Salmos 23

Continuamos nuestra serie de comentarios a los Salmos, por W. S. Plumer. Esta semana corresponde el salmo 23, que, sin duda, nuestros lectores seguirán encontrando de gran edificación.

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SALMO 23

Jehová es mi pastor. Salmo de David.

23  Jehová es mi pastor; nada me faltará.

En lugares de delicados pastos me hará descansar;
Junto a aguas de reposo me pastoreará.

Confortará mi alma;
Me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre.

Aunque ande en valle de sombra de muerte,
No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo;
Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.

Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores;
Unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando.

Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida,
Y en la casa de Jehová moraré por largos días.

Observaciones doctrinales y prácticas

  1. Dios es muy amoroso. En condescendencia con nuestra debilidad, se llama a sí mismo «pastor», para persuadirnos de su cuidado y compasión (v. 1). Nadie salvo Él, que habita con los humildes y contritos, permitiría que se le diese este título.
  2. Este salmo celebra un tiempo de prosperidad. Así que podemos estar seguros de que las divinas dádivas de toda clase son verdaderas bendiciones cuando suscitan nuestra gratitud y reconocimiento sinceros, y cuando fortalecen nuestros propósitos de santa obediencia. De lo contrario, llevan maldición consigo. Bienaventurado el que «[sabe] tener abundancia». Sabrá «vivir humildemente», «tener hambre» y «padecer necesidad» (Fil. 4:12).
  3. La Biblia no fue escrita para enseñar lógica y, sin embargo, no pueden encontrarse más excelentes ejemplos de poderoso razonamiento que en el volumen sagrado. El versículo uno es un ejemplo: «Jehová es mi pastor; nada me faltará». Hay muchos como este: «No temas, porque yo te redimí» (Is. 43:1); «Porque yo vivo, vosotros también viviréis» (Jn. 14:19); «Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Ro. 8:31); «Si hijos, también herederos» (Ro. 8:17); «Si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida» (Ro. 5:10); «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?» (Ro. 8:32).
  4. Si deseas ser feliz, pon tu esperanza en Dios solamente (v. 1). David no dijo: Puesto que tengo fama, tierras propias y también ingresos reales, y, además, puesto que «Jehová es mi pastor, nada me faltará». Lo último era suficiente. Era lo único digno de mención. No necesitamos nada excepto lo que hallamos en Dios. No hacemos sino debilitar nuestra fe confiando en las apariencias y criaturas.
  5. Este salmo, como la mayoría de los demás que celebran una experiencia personal, enseña la excelencia de una fe apropiadora que puede decir: Mi pastor (v. 1). Si queremos que las promesas divinas nos ayuden, debemos abrazarlas. La fe que verdaderamente puede decir: «¡Mi pastor! ¡Mi Señor! ¡Mi Dios! ¡Mi Roca!», convierte las profecías en historia, las promesas en liberaciones, las aflicciones en alegrías, las prisiones en palacios, los peligros en victorias, la muerte en vida. Ninguna otra cosa puede hacer tanto.
  6. Puesto que necesitamos mucho en esta vida y más en la siguiente, aquello que puede guardarnos de la necesidad es, precisamente, lo que debería ser objeto de nuestra búsqueda (v. 1). Quien no tiene a Jehová como pastor, puede buscar y obtener todas las cosas propuestas por los sabios de la tierra, y aún ser una pobre criatura. Las riquezas se hacen alas y vuelan. Los mayores héroes a menudo mueren sin que los lloren. Los mayores favoritos de los poderosos a menudo son los primeros en sentir el peso de su desagrado. Nada creado o sujeto a cambio puede hacernos permanente bien.
