Salmo 31

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Observaciones doctrinales y prácticas

  1. Se da mucha honra a Dios con la confianza que su pueblo pone en Él en las horas más oscuras (v. 1). Esta es una razón por la que deberían esforzarse grandemente por esperar y confiar en Dios en todo momento.
  2. La auténtica confianza en Dios es solo en Él. No mezcla ayudas y amistades humanas con lo divino. Es callada como una tumba respecto a todo recurso que no sea el Infinito, Eterno e Inmutable (v. 1).
  3. Una auténtica confianza puede alegarse siempre como razón por la que Dios debería concedernos nuestras peticiones (v. 1). Él nunca despierta esperanza o inspira confianza para, después, defraudarnos. Lejos de Él tal cosa.
  4. Los justos tienen muchas buenas, y ninguna mala, expectativas para la eternidad (v. 1). Jamás serán avergonzados. Todas las buenas cosas que reciben aquí no son sino promesas de cosas mejores por venir, mientras que el mal que reciben es todo el mal que les acontecerá.
  5. Cada atributo de Dios requiere y asegura la salvación de los creyentes. Eran pecadores y, por tanto, merecían mal. Pero, puesto que están bajo el pacto de Dios, aun la justicia divina demanda su completa liberación (v. 1). Compárese con 1 Juan 1:9. Dickson: «Al igual que el Señor envía, en su sabiduría, turbación tras turbación al creyente, también envía, en su justicia y fidelidad, liberación tras liberación prometidas».
  6. Es una gran misericordia que Dios oiga la oración. Podemos pedirle, confiadamente, que oiga nuestras oraciones y condescienda a inclinar a nosotros su oído (v. 2). Arnd: «¡Oh Dios, hasta tal punto oyes lo que se te ofrece con voz debilitada que aun mi suspiro oyes! ¡Ah, no te mantengas tan alejado de mí! No tengo ninguna defensa temporal, ningún lugar de fuerza y seguridad; sé Tú mi castillo y fortaleza».
  7. Cuando los hombres hablan muy en serio y sus corazones son totalmente sinceros, desean la pronta ayuda de Dios (v. 2). El alma piadosa en tinieblas pide que las tinieblas sean disipadas ahora. El que justamente desea liberación del pecado, pide ser salvado ahora.
  8. Está bien desesperar de toda ayuda creada, renunciar a toda confianza en nosotros mismos u otras criaturas. David no tenía más esperanza que Dios (vv. 1-2).
  9. Dios puede defender y salvar plena y efectivamente. Él es «roca fuerte», arsenal, «roca» y «castillo» (vv. 2-3). Confiar en Él no puede ser en vano. Tal cosa es imposible. Su naturaleza lo impide. No hay verdad más segura ni clara.
  10. Si simplemente se tratara del honor de la criatura, el crédito de los ministros o la gloria de los ángeles, la salvación del hombre sería realmente incierta. Pero, a cada paso, se trata del honor de Dios. Rogamos «por [su] nombre» (v. 3). Si Dios comenzara y no continuara, o si Él llevase adelante la obra pero no la completase, todos admitirían que sería por alguna razón ignominiosa para el Todopoderoso. Pero tal cosa no puede ocurrir jamás. Dios llevó a cabo la salvación del hombre motu proprio. Su glorioso nombre asegura que la piedra culminante ha de ser colocada en gloria.
  11. La guía divina no puede buscarse con demasiado fervor y constancia (v. 3). Dejados a nosotros mismos, cometemos errores fatales. Si el hombre pudiera ser su propio guía, ¿por qué no podría ser también su propio salvador? Por tanto, es correcto someter todo nuestro entendimiento a la enseñanza de Dios, y nuestro corazón a la purificación del Espíritu Santo.
