Salmo 2

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Observaciones doctrinales y prácticas

  1. Este salmo nos muestra la naturaleza del pecado: es rebelión, la más perversa y atrevida, contrario a la única ley perfecta y al legislador del universo. Es ira y furor (vv. 1-3). Si al pecado se le dejase actuar, aniquilaría el gobierno de Dios; procura destronarle. Esto es verdad con todos los pecados; lo es en el caso de la incredulidad respecto a Cristo. Calvino: «Admítase como algo definitivo que todos los que no se someten a la autoridad de Cristo, le hacen la guerra a Dios. Puesto que a Él le parece bien gobernarnos por mano de su Hijo, quienes se niegan a obedecer a Cristo mismo, rechazan la autoridad de Dios, y es en vano que pretendan otra cosa […]. El Padre no quiere ser temido y adorado más que en la persona de su Hijo». Intentar algo en contra es atacar a la autoridad suprema del universo.
  2. Nadie puede expresar de manera adecuada la necedad del pecado (v. 1). Ciertamente, los pecadores «piensan cosas vanas». ¿Alguien ha visto u oído alguna vez a alguien en cuyo corazón el Espíritu de Dios derramase la luz de la verdad, y declarara después que su conducta pasada había sido irrazonable? ¿Algún pecador moribundo ha ensalzado alguna vez una vida perversa como muestra de sabiduría, o como el camino a la felicidad?
  3. No nos sorprendamos del desarrollo de la maldad (v. 2). Aunque parezca extraño, aun la oposición a Jehová y a su Cristo no es cosa nueva. Henry: «Cabría esperar que una bendición tan grande para este mundo como la santa religión de Cristo, habría sido universalmente recibida y abrazada, y que todo manojo se debería haber inclinado de inmediato al del Mesías, y todas las coronas y cetros de la tierra deberían haberse echado a sus pies; pero más bien ha ocurrido lo contrario».
  4. Las razones por las que los malvados se oponen a Dios y a Cristo son, en primer lugar, que por naturaleza tienen mentes carnales, que están en enemistad contra Dios (cf. Ro. 8:7). Los hombres por naturaleza aborrecen a Dios y a su Hijo. Siendo destituidos del amor a Él, y teniendo la mente una naturaleza activa, la enemistad es inevitable. Además, los hombres pronto descubren que las restricciones de la ley divina frustran sus planes egoístas y sus propósitos pecaminosos, así que se oponen a la Biblia, puesto que la Biblia se opone a ellos, y rechazan la autoridad de Dios, puesto que esta les es contraria (vv. 1-3). Dickson: «Aunque la ley y ordenanzas de Dios sean muy santas, muy equitativas, muy inocuas y, verdaderamente, muy provechosas, los malvados las consideran como las llaman aquí («ligaduras» y «cuerdas»), puesto que refrenan y contrarían su sabiduría carnal y vida licenciosa». Es imposible que hombres sin regeneración amen a Dios; están muertos en delitos y pecados.
  5. Es doloroso contemplar hasta qué punto los gobiernos del mundo son, hasta nuestros días, anticristianos. Y quienes los dirigen, a menudo están encantados de que sea así. Esto ha ocurrido desde antaño (v. 2). No hay gobierno terrenal que no tenga leyes, principios o usos en frontal oposición al cristianismo. Todos ellos, hasta cierto punto, aprueban la profanación del cuarto mandamiento. Siempre ha sido así. Resulta doloroso a la mente piadosa meditar en estos temas. Dickson: «Los principales instrumentos que Satanás levanta contra Cristo –para ser cabecillas y líderes de la gente pagana e impía que se opone y persigue al reino e iglesia de Cristo– son los magistrados, príncipes y hombres de estado, para maquillar su malicia con la sombra de la autoridad y de la ley». Esto es justo lo que se describe en este salmo. «Reyes» y «príncipes» se ponen en orden de batalla frente a la religión.