  7. El hombre más rico de una ciudad puede ser el más pobre. Porque, si no tiene el favor y cuidado de su Pastor, carece de la cosa más necesaria. Y el hombre más pobre de una ciudad a menudo es el más rico. Porque, en primer lugar, piensa que tiene suficiente y, por tanto, está contento. En segundo lugar, su vida eterna está en manos de Cristo. En tercer lugar, tiene la compasión de su Pastor, que sabe por experiencia qué es la pobreza. Stevenson: «La vida de nuestro bendito Salvador sobre la tierra ha honrado y adornado la situación del hombre pobre. Jesús de Nazaret fue siempre pobre y, sin embargo, jamás tuvo necesidad. Vivió de la providencia de su Padre celestial y jamás, ni en un solo caso, obró un milagro para aliviar su hambre». En cuarto lugar, los intereses eternos del hombre pobre piadoso están todos asegurados. «El mundo [ama] lo suyo» (Jn. 15:19), y Dios ama lo suyo. Él proveerá. Los padres terrenales pueden morir en cualquier momento, pero el Padre del cristiano no muere jamás.
  8. De modo que el creyente ha de ser feliz (v. 1). No puede ser de otra manera, a menos que las segundas causas puedan frustrar la gran primera Causa, a menos que la debilidad pueda estorbar la omnipotencia, a menos que la necedad pueda subvertir la sabiduría. Dios es la porción del creyente. Cristo es su Salvador electo. El Espíritu Santo es su Consolador. El mundo es suyo. El cielo es suyo. Nada descansa en una base más segura que su permanente felicidad.
  9. Algunas almas piadosas se turban porque no pueden en todo momento, o a menudo, emplear, en su alegre condición, el lenguaje de este salmo. Las tales deberían recordar que David, aunque vivió mucho tiempo, no escribió más que un salmo 23. Algunas de sus odas realmente expresan una fe tan viva como esta, y la fe puede caminar en tinieblas. Pero ¿en qué otro lugar encontramos todo un salmo expresando confianza, gozo y triunfo personales de principio a fin? El pueblo de Dios tiene sus épocas de tinieblas y sus momentos de regocijo. Lutero: «El profeta no ha sido, en todo momento, tan feliz; no ha podido, en todo momento, cantar como lo hace aquí».
  10. Los santos no pueden sino hallar refrigerio en la palabra y ordenanzas de Dios. Estas constituyen los «delicados pastos» del rebaño (v. 2). Si deseas saber por qué las palabras de Dios son tan nutrientes y excelentes a las almas de su pueblo, lee los salmos 19 y 119. «[Se regocijan] en [su] palabra como el que halla muchos despojos» (Sal. 119:162). De manera semejante, la adoración de Dios en todas sus partes edifica a los creyentes en la fe, el consuelo y la santidad, de modo que, en general, valoran un día en los atrios del Señor más que mil.
  11. Al igual que la costumbre de las ovejas, al descansar al mediodía tras alimentarse de los delicados pastos, es rumiar su comida, muchos escritores piadosos, del versículo 2 aprovechan la ocasión para recomendar el deber de la piadosa meditación.
  12. Algunos suponen que el versículo 2, donde se habla de «aguas», se refiere al Espíritu Santo. Aunque muchos puedan dudarlo, en otras partes de la Escritura claramente se hace esta alusión. De hecho, en Juan 7:37, se declara formalmente. La calma y refrigerios de que disfrutan las almas de los creyentes proceden de esta bendita fuente. Cuando Él habla paz, ¿quién puede turbar?
  13. La doctrina de confortar el alma (v. 3), o de convertirla a Dios, debería, en un mundo como el nuestro, suscitar gratitud por la misericordia de Dios, que hace posible y real esta bendición. ¿Qué es más claro que el hecho de que los perdidos han de ser recuperados o perecer, que los que van de cabeza a la destrucción han de ser detenidos y su curso cambiado, o no podrán ver la vida? La conversión es una doctrina antigua. El que la rechaza en la práctica, está arruinado.
  14. Pero, aun tras una primera conversión a Dios sana, el alma puede errar cual oveja perdida y, por tanto, necesita ser restaurada de nuevo. Para los cristianos, este es un tema penoso, pero muy práctico. En todas las iglesias deberían examinarse los corazones, para que todo hombre sepa cuál es su situación delante de Dios. «¿Soy un relapso en la vida o de corazón?» nunca es una pregunta vana.
  15. Por todos lados, en las Escrituras, la santidad se hace esencial para la salvación (v. 3). Quien sueñe que puede entrar en el cielo sin pureza de corazón y justicia de vida, y muera en ese engaño, despertará a vergüenza y eterna ignominia.
