortura de todas las torturas” […]. Tomarse las tribulaciones a la ligera es lo mismo, a juicio de la Escritura, que tomarse a Dios a la ligera. 2. Cuanto más tierno sea el corazón, más profundo será el dolor. La piedad viva ablanda y enternece el corazón, refina todas sus sensibilidades y, en consecuencia, quita el poder de resistencia –que posee el mundo—de la dureza de su corazón. Muchas fuentes de dolor, que están cerradas en el impío, se abren en el cristiano. El odio hiere mucho más profundamente al amor que a sí mismo; la justicia ve la maldad con una luz muy diferente a la de la propia maldad; el corazón blando tiene bienes que perder, los cuales nunca poseyó el duro. 3. El hombre pío tiene un amigo en el cielo, y por ese motivo no hay razón para que sea violentamente vencido por su aflicción. Permite que las aguas de esta pasen tranquilamente sobre sí, deja que la naturaleza siga su curso libre y espontáneo, sabiendo bien que, junto al principio natural, hay otro que también existe en él, que siempre despliega más su energía cuanto más uso hace aquel de sus derechos; que, conforme a la profundidad del dolor, es la altura del gozo que se deriva de Dios; que cada cual es consolado según la medida del sufrimiento que ha soportado; que la comida no proviene sino del devorador, y la miel del terrible. Por el contrario, quien viva en el mundo sin Dios, percibe que para él todo está perdido cuando él mismo se pierda. Se ciñe, cruje los dientes ante el dolor, hace violencia a la naturaleza, procura de ese modo apartarse, y ganar de la naturaleza por un lado lo que esta le sustrae por el otro, y así logra obtener dominio de su dolor, en tanto que a Dios le plazca. 4. El hombre piadoso no tiene motivos para impedir que él mismo u otros miren en su corazón. Su fuerza está en Dios y, por tanto, puede poner al descubierto su debilidad. El impío, en cambio, considera una afrenta examinarse a sí mismo en su debilidad, y ser examinado por otros. Aun cuando se duele por dentro, finge estar libre de sufrimiento en la medida de lo posible».
  5. ¡Cuán diferente es todo esto de los miserables cambios a los que son conducidos los hombres impíos! En su culmen, su condición viene marcada por una terrible lobreguez y remordimiento, un alterno envalentonamiento y desvanecimiento, jactancia y cobardía. Poco antes de su muerte, Byron dijo: «¿Demandaré misericordia?». Deteniéndose durante un tiempo considerable, hizo esta desesperada respuesta a su propia pregunta: «Vamos, vamos, sin debilidad; seamos un hombre hasta el final». Aquel miserable alumno de Voltaire, el pedante rey Federico II de Prusia, vivía para satisfacer su ambición, y, tras lograr éxitos notables, se vio obligado a decir: «Es una pena que todos los que sufren hayan de contradecir claramente a Zenón, puesto que no hay nadie que no confiese que el dolor es un gran mal. Resulta noble sobreponerse a los desagradables accidentes a los que estamos expuestos, y un estoicismo moderado es el único medio de obtener consuelo para los desafortunados. Pero cuando la piedra, la gota o el toro de Falaris[1] aparecen en escena, los terribles alaridos que se escapan de los sufridores no dejan lugar a dudas de que el dolor es un mal real […]. Cuando nos oprime un infortunio que meramente afecta a nuestra persona, el amor propio recurre al honor para resistir vigorosamente este infortunio; pero en el momento en que sufrimos un daño que es por siempre irreparable, no nos queda nada en la caja de Pandora que pueda traernos consuelo, además de, quizá –en el caso de un hombre de mi avanzada edad–, la fuerte convicción de que pronto he de estar con quienes me han precedido (es decir, en la tierra de la nada). El corazón es consciente de una herida –confiesa abiertamente el estoico–. No debería sentir dolor, pero lo siento, contra mi voluntad; me consume, me lacera; un sentimiento interno vence mis fuerzas y me arranca quejas e inútiles gemidos».
  6. Este salmo nos muestra qué sufrimientos de conciencia tan extremos y terribles pueden sobrevenir a un hombre bueno tras apartarse, tristemente, de Dios. Algunos piensan que las convicciones y aflicciones de los verdaderos hijos de Dios, cuando son despertados a un sentido de su caída y culpa, por mucho sobrepasan la angustia de las mismas personas en el momento de su primera conversión. Sin duda, a menudo esto es así. Huya el pueblo de Dios del pecado como del infierno. Traerá los dolores del infierno a sus conciencias. La angustia y los conflictos espirituales son las peores pruebas de la tierra.
