Salmo 33

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Observaciones doctrinales y prácticas

  1. Alegrarse en Dios ha de ser un deber principal de los hombres piadosos (v. 1; cf. Sal. 32:11, etc.). El gozo en el Señor es uno de los vínculos entre la antigua y la nueva dispensación, entre la iglesia militante y la iglesia triunfante.
  2. El verdadero gozo en Dios tiene una adecuada expresión en la ferviente alabanza (v. 1). «¿Está alguno alegre? Cante alabanzas» (Stg. 5:13). Dickson: «No hay ejercicio que más convenga a los santos que la alabanza de Dios, ya sea que consideremos el objeto de la alabanza, que es Dios, o la obligación que ellos tienen más que nadie en el mundo; pues «en los íntegros es hermosa la alabanza». Y no hay ejercicio al que más necesitemos que se nos estimule que la alabanza: tal es nuestra apatía y la excelencia y necesidad de la tarea».
  3. Las alabanzas que se ofrecen a Dios deberían estar llenas de vida (v. 2). Deberíamos alentarnos a nosotros mismos a agarrarnos a Él. Henry: «He aquí una buena regla para este deber: “Cúmplelo con destreza y con energía; intervenga en él la cabeza y el corazón; cúmplase inteligentemente y con una cabeza despejada; afectivamente y con un corazón fervoroso”».
  4. Los versículos segundo y tercero de este salmo ponen directamente ante nosotros el tema de la música instrumental. Exponemos aquí algunas ideas sobre lo apropiado de hacer uso ahora de esta música en la adoración pública.
  1. Es totalmente cierto que los cristianos primitivos empleaban instrumentos de música en su adoración pública. Esto está claro por las enseñanzas de Justino Mártir, Crisóstomo y Teodoreto. Sobre los salmos 143 y 149, Crisóstomo, y sobre nuestro salmo (v. 2), Teodoreto, dan un testimonio decisivo. Está recogido en Bingham, vol. II, pp. 494-495. Crisóstomo dice que «solo les era permitido a los judíos, como el sacrificio, por la pesadez y grosura de sus almas. Dios se mostró comprensivo con su debilidad, puesto que habían sido rescatados, recientemente, de los ídolos; pero ahora, en lugar de órganos, podemos emplear nuestros cuerpos para alabarle con ellos».
  2. Es cierto que los órganos no se introdujeron en las iglesias cristianas en ningún lugar hasta, al menos, mediados del siglo XIII. Tomás de Aquino dice expresamente: «Nuestra iglesia no emplea instrumentos musicales, como arpas y salterios, en la alabanza de Dios, para que no parezca judaizante». Protestantes y romanistas admiten este testimonio como decisivo en cuanto al hecho de que los instrumentos no se emplearon hasta nada menos que la época del gran escolático (1250 d. C.).
  3. Es bastante claro, a partir de la Escritura, que se emplearon instrumentos de música antes de los días de Moisés, para expresar los alegres sentimientos del corazón (cf. Job 30:31).
  4. Pocos negarán la legitimidad de emplear instrumentos de música en privado para levantar las alegres emociones del alma, aun en la devoción. Tal posición generalmente se consideraría extrema.
  5. La introducción de instrumentos de música como ayuda al canto sagrado no es una provisión de la ley de Moisés, sino que vino en los días de David. No era parte esencial de la institución ceremonial del gran profeta que escribió el Pentateuco.
  6. En la discusión y resolución de esta cuestión, no nos servirá para encontrar la verdad, perder la compostura y emplear un lenguaje duro y extravagante, como ocurre con demasiada frecuencia.
  7. Quienes rehúsan o rechazan el uso de la música instrumental, no deberían juzgar a sus hermanos que piensan que es provechosa. «¿Tú quién eres, que juzgas al criado ajeno?» (Ro. 14:4).
  8. Los hermanos que deseen tener música instrumental, no deberían usar de su libertad maliciosamente. No es correcto hacer un cisma en el cuerpo de Cristo por tales cuestiones.
  9. Quienes insisten en el pecado de emplear estas ayudas están obligados, con toda justicia, a mostrar al menos un texto claro, o proponer una inferencia justa y sencilla de algún pasaje de la Escritura que apoye sus opiniones.
  10. Si se emplean instrumentos en la adoración pública, debería ser solo como ayuda al canto congregacional. Cuando lo entorpecen, son una ofensa intolerable. «Los solos livianos y absurdos, los interludios largos y sin sentido entre estrofas, un acompañamiento ruidoso, las pausas caprichosas, el toque ostentoso y repetitivo, y otras cosas similares», deberían rechazarse rotundamente.
  11. En latitudes muy altas, los moravos descubrieron que el órgano era de gran utilidad para ayudar al pueblo a evitar que sus voces bajasen de tono demasiado.
  12. Probablemente interesará al lector conocer las opiniones de dos eminentes personajes sobre este tema. Calvino: «Es evidente que aquí el salmista expresa el sentimiento vehemente y ardiente que los fieles deberían tener al alabar a Dios, cuando manda que los instrumentos musicales se empleen con este propósito. No desea que los creyentes omitan nada que tienda a animar las mentes y sentimientos de los hombres cuando cantan las alabanzas de Dios. Sin duda, el nombre de Dios, propiamente hablando, solo puede ser celebrado por la voz articulada. Pero no es sin causa que David añada aquellas ayudas con las que los creyentes acostumbraban estimularse más a sí mismos para esta tarea, especialmente cuando consideramos que le estaba hablando al pueblo antiguo de Dios. Sin embargo, hemos de hacer aquí una diferencia, para que no consideremos aplicable a nosotros, de manera indiscriminada, todo lo que antes se mandó a los judíos. No tengo ninguna duda de que tocar los címbalos, el arpa y la viola, y toda la clase de música que tan frecuentemente se menciona en los salmos, era parte de la educación, es decir, de la pueril instrucción de la ley (hablo del servicio instaurado en el templo). Porque aun ahora, si los creyentes escogen animarse con instrumentos musicales, pienso que deberían proponerse no separar su ánimo de las alabanzas de Dios. Pero cuando frecuentan sus sagradas asambleas, los instrumentos musicales para celebrar las alabanzas de Dios no serían más convenientes que quemar incienso, encender lámparas o restaurar las demás sombras de la Ley. Los papistas, por tanto, neciamente han adoptado esto, así como otras muchas cosas de los judíos. Los hombres que aprecian la pompa externa pueden deleitarse en este ruido, pero la simplicidad que Dios nos recomienda por medio del apóstol, le complace mucho más. Pablo solo nos permite bendecir a Dios en la asamblea pública de los santos en una lengua conocida (cf. 1 Co. 14:16). La voz del hombre, aunque no la entienda la mayoría, ciertamente supera a todos los instrumentos de música inanimados; y, sin embargo, ya vemos lo que san Pablo señala respecto a hablar en una lengua desconocida. ¿Qué, pues, diremos de la salmodia, que no hace sino llenar los oídos de un sonido vacío? ¿Objeta alguien que la música es muy útil para despertar las mentes de los hombres y conmover sus corazones? Lo admito; pero siempre deberíamos procurar evitar que se cuele la corrupción, la cual podría contaminar la adoración pura de Dios y llevar a los hombres a la superstición. Además, puesto que el Espíritu Santo nos advierte expresamente de este peligro por boca de Pablo, ir más allá de lo que nos permite no solo es –debo decir—celo temerario, sino malvada y perversa obstinación».

