Salmo 26

SALMO 26

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Observaciones doctrinales y prácticas

  1. Ser mal juzgado y calumniado es la suerte de todos los buenos hombres (v. 1). Ni David ni nuestro Salvador escaparon de esta prueba. A veces, estas difamaciones son tantas, tan terribles y tan inquietantes, que con todas nuestras energías no podemos hacer más que soportar pacientemente nuestras aflicciones y, calladamente, buscar nuestra defensa en Dios.
  2. En muchos casos, los agraviados y perseguidos no tienen privilegio más precioso que referir todo su caso a aquel que es Juez de todos (v. 1). Cuando pueden hacer esto con una conciencia desprovista de ofensa a Dios y al hombre, no tienen que llenarse de espanto. Cobbin: «Una buena causa, una buena conciencia y un buen comportamiento son una buena base para apelar a Dios. No son una base meritoria, pero son una base probatoria».
  3. Siempre es sabio tener más temor del pecado que del mal temporal, de hacer daño que de sufrir daño. Nada nos hiere hasta que nuestras almas son heridas. Si hacemos lo correcto, podemos desafiar con valentía al universo de criaturas malignas a que nos cause verdadero daño (v. 1). El que paga mal por mal, retira su caso del tribunal del cielo y provoca al Dios de paz a levantarse contra él. Toda apelación consoladora a Dios queda enteramente destruida, y toda apelación exitosa a Dios queda efectivamente obstaculizada, por nuestro obstinado mal obrar.
  4. Es instructivo ver cuán a menudo se apela, en la Escritura, a nuestros deberes para con el hombre como prueba de sinceridad (v. 1). La mera moralidad no es salvífica, pero la religión sin moralidad es una abominación para Dios y para los buenos hombres. Cuando andamos en «integridad», podemos esperar que nuestra confianza en Dios no sea una absoluta falsedad. Ningún celo, ninguna devoción, ninguna ortodoxia, ninguna profesión, pueden demostrar que es siervo de Dios aquel cuya observancia de los últimos seis mandamientos es laxa o dudosa.
  5. No es malo que los buenos hombres, cuando son difamados, declaren su inocencia y defiendan su carácter (v. 1). Esto debería hacerse con humildad y moderación, pero puede hacerse con firmeza y confianza. Job: «Hasta que muera, no quitaré de mí mi integridad» (Job 27:5). No es una señal de carácter virtuoso ser indiferente al escarnio. Y, sin embargo, en muchos casos, el silencio es lo mejor (cf. Mt. 27:12,14; Mr. 14:61; 15:3,5; Lc. 23:9). Hay un tiempo para estar callado. Hay también un tiempo para hablar.
  6. Si queremos tener el consuelo de la religión, debemos mantener la costumbre de la piedad (v. 1). Cuando David dice: «He confiado asimismo en Jehová», no se refiere a algún hecho ocasional, sino al tenor de su vida. Los ataques puntuales de emociones piadosas no salvan a ningún hombre.
  7. Aunque, a menudo y con justicia, se insiste en los deberes de la segunda tabla de la ley como evidencias de piedad, sin embargo cuando no van acompañados de los de la primera, no dan aliento para esperar en el favor de Dios. El que apropiadamente tiene consideración del hombre, debe también tener temor de Dios. El que es incorrupto en la moral, debe también «[confiar] en Jehová» (v. 1). Hengstenberg: «La confianza en Dios es la fuente de la integridad. Quien pone su esperanza en Dios, no necesita procurar el avance de sus intereses mundanos incumpliendo con su deber para con su prójimo, sino que lo espera todo de arriba; y, al mismo tiempo, siempre tiene la firme determinación de no verse privado del favor de su Padre celestial por incumplir sus mandamientos».
  8. La estabilidad de la moral se busca en vano cuando falta la piedad, y la piedad es vana e hipócrita cuando falta la rectitud de vida (v. 1). La justificación y la santificación nunca se separan (cf. Sal. 32:1-2; Ro. 8:1). Ser justo con el hombre y robar a Dios muestra tan claramente un mal carácter, como ser piadoso para con Dios y deshonesto para con los hombres.