  7. Pero cualesquiera sean nuestras aflicciones, acudamos a Dios (v. 1). El hijo que se echa sobre el seno de la fidelidad paterna, reduce el golpe y quiebra la fuerza de la vara que se levanta para castigar. Morison: «Ya consideremos las enfermedades del alma o las del cuerpo, estamos igualmente obligados a volvernos a Jehová como el gran Médico». Cuanto antes aprendamos esta lección, mejor para nosotros. El mismo nombre «Jehová», bien entendido, debe alentar a todos a revelarle al oído su relato de dolor.
  8. En todas nuestras aflicciones, nuestro deber es preguntar con prontitud: «¿Por qué contiendes conmigo?». Y es siempre seguro dar por sentado que, en buena medida, la causa puede hallarse en nuestras corrupciones e iniquidades (v. 1). Calvino: «Se ejercitan muy inadecuadamente en sus aflicciones las personas que no se acercan, de inmediato, a considerar detenidamente sus pecados, de modo que se convenzan de que han merecido la ira de Dios. Y, sin embargo, vemos cuán irreflexivos e insensibles son casi todos los hombres sobre este tema; porque, aunque claman que se encuentran afligidos y miserables, apenas uno entre cien mira la mano que golpea. De dondequiera que provengan nuestras aflicciones, por tanto, aprendamos a volver nuestros pensamientos a Dios de inmediato, y a reconocerle como el Juez que nos convoca a su tribunal como culpables, puesto que nosotros, por iniciativa propia, no nos presentaremos ante Él para que nos juzgue».
  9. Resulta asombrosa la bondad de Dios al no castigar a su pueblo como merece (v. 1). Esta es su única esperanza; y es una esperanza suficiente. «Tú, siervo mío Jacob, no temas, dice Jehová, porque yo estoy contigo; porque destruiré a todas las naciones entre las cuales te he dispersado; pero a ti no te destruiré del todo, sino que te castigaré con justicia; de ninguna manera te dejaré sin castigo» (Jer. 46:28). Jehová discrimina entre santos y pecadores. No los castiga igual (cf. Gn. 18:25).
  10. Si las bendiciones se retardan, sigamos orando. Nunca es sabio ni seguro dejar de invocar a Dios, por muy triste que sea nuestra condición. Dickson: «La tardanza del consuelo, el sentido del pecado o el temor del absoluto desagrado de Dios, no pueden ser una razón para que el creyente deje de orar y buscar la gracia de Dios; pues el profeta está cansado, pero no se rinde».
  11. La oración y la alabanza deberían ir juntas (vv. 1-5). Las anotaciones de la Asamblea: «Habiendo revelado Dios que el servicio más aceptable que pueden ofrecerle los hombres es invocarle en la adversidad y, tras la liberación, glorificarle, aquellos santos varones de antaño, estando en peligro de muerte, no podían tener una consideración mejor que esta de la gloria de Dios, en base a la cual suplicar en sus oraciones vida y prosperidad». Los diez leprosos se alegraban de haber sido sanados, pero solo uno volvió para dar gloria a Dios. Muchos hombres oran para recuperarse de la enfermedad y, cuando esta llega, no dan las gracias.
  12. La única esperanza de los hombres pecadores de obtener cualquier cosa buena, se encuentra en la mera misericordia de Dios (vv. 2, 4). Moller: «Para los píos, la gracia de Dios es la única luz de vida. En cuanto Dios da alguna señal de su ira, no solo palidecen, sino que están prontos a sumirse en las tinieblas de la muerte; pero, en cuanto lo perciben reconciliado y propicio, es restaurada su vida». Calvino: «Los hombres jamás hallarán remedio para sus miserias hasta que, olvidando sus méritos, confiando en los cuales solo se engañan a sí mismos, hayan aprendido a encomendarse a la libre misericordia de Dios». Si los hombres siempre abandonaran su propia justicia y mirasen solo a Cristo, todo estaría a salvo. Los méritos humanos no pueden ayudar a nadie a entrar en el cielo. Y los deméritos humanos no pueden impedir el cielo a nadie que acuda a Cristo y lo tome como su justicia.
  13. ¡Cuán razonable es que oremos y trabajemos por esa alegría de corazón sin la cual la vida es una carga y la devoción una fuente de amargura! Calvino: «Tan solo la bondad de Dios, que experimentamos vivamente, abre nuestra boca para celebrar su alabanza; y, por tanto, cuando se quitan el gozo y la alegría, también han de cesar las alabanzas».