  6. No obstante, no se atemoricen los justos. Es fácil para Dios poner límites a sus enemigos de Él y de ellos (vv. 4-6). Su título apropiado es: «Rey de reyes y Señor de señores». Él hace lo que le place entre los ejércitos del cielo y los habitantes de la tierra. Mucho antes de su encarnación, Isaías vio su gloria y habló de Él. Newton: «Él es Señor sobre quienes le aborrecen. Los gobierna con vara de hierro y, así, convierte los designios de ellos (aunque en contra de sus voluntades) en los medios e instrumentos para promover sus propios propósitos y gloria. Ellos son sus siervos involuntarios, aun cuando se llenen de ira contra Él. Él tiene una brida en sus bocas para frenarlos y dirigirlos a placer. Puede y, a menudo, los controla cuando parecen más seguros de éxito, y siempre les pone límites, que no pueden traspasar». Todos sus enemigos serán puestos bajo Él. Ningún pie impío quedará sobre el cuello de los justos. Porque además:
  7. Es fácil para Dios destruir a sus enemigos (vv. 5, 9). Un leve golpe de su vara de hierro quebrará el vaso del alfarero. Ciertamente, los hombres no son, en su mejor situación terrenal, más que tiestos. Son débiles como el agua. El que escupe contra el viento, escupe a su propia cara. El que lucha con su Hacedor, certifica su propia destrucción. Dickson: «El Señor tiene su tiempo señalado, en que se levantará y turbará a los enemigos de su iglesia, en parte frustrando sus esperanzas, y en parte enviándoles graves plagas. «Luego […] los turbará con su ira». Así lo ha hecho siempre. Contémplese a Faraón, sus magos, sus ejércitos y sus caballos sumergiéndose, hundiéndose y descendiendo cual plomo en el mar Rojo. Ahí tenemos el fin de una de los mayores conspiraciones urdidas contra los escogidos de Dios. De treinta emperadores romanos, gobernadores de provincias y otros altos cargos, que se distinguieron por su celo y animadversión para perseguir a los primeros cristianos, uno enloqueció rápidamente tras ser tratado con brutal crueldad, otro fue muerto por su propio hijo, otro se quedó ciego, los ojos de otro se desencajaron de sus órbitas, otro fue ahogado, otro estrangulado, otro murió en miserable cautiverio, otro cayó muerto de manera demasiado horrible para relatar, otro murió de una enfermedad tan abominable que a algunos de sus médicos se les dio muerte por no poder soportar el hedor que invadía la habitación, dos cometieron suicidio, un tercero lo intentó pero tuvo que solicitar ayuda para terminar la obra, cinco fueron asesinados por su propio pueblo o siervos, otros cinco tuvieron las muertes más miserables y atroces, algunos de ellos sufrieron enfermedades nunca vistas, y ocho fueron muertos en batalla o tras ser capturados. Entre estos, estaba Julián el apóstata. En sus días de prosperidad, se dice que apuntó con su daga al cielo, desafiando al Hijo de Dios, a quien solía llamar «el galileo». Pero cuando fue herido en batalla, vio que todo había acabado para él, y sacó su sangre coagulada y la lanzó al aire, exclamando: «¡Tú has vencido, oh galileo!». Voltaire nos ha hablado de las agonías de Carlos IX de Francia, que hicieron salir la sangre de aquel miserable monarca por los poros de su piel, tras sus crueldades y traición a los hugonotes.
  8. La Escritura no puede ser quebrantada (vv. 6-8). El consejo de Dios ha de permanecer. Las promesas se confirman con juramento. Las amenazas se cumplen ante nuestros ojos cada día. Los preceptos son la verdad celestial y eterna. Las profecías no son más que los propósitos libres, soberanos, eternos e invariables, que se nos revelan. El cielo y la tierra pueden pasar, pero cada jota y tilde de la Escritura se cumplirá, del mismo modo en que este salmo segundo ha tenido y sigue teniendo su cumplimiento.
