Salmo 35

Con una semana de retraso, tenemos la satisfacción de ofrecer un nuevo comentario al Libro de los Salmos. A partir de ahora, en este período de vacaciones, trataremos de ir publicando los Salmos 1-11, según los vayamos traduciendo. Esperamos que sigan siendo de edificación para nuestros lectores.

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Observaciones doctrinales y prácticas

  1. El Señor es el Abogado de su pueblo. Disputa (v. 1). Sus méritos se pondrán de manifiesto. Aquí a menudo se les niega la defensa; y, cuando se permite, a menudo es débil. Pero el Abogado infinito mostrará su justicia como la luz, y su juicio como el mediodía. Habrá una aclaración final y perfecta de todos los asuntos, contiendas y disputas humanas.
  2. Bien puede reconciliarnos con las pruebas que afectan a nuestro buen nombre, nuestros derechos legales e incluso nuestras vidas, leer este salmo. David fue un «santo varón, eminente tanto por su beneficencia como por su inocuidad hacia todos los hombres; y, por su cortesía y mansedumbre, había merecido, en público y en privado, la estima y favor de todos». Sin embargo, fue calumniado, aborrecido y vilipendiado; verdaderamente, se le persiguió como a un animal salvaje. Su buen nombre fue completamente despedazado.
  3. El Señor es Juez (vv. 1, 24). Es el Juez de toda la tierra. Es conocido por los juicios que ejecuta. Para los piadosos es y siempre será de alegría que haya un tribunal sobre todas las audiencias de la tierra (cf. Ec. 5:8). Una gran parte de las averiguaciones de los tribunales y las sentencias de los jueces sobre la tierra, serán revertidas en el último día.
  4. El Señor es varón de guerra. Cuando es necesario, no solo echa mano del escudo y el pavés, sino también de la lanza, y avanza conquistando y para conquistar (vv. 1-3). Bendito sea su nombre, pues que pelea las batallas de los santos. Nadie puede resistirle. Él es el único ser en el universo que puede hacer tanto bien con pocos como con muchos, con instrumentos débiles como con instrumentos poderosos.
  5. Es un gran consuelo tener un viva experiencia del favor de Dios cuando habla a nuestra alma (v. 3). Deberíamos ser agradecidos por las promesas, por la fe que confía en las promesas y, aún más, por la viva experiencia de su dulzura. Si se buscase más la seguridad, se hallaría más a menudo.
  6. Bien podemos dejar a los enemigos en las manos de Dios. Él detendrá su loca carrera, «[cerrando]» (v. 3). Puede hacer esto de mil maneras. Aun Saulo de Tarso fue detenido, cuando menos lo pensaba.
  7. Cuando Dios dice: «Yo soy tu salvación», es necedad mirar hacia otra parte (v. 3). Nunca deberíamos atribuir a las criaturas lo que pertenece a Dios de nuestros éxitos.
  8. La derrota y destrucción de los malvados que son definitivamente incorregibles, será inconcebiblemente terrible (vv. 4-6). Ninguna lengua puede describirla. No hay ojo que la haya visto, oído que la haya escuchado, ni corazón que la haya concebido. Su juicio será perfectamente justo, terriblemente angustioso y absolutamente total. Cuando comiencen a deslizarse, su camino será tan resbaladizo que jamás se detendrán. Irán de las tinieblas a las profundas tinieblas. Y no será difícil su destrucción. Le es fácil al viento llevarse el tamo y el polvo de la era.
  9. No solamente pelean los ángeles por los santos, sino que pelean contra los malvados (vv. 5-6). Por mucho que los hombres puedan prepararse contra los enemigos visibles, no pueden hacer nada contra estos guerreros invisibles que persiguen a quienes pelean contra el pueblo de Dios. Si los hombres luchan contra Dios, han de esperar que sus ángeles luchen contra ellos. Si quieren tener a los ángeles de su lado, pónganse del lado de Dios.
  10. No hay nada en los principios o prácticas de la verdadera piedad que justifique la ira de los malvados contra los hijos de Dios. Su odio es sin causa (vv. 7, 19).
  11. Si otros practican las artes del engaño, seamos nosotros ejemplo de franqueza y simplicidad (v. 7). Cuanto más falsos sean otros, más deberíamos procurar evitar toda apariencia de engaño. Si la rectitud y la justicia no pueden salvar nuestra causa o crédito, al menos salvarán nuestra conciencia, lo cual es mejor.
  12. A pesar de toda su astucia, los malvados son grandes necios (v. 7). Son voluntariamente ignorantes de algunas cosas, sin las cuales no pueden actuar sabiamente. El rey de Siria no podía entender cómo todos sus planes contra Israel fracasaban (cf. 2 R. 6:8-12). Dickson: «Aunque los enemigos de los justos maquinen planes secretos contra ellos, no son tan secretos que Dios no pueda advertir de los mismos y mandar a los justos que oren a Él para frustrar el plan».