  12. La historia del pueblo de Dios se une a la Escritura para mostrar que «el justo con dificultad se salva» (1 P. 4:18). Muchas veces sus pies están en la «red», y nadie más que Dios puede sacarlos (v. 4). A este respecto, su éxito de ninguna manera depende de un ingenio innato o carácter fuerte, sino del propósito y gracia de Dios. Dickson: «Aunque los piadosos sean débiles y simples, tienen a un Dios sabio y fuerte a quien invocar, el cual puede romper el lazo y poner a los suyos en libertad».
  13. Cuanto más se estudia la Escritura y más aprendemos por experiencia, más claro parece que la omnipotencia de Dios es una verdad necesaria para la paz y alegría cristianas (v. 4). Recientemente, partió de esta tierra alguien cuyo recuerdo permanece en los corazones de miles: el Rvdo. James Waddell Alexander (Th.Dr.). Entre sus muchas contribuciones a la piedad, ninguna merece un lugar más elevado que su obra titulada Consolación. Ninguno de sus capítulos está más lleno de bendita verdad que el cuarto, titulado «La omnipotencia de Dios: Fundamento de amplia esperanza cristiana».
  14. Es un privilegio de los creyentes, en todo momento, encomendar su espíritu a Dios (v. 5). Y es especialmente deleitoso hacerlo en la hora de la muerte. Así lo hizo nuestro Salvador. El moribundo Esteban, el Rvdo. James Waddell (Th.Dr.), célebre predicador ciego de Virginia, la Sra. Sarah B. Judson y muchos otros, cuando estaban muriendo, clamaron: «Señor Jesús, recibe mi espíritu» (Hch. 7:59). De camino a la hoguera, Huss frecuentemente decía: «En tus manos encomiendo mi espíritu; Tú me has redimido, mi Señor Jesús, Dios de verdad». Lutero, muriendo, dijo tres veces: «En tus manos encomiendo mi espíritu». Las últimas palabras de John Janeway fueron: «Ven, Señor Jesús, ven pronto» (cf. Ap. 22:20). John Frederic Oberlin: «Señor Jesús, llévame rápido, mas hágase tu voluntad». Calvino: «Quien no confíe en la providencia de Dios para encomendar su vida a su fiel custodia, no ha aprendido correctamente qué es vivir».
  15. ¡Cuán preciosa es la redención! Todos los santos aman hablar de ella y glorificar a su autor (v. 5). No es de extrañar que las plumas inspiradas nunca se cansen de este tema, y a menudo prorrumpan en cánticos de alabanza respecto al mismo, aun sin aviso formal.
  16. Si los hombres no se duelen cuando contemplan a los transgresores, no son santos (v. 6). Cuando Pablo vio la ciudad de Atenas terriblemente sumida en la idolatría, su espíritu se conmovió. El que puede contemplar la maldad de los malvados sin tristeza y aversión, tiene un corazón muy distinto al corazón de Dios.
  17. No hay manera razonable de justificar la idolatría, excepto suponiendo que los hombres están terriblemente cegados, pervertidos y degradados por el pecado. Todo el sistema de idolatría y de magia, necromancia, augurios y adivinaciones, es tal cúmulo de «vanidades ilusorias», que únicamente una mente depravada podría recibirlo aun un solo momento.
  18. Las verdaderas misericordias nunca pierden su utilidad para la mente piadosa (v. 7). Mucho tiempo después de su recepción, podemos traerlas a la memoria. Jacob lo hizo cuando estaba muriendo (cf. Gn. 48:16). El que no tiene conciencia para pensar en las misericordias pasadas, apenas puede rogar, de manera correcta, nuevas bendiciones. A veces, la única luz que nos queda es la luz de las promesas, aumentada por la luz de una bienaventurada experiencia.
  19. Es nuestra obligación mantener y cultivar el gozo y la alegría en el servicio a Dios (v. 7). Sería un estigma indeleble para la religión el que todos sus profesantes mostraran por su semblante que sirven a un señor duro, que les envió a la guerra a sus expensas y los dejó en una tristeza que amarga sus vidas. Bendito sea su nombre, pues que da cánticos en la noche. «Saliste al encuentro del que con alegría hacía justicia» (Is. 64:5).