Es probable que las opiniones de Calvino tengan la fuerza, y estén expresadas con la contundencia, que desean las personas que se encuentran en esa posición. Por otra parte, Richard Baxter, en su Directorio cristiano, Obras, vol. V, pp. 499-501, se expresa así: «Pregunta 127: ¿Es legítima la música eclesiástica de órgano u otros instrumentos?

Respuesta. Sé que en tiempos de persecución y de más pobreza de la iglesia, no se empleaba ninguno (cuando no tenían templos, ni siempre un lugar de reunión fijo). Y que el autor de Quest. et Resp. de Justino Mártir habla en su contra. Y concedo: 1. Que, de la misma manera que los cristianos débiles y enfermos pueden hacer que muchas cosas sean ilegítimas a sus hermanos –debido a que pueden perjudicar a aquellos, y así tienen que privarse no solo de muchas de sus libertades, sino también de sus ayudas–, en las muchas congregaciones, la música eclesiástica se hizo ilegítima por accidente, por causa de su error. Porque es ilegítimo (cæteris paribus) que una cosa innecesaria ocasione divisiones en las iglesias; y, cuando una parte considera ilegítima la música eclesiástica, si la otra parte la emplea, ocasionará divisiones en las iglesias y echará a la otra parte. Por tanto, desearía que la música eclesiástica no se instaurase en ningún lugar, si la congregación no se pone de acuerdo respecto a su uso, o se divide por esta cuestión. 2. Y pienso que es ilegítimo emplear compases ligeros o que no se le pueda enseñar fácilmente a la congregación; mucho más cuando expresamente se encomienda toda la tarea del canto a los coristas, y se excluye a la congregación. No deseo unirme a una iglesia en que se me impida esta noble tarea de la alabanza. 3. Pero una música eclesiástica sencilla e inteligible, que no ocasiona divisiones, sino con la que la iglesia está de acuerdo, por mi parte nunca he dudado de que es legítima. Porque: 1. Dios la instauró mucho tiempo después de la Ley ceremonial de Moisés, por medio de David, Salomón, etc.

