Salmo 24

Tenemos la satisfacción de publicar, una semana más, un nuevo comentario al Libro de los Salmos. Nuevamente, esperamos que sea de edificación para todos nuestros lectores.

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SALMO 24

El rey de gloria. Salmo de David.

24 De Jehová es la tierra y su plenitud;
    El mundo, y los que en él habitan.

Porque él la fundó sobre los mares,
Y la afirmó sobre los ríos.

¿Quién subirá al monte de Jehová?
¿Y quién estará en su lugar santo?

El limpio de manos y puro de corazón;
El que no ha elevado su alma a cosas vanas,
Ni jurado con engaño.

El recibirá bendición de Jehová,
Y justicia del Dios de salvación.

Tal es la generación de los que le buscan,
De los que buscan tu rostro, oh Dios de Jacob. Selah

Alzad, oh puertas, vuestras cabezas,
Y alzaos vosotras, puertas eternas,
Y entrará el Rey de gloria.

¿Quién es este Rey de gloria?
Jehová el fuerte y valiente,
Jehová el poderoso en batalla.

Alzad, oh puertas, vuestras cabezas,
Y alzaos vosotras, puertas eternas,
Y entrará el Rey de gloria.

10 ¿Quién es este Rey de gloria?
Jehová de los ejércitos,
El es el Rey de la gloria. Selah