  9. La diferencia entre los santos y los pecadores se extiende no solamente a sus ideas respecto a Cristo y el Espíritu Santo, la ley y el evangelio, sino también a los fundamentos de la verdad religiosa. No solamente los atributos morales de Dios, sino también los naturales –los cuales los malvados contemplan con aversión–, son a los justos objetos de amor y gozo (v. 2). Los malvados aborrecen aun la omnisciencia de Dios. Un indio osage expresó los sentimientos del corazón carnal: «No me gusta este Dios del pueblo blanco. Lo aborrezco, pues siempre me está mirando. Le dispararía, si pudiera verle». Este no fue el sentimiento del corazón renovado de David. La omnisciencia de Dios era su consuelo. Apelaba a ella con humildad y alegría para que escudriñase su carácter. Una de las conversiones más señaladas que el autor ha presenciado fue la de una señora que, por la noche, sentía una terrible oposición a que Dios conociera todo lo que había en su corazón y, por la mañana, se estaba regocijando en esa misma verdad (cf. Sal. 139:23-24).
  10. Sería mejor para nosotros si pensásemos más en la amabilidad de Dios y la celebrásemos con más frecuencia. Siempre debería estar «delante de [nuestros] ojos» como tema de contemplación, y en nuestros labios como tema de alabanza (v. 3). El corazón siempre es mejor ganado para Dios mediante los aspectos apacibles del carácter divino. «Es la compasión del seno divino la que despierta la confianza en el corazón afligido y acongojado». Nada más aviva nuestra fe. Nada más anima nuestro celo y nuestra obediencia.
  11. No hechos aislados, sino el curso de la vida, ha de determinar el carácter del individuo. A menos que andemos en la verdad de Dios, no somos sus siervos (v. 3). Henry: «Solo pueden esperar el beneficio de la amabilidad de Dios quienes viven conformes a sus verdades y a sus leyes, las cuales están arraigadas en ellos. Algunos lo entienden de la conformación de David al ejemplo de Dios en verdad y fidelidad, así como en bondad y amabilidad. Ciertamente, andan bien quienes siguen a Dios como hijos queridos».
  12. Uno de los mayores misterios de la naturaleza humana es la lentitud de los hombres para aprender la improbabilidad de que ningún bien venga sobre quienes aman y frecuentan la mala compañía, mientras que quienes evitan la sociedad de los viciosos y aman la de los santos, parecen alcanzar bendiciones del mayor valor (v. 4). Morison: «En el presente estado de la sociedad, no siempre podemos evitar la interacción civil con algunos de los peores hombres, pero quien se sienta con los malvados y halla deleite en su inmunda relación, demuestra ser un enemigo de Dios y un destruidor de su propia alma».
  13. La astucia y la simulación pertenecen a los caminos malvados (v. 4). El ejemplo de David enseña que, «aunque puede que la inocencia parezca hacer de los santos una presa para su enemigo, sin embargo promoverá más su causa ante Dios y dará mayor contentamiento a la conciencia, que maquinaciones ingeniosas y malvadas contra enemigos ingeniosos y malvados».
  14. La sagacidad del pueblo de Dios es verdaderamente maravillosa. La clase de instinto que les preserva de asociarse con los astutos y malvados, solo puede proceder de un discernimiento espiritual. Calvino: «Su prudencia es completamente diferente de la de la carne. Bajo la guía y gobierno del Espíritu Santo, toman toda precaución necesaria para no caer en lazo, pero de tal manera que no practican la artimaña». La amistad del mundo es enemistad con Dios.
  15. Un buen propósito es una buena cosa (vv. 6,11-12). El que no lo tiene, jamás logra fines grandes y deseables. «Sin un propósito, la vida es vana y vaga». Si quieres asaltar el cielo, debes estar resuelto a hacerlo.
  16. Hay esperanza para el hombre y para una causa siempre que Dios dé un corazón que «[ande] alrededor de [su] altar» y «la habitación de su casa [ame]» (vv. 6,8). Un corazón que ore y alabe, que adore a Dios y confiese el pecado, nunca se da en vano. La gloria de Dios y nuestra debilidad, su naturaleza y nuestras aflicciones, su misericordia y la gratitud que le es debida, demandan nuestra más elevada y santa adoración. Si los piadosos profetas, apóstoles, jueces, legisladores y reyes sintieron que la adoración de Dios era tan importante, ¡qué vanidad hay en nosotros para desecharla o ser indiferentes a ella!
