Salmo 32

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Observaciones doctrinales y prácticas

  1. Negar nuestro pecado es negar nuestra necesidad de perdón, y cortar toda esperanza de salvación y felicidad eterna. La bienaventuranza no comienza hasta que se recibe el perdón (v. 1), y pretender que tal perdón se ofrece al inocente sería un insulto.
  2. Aunque la Biblia es un libro sobrio, emplea una variedad de términos y expresiones respecto al pecado, todos los cuales serían impropios a menos que el pecado fuese un mal terrible. En Éxodo 34:7, encontramos «iniquidad», «transgresión» y «pecado». Aquí encontramos lo mismo y, además, «engaño» (vv. 1-2). En otros lugares, otros nombres y expresiones lo señalan como «rebelión», «sublevación», «maldad», «cosa horrenda», «necedad», «mentira», «menosprecio de Dios», «vileza», «desesperación». Desecha todos los principios de la razón, y desafía todos los atributos de Dios. Dejado a sí mismo, es incorregible. Es ciego a todo lo glorioso y admirable. Considera una catástrofe lo que es una menudencia, y antepone la criatura al Creador. Hace que sus víctimas consideren a Dios como alguien semejante a ellos. Olvida la santidad infinita de Aquel a cuyos ojos los cielos no son puros ni las estrellas limpias. La indignación de Dios no produce justo y continuo temblor en las estúpidas almas de los malvados, miríadas de las cuales suponen que la ira del cielo puede evitarse con rituales, que el fuego del infierno puede extinguirse con lágrimas, y que la paz puede asegurarse con torturas autoimpuestas. Ah, si todos «aprendieran: 1. Que el pecado conlleva una deuda que ningún hombre puede satisfacer, una deuda por la que el hombre ha de perecer si no le es perdonada. 2. Que el pecado es una inmundicia que ni Dios puede contemplar sin abominar al pecador, ni la conciencia culpable puede mirar sin horror excepto que se cubra. 3. Que el pecado conlleva una culpa que puede conducir a los hombres a la condenación si se les acusa de la misma. 4. Que no hay justificación del pecador ante Dios por sus buenas obras».
  3. Con el Señor está la misericordia y con Él la abundante redención. Al Señor nuestro Dios pertenecen la misericordia y el perdón. Es su gloria y su deleite perdonar las transgresiones, cubrir el pecado y no culpar de iniquidad (vv. 1-2). Aún «[da] conocimiento de salvación a su pueblo» (Lc. 1:77). Ha exaltado a su Hijo como Príncipe y Salvador para conceder arrepentimiento y remisión de pecados a Israel (cf. Hch. 5:31). La salvación es posible. Para los creyentes es cierta.
  4. La salvación de Dios no es parcial. No solo perdona, sino que acepta como justo. No solo no culpa de iniquidad, sino que «atribuye justicia sin obras» (vv. 1-2; Ro. 4:6). No solo salva de la ira, sino que da derecho al árbol de la vida. No es cuestión de decidir entre la justicia de Cristo y la nuestra, pues no tenemos ninguna. Todas nuestras justicias son como trapos de inmundicia. Para nuestra pecaminosa raza, es cuestión de decidir, meramente, entre la justicia de Cristo y la condenación. Sin sus méritos, perecemos. Y no podemos obtener su justicia más que siendo puesta a nuestra cuenta. No es impartida; es imputada. Somos investidos de ella; es nuestro lino blanco y limpio; es nuestra gloriosa vestidura de boda.
  5. La justificación y la santificación son distinguibles, pero no separables. Cuando una existe, la otra no falta. Cuando el pecado es perdonado, el engaño es desterrado (vv. 1-2). Compárese con Romanos 8:1. El que cree que se puede tener el favor de Dios sin que se tenga al mismo tiempo su imagen, que se puede estar bajo el beneplácito del cielo mientras se ama el pecado, y que Dios no tiene una sentencia de ira contra el que ama el engaño, ya ha sido destruido. Solo un milagro de la misericordia, que abra sus ojos, quite sus engaños y convierta su alma a Dios, le salvará de una penosa eternidad.