  1. No es meramente una ceremonia instituida, sino una ayuda natural para incentivar a la mente, y es un deber y no un pecado usar las ayudas de la naturaleza y el arte legítimo, aunque no para instituir sacramentos, etc., propios. Al igual que es legítimo hacer uso de la ayuda beneficiosa de las gafas para leer la Biblia, también lo es hacerlo de la música para levantar el alma a Dios.
  2. Jesucristo se unió a los judíos que la empleaban, y jamás habló una palabra en su contra.
  3. No la prohíbe ninguna Escritura y, por tanto, no es ilegítima.
  4. Nada puede estar en su contra, que yo sepa, que no pueda decirse también de las melodías. Porque, cuando dicen que es una invención humana, puede responderse que también los son nuestras melodías (y metrificaciones y versiones). En realidad, no es una invención humana, como ponen de manifiesto el último salmo y otros muchos, que nos llaman a alabar al Señor con instrumentos de música.

Y, cuando se dice que es una clase de placer carnal, puede decir otro tanto de un concierto de voces melodioso y armonioso, que es música más excelente que la de ningún instrumento.

Y, cuando algunos dicen notar que les hace daño, también lo dicen otros del canto melodioso (pero los hombres sabios notan, por el contrario, que les hace bien). Y ¿por qué la experiencia de alguna persona prejuiciosa y engreída, o de un hombrecillo que no sabe qué es una melodía, había de ponerse frente a la experiencia de todos los demás y privarles de todas estas ayudas y misericordias, porque estas personas digan que no encuentran ningún beneficio en ellas.

Y, así como algunos se mofan de la música eclesiástica poniéndole muchos nombres burlescos, otros lo hacen con el canto (como testifican algunas congregaciones de mi entorno, que durante muchos años lo han abandonado y no lo soportan; pero su pastor está dispuesto a unirlos, omitiendo permanente y totalmente el canto de los salmos). Es grande el mal que ocasionan algunos a los cristianos ignorantes, metiéndoles estas fantasías y escrúpulos en la cabeza, que nada más aparecer convierten en menosprecio, lazo y dificultad lo que podría serles de verdadera ayuda y consuelo, como lo es para otros».