  16. Un elemento esencial de la santidad es la total renuncia a uno mismo, y el reconocimiento de que no somos nada en absoluto. Dios es todo (v. 3). Lo que Él hace por nosotros, lo hace «por amor de su nombre». Nada puede oponerse más a Dios que clamar con el fariseo: «Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres» (Lc. 18:11); o con Priestley: «El arrepentimiento y una buena vida son de por sí suficientes para ganarnos el favor divino»; o con la Sra. Barbauld: «¿Cuándo habrán de creer los cristianos que la misma conducta que obtiene la aprobación de los buenos hombres en el presente, asegurará el favor del cielo en el futuro?». ¿Nunca dejarán los hombres de comprometer a Dios con sus pecados y cansarlo con sus iniquidades? (cf. Is. 43:24).
  17. Las épocas de gran alegría deberían moderarse recordando los días de tinieblas, que vendrán. Cuando cabalgamos sobre nuestros lugares altos, no deberíamos olvidar el «valle de sombra de muerte» (v. 4). «De problemas de alguna clase no estamos exentos en la situación presente». Normalmente, cuanto más tiempo vivimos, más duras son nuestras pruebas. En todo tiempo de aflicción, confiemos en Dios y «no [temamos] mal alguno»; jamás nos atemoricemos con asombro; jamás anticipemos males que no pueden acontecernos; jamás magnifiquemos las pruebas que soportamos; jamás nos apoyemos, confiados, en mecanismos humanos para liberarnos; jamás deploremos lo que es inevitable; jamás cavemos cisternas que no pueden retener agua; hagamos siempre la mejor interpretación de la actuación de Dios; esperemos siempre que más luz quite mucha de nuestra perplejidad; recordemos siempre que, si Dios dejara de ser un ser misterioso, dejaría de ser Dios; y que un gobierno sin hechos inexplicables a los mortales, no puede ser divino.
  18. Solemne y aun terrible como es el tema de la muerte, su temor puede vencerse en buena medida (v. 4). Compárese con Hebreos 2:15. Cristo puede derrotar a todo enemigo, y echar fuera todo temor, y hacer que su pueblo grite y cante victoria aun en las agonías de la disolución. Henry: «Aquí hay una palabra que suena terrible: “muerte” […], pero hay cuatro palabras que aminoran el terror. 1. No es sino sombra de muerte; no hay mal sustancial en ella. La sombra de una serpiente no morderá, ni la sombra de una espada matará. 2. Es valle de sombra, realmente profundo, oscuro y sucio; pero los valles son fructíferos, y también la muerte es fructífera de consuelos al pueblo de Dios. 3. No es sino un paseo en este valle, un apacible y agradable paseo. Los malvados son ahuyentados del mundo, y sus almas requeridas; pero los santos dan un paseo a otro mundo con la misma alegría con que se despiden de este. 4. Es un paseo en él. No se perderán por él, sino que llegarán a salvo a la montaña de especias al otro lado».
  19. Cristo ha de ser una persona maravillosa para que su presencia produzca efectos tan asombrosos. Su nacimiento turbó a Herodes y a toda Jerusalén con él, puesto que eran malvados, pero produjo gozo en el cielo. Su presencia agitó grandemente a los gadarenos, pero calmó el mar agitado. Su aprehensión es la muerte, su ceño fruncido el infierno, su gracia la salvación, su sonrisa el cielo. «El Cordero es su lumbrera» (Ap. 21:23). Verdaderamente, este es el Hijo de Dios.
  20. Las bendiciones que Jesús derrama sobre su pueblo son ricas y variadas (v. 5). Él es el Amo de la casa de Dios. Es el único apropiado para gobernar en ella. Su bondad es ilimitada, su condescendencia asombrosa, sus recursos infinitos. «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo» (Ef. 1:3). Nos prepara un banquete de grosuras. Jamás se oyó de provisiones tan costosas. Invita a los mutilados, cojos y ciegos, pero cura todos sus males. Llama a los pobres y desechados, pero los cubre con las vestiduras de la salvación. Todos los espíritus escogidos del universo estarán en «la cena de las bodas del Cordero» (Ap. 19:9). Ama a sus santos. A menudo les presenta una muestra de bien. «[Unge sus cabezas] con aceite; [su] copa está rebosando».