  20. Dios conoce nuestras almas en la aflicción (v. 7). Pesa bien nuestra causa. Siempre mira a sus santos, especialmente cuando están inundados en lágrimas o lidiando con las ondas de la adversidad. Ve toda nuestra turbación. Bendito sea su nombre por ello.
  21. «Los problemas rara vez vienen solos». Los de David se multiplicaron. Léase la lista (vv. 7-13). ¡Cuán pesada la carga! ¡Cuánto presionaba! Cuando comienzan a llegar las aflicciones, bienaventurado el que está preparado para lo peor.
  22. Si fuese posible que Dios, aunque solo por poco tiempo, se pusiese del lado de los malvados en contra de los justos, esto destruiría toda la religión del mundo. Pero Él jamás, ni aun por una hora, entrega a un buen hombre «en mano del enemigo» (v. 8).
  23. Cuando Dios da anchura, ¿quién puede ponernos en estrechura? (v. 8).
  24. Mantengan vivo todos los buenos hombres el conocimiento y recuerdo de la misericordia divina (v. 9). En ella reside la vida de los hombres. El santo moribundo y el cristiano vivo no tienen otro recurso. El Dr. McLaren de Escocia, muriendo, dijo: «Estoy juntando todos mis sermones y todas mis oraciones, todas mis buenas obras y todas mis malas obras, y los estoy tirando por la borda, decidido a nadar hasta la gloria sobre la tabla de la libre gracia». Jamás sostengamos una doctrina dudosa sobre este punto vital.
  25. El peor aguijón de cualquier prueba es el pecado (v. 10). Este da a nuestros dolores su terrible conmoción. Dickson: «La conciencia de pecado unida al problema es carga sobre carga, y puede quebrantar la fuerza del hombre más que cualquier problema». La razón es que el pecado es la cosa más amarga y maldita, el veneno más tóxico y mortal, el mal más mortífero y horrible del universo. Absolutamente nada puede compararse con él. Aunque el hombre parezca totalmente alegre y jovial, si el pecado está sobre él, languidece y muere.
  26. Si la existencia y contemplación del pecado producen tales efectos aquí, ¿qué no han de ocasionar al alma en el otro mundo, donde la retribución será perfecta?
  27. Si experimentamos pruebas intensas de la mano del hombre, también las experimentaron David (v. 11) y Cristo. Si no nos va peor que al Maestro y su gran tipo, podemos considerarnos felices. A menudo, el ingrediente más amargo en nuestra copa es el papel que se permite jugar a nuestros antiguos amigos. Esto también formó parte de las pruebas de David y de Cristo.
  28. Cuando casi todos los hombres desprecian o desesperan de una buena causa, es un ilustre acto de fe no rendirse. En este caso, David esperó contra esperanza. Siguió la promesa, no las apariencias. Lo que hizo la fe del ladrón penitente más notable fue que, firmemente, miró al Sol de justicia, aunque estaba bajo un eclipse; creyó en un Salvador que fue abandonado por sus propios discípulos, muriendo en ignominia y confesando que había sido desamparado por Dios. No es de extrañar que tal ejemplo de fe haya sido celebrado desde entonces, y lo siga siendo hasta el fin del mundo.
  29. Ni la multitud de nuestros enemigos y sus calumnias, ni sus consejos, ni sus maquinaciones homicidas, ni ninguna otra cosa puede destruirnos o desalentarnos si Dios está con nosotros (v. 13).
  30. La confianza en Jehová como nuestro Dios nunca jamás será defraudada (v. 14). Hay una frase en uno de los libros apócrifos del Antiguo Testamento que una vez dio al pobre Bunyan gran consuelo. Pensó que estaba en la Biblia, en lo cual se equivocaba, pero no en suponer que conformaba una verdad de la Escritura: «Mirad a las generaciones de antaño y ved: ¿Quién se confió al Señor y quedó confundido? ¿Quién perseveró en su temor y quedó abandonado? ¿Quién le invocó y fue desatendido?» (Eclo. 2:10, LBJ).