  17. Nunca hubo una dispensación de Dios para los hombres que no distinguiera entre adoración verdadera y falsa, entre adoradores humildes e hipócritas vanos. La deshonestidad era ofensiva a Dios tanto antes como después de la venida de Cristo. El ejemplo de David, como aquí se presenta, merece ser estudiado y copiado. Probablemente, nunca hubo más antinomianismo en el mundo que en esta época. Es connatural al corazón humano. No es expulsado ni aun con todas las trabas que se le ponen. Pervierte toda verdad. El que vive malvadamente no puede adorar aceptablemente. Morison: «Es una cosa terrible acercarse a las ordenanzas de Dios con un corazón que abriga malvados deseos. El amor inveterado de un pecado hará inútil todo intento de servir a un Dios de pureza inmaculada».
  18. Es un gran error de algunos limitar sus alabanzas a las ocasiones de prosperidad y alegría. Este no es el propósito de Dios. Este no era el plan de David (vv. 7,12). Pablo y Silas oraron y cantaron alabanzas en la prisión de Filipos. Bendigamos y alabemos al Señor en todo tiempo, porque en todo tiempo tenemos motivo para hacerlo.
  19. Jamás faltan al creyente agradecido maravillas dignas de celebración (v. 7). En el momento al que se refiere este salmo, las circunstancias de David eran muy difíciles; sin embargo, en la historia y expectativas de sí mismo y del pueblo de Dios, halló abundante motivo para «contar [las] maravillas» del Señor.
  20. Dickson: «El Señor ha establecido un tiempo de cosecha y de rebusco, para derribar y juntar –en la comunión de los juicios– a los enemigos de Dios, que han seguido el mismo camino de pecado. Porque aquí se nos da a entender que Dios arrebatará sus almas y, por tanto, no dejará escapar a ninguno» (v. 9).
  21. Cuanto más progresen los malvados en su carrera hacia el juicio final, más manifiesto será que los santos y los pecadores son completamente diferentes. En gustos, en principios, en costumbres, en deseos, en objetivos, en expectativas y en destino no puede haber mayor diferencia. El cielo y el infierno no son más distintos. El tiempo de rebusco lo dejará claro. De manera que, entre los rebeldes profanos y atrevidos, que durante su vida terrenal han desafiado y blasfemado a Dios, no habrá uno solo cuya alma no se llene de horror ante el pensamiento de recibir la porción de los malvados. No sorprende, por tanto, que el justo, que por la fe ve lo que viene, y que abomina la iniquidad, nunca desee unirse a la congregación de los malhechores. Scott: «Habiendo amado los atrios del Señor, y todo lugar y compañía en que se manifestaban sus alabanzas y se disertaba sobre su gloriosa verdad, él temería sobre todas las cosas el juicio final de los malvados. Unas horas con los codiciosos, maliciosos y engañadores son muy dolorosas; la eternidad con semejante compañía sería el infierno para él. Esta antipatía le da justa confianza de que su alma jamás será arrebatada con ellos, y le anima a andar aún en su integridad, y a clamar misericordia y completa redención».
  22. Orar para no ser arrebatados con los impíos no está fuera de lugar aun en el caso de los mejores hombres sobre la tierra. Si Dios tratara a los más piadosos conforme a sus merecimientos personales, ¿quién podría permanecer en pie? Ningún hombre podría dar cuenta de una ofensa de entre mil. Siempre es sabio clamar: «No entres en juicio con tu siervo» (Sal. 143:2).
  23. La diferencia entre los destinos de los amigos y los enemigos de Dios no será mayor que la que demandan sus presentes caracteres. Clarke: «Puesto que nunca he amado su compañía ni seguido sus prácticas, ¡no se eche mi suerte eterna con ellos! No los amo a ellos ni sus caminos; jamás se me condene a pasar una eternidad con ellos».
