Salmo 1

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Observaciones doctrinales y prácticas

  1. Siempre ha sido y siempre será verdad que, si los hombres quieren ser salvos, deben abandonar la mala compañía (v. 1). El que va con la multitud a hacer el mal, irá con la multitud a sufrir el castigo. «La compañía de los necios será destruida». El que persistentemente anda, está y se sienta con los impíos, yacerá con ellos en desesperada aflicción. Bishop Hall: «A menudo me he preguntado cómo pueden retener los peces su sabor dulce, a pesar de vivir en aguas saladas, cuando todas las cosas participan de la naturaleza del lugar donde habitan y de lo que está a su alrededor. Así ocurre con la mala compañía, porque, además de manchar nuestra reputación y hacer que piensen mal de nosotros, aunque seamos buenos, también nos inclina, insensatamente, al mal, y fomenta en nosotros, si no aprobación, sí menor desagrado de los pecados a que nuestros ojos y oídos están continuamente habituados. Por esta razón, por la gracia de Dios, siempre la evitaré. Puedo tener mala compañía, pero jamás tendré un compañero malvado».
  2. Toda predicación y literatura que, sistemáticamente, no trace una marcada línea entre los amigos y los enemigos de Dios, no puede beneficiar mucho a las almas de los hombres. Entender las verdades de la palabra de Dios con sentido discriminatorio es sumamente bíblico. Eso aprendemos del salmo primero y de todos los escritores sagrados. Jamás se niegue ni se olvide la diferencia entre pecado y santidad, entre santos y pecadores. Solo la eternidad mostrará cuán grande es.
  3. Los malvados, naturalmente, van de mal en peor. Primero, andan en malas sendas; después, están en camino de pecadores; finalmente, se sientan en silla de escarnecedores. Ruffin: «Andar en el consejo de los impíos es aprobar sus malvadas maquinaciones. Estar en camino de pecadores es perseverar en malas obras. Sentarse en asiento de escarnecedores es enseñar a otros el mal que uno mismo practica». Nadie se hace muy vil de repente. Hay crisis en las vidas de los malvados, pero la aproximación a ellas es gradual. Los inconversos están muy ciegos. El escarnecedor piensa que es muy filosófico, y libre de caprichos y prejuicios; pero es víctima de sus pasiones, siervo del pecado y esclavo del diablo. ¿Quién ha visto alguna vez a un infiel sincero? El escarnio es un viejo artificio para acallar la conciencia. Hengstenberg: «La burla religiosa es tan antigua como la caída». Cuídate de ella y de todo lo que conduce a ella. Cuando el hombre comienza a descender, no puede decirse en qué momento se detendrá. La gracia puede arrestarlo en cualquier momento de esta vida. La muerte puede terminar de repente su carrera terrenal. Dejado a sí mismo, su perdición eterna es segura. Ni aun el escarnio le alarma, pues cuanto más lejos va, más ciego está. Todo pecado endurece el corazón, aturde la conciencia y apaga la luz de la verdad.
  4. Ningún hombre se piense a salvo porque otros que llevan una vida similar no se alarmen de su situación (v. 1). A menudo hay una tranquilidad particular justo antes del terremoto. Probablemente, el sol salió tan radiante la mañana de la destrucción de las ciudades de la llanura como siempre lo había hecho. Los impíos a nuestro alrededor pueden burlarse de los juicios amenazantes. Pero eso no les librará. Las mofas de los impíos manifiestan que la ira está a las puertas. «Ya de largo tiempo [su] condenación no se tarda, y su perdición no se duerme» (2 P. 2:3).
  5. Es una gran cosa tener afecto por la religión y la verdad espiritual (v. 2). Deleitarse en las cosas divinas es tan necesario como ver su importancia o creer su realidad. Debemos amar, además de conocer. Si tenemos discernimiento espiritual, nuestros afectos serán conmovidos. Ningún hombre puede percibir realmente la belleza sin ser afectado por ella.