  31. Cuán consoladora es la doctrina bíblica de la providencia (v. 15). Lo mismo podríamos creer que no hay Dios, que creer que no ve, ni oye, ni se preocupa, ni actúa en los asuntos humanos. Si confiamos en su gobierno, todo estará bien, y nadie lo dirá más seguro, alto y gozoso que quienes, en esta vida, se encuentran con los reveses más tristes.
  32. La persecución no es ninguna novedad (v. 15). Su espíritu se ha agitado desde los días de Caín, y continuará hasta que el último pecador se convierta. La ofensa de la cruz jamás cesará hasta que toda carne vea la salvación de Dios.
  33. Cuando brilla el sol, no necesitamos velas, y cuando tenemos la luz del rostro de Dios, importa muy poco que los hombres sonrían o frunzan el ceño, alaben o culpen, bendigan o maldigan (v. 16).
  34. La vergüenza, la derrota, el vencimiento, el silencio y la confusión ciertamente vienen, pero no para los justos (v. 17).
  35. Será una dicha indecible vivir en un país como el cielo, donde «los labios mentirosos» nunca se abren, donde «cosas duras» nunca se hablan, donde la «soberbia» y el «menosprecio» son desconocidos (v. 18).
  36. El que tiene a Dios por su Dios «posee a Dios con todos sus tesoros de gracia, con toda su bondad, amor y amistad» (v. 19). Dios no niega nada a quienes no le niegan nada a Él.
  37. Es una bendición indecible tener permiso para llevar una vida tranquila y apacible, aun si es en tiempos turbulentos, cuando el mundo está todo alborotado. Esto nunca puede hacerse si no es mediante esa paz que es un don especial de Dios. Él esconde a sus escogidos «en lo secreto de [su] presencia», «en un tabernáculo» (v. 20). Dickson: «¡La gran paz de conciencia ante Dios, y consuelo en el Espíritu Santo, que el Señor puede dar al creyente cuando tiene que tratar con perseguidores soberbios y manifiestos, y con calumniadores chismosos, es un misterio secreto y oculto al hombre mundano!». Calvino: «El poder de la sola providencia divina basta para ahuyentar toda especie de mal». En la prisión de Bedford, Bunyan caminaba sigilosamente hacia el cielo, mientras que su detestable príncipe, con sus secuaces y esbirros, era zarandeado en un mar de vanidad.
  38. El que quiera puede ver las maravillas de la misericordia obradas para quienes aman y temen a Dios (v. 21).
  39. Dickson: «Puede haber en el alma, a la vez, dolor opresivo y fuerte esperanza; tinieblas de aflicción y la luz de la fe; dudas desesperadas y firme sujeción a la verdad y bondad de Dios; una aparente rendición en la lucha y, sin embargo, un esfuerzo de la fe frente a toda oposición; un necio apresuramiento y una pausa de la fe» (v. 22).
  40. La desconfianza en la bondad, el amor y la misericordia de Dios es un pecado que debe confesarse (v. 22). Una vez lo hemos confesado sinceramente, nos guardaremos del mismo con mucha vigilancia.
  41. El amor a Dios es una antigua doctrina (v. 23). Se enseña tan claramente en el Pentateuco como en los Evangelios, en los Salmos como en las Epístolas.
  42. Ningún alma fiel perece jamás. La razón es que Dios reina y la guarda (v. 23).
  43. La recompensa de los incorregiblemente malvados será bastante pronto y bastante terrible, sin que nos tengamos que ocupar de hacerles mal (v. 23).
  44. Sean todos los siervos de Dios de buen ánimo. Ningún comportamiento cobarde caracterice jamás su conducta (v. 24). El que pelea sus batallas es el Todopoderoso. «Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Ro. 8:31).
  45. Este salmo muestra que David fue, en muchos aspectos, un tipo de Cristo. Estudiemos tanto la figura como a quien era prefigurado.

W. S. Plumer

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