  1. El autor no sabe cómo finalizar mejor las observaciones sobre este tema que citando con total aprobación una frase o dos de Morison: «Nunca se olvide que ningún sonido de la armonía más exquisita, ya proceda de voces humanas o del arpa de sonido más dulce, puede ser aceptable a Jehová si la música de un corazón redimido no da entonación y énfasis al cántico de alabanza. Es infaliblemente cierto que no puede haber religión en meros sonidos, sean del tipo que fueren, a menos que el adorador cante con gracia en su corazón, entonando para el Señor».
  2. Podemos estar seguros de que nada de lo que afecte a la alegre solemnidad de la adoración de Dios carece de importancia (v. 3).
  3. Se coloca un gran fundamento para la piadosa confianza en la verdad y excelencia de la palabra de Dios (v. 4). Si un precepto, promesa, doctrina, amenaza o predicción de Dios pudiera fallar, entonces realmente estaríamos perdidos. Pero eso jamás puede ocurrir.
  4. La uniformidad, estabilidad y justicia de la providencia para administrar los asuntos humanos, y especialmente para llevar a cabo los principios de la Sagrada Escritura en todas las cosas para las que tienen aplicación, es verdaderamente admirable (v. 4). Todos los acontecimientos de la providencia «conforman una armonía de concordancias y disonancias bien administradas».
  5. En todos los asuntos terrenales, el cambio es el orden de las cosas. Los vientos, las mareas, las estaciones, la faz de la naturaleza y, aun los amigos, cambian, pero, en medio de todas nuestras vicisitudes, podemos confiar en la santidad, justicia y bondad inmutables de Dios (v. 5). El Juez de toda la tierra hará lo correcto. Él jamás yerra, ni hace injusticia a la criatura, ni es cruel.
  6. La creación y la providencia, las estrellas y los mares, los cielos y las leyes de la materia, todos publican el derecho de Jehová a su suprema y santa adoración (vv. 6-7). Si el Creador y Gobernador del mundo no ha de ser adorado, el culto religioso nunca puede considerarse apropiado. Si no se le debe a quien nos hizo y nos guarda, a quien nos alimenta y nos viste, no se le debe a nadie.
  7. Los sentimientos de profunda reverencia a Dios deberían tenerlos todos los hombres, si tan solo consultasen con la naturaleza (vv. 8-9). «Su omnipotencia, manifestada cuando formó y afirmó el mundo con una palabra, debería mover a los hombres a temerle».
  8. Ningún arma forjada contra Sión prosperará (v. 10). Si los planes y las conspiraciones, los consejos y las maquinaciones, los más astutos y los más crueles, hubieran podido dañar a la iglesia de Dios, no habría quedado ni siquiera un pequeño remanente. Hace mucho tiempo, el enemigo esperó poner fin a la adoración y servicio de Dios sobre la tierra; pero fracasó, y siempre fracasará.
  9. Siendo todos los consejos y pensamientos de Dios infinitamente santos, justos y buenos, solo podrían cambiarse para lo peor. Así pues, impidan todas sus perfecciones que se produzca cambio alguno. Todo está bien cuando Dios lo planea. Todo acontecerá con seguridad, puesto que Él lo ha planeado. Cuanto más se prueben, más firmes se hallarán la palabra y consejos de Dios. Aquel cuya esperanza de éxito descansa en el fracaso del propósito divino, se encontrará con una terrible derrota. «Dios no ha prometido sino lo que se ha propuesto realizar».
  10. La justicia exalta a la nación (v. 12). Cuando la gente sinceramente adopta el curso de la piedad, inicia un proceso de mejora mental y social, que le habrá de elevar muy por encima de lo que haya alcanzado jamás.
  11. ¡Es una rica misericordia que Dios realice el primer movimiento hacia la salvación de los hombres! Si un pueblo es su heredad, es porque Él lo ha escogido (v. 12). La doctrina del Nuevo Testamento es la misma. «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros» (Jn. 15:16).
  12. En toda la vasta extensión de la creación, nada se esconde de la observación del Todopoderoso (vv. 13-14). Si algo pudiera pasarle inadvertido, o escapar a su dominio, podría ser fatal a sus planes y a la salvación de su pueblo. A menos que Él controle todas las causas, aquella que no controle puede causar un mal indecible.
  13. El que hizo los corazones de todos los hombres, no puede sino conocerlos y entender todas sus operaciones (v. 15). Esto demuestra que es Dios, que puede salvar plenamente a su pueblo de sus pecados, y que los malvados no ganarán ventaja sobre el pueblo de Dios.
  14. Todos los nombres y formas de fuerza y poder pertenecientes a las criaturas no son nada sin Dios (vv. 16-17). Cuatro de ellos se especifican aquí: rey, ejército, valiente y caballo. Donde está la palabra del rey, allí hay poder (cf. Ec. 8:4). Pero cuando Dios no la apoya, o batalla contra ella, es tan impotente como el gorjeo de una golondrina. El monarca más poderoso no puede hacer nada excepto que le sea dado de Dios (cf. Jn. 19:11). David a menudo reconoce que Dios hizo todo lo que él era. Tampoco un ejército es de protección si Dios está en su contra. La misma grandeza de una hueste a menudo ha sido su ruina. Dios, que hizo que las estrellas lucharan contra Sísara, puede desbaratar fácilmente cualquier preparación militar. Sin levantar un dedo, puede enviar un ángel y, en una noche, destruirá el mayor ejército que haya invadido un país. Los valientes muchas veces han hecho grandes cosas. Pero «en su valentía [no] se alabe el valiente» (Jer. 9:23). Los valientes morirán como hombres. Dios ha dado al caballo fuerza, y ha vestido su cuello de trueno. La gloria de sus narices es terrible. Piafa en el valle y se regocija en su fuerza. Procede a encontrarse con los hombres armados. Se burla del miedo y no se atemoriza. Huele la batalla desde lejos. Sin embargo, no es nada sin Dios. Tan pronto puede meter a su jinete en el peligro como sacarlo del mismo.
  15. Ningún hombre actúa jamás con verdadera sabiduría hasta que teme a Dios y espera en su misericordia (v. 18).
  16. Un buen hombre puede estar seguro de la vida natural siempre que sea lo mejor para él tenerla y, cuando le es quitada, puede esperar, confiado, una vida mejor en un mundo mejor (v. 19). Compárese con Isaías 33:16; 41:17-18; 1 Timoteo 4:8.
  17. Esperar en el Señor, ¿no es un deber en que se insiste demasiado poco en nuestros días? (v. 20). El autor no recuerda haber oído más de uno o dos discursos públicos respecto a este excelente ejercicio.
  18. Hay una bella proporción en el carácter de los hombres verdaderamente piadosos. Cuando hay auténtica confianza, hay gracioso temor, y, cuando estos están, hay también gozo santo (vv. 18, 21).
  19. El clamor por misericordia siempre nos conviene, hasta que obtengamos nuestra corona (v. 22). Nunca está fuera de lugar. Aun para concluir un canto triunfante es apropiado.

W. S. Plumer

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