  6. El que quiera ser verdaderamente bienaventurado, debe convertirse en estudiante de la Escritura. No hay sucedáneo para esto. La palabra de Dios puede hacer a los hombres sabios para salvación. Es viva y poderosa. Nada penetra igual el corazón del hombre. Para el hombre bueno, tiene autoridad. Aun los diablos conocen y, hasta cierto punto, sienten su poder (cf. Mt. 4:11).
  7. Cualquier religión que deseche la ley de Dios es espuria. No es la religión del salmista (v. 2). No es la religión de Jesucristo (cf. Mt. 5:17-18). No es la religión de sus apóstoles (cf. Ro. 3:31). El antinomianismo es una de las peores formas del error. Hace a Cristo ministro de pecado.
  8. No es de extrañar que quienes son verdaderamente piadosos crezcan en pureza. Sus pensamientos reposan en los temas más nobles. Meditan en la palabra de Dios (v. 2). Esto da una asombrosa elevación a sus caracteres. Y el Santificador bendice especialmente la verdad revelada para el bien espiritual de todos los santos. Por la fe tomamos posesión de las promesas, y Dios las cumple. Las grandes y gloriosas verdades son apropiadas para refinar nuestras naturalezas.
  9. Aunque este es un mundo de maldad y sufrimiento, incluso aquí los justos tienen verdadera bienaventuranza (vv. 1, 3, 6). No es completa, como será tras la resurrección, ni perfecta, como será inmediatamente después de la muerte; pero es sólida, genuina y duradera. Es de Dios. Su confianza es en Él, que sabe dar gracias y consuelos en su justa medida y en el momento adecuado. Las circunstancias de los justos varían, pero su condición es estable. Los dones salvíficos de Dios son firmes. Con los santos, algo se ha establecido. Su paz ha sido asegurada por un pacto eterno. Sus principios son fortalecidos por la gracia divina. Son como el monte Sión, que no puede ser conmovido, sino que permanece para siempre. Clarke: «El asunto más trascendente del hombre es la situación en que estará después de que esta breve y transitoria vida haya acabado. Y, en la medida en que la eternidad es de mayor importancia que el tiempo, deberían los hombres interesarse por la base sobre la que descansan sus expectativas respecto a esa situación perdurable, y por las certezas en que se apoyan sus esperanzas o sus temores». Aun los malvados a menudo admiten que, para el mundo venidero, los justos han escogido la buena parte, la cual no les será quitada. En esta vida, a los justos pueden ocurrirles cosas difíciles de soportar. Cummings: «El hombre que ha nacido de nuevo y procura ser santo, como Dios es santo, es cual pobre ave cautiva en su jaula. La jaula no puede matar al ave, pero el ave tampoco puede liberarse de la jaula, sino que solo puede seguir esperando, perseverar, cantar, buscar y aguardar la hora de su libertad. Se acerca su perfecta emancipación en reinos más brillantes y días mejores».