Observaciones doctrinales y prácticas

  1. Dios es el único Creador del universo y de sus habitantes (v. 1). Este pilar de la verdad debe permanecer inconmovible, o toda nuestra religión se hará pagana (cf. Hch. 17:24-26).
  2. El Señor hizo todas las cosas, no para la gloria y honra de ninguna raza de criaturas, mucho menos de ninguna tribu en particular u orden de hombres, sino para sí mismo (v. 1). «De él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén (Ro. 11:36).
  3. La perspectiva del inicio del salmo parece ser la misma que la de Deuteronomio 10:14-16: «He aquí, de Jehová tu Dios son los cielos, y los cielos de los cielos, la tierra, y todas las cosas que hay en ella.Solamente de tus padres se agradó Jehová para amarlos, y escogió su descendencia después de ellos, a vosotros, de entre todos los pueblos, como en este día.Circuncidad, pues, el prepucio de vuestro corazón, y no endurezcáis más vuestra cerviz». Las distinciones y privilegios especiales, ya sean nacionales o personales, implican obligaciones especiales. La soberanía de Dios es una doctrina preciosa y provechosa. Alegra al corazón piadoso (cf. Mt. 11:25-26). Humilla al alma. Dios no escogió a la nación judía porque descendiera de una raza de antepasados piadosos (cf. Jos. 24:2). Esto se lo recuerda a menudo. Los cristianos son, por naturaleza, tan viles como los demás.
  4. Si Dios es Creador y Preservador universal, su adoración debería ser universal. Y lo sería si los hombres no fue fuesen malvados. Sus delicadas misericordias son para con todas sus obras. Todos los corazones deberían serle delicados y obedientes.
  5. En vez de resultar muy sorprendente que el mundo se anegara en una ocasión, lo que maravilla es, más bien, que no siempre ocurra así. Por el contrario, está firmemente «[fundado] sobre los mares, y [afirmado] sobre los ríos» (v. 2). Sin embargo, el agua es mucho más ligera que la tierra seca. La única razón por la que la tierra no se anega todo el tiempo la da Dios al hombre de Uz (cf. Job 38:8-11).
  6. Cobbin: «La mente piadosa ve todas las cosas en Dios, y a Dios en todas las cosas» (vv. 1-2). Esto es correcto. Si los hombres no estuviesen sin Dios en el mundo, todos lo harían así. Los fieles pensamientos en el Creador son tan elevados como justos.
  7. Aunque no haya nada en la ciencia natural para convertir el alma, cuando los corazones de los hombres son renovados por el Espíritu Santo, hallan mucho alimento para la fiel adoración en todas las obras de Dios (vv. 1-2). Cobbin: «Quienes contemplan las obras de Dios debidamente, le adorarán». Hombres como sir Isaac Newton y Linneo no podían ser infieles: uno vio a su Dios en el esplendor de los cielos; el otro, aun en el espinoso brezal, adornado con sus flores amarillas –vio y adoró».
  8. El título de propietario que posee Dios es perfecto, estando basado en su control creativo y providencial de todas las cosas (vv. 1-2). En consecuencia, el pecado es un intento de quitarle a Dios sus derechos. Es fraude, latrocinio, robo, insolencia y rebelión contra Dios. El pecado es la peor cosa que Dios o el hombre hayan contemplado jamás (cf. Is. 1:2; Jer. 2:12).
  9. La verdad tiene grandes implicaciones y conexiones lógicas. De las palabras del versículo 1 («De Jehová es la tierra y su plenitud […]»), Pablo infiere, en primer lugar: Es lícito en sí mismo comer cualquier alimento saludable. En segundo lugar: No deberíamos, por comer algo, tentar a nuestro prójimo a hacer mal, pues podemos comer otras cosas también. En tercer lugar: Ya sea que comamos, o bebamos, o cualquier cosa que hagamos, debemos hacerlo todo para la gloria de Dios, pues Él lo posee todo (cf. 1 Co. 10:25-31).
  10. Los hombres que hacen de su filosofía una fuente de ateísmo, están fuera del camino tanto en su ciencia como en su religión. Todos nosotros podemos hablar, adecuadamente, de las leyes de la naturaleza; pero, si mediante ellas pretendemos ir más allá de los principios establecidos por los que Dios gobierna la naturaleza, o los métodos uniformes del procedimiento divino, somos ateos; pues Jehová ha fundado y establecido, y mantiene, el curso entero de la naturaleza. De Él obtiene toda su estabilidad (v. 2). La providencia proclama tan alto una deidad presidenta, como la creación una deidad genética.
  11. A menudo las Escrituras presentan la cuestión de la naturaleza de la verdadera religión (v. 3). No hay asunto que reclame con más fuerza la atención humana. J. Edwards: «Ninguna cuestión es de mayor importancia para la humanidad, ni más conviene a todo individuo tener bien resuelta, que esta: “¿Cuáles son las titulaciones distintivas de quienes tienen el favor de Dios y el derecho a su recompensa eterna?” O, lo que viene a ser lo mismo: “¿Cuál es la naturaleza de la verdadera religión, en la que residen las notas distintivas de la virtud que es aceptable a los ojos de Dios?”». Es una gran misericordia que la palabra de Dios hable tan frecuente y claramente sobre este tema.
