Salmo 29

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SALMO 29

Observaciones doctrinales y prácticas

  1. Los afectos justos hallarán materia de adoración y alabanza en todas las obras de Dios, en todos los aspectos de la naturaleza. Si «el astrónomo impío está loco», igualmente lo está el meteorólogo, geólogo, navegante, guerrero, artesano o agricultor impío. Dios está en todas partes. Sus maravillas están en todas partes. Todos, menos los ciegos y perversos, ven y adoran.
  2. Ninguna criatura, por muy excelsa que sea, es demasiado elevada como para reconocer su absoluta dependencia de Dios por todo lo que le ha dado, ya sea honor o poder, gloria o fortaleza (v. 1). «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1 Co. 4:7) es el tremendo desafío universal.
  3. Dickson: «De todos los hombres, los príncipes deberían ser los que más se preocupen de glorificar a Dios; y, sin embargo, es muy raro verlos humillados ante Él». A este deber los llama en alta voz la multitud de sus bendiciones y la solemnidad de su llamamiento. «A quien se haya dado mucho, mucho se le demandará» (Lc. 12:48). Pero las potestades terrenales son grandemente tentadas por su elevada posición, por las adulaciones de los cortesanos y por las corrupciones del corazón natural, que rechaza el sencillo reinado de Dios.
  4. No hay peligro alguno de que hombre o ángel, en la adoración de Dios, se extralimite en ardor, humildad o reverencia (v. 1). Absolutamente toda perfección debiera atribuirse a Él, que nos hizo. La adoración justa está cimentada en la naturaleza divina. A Dios pertenecen la gloria y la fortaleza, toda excelencia en grado infinito.
  5. Tan correcto es que Dios reciba todo lo que se le debe, como que lo reciban los hombres o los ángeles (v. 2). Negar los derechos de Dios es muy peligroso. Ni siquiera deberíamos rendirle tan solo una parte, y no el todo de lo que demanda. Él es infinitamente amable y, por tanto, debería ser indeciblemente amado; Él es infinitamente poderoso y majestuoso y, por tanto, tiene derecho a la más admirable reverencia.
  6. Hemos hecho muy poco progreso en la religión hasta que no vemos que hay una hermosura transcendente en la santidad (v. 2). No hay hermosura semejante a esta, porque es la hermosura del Señor, y nos hace semejantes a Él. La superioridad de los ángeles sobre los diablos consiste, principalmente, en la pureza de aquellos y la corrupción de estos. Sea ofrecida nuestra adoración a Dios –solo a Dios– como está mandado, llena de humildad, simplicidad, reverencia y confianza.
  7. Dios debería ser reconocido en todas las obras de sus manos, tanto en la creación como en la providencia, en las cosas mayores y en las menores, en el curso habitual de la naturaleza y en el inusual, en las «aguas» sobre la tierra y bajo la tierra, en la calma y en la tormenta, cuando Él «truena» (v. 3).
  8. Es muy maravilloso que no prevean y lamenten todos los pecadores los terrores que les alcanzarán. Si el trueno del poder de Dios les conmueve tan fuertemente aquí, ¿pueden esperar permanecer inconmovibles en el día de la ira? (v. 3). La experiencia muestra que a nadie sobrecoge más fácilmente el terror que a las pobres almas engañadas que, habitualmente, en la tierra de paz manifiestan el mayor desprecio de Dios y de las cosas celestiales.
  9. Si los hombres fuesen gobernados por los afectos y la razón adecuados, las obras habituales de la creación, el cielo claro y sereno, el suave céfiro, les impresionarían tan cierta y provechosamente como las manifestaciones más tremendas de la omnipotencia en las tempestades y terremotos. Una prueba de que los hombres no regenerados son terriblemente depravados es que rara vez despiertan a un vivo sentido de la existencia divina, excepto cuando se ven sobresaltados por algún triste revés, horrible accidente o tremendo fenómeno. «El trueno y el eclipse conmueven más que la creación del cielo y de la tierra».
  10. Es adecuado que la misericordia hable con notas de amor y ternura, como también lo es que las revelaciones de ira sean en tono de terror (v. 3). «Si los hombres no quieren escuchar la quieta vocecilla del amor de Dios, serán obligados a oírle con acento de trueno».
  11. Las evidencias del poder irresistible de Dios que se dan en la naturaleza, particularmente en las violentas agitaciones de la tierra y del aire, deberían convencer a todo hombre de que nada será más fácil que llevar a cabo las obras más terribles de venganza con que se les amenaza (vv. 4-9). Cuando Dios tronaba, el emperador Calígula solía ir a esconderse debajo de su cama. Y, cuando Dios pronuncie sus últimos truenos, los pecadores dirán a las rocas y a los montes: «Caed sobre nosotros, y escondednos […] de la ira del Cordero» (Ap. 6:16). Dios puede traer fácilmente todos los terrores del último día.
  12. El que manda sobre el relámpago, puede gobernar sobre cualquier cosa (v. 7). Una gloriosa verdad de la religión natural y de la revelada, es que nada es demasiado difícil para Dios. La omnipotencia no puede ser resistida.