  6. De todas las formas de pecado, ninguna es más afín a su naturaleza que el engaño, la mentira, la falsedad, el embuste (v. 2). Sin embargo, engañar a Dios es imposible; engañar a nuestros congéneres no puede hacernos bien permanente; y engañarnos a nosotros mismos nos destruirá. La Biblia de Berleberg: «Así como los niños imaginan que no son vistos cuando se tapan los ojos con las manos, de forma que ellos no ven a nadie, de manera semejante, los hombres actúan con necedad al suponer que sus pecados y delitos, cuando permanecen ocultos a sí mismos, también permanecen ocultos a los ojos omniscientes de Dios».
  7. Nadie tiene más necesidad de plena experiencia de religión que quienes quieren enseñar a otros (vv. 1-4).
  8. La piedad vital tiene un enemigo mortal en la seguridad carnal. Esta impide todo el bien que podríamos obtener en otras circunstancias. Lleva a los pecadores e hipócritas a clamar: «Paz y seguridad», cuando la destrucción está a las puertas. Hace que los que son verdaderamente piadosos, se establezcan sobre sus desechos y descansen, satisfechos, cuando su condición es deplorable. Los hombres pueden tener alguna conciencia de pecado y, sin embargo, traicionarse a sí mismos y a Dios. Quienes piensan que están bien, no buscan ningún remedio.
  9. No es la seguridad carnal menos enemiga de una paz sólida. Fortalece el engaño, que al final no hace sino aumentar la miseria. Aun en su progreso, normalmente se atormentan. Calvino: «A menudo ocurre que son torturados con el más intenso dolor quienes roen el hueso y, en lo interior, devoran la pena y la mantienen enclaustrada, encerrada por dentro y sin descubrirla, pero después se apodera de ellos una especie de locura repentina, y la fuerza de su dolor irrumpe con mayor ímpetu cuanto más tiempo haya sido contenido». Arnd: «La melancolía que surge del pecado consume el cuerpo, lo reduce a una condición miserable, y da lugar a un llanto secreto del corazón, de manera que se produce un alarido constante».
  10. La distinción entre el perdón judicial y paternal de Dios es sana y bíblica. Inmediatamente después de que David dijera a Natán: «Pequé contra Jehová», «Natán dijo a David: También Jehová ha remitido tu pecado» (2 Sam. 12:13). Sin embargo, después de esto, David escribió el salmo 51 y tuvo la experiencia descrita en los versículos 3-5. Tholuck: «El profeta pronunció perdón, pero otra cosa era que David se apropiara y regocijara en él delante del Señor».
  11. El pecado es un enredo terrible. Un pecado conduce a otro, ya que el mal engendra mal sin fin, a menos que la gracia de Dios intervenga para romper la horrible sucesión. David miró, codició, cometió adulterio, recurrió a las artimañas, manchó su alma con sangre inocente, durante mucho tiempo vino a justificarse a sí mismo, se hizo obstinado e irritable, y pronto se habría arruinado si el amor de Dios no le hubiese buscado y humillado.
  12. Las aflicciones del pecado no perdonado pueden, en cualquier momento, hacerse intolerables, consumiendo nuestra salud y sumiéndonos en el abatimiento y aun en la desesperación (vv. 3-4). No hay fuego más ardiente que la ira de Dios derramada sobre una conciencia culpable. No hay daño más terrible que el del espíritu herido por la transgresión.