  24. Debe de haber algo terrible en el pecado. La Biblia agota el vocabulario para mostrar su terrible naturaleza. Una vez, es el mal (v. 10). Otra, es pecado, iniquidad, transgresión, rebelión, idolatría, prostitución, una cosa malvada y amarga, una cosa horrible. Ningún hombre ha temido o aborrecido jamás el pecado en exceso.
  25. Quien se encargue de administrar justicia, debería ponerse y mantenerse fuera de la más mínima sospecha de parcialidad (v. 10). En todos los asuntos, en este en particular, los hombres deberían comportarse de tal manera que no se hable mal de su bien. El armiño de la justicia no debería estar manchado. Es horrible considerar la vida en un país donde este no es el caso.
  26. Todo el plan de Dios respecto al deber y la salvación es individualizar nuestra carrera. La religión es un asunto personal. Los hombres deben aprender a permanecer fieles entre los infieles. Cada uno de nosotros debe dar cuenta de sí mismo a Dios, de manera que cada uno debe decidir por sí mismo. «Mas yo […]» (v. 11). Que otros hagan lo que quieran; yo haré lo correcto. Ir con la multitud es una cosa; seguir al Señor es otra. Los hombres no se salvan en grupos. Uno es tomado y otro es dejado.
  27. Bienaventurado el que verdaderamente puede decir: «[En mi integridad he andado»; y, mediante una bendita experiencia de la paz, sabiduría y placer de ese camino, es capacitado por la gracia de Dios para decir: «Andaré en mi integridad» (vv. 1,11). La muerte no es un mal comparada con la pérdida de la integridad.
  28. Busquemos buenas cosas temporales o espirituales, redención de males terrenales o de la ira venidera, nunca deberíamos olvidar que nosotros, pobres pecadores, nada bueno podemos esperar excepto de la mera gracia, favor y misericordia de Dios (v. 11).
  29. Bien está lo que bien acaba (v. 12). El que puede concluir la revisión de alguna escena de su vida como David cierra este salmo, puede gritar y dar gracias por todo lo que le ha ocurrido. Morison: «Es una fuente de gozo inefable, aun aquí, juntarse en las congregaciones de los santos, y dar expresión a los sentimientos agradecidos de un corazón redimido. Pero ¿qué no será participar del éxtasis de los cielos, sentir la gratitud “de los justos hechos perfectos” (He. 12:23), tocar el himno de armonía celestial, levantar nuestras voces con diez mil veces diez mil, y miles de miles, todos los cuales han lavado sus vestidos y los han blanqueado en la sangre del Cordero!». Y esto no es todo. Es un tributo que debemos a Dios y un servicio que debemos a nuestros tentados y sufridos hermanos, «que cada cual celebre públicamente su experiencia de la gracia de Dios como ejemplo, para que otros confíen en Él».
  30. Por la fuerza de las protestas de «integridad» e «inocencia» aquí halladas, algunos han pensado que este salmo ha de tener su cumplimiento solo en Cristo, y en absoluto podría aplicarse a David. La primera observación de Fry es que «un salmo que comienza con la demanda de justicia desde el tribunal del todopoderoso, necesariamente ha de pertenecer a nuestro justo Abogado». Amyrald emplea un lenguaje casi tan fuerte. Pero Horne aclara la cuestión suficientemente cuando dice que «tenemos aquí una apelación a Dios en nombre de la inocencia ultrajada […]. Un juicio de esta clase podría desearlo David, y pueden desearlo hombres como él, conscientes de su integridad en cuanto a los delitos particulares de que les acusa la malicia de sus enemigos. Solo Cristo podría pedir un juicio en general, estando libre por igual de toda suerte y grado de pecado, y seguro de obtener lustre adicional del creciente calor del horno». Sin duda, David, en sus luchas por su corona y en la oposición de los hombres malvados, fue un tipo de Cristo y un ejemplo de todos los creyentes que vendrían después. Pero, ante los cargos vertidos contra él, no iba a hacer otra cosa, si había de hablar, que mantener su inocencia. «La falsa humildad es, en realidad, una mentira, y no puede ser aceptable a un Dios de verdad».

W. S. Plumer

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