Salmo 28

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SALMO 28

Observaciones doctrinales y prácticas

  1. Lutero: «Podemos usar el salmo contra los tiranos y los espíritus fanáticos, pues de esta manera acostumbran los tiranos y perseguidores de la palabra fingir paz en la palabra y, sin embargo, secretamente planean consejos de muerte y homicidio todo el tiempo».
  2. Solo Jehová es el objeto propio de la oración (v. 1). Solo Él puede siempre oír, ayudar, ver y salvar.
  3. Nada conviene tanto al alma afligida como la oración (v. 1). Lo que aquí se enseña con un ejemplo, en el Nuevo Testamento se enseña por precepto (cf. Stg. 5:13).
  4. Dickson: «El alma en gran estrechez no puede detener y carecer de consuelo durante mucho tiempo; ha de tener alguna respuesta consoladora, a causa de lo que Dios es para ella por pacto» (vv. 1-2).
  5. ¿No es una clara demostración de la eficacia de la oración el que la práctica sea mantenida y recomendada por los piadosos de todas las generaciones? ¿Se haría esto si las oraciones no tuviesen poder de Dios? Si Él nunca respondiese, ¿le invocarían siempre? Los supersticiosos y farisaicos oran por otras razones: unos para alimentar un celo ciego y fanático, y otros para ser vistos de los hombres. Pero los inteligentes y fieles piden para recibir bendición divina.
  6. Es tan necesario creer que la oración es eficaz como orar (v. 1). Cualquier filosofía o dogma que nos enseñe a dudar de la eficacia de la oración es tan dañino como incierto.
  7. Cuando oramos correctamente, nos interesaremos por obtener una respuesta en paz (v. 1). Quien abandona su oración, como el avestruz abandona su huevo en la arena, y no se preocupa más de ella, no ora en absoluto. Cuando Elías oró por lluvia, envió a su siervo a que «[mirara] hacia el mar» (1 R. 18:43), para ver si venía. Scott: «Mientras otros perturban a sus congéneres con vanas quejas, los creyentes deberían, en medio de la aflicción, clamar más fervientemente a “la Roca de su salvación”; y no deberían descansar hasta que hayan recibido alguna muestra satisfactoria de que sus oraciones son oídas, pues si el Señor se pudiese negar a responderles, su caso se parecería al de quienes han perecido en sus pecados, a cuyos clamores agonizantes jamás se dará una respuesta graciosa». Los hombres no pueden estar en peor condición que cuando la oración no es oída.
  8. No es un estorbo, sino una ayuda, tener sentido de la absoluta ineptitud personal (v. 1). La capacidad jactanciosa no hace nada, mientras que la humildad, que confía en la fuerza infinita, hace maravillas.
  9. La oración debe ser ferviente y vehemente. Todo sacrificio se ofrecía con fuego. Debemos «clamar» al Señor (v. 1). Debemos orar con gemidos que no pueden decirse. Las peticiones sin corazón no sirven. Debemos emplear «la voz de [nuestros] ruegos» (v. 2). David «fue de tal manera atacado por la ansiedad y el temor, que no oró fríamente, sino con ardiente y vehemente deseo, como aquellos que, bajo la presión del dolor, claman con vehemencia».
  10. Las Escrituras no conceden importancia a la postura o el gesto en la oración (v. 2). Uno eleva sus manos y ojos al cielo; otro tan solo eleva sus ojos al cielo. Ezequías vuelve su rostro al muro, e Isaac camina por el campo. No es la actitud o gestos del cuerpo lo que agrada a Dios. En las oraciones públicas, nuestras posturas deberían ser reverentes. Tenemos libertad para permanecer en pie o de rodillas, como sea más conveniente. Si una postura se considera más favorable para la devoción que otra, esa debiera adoptarse.
  11. Al igual que el antiguo oráculo era un tipo de Cristo al que los fieles adoradores miraban, nosotros debemos mirar solo a nuestro Salvador. Sea nuestro incesante gozo que «no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios» (He. 9:24). ¡Glorioso Redentor! ¡Gracioso Intercesor! ¡Bondadoso Salvador! Te lo debemos todo.
  12. En todas las épocas, los piadosos han temido ser contados y castigados con los malvados (v. 3). Para ellos, nada es más alarmante o repulsivo. En el salmo 26, teníamos la oración: «No arrebates con los pecadores mi alma» (Sal. 26:9). Aquí tenemos: «No me arrebates juntamente con los malos». A esta mentalidad se le aseguran muchas bendiciones. Una es bien afirmada por Henry: «Quienes se cuidan de participar de los pecados de los pecadores, tienen motivo para esperar no participar de sus plagas» (cf. Ap. 18:4).
  13. La franqueza es una cualidad esencial del buen carácter. La falta de ella lo vicia todo, y coloca al hombre con los malhechores (v. 3). Hay sentido común en que «el hombre honrado es la obra más noble de Dios» sobre la tierra: un hombre que hace a los demás lo que le gustaría que los demás hicieran a él; un hombre que rinde a su Hacedor la alabanza, honor, servicio y homenaje que le son debidos; un hombre que moriría antes que robar a Dios o defraudar al hombre a sabiendas; un hombres que prefiere sufrir abuso mil veces antes que cometer un solo acto de injusticia. Tal hombre, cubierto de oro o de harapos, en prisión o en el poder, es la muestra más noble de todas las obras de Dios sobre la tierra.
  14. Aunque son muchos los males de los justos, no comercian con el pecado; no «hacen iniquidad» (v. 3). El método bíblico para determinar el carácter es conciso, pero claro y decisivo: «El que hace justicia es justo […]. El que practica el pecado es del diablo» (1 Jn. 3:7-8).