  9. El reino de Cristo ciertamente triunfará (v. 8). Nada puede impedir su progreso. Los acontecimientos aparentemente más adversos no han hecho más que acelerar su marcha hacia la perfecta victoria. La muerte del Salvador fue la señal de la caída del reino de Satanás. Las persecuciones en Jerusalén llenaron las naciones circundantes de nuevas y de heraldos de salvación. J. M. Mason: «El trono del Mesías no es una de esas telas ligeras que se fabrican por vanidad y que destruye el tiempo, sino que ha sido afirmado de antiguo, es estable y no puede ser conmovido, puesto que es el trono de Dios. El que se sienta en él es el Omnipotente. El ser universal está en su mano. La revolución, la fuerza y el temor, aplicados a su reino, son palabras sin significado. Álzate en rebelión si tienes valor. Asóciate con todo el poder infernal. Comienza por destruir todo lo que es justo y bueno en este pequeño globo. Continúa arrancando el sol de su lugar y asolando el mundo estelar. ¿Qué le has hecho a Él? No es más que la insignificante amenaza de un gusano a aquel cuyo enfado significa la perdición. «El que mora en los cielos se reirá». Una gota de su ira hace la vida intolerable. Una sonrisa de su rostro hace el cielo.
  10. La profecía, la historia, su falta de perfección, el ejemplo de Cristo y la enemistad de los malvados deberían llevar a los cristianos a esperar pruebas. ¿Por qué no habrían de hacerlo? Si no se les prueba de otro modo, cuando menos, la conducta de los malvados ha de llenarlos de pena. Ningún hombre bueno puede presenciar una conducta como la que se describe en los versículos 1-3, o unos juicios como los que se mencionan en los versículos 4, 5, 9, sin dolor. «Veía a los prevaricadores, y me disgustaba» (Sal. 119:158) es un capítulo de la historia de todos los que aman al Salvador. O, si por un tiempo, los enemigos de Dios parecen estar tranquilos, la corrupción interior afligirá a los piadosos. «Desde que el hombre fue echado del paraíso, ha intentado hallar o fabricar otro», pero nunca ha tenido éxito y nunca lo tendrá. Hay una necesidad en todo lo que acontece a los justos. «Dios en ningún momento niega algo a su pueblo por no tener la capacidad de dárselo, pero muchas veces le niega algo por no tener su pueblo la capacidad de recibir esa misericordia». Lutero: «Todos los que son cristianos sanos, especialmente si enseñan la palabra de Cristo, han de sufrir sus Herodes, sus Pilatos, sus judíos y sus paganos, que se aíran contra ellos, hablan muchas cosas vanas, se levantan y toman consejo contra ellos».
  11. Pero no se inquiete mucho el hijo de Dios por todas sus pruebas, por muy contrarias a la carne y sangre que resulten. Nunca pueden afectar a su relación con Dios. Él permanece fiel (vv. 6-7). Y nada puede perturbar su tranquilidad eterna. Lutero: «El que cuida de nosotros «mora en los cielos», habita muy seguro, libre de todo temor, y, si nos vemos envueltos en dificultades y conflictos, centra su atención en nosotros. Nosotros fluctuamos de un lugar a otro, pero Él permanece estable, y ordena las cosas de tal manera que los justos no seguirán siempre en dificultades (cf. Sal. 55:22). Pero todo esto ocurre tan en secreto que no puedes percibirlo bien, pues, para ello, tú mismo tendrías que estar en el cielo. Debes sufrir por tierra y mar, y entre todas las criaturas. Y no debes esperar consuelo en tus sufrimientos y dificultades hasta que te levantes, por la fe y esperanza, sobre todas las cosas, y anheles al que mora en los cielos, pues también tú moras en los cielos, pero solo en fe y esperanza».