  13. La doctrina bíblica de la confesión del pecado es de gran importancia y ocupa un lugar destacado en ambos Testamentos (vv. 3-5). La confesión aquí mencionada no es «auricular a un sacerdote», tan exaltada por los romanistas; ni la mutua confesión de faltas recomendada por un apóstol (cf. Stg. 5:16); ni el reconocimiento del mal ocasionado a un hermano (cf. Lc. 17:3-4); sino la confesión debida solo a Dios, como Señor de la conciencia y Juez final. Sobre esto, las Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento son claras y armoniosas (cf. Pr. 28:13; 1 Jn. 1:8-10). Toda santa confesión de pecado es plena, sincera, humilde y penitente. Henry: «Quienes deseen obtener el consuelo del perdón de sus pecados, deben acarrearse vergüenza mediante una confesión penitente de los mismos». Que tal confesión sea necesaria, es claro: 1. Del mandato de Dios; 2. Del ejemplo de los buenos hombres; 3. De la naturaleza del caso, ya que ningún hombre estará dispuesto a abandonar el pecado hasta que se prepare para confesarlo; y ningún hombre cuya abominación no esté dispuesto a admitir, se sentirá inclinado a reconocer la misericordia del perdón de pecado.
  14. La excelencia de la confesión no consiste en ningún mérito que haya en ella, como algunos sueñan vanamente, sino en tanto que es un acto demandado por la simple verdad, y en tanto que considera el gracioso perdón de Dios como un don bienvenido. La conexión entre confesión y perdón es estrecha e íntima. No podemos amar y querer a los enemigos de Dios, y amarle y temerle a Él al mismo tiempo. Dios está más dispuesto a perdonar el pecado que nosotros a abandonarlo y confesarlo (v. 5).
  15. Para todo hay un tiempo. Especialmente hay un tiempo para volverse al Señor mediante la confesión y la oración. Los sabios invocan a Dios cuando hay posibilidad de hallarle (v. 6; cf. Is. 55:6). Habrá oración en el día del juicio final y en el infierno, pero será demasiado tarde. Dios no oirá entonces.
  16. Si hemos tenido experiencia de los métodos divinos para tratar las almas, deberíamos, en primer lugar, beneficiarnos de ella nosotros mismos y, después, darla a conocer modestamente para que otros eviten nuestros errores, y se valgan del aliento producido por nuestro éxito en el propiciatorio (v. 6). Un acto justo puede tener un larguísimo alcance. La gente que ora está segura en tiempos de las catástrofes más extremas. Las muchas aguas no se acercarán a ellos.
  17. Dickson: «La experiencia de las misericordias de Dios pasadas debería llevarnos a hacer uso de la fe en todas las dificultades futuras. Tras una dificultad, los santos deberían prepararse para otra; tras una liberación, deberían esperar otra» (v. 7).
  18. Si Dios o sus siervos nos invitan a la instrucción, deberíamos atender a las cosas que se hablan para nuestro aprendizaje (v. 8).
  19. Henry: «Pueden enseñar mejor a otros la gracia de Dios quienes la han experimentado; y quienes han sido enseñados por Dios, deberían decir a otros lo que Él ha hecho por sus almas» (v. 8).
  20. En cualquier parcela de la vida, tener el carácter adecuado es de gran importancia; pero, para recibir instrucción, tener un carácter inadecuado es fatal. Aquel cuya única semejanza al caballo consiste en su inquietud, y aquel que se asemeja a la mula únicamente en su obstinación, no harán progreso en el aprendizaje de las lecciones de la salvación. La sumisión, la docilidad y la calma son esenciales. El pecado no tiene peor efecto en la naturaleza del hombre que el que produce la terrible perversión que excluye la enmienda.
  21. Nuestra actitud temeraria y testaruda se encontrará, en algún momento, con un terrible freno. La Biblia de Berleberg: «Si no accedemos a servir a Dios voluntariamente, a la larga le habremos de servir, queramos o no. El que huye del servicio voluntario a Dios, cae en su servicio obligatorio. Por esta causa, el sabio estoico oró: “Guíame, oh Dios, por el camino que Tú has escogido; y, si no quiero, lo mejor es que se me obligue”. No se recurre al freno y al cabestro a menos que no se nos puede hacer sabios por medios más delicados. Dios emplea estos con el propósito de librarnos de la autodestrucción».