Pero los que niegan que la piedad proporciona deleite aun en esta vida, son ignorantes de su naturaleza. Presenta los temas más gloriosos, inspira las esperanzas más bienaventuradas y proporciona las ocupaciones más elevadas. Nada en el servicio del pueblo de Dios es degradante. Enseña al alma a reposar en el seno de Dios. South: «El placer del hombre religioso es un placer cómodo y ligero, que se lleva en el seno sin llamar la atención de los ojos o despertar la envidia del mundo. El hombre que reduce todos sus placeres a este, es como el viajero que reduce todos sus bienes a una joya; el valor es el mismo, y el provecho mayor». Si alguien pregunta cuáles son las bases de las ventajas de los justos respecto a los impíos, es fácil mostrar algunas de ellas. En primer lugar, el justo tiene la verdad de su lado. Sus esperanzas y su causa no están basadas en la falsedad, el error, la mentira, el engaño, la ficción o la fantasía. La verdad sobrevivirá a todos sus oponentes, aunque por un tiempo pueda caer en las calles. De manera que el hombre sabio aceptaría el legítimo título de un acre de tierra antes que el título espurio de muchas hectáreas; preferiría ser acusado de asesinato, del que fuese inocente, antes que culpable de asesinato, del que no sospechasen. El verdadero derecho a un penique realmente vale más que el derecho ficticio a una libra. La razón es que, al final, la verdad, aun en esta vida, normalmente se manifiesta. En el mundo venidero, no puede ser ocultada. «Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luz» (Mr. 4:22). «Los pecados de algunos hombres se hacen patentes antes que ellos vengan a juicio, mas a otros se les descubren después. Asimismo se hacen manifiestas las buenas obras; y las que son de otra manera, no pueden permanecer ocultas» (1 Ti. 5:24-25). Más aún, el justo está del lado del deber. Honestamente pretende y procura hacer lo que es justo, por ser justo y obligatorio. En general, aun aquí vemos que la fidelidad trae las mejores recompensas. El incumplimiento del deber a veces trae aparente comodidad y provecho. Pero ¿quién no preferiría la rectitud de José que la traición de Ahitofel? Cuando el señor está en un largo viaje, los siervos perezosos y desobedientes pueden pensar que sus hermanos fieles se preocupan sin necesidad; pero, en el día del juicio, tanto los santos como los pecadores verán que una vida empleada en el servicio de Dios acaba felizmente, mientras que una vida malvada solo conduce a la miseria. Además, el pueblo de Dios tiene la justicia de su lado, y existe la impresión general y bien fundada de que nada constituye un escudo más amplio para nadie que tener la razón de su lado. Y los santos saben que «Dios no es injusto para olvidar [su] obra y [su] trabajo de amor» (He. 6:10). A más de esto, Dios, con todos sus atributos, está del lado de los justos. Y, «si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Ro. 8:31). Esto es razonamiento inspirado. Es también claro y fácil para la comprensión de los simples. Pero no es todo. El justo considera sus mayores intereses. Antepone el alma al cuerpo, la eternidad al tiempo, y tiene razón. Si su alma es sustentada, recuerda que «no sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt. 4:4). Si ante él hay una bienaventurada eternidad, con razón considera que importa poco cuánto pueda sufrir en este mundo. Nada es de tanta trascendencia como el bienestar eterno. Además, los justos no tienen guerra con sus conciencias o mejores sentimientos. Jesucristo a menudo ha llamado a sus amigos a sacrificar la comodidad, la fama, los bienes terrenales, las viejas amistades y aun la vida misma. Pero bendito sea su nombre, pues que jamás ha pedido a ningún hombre que manche su conciencia ni mancille su honor mediante algún acto de mezquindad. Si Eugenio Beauharmais quiere conservar el favor imperial de su padrastro Napoleón, debe aceptar públicamente el deshonor traído a su propia madre. Pero el Todopoderoso jamás ha llamado a ninguno de sus siervos a hacer algo bajo. Dios siempre deja la buena conciencia y los buenos principios intactos; de hecho, los fortalece grandemente. ¿Cómo no van, entonces, a ser bienaventurados los justos?

Lutero: «La práctica de todos los hombres es buscar la bienaventuranza, y no hay hombre sobre la tierra que no desee que le vaya bien y sienta pena si le fuese mal. Pero el que habla en este salmo con voz del cielo, abate y condena todo lo que los pensamientos de los hombres pudieran deliberar y maquinar en este asunto, y expone la única descripción verdadera de la bienaventuranza, de la cual el mundo entero no sabe nada, declarando que solo es bienaventurado y próspero aquel cuyo amor y deseo son dirigidos a la ley del Señor. Esta es una breve descripción y, realmente, va contra todo juicio y razón, especialmente contra la razón de los sabios según el mundo y los altivos. Como si hubiese dicho: ¿Por qué os preocupáis tanto de buscar consejo? ¿Por qué siempre estáis maquinando en vano cosas sin provecho? No hay más que una perla preciosa, y la ha hallado aquel cuyo amor y deseo es hacia la ley del Señor, y que se separa de los impíos; todo le va bien a él. Pero quien no halla esta perla, aunque busque con el mayor esfuerzo y trabajo el camino de la bienaventuranza, jamás lo hallará». El profeta Isaías habla en el mismo sentido (cf. Is. 55:2-3).