  15. Verdaderamente, los malvados están haciendo una obra triste para sí (v. 4). Si no hay un rápido y poderoso cambio en su naturaleza, no hay hombre ni ángel que pueda adecuadamente describir o concebir la miseria y horror de su destino. Al igual que los pecados de Coré, Absalón, Beltsasar, Judas y Herodes naturalmente produjeron los terribles fines de estos hombres, todo pecado impenitente, ya sea secreto o popular, indefectiblemente lleva a sus hacedores a un destino temible de contemplar, y más temible cuanto más se contempla.
  16. Dios es justo. Dios es recto (v. 4). «Él practica la ley del talión conforme a su rectitud. La justicia revierte: el injusto golpe que yo dirijo a otro se vuelve, conforme al gobierno moral del mundo, hacia mí».
  17. La retribución no solo será para lo que los hombres han realizado realmente, sino para lo que han procurado efectuar (v. 4).
  18. Cuando ni los acontecimientos favorables de la providencia, ni los terribles juicios de Dios, afectan debidamente a los hombres, la condenación está a las puertas (v. 5). Pregúntese a sí mismo todo hombre honrado: Bajo las providencias, ¿me comporto como los pecadores?
  19. Si los malvados en tierra evangélica no se convierten a Dios de sus pecados, no será por falta de sucesos apropiados para hacerles considerar las acciones de las manos divinas y las indicaciones de su voluntad, especialmente como se exponen en su bendita Palabra (v. 5).
  20. Todo creyente tiene abundante motivo para bendecir y alabar a Dios (vv. 6-7). Cuando piensa en todo lo que Dios ha sido, es y siempre será para él; en todo lo que Dios ha hecho, está haciendo y siempre hará por él; en los males de que ha escapado, y las buenas cosas que está autorizado a esperar; ¿cómo pueden ser excesivos sus elogios del todopoderoso?
  21. La vida de todo buen hombre debería abundar en gozo y regocijo. En el pasado, en el presente, en el futuro, en Dios, en sus caminos, en diez mil cosas, hay apropiados y abundantes temas de alegría. Esto no debería mostrarse en el «júbilo frenético» y la juerga salvaje tan agradables a los pecadores, sino en la santa alegría de las mentes castigadas y confiadas.
  22. Por muy triste que sea el caso y oscura la mente del creyente genuino en un momento dado, vienen días mejores (compárese con los versículos 1, 2, 7 y 8). La noche más larga tiene su amanecer. Morison: «La escena de aflicción y persecución se cambiará por el brillante fulgor de un día igualmente despejado y sereno. Las lamentaciones de la penitencia serán sucedidas por la dulce conciencia de la misericordia perdonadora; el dolor de la aflicción precederá a un largo día de gozo y prosperidad; y el clamor de la inocencia oprimida derribará en la cabeza culpable a los ministros de la ira divina».
  23. Lo que Dios es a un santo, es a todos los santos (vv. 7-8). Esto nunca dejará de ser así. Esto proporciona abundante motivo de alegría cuando le va bien a los demás. Henry: «Los santos se regocijan en las ventajas de sus amigos igual que en las propias; pues, así como no tenemos menos beneficio de la luz del sol, tampoco de la luz del rostro de Dios porque otros participen de ella; pues estamos seguros de que hay suficiente para todos y cada uno de nosotros. Esta es nuestra comunión con todos los santos: que Dios es su fortaleza y la nuestra; Cristo, su Señor y el nuestro» (cf. 1 Co. 1:2).
  24. Si los hombres que parecen faltos de palabra en la oración, estudiasen atentamente las Escrituras y proveyeran sus mentes de las palabras del Espíritu Santo, pronto tendrían deleitosa abundancia y diversidad en sus peticiones (v. 9).
  25. Tan grandes son los privilegios y tan abundantes las bendiciones de los santos de Dios, que una lista completa de ellos no conformaría una parte pequeña de la Palabra de Dios (v. 9). Cristiano, como puedas, haz un inventario de tus misericordias y bendiciones y, así, prepárate para dar gracias.
  26. ¿No deberían todos los gobernantes orar por su pueblo? David oró por el suyo (v. 9).
  27. Al orar por sus súbditos, David también oró por Sión (v. 9). Imitemos tan buen ejemplo. «Pedid por la paz de Jerusalén» (Sal. 122:6).
  28. Henry: «Aquellos, y solo aquellos, a quienes Dios alimenta y gobierna, que desean ser enseñados, guiados y regidos por Él, serán salvos, benditos y alzados para siempre».
  29. Al igual que David, un tipo de Cristo, fue librado y pudo bendecir, así, a sus amigos –que se habían adherido a él en la adversidad–, Cristo, habiendo vencido a todos sus enemigos, puede bendecir para siempre a sus amigos –que le han seguido en medio de las buenas críticas y de las malas críticas. Ciertamente, como Él venció, también nosotros venceremos; como Él se ha sentado en su trono, también nosotros nos sentaremos. Aquí, podemos emitir aullidos; en el cielo, emitiremos aleluyas.
  30. Cuán distintos son los gustos, temores, esperanzas y mentes de los santos respecto a los de los pecadores. Ningún hombre malvado puede colocar su mente en las palabras «para siempre» sin dolor, mientras que al cristiano la eternidad nunca le parece demasiado larga para proclamar la alabanza de su Hacedor, disfrutar del amor de su Salvador y beber de las fuentes de la dicha inagotable.

W. S. Plumer

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