  13. Si la voz de Dios en la naturaleza es tan potente, naturalmente deberíamos esperar que su palabra en la revelación sea poderosa. Es un fuego y un martillo que rompe en pedazos el pedernal. Scott: «La voz de la ley divina, si se le prestara la debida atención, llenaría las conciencias de los pecadores de más terror y asombro que todas las convulsiones de la naturaleza; y los efectos de la palabra de Dios, cuando es acompañada por las operaciones de su Espíritu Santo, son mucho mayores sobre las almas de los hombres que los del trueno en el mundo material. Su energía hace temblar a los más robustos, humilla a los más altivos, descubre los secretos del corazón, convierte a los pecadores; y a los salvajes, a los sensuales y a los inmundos los torna inofensivos, delicados y puros, semejantes a palomas y corderos» (cf. He. 4:12).
  14. El gran temor del trueno y del relámpago no siempre demuestra que se sea peor que el prójimo. Los tornados, los terremotos y los trastornos mentales no están sujetos a la razón ni a la piedad. En muchos casos, la educación tiene mucho que ver con nuestras agitaciones en tiempos de terrible tempestad. Sin embargo, la gente piadosa puede recordar, segura, que el que cabalga sobre la tormenta y maneja los mares, es su reconciliado Dios y su Padre celestial. Él hace todas las cosas bien. «Los hijos no tienen que temer la voz de su Padre cuando habla con ira a sus enemigos». Jamás se llenen los santos de temor y asombro.
  15. Ninguna parte de la tierra, ni su centro ni su circunferencia, está oculta a Dios o es ajena a su cuidado. El «gran y terrible desierto» es suyo, y es la morada de su esencial presencia como cualquier otra parte de la creación (v. 8). A las almas graciosas, el inhóspito desierto y el árido islote a menudo han sido como el cielo sobre la tierra (cf. Gn. 28:17; Ap. 1:9-10).
  16. La analogía entre la naturaleza y la revelación, y entre el gobierno natural de Dios y el moral, debería haber convencido a la humanidad, desde hace tiempo, de que todo el mal con que se amenaza a quienes incurren en la transgresión de las leyes divinas, ciertamente acontecerá (vv. 5-8). Es monstruoso que los hombres analicen las segundas causas de tal manera que olviden al que es el solo Autor de la naturaleza universal.
  17. Si el hombre tiene corazón para aprender, nunca puede carecer de maestro. Toda la naturaleza tiene lecciones para él (vv. 3-9). Algunas son sobrecogedoras, las más son calladas y apacibles. Las mejores lecciones a menudo se dan en los tonos más apacibles. ¡Ay de aquel que no ve, ni oye, ni siente, ni le preocupa nada de lo que ocurre a su alrededor!
  18. Sin embargo, los discursos más gloriosos de Dios se dan en, por, a través de y para su iglesia, con su adoración, doctrinas y disciplina (v. 9). Así lo enseñan las Escrituras expresamente (cf. Ef. 3:10).
  19. Tenemos la más alta autoridad para los más altos actos de adoración y alabanza (v. 9). Para este mismo fin fue constituida la iglesia.
  20. Los malvados de casi todas las épocas han hallado particular deleite en burlarse de los juicios de Dios, especialmente del diluvio. Pero hay asombrosa evidencia de que Dios presidió en aquel gran acontecimiento de nuestro mundo (v. 10). Sin embargo, los hombres no pueden apartar los terrores de aquella catástrofe más que haciendo, terriblemente, el tonto.
  21. El gobierno de Dios es estable. No puede ser subvertido (v. 10). Los imperios emergen y declinan, caen o se desvanecen, pero su reino no cambia. Los de otros a veces son fuertes y a veces débiles, pero el suyo posee todo el vigor y el poder, un mundo sin fin. Dura para siempre. Incluye toda la duración y todos los mundos. Aun las aguas residuales, sobre las que no se ven huellas de hombre o de ángel, proclaman que hay un Dios, que «se sienta […] como rey para siempre».
  22. Por Dios, y solo por Dios, vivimos. Toda nuestra fuerza procede de Él (v. 11). Esto es verdad de la vida natural de todos, y deleitosa verdad de la vida espiritual de los santos. Arnd: «Esta es una gloriosa consolación frente al desprecio y persecuciones de los pobres cristianos, la manada pequeña, que no tienen protección externa en el mundo, ni fuerza externa. Pero el Espíritu Santo infunde consolación y dice: El mundo no ha de dar fuerza y poder a la iglesia, sino el Señor. Como se consoló el rey Ezequías cuando dijo: “Con él está el brazo de carne, mas con nosotros está Jehová nuestro Dios” (2 Cr. 32:8). Y Juan: “Mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo” (1 Jn. 4:4)».
  23. La reconciliación entre Dios y su pueblo es perfecta. La consecuencia es, necesariamente, «paz» (v. 11). Y la paz con Dios ha de ser seguida por la salvación. «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Ro. 5:1). «Mucha paz tienen los que aman tu ley,
    y no hay para ellos tropiezo» (Sal. 119:165).

W. S. Plumer

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