  12. Siempre ha habido, hay y habrá hasta el fin una iglesia sobre la tierra (v. 3). Dondequiera que Dios haya puesto su nombre, oído una oración o haya sido adorado en espíritu y en verdad, allí ha tenido un «lugar santo», ya sea en un «monte» o en el valle. Siempre ha sido verdad que donde dos o tres se reúnen en el nombre de Dios, obtienen su bendición. De hecho, un hombre de ferviente oración halló que la tierra árida del desierto no era sino la casa de Dios, y la puerta del cielo.
  13. La membresía externa de la iglesia visible no es en sí misma salvífica, ni es señal infalible de que alguien se encuentra en un estado salvífico (v. 3). Siempre es pertinente y apropiado notar la diferencia entre las dos clases que componen la iglesia: algunos tienen forma de piedad, pero niegan su poder; otros se aferran al Señor con propósito de corazón, aunque quizá se preocupen muy poco de las ceremonias de la religión.
  14. Una de las obras maestras de la astucia satánica ha sido efectuar un divorcio entre la moralidad y la religión, mientras que el plan de Dios es unirlas de manera inseparable (vv. 3-4). Y tampoco parece nuestro gran enemigo tener una marcada preferencia por la religión sin moralidad, frente a la moralidad sin religión. ¿Por qué habría de tenerla? La moralidad sin religión no es sino una manera suave de descender al infierno. La religión sin moralidad es monstruosa. Williams: «Ni a los hipócritas pintados, ni a los fariseos con su justicia propia, ni a los meros profesantes formales, sino solamente a los verdaderos adoradores del Dios verdadero, dejará Jehová que residan con Él». Una vida malvada destruye toda esperanza de salvación, ya provenga de una actitud jactanciosa o de la profesión más reluciente. El juicio, la misericordia y la fe son asuntos pesados de la ley (cf. Mt. 23:23). Si la piedad profesada no hace a los hombres mejores, ¿para qué vale? A la profesión de la religión deben acompañarla unas manos limpias y un corazón puro para que sea válida. Una conducta externa impecable sin santidad real de carácter interno, no prueba que el hombre se encuentre en el camino a la gloria.
  15. Nuestra palabra inglesa «vanity», como la emplean nuestros mejores clásicos, apunta al necio deseo de ser estimado por encima de los méritos reales. También significa alarde absurdo, vana ostentación, orgullo baladí. A veces, describe una frivolidad alegre, contraria a una razonable sobriedad mental. Otras veces, apunta a la falsedad, al engaño. En todos estos sentidos de la palabra, la vanidad es pecaminosa, y condenada en la Escritura. Todas las clases muestran gran falta de entendimiento, llevan al autoengaño, son enemigas de la verdad, están sin vacaciones, hacen aparecer –antes o después– la necedad de los hombres, son muy comunes, son muy difíciles de curar; y siempre son odiosas a la gente sensata. En realidad, a nadie parece disgustar más la vanidad en los demás que a los mismos vanos. Un adorador acepto no debe elevar su alma a vanidad de ninguna clase (v. 4).
  16. Las Escrituras dan sacralidad a las promesas, contratos, pactos, votos y juramentos (v. 4). Para la sociedad esto es de gran misericordia. Cuando la verdad cae en las calles, la iniquidad se desata. Quizá ninguna cosa contribuya tanto a la felicidad personal de los hombres como decir la verdad, y nada contribuya más a la suma de la miseria humana como mentir. Es una miseria para el que la dice, para el que la oye y para aquel de quien se dice. Destruye todo respeto propio y subvierte toda confianza. Es especialmente doloroso presenciar la laxitud del sentido moral de los hombres respecto a los juramentos: en los palacios de justicia, en las demandas judiciales, en las tiendas, y en juramentos de cargos. Quien «[jura] con engaño» no será admitido en la asamblea de «los espíritus de los justos hechos perfectos» (He. 12:23).
  17. Sin santidad, ningún hombre verá al Señor (vv. 4-5). Cuando falta la pureza, todo lo demás es inútil. El cielo no es un refugio de canallas, ni una colmena de zánganos, ni un dormitorio de holgazanes, ni una caseta de perros.