  22. Las miserias de los inconversos son inconcebiblemente terribles. Sobre ellos reina la depravación; la culpa carga sus almas con sus ardientes cadenas; la ignorancia ciega sus mentes; y no tienen ningún poder para hacer el bien. Dios, las estrellas y toda la naturaleza lucharán, además, contra los impenitentes. «Muchos dolores habrá para el impío» (v. 10). La conexión entre pecado y miseria es más estrecha que entre alma y cuerpo (es inseparable). Aunque los malvados se exalten a sí mismos cual águila, y aunque pongan su nido entre las estrellas, de allí los bajará Dios. Los pecadores tienen que soportar todas sus dificultades solos. No conocen a Dios. No tienen acceso al propiciatorio. El único remedio para la desgracia humana se halla en Cristo. Puesto que los pecadores lo rechazan, no les queda más que miseria. Los justos obtienen bien de todo el mal que les acontece, pero los malvados de tal manera lo pervierten todo, que obtienen mal de todo el bien que se les envía.
  23. Ambos Testamentos con razón declaran que es el deber de los siervos de Dios estar llenos de gozo santo, aun en tiempos de prueba, pérdida de un ser querido o tribulación (v. 10). Tienen una buena causa para el regocijo; la misericordia los rodea.
  24. Si los justos pueden regocijarse hasta la exultación, mientras que aún están en el valle de lágrimas y en el campo de batalla de la vida, ¿cuál no será su regocijo cuando la guerra haya acabado y Dios mismo venga a bendecirlos?
  25. Aun en esta vida, la verdadera bienaventuranza es posible (vv. 1, 11). Toda ella estriba en el perdón del pecado y una justificación gratuita. Si la culpa hace a los hombres cobardes, el perdón y la aceptación los hace intrépidos. Si la culpa envenena toda copa de alegría, la justificación endulza toda copa de angustia. Si la culpa hace de la muerte el rey de los terrores, un interés en Cristo lleva al creyente a gritar: «Sorbida es la muerte en victoria» (1 Co. 15:54). Si la culpa ha de conducir a los malvados, en el último día, a gritar a las rocas y a las montañas que caigan sobre ellos y los escondan de la faz de aquel que se sienta en el trono, y de la ira del Cordero, el derecho que los creyentes tienen al árbol de la vida les dará valentía en el día del juicio final. El pecador salvo por gracia tiene todas las cosas y está rebosante, puesto que tiene a Cristo como su sacrificio y como su justicia. Bouchier: «El criminal puede ser perdonado, pero regresa a un mundo despectivo con un nombre manchado y un carácter arruinado. Es liberado de la pena temporal de su culpa para buscar refugio y subsistencia donde pueda, casi obligado a regresar a sus antiguos socios de pecado, como los únicos seres que han de admitirlo en su fraternidad sin burla ni reproche. Ninguna voz amiga está a su lado para instruirle y enseñarle el camino por el que deba ir, ningún ojo le mira con amabilidad para guiarle y dirigirle». Lo peor de todo es que no tiene paz por dentro, ni un cambio de corazón. Dejado a sí mismo, es tan vil como siempre. Pero el pecador que ha acudido a Jesús, halla todo lo que necesita: gracia, amigos, un hogar, olvido eterno de sus delitos pasados y seguridad de eterna victoria sobre todos sus enemigos. ¡Oh, cuán asombroso es el plan del evangelio!
  26. Y ahora, querido lector, ¿aceptarás el perdón ofrecido, la salvación propuesta? Ahora es tu tiempo. Si estás fuera de Cristo, este puede ser tu último llamamiento a la salvación. ¿Por qué has de morir? ¿Cómo escaparás si descuidas una salvación tan grande? ¿Qué dirás cuando Dios te castigue? ¿Confesarás tu pecado, aceptarás a Cristo y serás salvo? ¿LO HARÁS?

S. Plumer

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Creado a partir de la obra en http://www.iprsevilla.com.

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