  14. El que nos conoce mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos, a menudo ve apropiado enviarnos un dolor corporal severo, para que nos acerquemos a Él (v. 2). Es un gran secreto saber estar enfermo y beneficiarse de la enfermedad. Dickson: «El SEÑOR puede hacer que las partes más fuertes e insensibles del cuerpo de un hombre sean sensibles a su ira, cuando le plazca tocarle; porque aquí los huesos de David se estremecen». Las almas de muchos hombres han sido salvas por la destrucción de sus cuerpos con enfermedades degenerativas. Muis: «Siempre que seamos visitados con enfermedad o algún otro sufrimiento, deberíamos, conforme al ejemplo de David, hacer memoria de nuestros pecados y acogernos a la compasión de Dios; no como los impíos, que derivan su mal, así como su bien, de todo menos de Dios y, por tanto, jamás son guiados o por el uno al arrepentimiento, o por el otro a la gratitud. La enfermedad o la calamidad no deben considerarse conforme a la mente de la carne, sino del Espíritu; y hemos de reflexionar que, si Dios nos aflige, nos trata como a hijos, para castigarnos y mejorarnos».
  15. En todas nuestras aflicciones, corporales y mentales, deberíamos evitar un espíritu de crispación e impaciencia. Es terrible que se nos permita culpar a Dios, acusarle neciamente. Esta conducta provoca al todopoderoso, endurece el corazón y, más tarde o más temprano, da gran poder a la conciencia para atormentarnos. Podemos clamar: «Jehová, ¿hasta cuándo?» (v. 3). Calvino: «Dios, en su compasión hacia nosotros, nos permite orar a Él para que nos socorra; pero, cuando nos hemos quejado libremente de su larga tardanza, para que nuestras oraciones o congoja, por esta razón, no se pasen de la raya, debemos encomendar nuestro caso enteramente a su voluntad, y no desear que se dé más prisa de lo que bien le parezca».
  16. ¡Qué motivos tan poderosos para la actividad y fidelidad en la obra de nuestro Maestro proporcionan la brevedad de nuestras vidas y el silencio de la tumba! (v. 5). Véase Eclesiastés 9:10 y Juan 9:4. Se dice que, cuando los hombres envejecen, se hacen codiciosos. Puede que sea así. Pero, si los hallásemos codiciosos del tiempo, en lugar del dinero, sería una prueba de avanzada sabiduría. Ni siquiera a Pablo, Whitefield, Brainerd o Nevins ya se les permite decir una sola palabra para Dios en este mundo. ¡Oh, vosotros los ministros, predicad! ¡Oh, vosotros los cristianos, continuad orando!
  17. El fin de la vida es glorificar a Dios (v. 5). Si fallamos en esto, fallamos en todo. Honrémosle con todas nuestras facultades de cuerpo y mente.
  18. Después de leer relatos de sufrimientos como los que se describen en este salmo, no deberíamos hacer mucho ruido por pequeñas aflicciones que puedan sobrevenirnos. Si hombres mejores sufrieron más que nosotros, y sin una sola murmuración, deberíamos cuidarnos de desagradar a Dios con nuestras quejas en medio de las pruebas. Había verdadera virtud en aquel dicho de la iglesia: «La ira de Jehová soportaré […]» (Miq. 7:9).
  19. Terrible debe de ser el pecado en su misma naturaleza cuando, aun en esta vida y en un hombre perdonado, produce los efectos que se describen en este salmo. Moller: «La aflicción procedente de un sentido de la ira divina supera a todas las demás».
  20. Aun a hombres buenos pueden sobrevenirles sufrimientos muy terribles por causa de pecados particulares. Así le ocurrió a David. Así le ocurrió a Jacob. Así les ocurrió a algunos de los primeros cristianos (cf. 1 Co. 11:30). Dios ama a su pueblo demasiado para dejar que vaguen en el pecado, y caigan en el infierno por falta de un poco de necesaria y sana severidad (cf. 1 Co. 11:32).