  18. No puede hacerse mayor elogio que este: «He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño» (Jn. 1:47). Ni tampoco puede ponerse una mancha más sucia en una persona que acusándola justamente de engaño, traición o infidelidad. Dios abomina esto tanto como aprueba aquello. A Él no le importa nuestra observancia de las ordenanzas si el corazón no está implicado. Lutero: «No es el que canta muy bien o muchos salmos, ni el que ayuna y vela muchos días, ni el que el que reparte lo suyo entre los pobres, ni el que predica a otros, ni el que vive callada, bondadosa y amistosamente; ni, en definitiva, es el que conoce todas las ciencias y lenguas, ni el que hace todas las obras más virtuosas y buenas de las que ningún hombre haya hablado o leído jamás, sino que es solo aquel que es puro por dentro y por fuera».
  19. El hombre bendito es aquel a quien bendice el Señor, y no otro (v. 5).
  20. Si, en su santidad, Dios asegura justicia a sus perseguidos, una rica recompensa a sus fieles y abundancia del don de la «justicia» a sus escogidos, ¿cómo pueden ellos padecer necesidad (v. 5)?
  21. No todos los hombres son absolutamente bajos y sin principios. Hay una generación que busca a Dios (v. 6). Los que dicen que no hay piedad genuina en el mundo, están tan lejos del blanco como los que dicen que todos los profesantes tienen la verdadera santidad. El trigo no es la cizaña, ni la cizaña es el trigo. Las ovejas no son las cabras, aun cuando las cabras se mezclen con ellas. En la mente divina, la línea que separa a los santos de los pecadores, a los profesantes genuinos de los espurios, es tan ancha como la tierra.
  22. Y, puesto que Dios sabe quiénes son suyos, por su bendición hará que, a su debido tiempo, otros los conozcan, diciendo que son Jacob, el verdadero Israel (v. 6). «Se hacen manifiestas [de antemano] las buenas obras [de algunos]; y las que son de otra manera, no pueden permanecer ocultas» (1 Tim. 5:25).
  23. Hay grandes acontecimientos y grandes visiones ante todos los santos (vv. 7-9). No hay peligro de que, después de esta vida, los justos carezcan de entretenimiento divino. El traslado del arca al monte de Sion fue un suceso aburrido, comparado con la ascensión de Cristo al cielo; y su ascensión al cielo vista desde la tierra fue como nada, comparada con su segunda venida, aunque esta será de manera semejante (cf. Hech. 1:11). Tampoco el juicio final presentará el último gran espectáculo que hayan de presenciar los redimidos: no será sino el comienzo de incesantes maravillas.
  24. Cristo Jesús está en medio de las asambleas adoradoras. El rey de gloria viene (vv. 7-9). «En todo lugar donde yo hiciere que esté la memoria de mi nombre, vendré a ti y te bendeciré» (Ex. 20:24). Compárese con Mateo 28:20. En todas las épocas, Cristo es gracioso a los penitentes que tiemblan ante su palabra e invocan su nombre.
  25. Cristo debe ser recibido (v. 7). Esto es indispensable. No darle la bienvenida es rechazarlo. No abrirle el corazón es atrancarlo contra Él. Dickson: «La manera de hacer de los hombres verdaderos conversos, verdaderos creyentes, verdaderos santos y herederos del cielo es recibir a Cristo de corazón y, en señal de honor, abrirle las puertas con el sincero consentimiento de la fe y el amor, cual arcos de triunfo, para dar la bienvenida a un conquistador tan glorioso, como invitado». Debemos recibir a Cristo con pleno consentimiento (cf. Ap. 3:20).
  26. Hasta ahora, los hombres han conocido a Cristo principalmente en un condición humilde, pero Él es el Rey de gloria (vv. 7-10). Lo fue aun en su humillación. A veces, su gloria brillaba lustrosamente, como en sus milagros (cf. Jn. 2:1-11), en su transfiguración (cf. Mt. 17:1-7), en su resurrección (cf. Hch. 2:24), y en su ascensión a la gloria (cf. Hch. 1:9-11). No realizó otra bendita petición para sus escogidos que el que estuvieran con Él y contemplasen su gloria (cf. Jn. 17:24). Esta visión será el cielo (cf. Ap. 14:1).
  27. Es apropiado que una persona tan gloriosa sea Rey, verdaderamente Rey de reyes y Señor de señores. Él es Señor de todos, Dios sobre todos, bendito para siempre (vv. 7-10). Reconozcámosle. Regocijémonos y alegrémonos en Él. Su naturaleza humana es exaltada por razón de su unión con su naturaleza divina. Él es «Jehová de los ejércitos» (v. 10). Puesto que Él es Dios, no es de extrañar que «en él [fueran] creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él.Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten» (Col. 1:16-17).
  28. ¡Gran consuelo y alegría tienen todos los santos en el glorioso plan de redención! Barker: «La fuerza de nuestra salvación consiste en esto: que nuestro Redentor e Intercesor es el Señor de los ejércitos. Todas las demás obras serán destruidas, pero la obra de la redención es para siempre». «Alzad a los cielos vuestros ojos, y mirad abajo a la tierra; porque los cielos serán deshechos como humo, y la tierra se envejecerá como ropa de vestir, y de la misma manera perecerán sus moradores; pero mi salvación será para siempre, mi justicia no perecerá» (Is. 51:6).

W. S. Plumer

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