Salmo 30

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Observaciones doctrinales y prácticas

  1. Aun en este mundo de aflicción, una parte no pequeña de nuestra tarea es la alabanza (vv. 1, 12). Todo el tiempo que dura la vida, especialmente en el caso de los justos, las misericordias abundan grandemente. Mucho más se les llamará a la alabanza en el cielo (cf. Is. 54:7-8). Glorifiquémosle aquí con el corazón y con la voz por la vida y todas sus bendiciones; y, después, podemos esperar pasar la eternidad en su dichosa presencia y servicio. Si Dios nos exalta, exaltémosle. Si nos humilla sin destruirnos, considerémoslo una gran misericordia y demos gracias. «Todas las vicisitudes de nuestra existencia terrenal están sujetas a su soberana disposición». No podrían estar en mejores manos.
  2. En cuanto a su condición, estado de ánimo y esperanza, los mejores hombres están sujetos a gran depresión (v. 1). El creyente bajo el pacto de Dios está a salvo, no seguro. Aunque sus enemigos no prevalecerán finalmente, sin embargo, a menudo le incordiarán terriblemente.
  3. Puesto que los malvados aborrecen a los justos, se regocijan sobre ellos siempre que los ven tristes y abatidos (v. 1). «Porque no sois del mundo […] por eso el mundo os aborrece» (Jn. 15:19).
  4. Todo el salmo muestra cuán terrible es el pecado de quienes gobiernan o representan a la nación. Trae consigo terribles castigos. La razón por la que los pecados nacionales son tan severamente castigados en este mundo es que las naciones, como tales, no serán juzgadas en el otro mundo. Su existencia habrá cesado entonces. En el juicio final, solo los individuos experimentarán el examen de Dios.
  5. No hay perseverancia sin oración (v. 2). Podemos ser salvos sin erudición o gran sagacidad, pero no sin oración. Cobbin: «A su tiempo y manera, Dios puede librarnos cuando le invoquemos para que nos ayude. En esta fluctuante condición, nuestras alegrías casi se alían con nuestras aflicciones, nuestra prosperidad con la adversidad, y nuestras épocas de sagrada alegría con las de profunda depresión. Pero ¿quién ha asediado el propiciatorio en vano?».
  6. Cuando Dios sana y ayuda, hace la obra con propósito (v. 2). Nadie puede resistirle. Él no necesita colaboración.
  7. La preservación de la vida humana es una obra tan grande, que siempre y fácilmente puede atribuirse solo a Dios (v. 3). No es necesario ningún acto positivo de su parte para terminarla. Su simple y plena retirada nos haría perecer al instante.

La vida que has puesto bajo tu cuidado,

Señor, la dedico a ti.

Ciertamente, deberíamos darlo todo a Dios. Los peligros vistos y no vistos, con que constantemente nos encontramos, en seguida nos superan si Dios nos abandona tan solo un momento. Si nunca hemos estado bajo los peligros de la guerra o el hambre, sin embargo, ¿quién de nosotros ha estado siempre fuera del alcance de la pestilencia?