  21. Nada capacita a un hombre bueno para desafiar la malicia y poder de sus enemigos, como la seguridad de que sus oraciones son oídas y respondidas (v. 8). La gracia y el poder de Dios son infinitos. La fe en Él echa fuera toda tristeza. Dickson: «El Señor puede cambiar rápidamente el ánimo de un humilde suplicante, y transformar un alma que tiemble por temor a la ira, en otra que triunfe sobre toda suerte de adversarios y sobre toda tentación a pecar procedente de ellos». La presencia de la gracia divina echa fuera a todo enemigo, o les despoja de su temido poder. La Biblia Berleberg, sobre las palabras «apartaos de mí…», dice: «Apartaos de mí, vosotras falsas y atormentadoras acusaciones, vosotros ira y furor de espíritus y poderes amenazadores, que me aterráis de muerte, y habéis encerrado mi bienaventurada vida como en el abismo del infierno. Vosotros sois los verdaderos malhechores, a quienes mis enemigos meramente representan».
  22. Si Dios oye nuestras oraciones una vez, ello debería llevarnos a esperar que nos oirá de nuevo (v. 9).
  23. ¡Cuánto deberíamos apreciar el privilegio de la comunión con Dios! Es nuestra vida y nuestro gozo. Morison: «Quienes han conocido el disfrute inefable de la comunión con un Dios reconciliado, no pueden soportar por mucho tiempo la sensación de alejamiento de la misericordia divina. Han respirado un elemento fuera del cual no pueden existir por mucho tiempo; han estado con su Redentor en el monte de la transfiguración, y están preparados para exclamar: «Señor, bueno es […] que estemos aquí» (Mt. 17:4). No debe olvidarse que la vuelta divina a un alma caída es su verdadera liberación. Al igual que el sol naciente disipa las tinieblas de la noche, cuando Dios se vuelve a su pueblo con benigna misericordia, disipa los oscuros presagios de la incredulidad y libera sus almas de la servidumbre del pecado».
  24. Si el pecado tiene tanto poder para traer angustia en este mundo, ¿qué no hará en el otro, cuando sea consumado? (cf. Stg. 1:15; Lc. 23:31; Jer. 12:5).
  25. Es correcto y provechoso decir a menudo que nuestras liberaciones proceden de Dios y, nuestras oraciones cuando son respondidas, celebrar las misericordias de Dios. David dice dos o tres veces cómo le había oído Dios (vv. 8-9).
  26. ¿Hay algo que más falta haga en nuestros días que un ferviente espíritu de oración? Morison: «¿Dónde están aquellos poderosos corazones enfervorizados de los días de antaño, cuando nuestros antepasados fueron privados de libertad y buscaron refugio “por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra” (He. 11:38)? Puede decirse, realmente, que esta es la era de la acción; pero ¿cuán vana e inaceptable será la acción que no es promovida e inducida por el “espíritu de gracia y de oración” (Zac. 12:10)?».
  27. Al igual que lo que se promete a un creyente se promete también a todos, lo que se denuncia contra un enemigo de Dios, se denuncia asimismo contra todos los de condición semejante. El resultado del conflicto entre David y sus adversarios es una muestra de lo que acontecerá en todos los casos semejantes. Regocíjense los justos; tiemblen los pecadores.
  28. Nunca caigamos en el error de los malvados, que siempre se han deleitado en mofarse del pueblo sufriente de Dios, y especialmente en tener e poco su piadoso dolor por el pecado. Dickson: «El insulto que los enemigos vierten contra los piadosos cuando la mano del Señor se ha agravado sobre ellos, puesto que recae sobre la religión y sobre la gloria de Dios, es un ingrediente principal en la aflicción de los piadosos» (v. 7). Hay una gran diferencia entre «alentar el ejercicio de un arrepentimiento saludable», y provocar sentimientos de «extrema desesperación».
  29. ¡Cuán propenso es Dios a pagar con la misma moneda! Los enemigos de David le persiguieron hasta turbarlo. Al final, ellos mismos fueron turbados (cf. vv. 3, 10). Compárese con Jueces 1:5-8, 2 Samuel 22:27, Salmos 18:26, Salmos 109:17-18, Mateo 5:7 y Santiago 2:13.
  30. Bien está lo que bien acaba. Horne: «Muchos de los salmos de lamento acaban de este modo [triunfante] para instruir al creyente, que continuamente ha de esperar y consolarse con contemplar aquel día en que su guerra será consumada, en que el pecado y la aflicción no serán ya más, en que los enemigos de la justicia serán cubiertos con confusión repentina y eterna, en que el cilicio del penitente será cambiado por un manto de gloria, y cada lágrima se convertirá en una brillante gema de su corona, en que los suspiros y gemidos serán sucedidos por cánticos celestiales acompañados por arpas angélicas, y la fe derivará en la visión del todopoderoso».

W. S. Plumer

[1] N. del T.: Instrumento de tortura

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