  1. Raza vez abandonan los hombres una vida malvada, hasta que no se convencen de su miseria. En consecuencia, las Escrituras fielmente les declara su desgracia (vv. 4-6). El hijo pródigo no vino en sí hasta que empezó a alimentar a los cerdos. La virtud en realidad no consiste, meramente, en buscar la felicidad; pero nos es útil ver que el dolor sigue al placer pecaminoso, y que un Dios justo no permitirá que un camino de maldad triunfe sobre toda bondad. El infierno sigue de cerca los talones de la transgresión. Los ríos no corren hacia el mar con más naturalidad que tiende a la destrucción la iniquidad. Sobre este punto, la palabra de Dios es clara y enfática. Sepan los malvados que son pobres y miserables (cf. Ro. 3:16; Ap. 3:17).
  2. Los impíos, aunque sean muy morales, afables o seguros de encontrarse en una buena situación, están destituidos de la vida espiritual, del favor de Dios, del carácter santo, de las esperanzas bien fundadas (vv. 4-6). El hecho es que tienen mucho por lo que llorar y nada por lo que alegrarse. La lista de sus carencias es horrible. Pablo resume su condición en la falta de cinco cosas: están sin Dios, sin Cristo, sin la iglesia, sin el pacto y sin esperanza (cf. Ef. 2:12). ¿No basta esto para alarmar a cualquier hombre pensativo? Un brazo humano separado del cuerpo, del cual es miembro, no puede vivir. Ha de perecer. Por tanto, el alma separada de Dios ha de perder todas las posibilidades de felicidad permanente y, al final, llenarse toda de miseria. Aun lo que los malvados parecen tener, en breve les será quitado; todas sus obras y esperanzas serán arrebatadas como el tamo.
  3. La doctrina del juicio eterno no es ninguna novedad (v. 5). Fue predicada con tremenda solemnidad a los pecadores del mundo antiguo (cf. Jud. 14-15). Se enseña claramente en el salmo primero. «Ewald acertadamente relaciona las palabras [del versículo 5] con la progresión de la justicia divina, que está perpetuamente avanzando, aunque no sea visible en todo momento. Todas las manifestaciones de la justicia punitiva están incluidas en ella. “Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala”» (Ec. 12:14). Que se preparen los malvados para encontrarse con su Dios. Ha de haber un juicio. Dios lo ha dicho. La justicia lo requiere.
  4. Uno de los efectos más impresionantes del juicio final será una perfecta y eterna separación entre los justos y los malvados (v. 5). Por tanto, no podrán encontrarse nunca más. Aquí a menudo viven juntos, protegidos por las mismas leyes, habitando en la misma ciudad, frecuentando los mismos lugares de culto, de trabajo y de recreo, miembros de la misma familia o aun durmiendo en la misma cama; y, sin embargo, cuando en el último día se separen, su relación nunca será renovada, mientras dure la eternidad. La aparente confusión de las cosas en esta situación presente dará lugar a una gran y bienaventurada aclaración, y a una eterna separación de las ovejas de las cabras.
  5. Cuán bienaventurada será la reunión de los justos, cuando todas las palomas vengan a sus ventanas, todas las ovejas estén en un redil lejos del acecho de los animales salvajes, todos los hijos sean reunidos en la casa de su Padre, con sus muchas mansiones, los exiliados regresen a su ciudad en eterna paz y con eterna alegría. Los justos tienen y tendrán lo opuesto a los malvados, como se da a entender en el versículo 5. Por otro lado, no es el descanso de los justos inconsistente con la actividad eterna, ni con la perfección de la comunión de los santos. Las Escrituras a menudo representan el cielo como una condición social. La iglesia en la tierra es un tipo de la iglesia en los cielos. No lloremos, desesperados, a nuestros hermanos en Cristo que han partido. Están en la ciudad de Dios. «Allí están nuestros tesoros, inmutables y brillantes. Aguardemos con esperanza. No se han perdido, sino que se han marchado antes; solo se han perdido como las estrellas de la mañana, que se apagan para que aparezca la luz de un cielo más brillante; se han perdido para la tierra, pero no para nosotros».