  12. La humanidad del Mesías generalmente se sostiene y se cree. En otros tiempos, la negaban algunos. Si estuviese en peligro ahora, los piadosos se levantarían maravillosamente en su defensa. Y no deberían sorprenderse los herejes de que los ortodoxos muestren semejante celo al defender la doctrina de la verdadera y propia divinidad de Cristo. La Biblia está llena de ella (vv. 1-3, 6-7), expuesta por hombres inspirados. A un Dios-hombre Mediador encomendaron sus almas todos los regenerados en el día de su desposorio con Cristo. J. M. Mason: «La doctrina de la divinidad de nuestro Señor no es, como hecho, de más interés a nuestra fe que, como principio, esencial a nuestra esperanza. Si no fuese el Dios verdadero, no podría ser la vida eterna. Cuando agobiado por la culpa y anhelante de felicidad, busco al libertador que mi conciencia, mi corazón y la palabra de Dios me aseguran que necesito, ¡no te burles de mi agonía dirigiéndome a una criatura, a un hombre, a un mero hombre como yo! ¡Una criatura! ¡Un hombre! Mi Redentor posee mi persona. Mi espíritu inmortal es su propiedad. Cuando haya de morir, deberé ponerlo en sus manos. ¡Mi alma! ¡Mi alma infinitamente preciosa encomendada a un mero hombre! ¡Convertida en propiedad de un mero hombre! Yo no confiaría mi cuerpo al ángel más excelso que resplandece en el templo celestial. Solo el Padre de los espíritus puede tener la propiedad de los espíritus, y ser su refugio en la hora de transición del mundo presente al venidero». Si hay un título, atributo o grado de honor correspondientes al Padre y que demuestren su divinidad, que no correspondan también al Hijo, los enemigos de la divinidad esencial de Cristo no los han señalado. La vital utilidad de esta doctrina se enseña claramente en la Escritura. «¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» (1 J. 5:5).
  13. El obispo Beveridge tiene un sermón sobre Salmos 2:11, cuyo objeto es mostrar «la obligación de las autoridades de promover la religión». Él ha expuesto claramente su argumento, pero cuando tiene que señalar la manera en que ha de cumplirse el deber, presenta puntos de vista en conflicto con ideas albergadas por gente piadosa de nuestro país, y por la gran mayoría de disidentes en Inglaterra. Sin embargo, tiene razón al insistir –y nosotros hemos de insistir también—en que ningún hombre está exento de la obligación de dar a conocer la salvación del evangelio, y remover las piedras de tropiezo, y quitar los obstáculos para la extensión de la verdad. En este asunto, cada cual ha de emplear toda la influencia que Dios le ha confiado. Especialmente, está obligado a adornar la doctrina de Dios nuestro Salvador con un ejemplo piadoso.
  14. Es muy de lamentar que tantos, con autoridad o sin ella, no solo nieguen su ayuda para difundir el evangelio, sino que hagan mucho por obstaculizar esta buena obra. Nadie nos ha dicho qué ocupación hay más terrible que oponerse a la extensión del conocimiento de la salvación (vv. 9, 12). Pablo dice de ciertos judíos de su tiempo que «se oponen a todos los hombres,impidiéndonos hablar a los gentiles para que éstos se salven; así colman ellos siempre la medida de sus pecados, pues vino sobre ellos la ira hasta el extremo» (1 Ts. 2:15-16). Enemigos de la extensión del evangelio, las señales de la perdición están ahora sobre vosotros. Vuestros débiles esfuerzos por derribar la obra de Dios son impotentes. J. M. Mason: «La causa misionera ha de triunfar finalmente. Es la causa de Dios, y prevalecerá. Los días avanzan rápidamente, y el grito de las islas se unirá al trueno del continente; el Támesis y el Danubio, el Tíber y el Rin, invocarán al Éufrates, al Ganges y al Nilo; y al potente concierto se sumarán el Hudson, el Misisipi y el Amazonas, cantando con un solo corazón y a una sola voz: “¡Aleluya! ¡Salvación! ¡El Señor Dios Omnipotente reina!”».