  1. El que ama a Dios de corazón y sinceramente le alaba, desea que todos los demás hagan lo mismo (v. 4). Las razones son: 1. La verdadera religión es benevolente; 2. Dios es infinitamente excelente y glorioso y, por tanto, digno de honor y devoción ilimitados. Dickson: «Detenerse un momento a considerar las misericordias que nos son mostradas, trae consigo regocijo en Dios y una disposición al canto a la que, una vez que hemos sido despertados y amonestados, pensaremos que una boca que alabe a Dios es demasiado poco, como aquí vemos en David, que no solo alaba a Dios él mismo, sino que también pone a caminar a todos los santos en la misma dirección, diciendo: «Cantad a Jehová, vosotros sus santos».
  2. Sin embargo, es inútil pedir a nadie, aparte de los «santos», que se unan en un ejercicio tan espiritual (v. 4). Por mucho que los hombres malvados puedan amar los buenos dones, siempre aborrecerán al Dador de todas las cosas buenas. Muchos de ellos ni siquiera le agradecen la existencia. Voltaire puso en letras de molde: «Ojalá nunca hubiera nacido». Miles desprecian, hasta este día, su «don inefable», Jesucristo. Si Dios no tuviese más honra que la que le dan los malvados, su alabanza pronto dejaría de ser oída y su nombre reverentemente pronunciado sobre la tierra.
  3. La santidad de Dios es tan amable como inmaculada. Puesto que es infinita, hay que confiar y regocijarse en ella. Siempre es justa causa de gratitud (v. 4). ¿Tiene nuestra religión un carácter que nos capacite a adorar y gloriarnos en la santidad de Dios?
  4. Aunque, en el caso de los malvados, a la noche de la muerte le sigue una noche de desesperación interminable, sin embargo, en el de los justos, la noche más larga y oscura tiene su mañana de alegría (v. 5). Aun siendo intensas las pruebas de los santos, son muy breves. Grande es la misericordia para con nosotros de que Dios es lento para la ira, y de que su ira no dura más que «un momento». Si se complaciera en castigar, ¿quién podría estar en pie ante Él? Pero, mientras que las Escrituras nos aseguran que la ira de Dios es breve, igual de claramente nos enseñan que su misericordia dura para siempre. ¡Oh, si los santos estudiaran el carácter de Dios! Amor, misericordia y pureza maravillosos brillan en todo él. Su nombre es la gloria del universo.
  5. Los escritores inspirados cuidadosamente mantienen la distinción entre santo y pecador. Este salmo la exponen maravillosamente. Hengstenberg: «Los juicios divinos son de carácter aniquilador para los impíos. En su caso, la alegría nunca sigue al lloro». En cambio, las mismas aflicciones del pueblo de Dios promueven su eterno bienestar.
  6. Aunque la prosperidad puede venir a un buen hombre, sin embargo, nunca es sin peligro. Ni siquiera David fue lo suficientemente fuerte como para resistir su poder (v. 6). A causa de nuestra pecaminosidad, su tendencia natural es endurecer el corazón y apartar los afectos del deber y de Dios. Esto se declara a menudo en la Escritura. A veces, el lenguaje de la Inspiración es muy sorprendente. Véase especialmente Deuteronomio 8:10-18; 32:15; Pr. 1:32; Ez. 16:49-50; Os. 13:6. Nos equivocamos penosamente cuando utilizamos las bendiciones de Dios para alentar la seguridad carnal. Cuando brilla el sol, ¿por qué deberíamos decir: Jamás habrá una tormenta o una nube?
  7. Si tenemos éxito, ciertamente deberíamos atribuirlo a Dios (v. 7). Sin Él, no hay ni fuerza, ni sabiduría, ni alegría, ni velocidad, ni estabilidad.
  8. En Dios está nuestra vida. Si esconde su rostro, no podemos sino ser «turbado[s]» (v. 7).
  9. Cualquier cosa que nos lleve a orar fervientemente es buena para nosotros (v. 8).
  10. Es muy legítimo que, en la oración, llenemos nuestras bocas de argumentos procedentes de la gloria de Dios o de nuestra debilidad y necesidades (v. 9). Ciertamente podremos, entonces, alegar los méritos del gran Redentor. «La fe en Dios es muy argumentativa».
  11. Nadie suponga que es malvado morir o entregarse a la muerte, si de ese modo podemos promover el bien de nuestra raza, la causa de la verdad o la gloria de Dios. Lo correcto es dejar el tiempo y modo de nuestra partida a la soberana disposición de Dios.
  12. El pueblo de Dios no debería negarse a abandonar este mundo por uno mejor. La muerte no es un enemigo para el creyente (cf. 1 Co. 3:22). La unión entre Cristo y su pueblo no es disuelta por la muerte. Ellos duermen en Jesús. No es a la muerte a lo que persistentemente se niega un buen hombre, sino a una muerte que traiga deshonra a Dios. Scott: «Deberíamos rogar al Señor que no finalicemos nuestras vidas con su desagrado, de manera deshonrosa a su nombre o sin provecho a nuestros hermanos».
  13. Lo que nos falta es misericordia (v. 10). No merecemos una sola cosa buena. Todo lo que necesitamos nos ha de llegar por inmerecida bondad y gran compasión, o jamás obtendremos bien alguno.
  14. Si tenemos la ayuda de Dios, no necesitamos ningún otro apoyo (v. 10). Él es suficiente. Solo Él es todo-suficiente.
  15. No es maldad estar muy triste, lamentar y ponerse cilicio (v. 11). No es pecado derramar lágrimas y lanzar suspiros. Jesús lloró. Su alma estuvo triste hasta la muerte. Hay un tiempo para llorar y un tiempo para lamentar (cf. Ec. 3:4). Dickson: «Conviene al hijo de Dios llorar cuando ha sido abatido, y humillarse en el ejercicio de la oración y el ayuno». Una de las peores señales es ser azotado y negarse a ser humillado.
  16. No es maldad estar muy alegre (v. 11). Hay un tiempo para reír (cf. Ec. 3:4). Podemos regocijarnos con gozo inefable y lleno de gloria. Bendito sea Dios, pues que su plan no es convertirnos en troncos y piedras, sino alegrarnos sobremanera.
  17. Nuestras mejores facultades de cuerpo y mente, las que constituyen nuestra «gloria» por encima de las bestias, pertenecen a Dios (v. 12). Nunca se emplea mejor el habla que cuando se elogia a Cristo, se glorifica a Dios y se alaba al Espíritu Santo, declarando todo el recuerdo de la bondad de Dios.

W. S. Plumer

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