  21. La unción del versículo 5 claramente apunta a la efusión del Espíritu Santo. Cuando es derramado, el carácter entero es transformado. Cada gracia del cristiano es sabrosa como el aceite, compuesto según el arte del boticario, y derramado sobre la cabeza de Aarón, cuando se convirtió en sumo sacerdote (cf. Sal. 133:1-2).
  22. La copa que está rebosando (v. 5) hace especial referencia a las consolaciones divinas. El vino alegra el corazón del hombre. Mucho más la graciosa presencia del Espíritu de Dios aviva y anima al alma del creyente. Le hace esperar contra esperanza. Le levanta por encima del mundo. Quita la amargura de la muerte. Da osadía en los mayores peligros. El día del juicio final no aterrorizará a los santos (1 Jn. 4:17).
  23. La experiencia pasada del favor de Dios tiene su debido efecto sobre nosotros, cuando nos lleva a confiar, humilde y firmemente, en su bondad y misericordia para los días venideros (v. 6). Los malvados a menudo tienen una vana confianza en el futuro; no está puesta en Dios. Pero los justos saben a quién han creído; lo han probado y hallado infalible.
  24. El amor a la casa de Dios, acompañado del deseo y propósito de mantener con ella una permanente conexión, pertenece a la verdadera piedad (v. 6). No era algo particular de David poder decir: «Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo» (Sal. 27:4). La razón se da en Salmos 36:8-10 y Salmos 84:4-11.
  25. La adoración cristiana alcanza un importante fin cuando, por ella, nuestra mente se torna celestial, y nuestras contemplaciones y afectos se levantan hacia cosas gloriosas, que están a la diestra de Dios (v. 6). Las atracciones de aquel mundo son grandes y siempre van en aumento. ¿Por qué pensamos tan poco en nuestro hogar eterno?
  26. La falta de fe hace ineficaces aun las porciones más preciosas de la Escritura. Este salmo a menudo es admirado, como composición poética, por hombres para quienes sus divinas enseñanzas no tienen más poder salvífico que la oda de un poeta pagano.
  27. La distinción entre santos y pecadores no es vana, modal o formal. Es verdadera, real y necesaria. La hace Dios mismo. Hay una diferencia entre aquel a quien guía el buen Pastor, y aquel a quien lleva cautivo el diablo a su voluntad; entre aquel que se alimenta de «delicados pastos», y aquel que se alimenta de vanidad. ¡Ojalá los hombres viesen esta diferencia como debieran! ¡Ojalá se le prestase mayor atención y resaltase en todas las predicaciones!
  28. ¡Pecador! ¿Quieres ser salvo? Vagas por las oscuras montañas. ¿No quieres recibir al Señor como tu Pastor? Tus carencias son muchas y aumentan constantemente. ¿No quieres volverte? ¡Ojalá lo hicieras! ¡Estás perdido, perdido, PERDIDO! Tu situación es pésima, pero no irremediable; abyecta, pero no desesperada. Oye la voz de Jesús: «Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas» (Jn. 10:11). «Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos» (Jn. 10:9). Estás perdido, pero la misión de Cristo en este mundo era «buscar y salvar lo que se había perdido» (Lc. 19:10). La puerta está ahora abierta, pero pronto se cerrará. Ahora se ofrece misericordia, pero una misericordia menospreciada aumentará tu condenación inconcebiblemente.
  29. ¡Qué gran Salvador es Jesús! Es incomparable. Lavington: «¡Bendito Jesús! ¡Cuán infinitamente has superado al mejor pastor que haya existido jamás! Muchos han destacado por cuidar diligentemente de sus rebaños, proveyéndoles de conveniente pasto, preocupándose de que ninguna oveja se extraviara, y defendiéndolas de los animales depredadores a que estaban expuestas. Pero ¿cuándo puso alguno su vida por las ovejas? Sin embargo, esto lo ha hecho nuestro compasivo Pastor». Él merece todo nuestro amor.

Si yo tuviese un millón de lenguas,

Ninguna callada estaría.

Si tuviese un millón de corazones,

A ti todos yo los daría.

W. S. Plumer

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Creado a partir de la obra en http://www.iprsevilla.com.

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