  15. También está claro en este salmo que es apropiado dirigirse a los hombres de manera explícita y particular (v. 10). No es que los heraldos de la cruz, en asambleas heterogéneas, hayan de exhibir a personas particulares antes los asistentes. Pero la palabra de Dios debe predicarse de forma discriminada. Todo hombre debería tener su ración de comida a su debido tiempo. Magistrados, senadores, ricos y pobres, a todos deben los ministros tratar de manera adecuada. Los hombres no aprenden su deber o sus pecados simplemente con insinuaciones y alusiones, sino tan solo mediante una honesta declaración, un valiente y delicado anuncio de la verdad. Los siervos de Dios han de proclamar que «no es impropio de los mayores monarcas estar sujetos a Cristo Jesús, admirarlo, someterse a Él y procurar servirle según su poder; pues el mandato a todos, y a ellos en particular, es: “Servid a Jehová con temor”».
  16. Hay equilibrio en todas las gracias del cristiano (v. 11). Su fe concuerda con la humildad y, por tanto, no es presuntuosa. Su celo es bondadoso, gentil y benevolente; por tanto, no degenera en fanatismo e ira. Su penitencia contiene esperanza y, por tanto, no implica desesperación. Su temor contiene gozo y, por tanto, no conlleva angustia. Su gozo contiene temor y, por tanto, no se transforma en frivolidad. Bates: «Este temor de Dios califica nuestro gozo. Si sustraes el temor del gozo, el gozo se tornará ligero y lascivo; si sustraes el gozo del temor, el temor se tornará, entonces, servil». Hay simetría y armonía en el carácter cristiano. No es un batiburrillo, no es una contradicción, sino que es una unidad.
  17. Los hombres deben confiar además de obedecer, y obedecer además de confiar. La piedad sin confianza en Dios es imposible (v. 12).
  18. Si en la obra de la redención hay lugar para la intercesión de Cristo, aun después de su exaltación (v. 8), ciertamente no es cosa extraña que los cristianos, en esta vida de pruebas, encuentren necesario recurrir a la oración.
  19. Nadie que oiga el evangelio puede dar una razón sólida para perecer (v. 12). Existe una pregunta que los malvados no podrán responder jamás: «¿Por qué moriréis?». Su pecado consiste en que, «por [su] dureza y por [su] corazón no arrepentido, atesora[n] para [sí] mismo[s] ira para el día de la ira» (Ro. 2:5). Todo está contra ellos. ¡Oh, lector, sé sabio! ¡Vuélvete y vive! Newton: «Mi corazón te desea la posesión de los principios que pueden sostenerte en todos los cambios de la vida, y hacer cómoda tu almohada en la hora de la muerte. ¿No deseas ser feliz? O ¿puedes ser feliz demasiado pronto? Muchas personas te están mirando ahora, las cuales estuvieron una vez como tú estás ahora. Y no dudo de que están orando para que estés como están ellos ahora. Intenta orar por ti mismo. Nuestro Dios ciertamente está en medio nuestro. Su gracioso oído está atento a todo suplicante. Búscale entretanto que puede ser hallado. Jesús murió por los pecadores, y ha dicho: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Jn. 6:37). Él es, asimismo, el autor de la fe por la cual, únicamente, puedes acercarte a Él de manera adecuada. Si se la pides, te la dará; si la buscas, del modo que ha señalado, ciertamente la hallarás. Si rechazas esto, no quedan más sacrificios por el pecado. Si no eres salvo por la fe en su sangre, estás perdido para siempre. Oh, “besad al Hijo, porque no se enoje, y perezcáis en el camino, cuando se encendiere un poco su furor. Bienaventurados todos los que en él confían (RVA)”».
  20. «Indecible debe de ser la ira de Dios, cuando se encienda plenamente, puesto que la perdición puede llegar cuando se encienda solo un poco» (v. 12).
  21. «La remisión del pecado, la liberación de la ira, la comunión con Dios y la vida eterna son los frutos recibir a Cristo, hacer un pacto con Cristo y descansar en Cristo; pues «bienaventurados [son] todos los que en él confían» (v. 12).

W. S. Plumer

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