  13. Es asombroso que los malvados no esperen, en su interior, una derrota, cuando saben que no hay justicia en su contienda con la verdad y la justicia. Quítenseles sus lazos y hoyos, sus mentiras y mofas, y ¿qué les queda? (v. 7). Si creyesen que la causa de los justos no es mejor que la suya, saltarían de alegría. Pero ni con David, ni con Cristo, tuvieron en ningún momento esperanzas razonables de éxito.
  14. Los pecadores son tan ciegos y estúpidos que caen en sus propios lazos (v. 8). En este sentido, una generación no es más sabia que la anterior. Calvino: «Ni por un momento les parece en absoluto posible que sus estratagemas y ardides, sus prácticas malvadas y todas las trampas que tendieron a los buenos y a los simples, desemboquen en la destrucción de los mismos que las han maquinado».
  15. Maravillosa es la providencia que hace recaer sobre los malvados su castigo (v. 8). Buscaron la destrucción de otro, y se destruyeron a sí mismos. Morison: «Ocurre no pocas veces que, cuando un hombre está preparando males para sus congéneres, en realidad solo está forjando el arma de su propio castigo, y afilando el borde de las miserias que afligirán su alma!».
  16. Cuando los malvados perecen, hay griterío (v. 9). Los malvados, que sentían el puño de hierro de la tiranía, se alegran de deshacerse de esa maldición. Y los justos adoran al que ha puesto fin a las crueldades de sus opresores.
  17. Es de bendito consuelo y ayuda a los justos el que realmente no necesiten nada, sino que será para la gloria divina proveer; de manera que, en un sentido muy importante y alentador, su causa es la causa de Dios y, por tanto, ha de triunfar (v. 9).
  18. ¡Cuán miserable debe de ser la condición del hombre que no puede regocijarse en todas las liberaciones que Dios obra para los que confían en Él! (v. 9).
  19. Toda nuestra naturaleza debería alinearse con el Señor (v. 10). Dios justamente reclama el corazón, el alma, la mente y la fuerza, y los que en verdad son piadosos alegremente se lo dan todo. Sus huesos le alaban. Calvino: «Los hombres, en general, alaban a Dios de tal manera que apenas le dan la décima parte de lo que le deben».
  20. Cuando Dios obra, hace cosas maravillosas. Sus liberaciones son portentosas. No hay nadie como Él en consejo, en poderosos hechos y obras, y en gloriosa excelencia (v. 10).
  21. Al igual que las misericordiosas intervenciones de Dios demandan humilde gratitud, la esperanza de liberaciones futuras bien puede suscitar en nosotros la humilde promesa de los mayores servicios, cuando el rescate nos haya sido concedido. Dickson: «Es una forma de comprometer a Dios para que libre, el que el corazón del creyente se comprometa a glorificar a Dios tras su liberación».
  22. En Jehová, los pobres y necesitados tienen un protector, que es más que una contrapartida para todos sus opresores y atormentadores (v. 10). Él es el Amigo de los que no tienen amigos, el Padre de los huérfanos, la esperanza de los abatidos, la fuerza de los débiles. Su oficio y su deleite es tomar causas desamparadas y levantar a los que están postrados.
  23. Nadie se angustie mucho porque se levanten contra él falsos testigos (v. 11). Compárese con Mateo 5:11-12. Es una clase de cumplido para el buen hombre ser calumniado. Sus enemigos han de hablar mal contra él falsamente o no han de hablar en absoluto. Por tanto, se encuentra en el camino de precedentes seguros. Bienaventurado el que puede, al igual que el Maestro, decir a los acusadores: «¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?» (Jn. 8:46). El príncipe de este mundo no tenía nada en Cristo. Sus enemigos tuvieron muchas dificultades para conseguir testigos que pudieran contar una historia aceptablemente coherente contra Él (cf. Mt. 26:59-60). Aun así, el juez malvado y vacilante que se sentó a juzgarlo, fue obligado por su conciencia a decir reiteradamente a sus acusadores: «Ningún delito hallo en este hombre» (Lc. 23:4; cf. Jn. 18:38; 19:4, 6).
  24. En tiempo de difamación y falsa acusación, es una bendición indecible tener una buena conciencia (v. 11).
  25. Tholuck: «La opresión y la violencia nunca son más dolorosas que cuando proceden de quienes han experimentado las pruebas de nuestro amor» (v. 12; cf. Sal. 55:12).
  26. Nada demuestra más claramente la terrible maldad de los hombres impíos que la inversión que hacen de todas las grandes leyes de Dios. Estas dicen: «Devolved bien por mal». Pero ellos pagan mal por bien (v. 12).