  6. Las miserias de los malvados en parte serán sociales (v. 5). «No se levantarán […] en la congregación de los justos», sino que se mezclarán con todos los viles y malignos ángeles caídos y hombres incorregibles (cf. Is. 14:9-19). Su condenación y desgracia serán terribles. Cristo «quemará la paja en fuego que nunca se apagará» (Mt. 3:12). Para significar destrucción eterna e irreparable, Dios ha empleado una variedad de expresiones que indican angustia insufrible. «La senda de los malos perecerá». Y toda la desgracia de los malvados será el fruto de sus propias acciones. Cosecharán lo que han sembrado, y nada más. Su camino conduce al infierno, y a ningún otro lugar.
  7. Debería ser el gran asunto de nuestras vidas examinarnos a nosotros mismos, y ver si somos justos o impíos. Para este fin, en parte, nos es dado todo este salmo. La aversión a este deber no en una buena señal. Todos nosotros tenemos muchos motivos para advertir las palabras de Lutero: «Cuando la Escritura habla de los impíos, cuídate de pensar, como siempre hacen los impíos, que se refiere a judíos y paganos, o quizá a otras personas también; por el contrario, preséntate tú también ante esta palabra, como algo que te afecta y concierne también a ti. Pues el hombre de corazón recto y gracioso es celoso de sí mismo, y tiembla ante cada palabra de Dios». La verdad se manifestará. Ningún hombre empeorará su situación por escudriñarla honestamente. Algunos han escapado de una terrible destrucción averiguando a tiempo que se habían autoengañado. Amyrald: «Aunque la providencia de Dios, cuyos caminos son a veces inescrutables, no siempre hace una distinción muy notable entre los justos y los malvados, la vida futura los distinguirá de tal manera que nadie podrá dudar más quiénes siguen la senda de la verdadera prosperidad». De todas las necedades de los hombres, ninguna puede ser peor que la de esconder a sí mismos su verdadera condición y carácter.
  8. Aprendamos el arte de aplicar la palabra de Dios a nuestros propios casos. Quien así emplee este salmo, será muy beneficiado. Es una cosa pobre esconder la verdad de nuestros corazones, mirando simplemente la letra de la Escritura. La crítica, cuando es fría, puede engañarnos con la misma facilidad que cualquier otra cosa. Hemos de tener iluminación divina y unción espiritual, o de lo contrario todo nuestro aprendizaje solo servirá para hacernos mayores necios. El conocimiento de muchos hombres, al no estar santificado, solo sirve de antorcha para alumbrarles hasta el infierno. Confían en que no están en peligro, puesto que estudian las Escrituras con gusto y juicio, pero olvidan que el discernimiento espiritual es esencial para la salvación. El método de McCheyne de aplicar la Escritura era convertir cada versículo en una oración.
  9. Las enseñanzas sencillas y claras de la Escritura son las cuestiones de peso, que reclaman inmediata y universal atención. El que hace adecuado caso de las verdades que se enseñan en el salmo primero, verá que es guiado hasta entender la voluntad de Dios lo suficiente para ser infaliblemente salvo. Los grandes misterios de la salvación los entienden mejor quienes, adecuadamente, reciben las enseñanzas más sencillas de la palabra de Dios y las ponen en práctica.
  10. En todo nuestro estudio de la palabra de Dios, debemos tener fe (cf. He. 4:2). Esta gracia del Espíritu es de la mayor importancia. Sin ella, siempre nos extraviamos, vivimos en tinieblas y somos hechos miserables por los remordimientos causados por nuestras propias mentes. «Nada mayor puede decirse de la fe que el hecho de que es la única cosa que puede desafiar a las acusaciones de la conciencia». Esto lo hace contemplando al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Cristo Jesús es la única esperanza de los pecadores que perecen.

W. S. Plumer

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