  27. El ayuno era un modo apropiado de humillación bajo la ley (v. 13). Moisés no prescribió ningún ayuno específico excepto el del gran día de expiación (cf. Lev. 23:27-32). Pero al pueblo de Dios se le dejó que cada hombre juzgase por sí mismo cuándo se convocaba ayuno por causa de calamidades personales o públicas, excepto que de vez en cuando, por medio de un profeta inspirado, los hombres eran llamados a este deber. No es seguro, aunque es probable, que los patriarcas ayunaran. Bajo el evangelio, la ley del ayuno no establece ningún tiempo para este deber. Lo deja totalmente al juicio del pueblo de Dios en todas las épocas. Probablemente, ningún deber religioso haya sido más pervertido en tiempos antiguos y modernos (cf. Is. 58:3-12; Mt. 6:16-18). Los ayunos son de dos clases: totales o parciales. En aquellos, nos abstenemos de todo alimento; en estos, de alimento delicado. Bajo el evangelio, el ayuno es legítimo (cf. Lc. 5:35; Hch. 13:2-3).
  28. Orar por los enemigos y buscar su bien era un deber y, entre los mejores hombres, una práctica así bajo la ley como bajo el evangelio (vv. 13-14). Cristo mandó e hizo lo mismo. Un gran número de mártires oraron por sus asesinos. Cristo no dio ninguna ley nueva para que amásemos a los enemigos: simplemente rescató la antigua ley de la perversión y el descuido. David y Cristo oraron así. «El tipo era amable, la realidad divina». Una ferviente oración por los malvados enemigos, pidiendo sinceramente para ellos las bendiciones que buscamos para nosotros mismos, es una buena evidencia de un nuevo corazón.
  29. Sin ninguna piedad en el mundo, ¡cuánto se parecería la tierra al infierno! (vv. 15-16).
  30. Las tardanzas divinas demuestran paciencia divina y, si no responden a otro fin, aunque solo sea este, puede justificarlas (v. 17). Compárese con 2 Pedro 3:9, 15.
  31. Se admite que las misericordias públicas invitan a las gracias públicas, pero en algunos casos aun las misericordias personales invitan a las gracias públicas (v. 18). Nuestra religión no debería ser ostentosa, pero tampoco clandestina.
  32. Pedir que los malvados no prevalezcan contra nosotros y nos insulten, es rogar a Dios que ejercite sus gloriosos atributos de modo que engendre santo temor y firme confianza (v. 19).
  33. Cuando consideramos la inclinación de los malvados por la contienda y la trifulca, resulta asombroso que el mundo sea tan tranquilo (v. 20).
  34. No hay nuevas artes que empleen los malvados contra los santos y ministros de Dios. El recurso favorito de todas las épocas es el menosprecio. Esto es muy antiguo (vv. 21, 25).
  35. La mezquindad y la maldad caminan de la mano. Nada es más bajo que insultar a un hombre inocente que ha caído en desgracia. Sin embargo, los enemigos de David hicieron esto (v. 21).
  36. Es una gran misericordia que Dios conozca todas las circunstancias de cada caso, y observe el progreso de cada injusticia hecha a quienes confían en su nombre (v. 22).
  37. Dickson: «La situación más difícil que pueda sobrevenir al creyente es una circunstancia y situación tolerables, si Dios se acerca a su alma» (v. 22).
  38. Con sumisión a Dios, podemos apremiarle a no demorarse más en acudir en nuestro socorro (vv. 22-23).
  39. El último recurso de los santos en todas sus pruebas es la justicia de Dios (v. 24). Esta nunca les falla.
  40. Los corazones de los malvados hacen que todas sus batallas contra Dios y la piedad sean mortales. Tragarían y devorarían a los santos si pudieran (v. 25). En dieciocho siglos, han dado muerte a cincuenta millones de ellos.
  41. Cuanto más se engrandezcan los malvados contra los santos, mayor será al fin su vergüenza y confusión (v. 26).
  42. Los justos tienen motivo para todas sus alegrías. Dios mismo los sostiene en sus mayores júbilos (v. 27). No se alegran en algo insignificante cuando se regocijan en el Señor. No es fanfarronería gloriarse en Dios.
  43. No es menor el propósito que la esperanza de todos los santos pasar toda su existencia futura alabando y exaltando a Dios (v. 28).
  44. Al igual que Dios salvó a David de la mano de todos sus enemigos, salvará a todos sus escogidos de sus pecados y adversarios. El que puso a David en el trono de Israel y a Jesús en el trono de gloria, ciertamente exaltará a todo su pueblo en un reino eterno.

W. S. Plumer

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Creado a partir de la obra en http://www.iprsevilla.com.

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