Salmo 19

Aunque con un poco de retraso, tenemos el placer de ofrecer a nuestros lectores una nueva entrega del Comentario a los Salmos de W. S. Plumer. En esta ocasión, se trata del salmo 19. Esta entrada es algo más extensa de lo habitual, ya que esta vez hemos optado por no dividir el comentario, a pesar de alargarse ligeramente. En cualquier caso, seguimos confiando en que pueda ser de gran edificación a nuestros lectores.

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SALMO 19

19 Los cielos cuentan la gloria de Dios,
    Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.

Un día emite palabra a otro día,
Y una noche a otra noche declara sabiduría.

No hay lenguaje, ni palabras,
Ni es oída su voz.

Por toda la tierra salió su voz,
Y hasta el extremo del mundo sus palabras.
En ellos puso tabernáculo para el sol;

Y éste, como esposo que sale de su tálamo,
Se alegra cual gigante para correr el camino.

De un extremo de los cielos es su salida,
Y su curso hasta el término de ellos;
Y nada hay que se esconda de su calor.

La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma;
El testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo.

Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón;
El precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos.

El temor de Jehová es limpio, que permanece para siempre;
Los juicios de Jehová son verdad, todos justos.

10 Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado;
Y dulces más que miel, y que la que destila del panal.

11 Tu siervo es además amonestado con ellos;
En guardarlos hay grande galardón.

12 ¿Quién podrá entender sus propios errores?
Líbrame de los que me son ocultos.

13 Preserva también a tu siervo de las soberbias;
Que no se enseñoreen de mí;
Entonces seré íntegro, y estaré limpio de gran rebelión.

14 Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti,
Oh Jehová, roca mía, y redentor mío.

 Observaciones doctrinales y prácticas

  1. La distinción entre religión natural y revelada es justa. La verdad la requiere. Las Escrituras la admiten (vv. 1-11).
  2. Todo conocimiento no pervertido es útil. Todo lo que Dios ha hecho y todo lo que Dios ha hablado, con todas sus conexiones y usos, puede enseñarnos alguna valiosa lección (vv. 1-11).
  3. Si el hombre no hubiese pecado jamás, si no procediese con una mente ciega, ni un corazón endurecido, las enseñanzas de la religión natural son tan claras y tan impresionantes que, ciertamente, despertarían en él piadoso asombro y fiel alabanza hacia el Hacedor de todas las cosas (vv. 1-4). Sus obras declaran, predican, manifiestan y publican su existencia en todo momento y en todo lugar. Tholuck: «Aunque todos los predicadores de la tierra guardasen silencio, y toda boca humana dejase de publicar la gloria de Dios, los cielos jamás dejarán de declarar y proclamar su majestad». El menor pedazo de granito o de vieja arenisca roja, el menor molusco o insecto, requieren tanto de un Creador como los cielos que están sobre nosotros. Morison: «Es imposible echar un vistazo a las lumbreras mayores y menores que señorean en el día y en la noche, sin vernos obligados a pensar con admiración reverente en el incomprensible Ser que enciende su fuego, dirige su curso y les impone las leyes que contribuyen al orden, belleza y felicidad del universo». Bien dijo el apóstol que ningún hombre, ni aun los paganos, tiene excusa. Aun el día y la noche demuestran que hay Dios, puesto que no hay más que un ser que pueda causarlos. Everett: «Tuve ocasión, hace unas semanas, de tomar el tren matutino de Providence a Boston, y con este propósito me levanté a las dos en punto de la mañana. Todo lo que había a mi alrededor estaba envuelto en tinieblas y sumido en un silencio solo roto por lo que a aquella hora parecía el fantasmal traqueteo del tren. Era una apacible y serena noche de verano: el cielo estaba sin nubes, el viento era suave. La luna, que se hallaba en cuarto menguante, acababa de salir, y las estrellas brillaban con un lustre espectral, pero poco afectadas por su presencia. Júpiter, dos horas arriba, era el heraldo del día; las Pléyades, justo en el horizonte, ejercían su dulce influencia en el este; Lira centelleaba cerca del cénit; Andrómeda ocultaba sus recién descubiertas glorias a los ojos naturales del sur; las firmes estrellas «apuntadoras», muy por debajo del polo, miraban mansamente, desde las profundidades del norte, a su soberano.

»Este era el glorioso espectáculo cuando me subí al tren. Conforme proseguíamos, el tímido acercamiento del amanecer se hizo más perceptible; el intenso azul del cielo comenzó a suavizarse; las estrellas menores, cual niños pequeños, fueron las primeras en irse a descansar; los rayos hermanos de las Pléyades pronto se desvanecieron; pero las brillantes constelaciones del oeste y del norte permanecieron sin cambio. La maravillosa transfiguración prosiguió firmemente. Manos de ángeles, ocultas a los ojos mortales, cambiaron el escenario de los cielos; las glorias de la noche se transformaron en las glorias del alba. El cielo azul ahora se tornaba más grisáceo; las grandes estrellas veladoras cerraron sus ojos santos; el este comenzó a encenderse. Débiles trazos de púrpura pronto enrojecieron el cielo; todo el cóncavo celestial se llenó de las emergentes mareas de luz matutina, que descendían de las alturas como un gran océano de fulgor; hasta que, finalmente, cuando llegamos a las Blue Hills, una llamarada de fuego púrpura apareció en el horizonte y transformó las gotas de rocío de las flores y hojas en rubís y diamantes. En pocos segundos, las eternas puertas de la mañana fueron abiertas de par en par, y el señor del día, engalanado de gloria demasiado intensa para la mirada del hombre, hizo acto de presencia […].

»Me lleno de asombro cuando me dicen que en este siglo de luces, y en el corazón del mundo cristiano, hay personas que pueden presenciar esta manifestación cotidiana del poder y sabiduría del Creador y, sin embargo, decir en sus corazones: “No hay Dios”.

Morison: «Los adornos del novio y el poder del gigante no son sino débiles imágenes del apacible esplendor del sol y su veloz luz penetrante. Toda la naturaleza se regocija cuando este se acerca; la dulce melodía del bosque y la arboleda lo saludan cuando aparece; ante su faz, las sombras de la noche huyen; los animales salvajes del bosque se retiran rápidamente; y la luz, alegría y feliz trabajo vuelven a visitar las habitaciones de los hombres». De hecho, un brillante sol debería silenciar para siempre todas las cavilaciones respecto a las verdades fundamentales de la religión natural. «¿Dónde está tu Dios? Muéstramelo» –dijo un arrogante monarca pagano a un fiel judío. «No puedo mostrarte a mi Dios, pero ven conmigo y te mostraré a uno de sus mensajeros». Llevándole al aire libre, señaló a un sol despejado y dijo: «Mira eso». «No puedo, me daña los ojos» –dijo el monarca. «Entonces –dijo el judío–, ¿cómo podrías mirar la faz de aquel a cuya reprensión tiemblan los pilares del cielo?».

  1. ¡Qué criatura tan pobre e insignificante es el hombre! Comparado con Dios, es como nada. Toda la naturaleza y toda la revelación le enseñan que es ácaro, gusano, vanidad. Mira hacia arriba y ve el cielo cual cristal fundido (cf. Job 37:18), reflejando la imagen de Dios; pero todas las naciones de los hombres son muy parecidas a los saltamontes, cuya imagen no ven más que cuando miran hacia abajo. Todo lo que se encuentra por encima de nosotros habla de la grandeza de Dios, no de la del hombre.
  2. Se han escrito buenos textos sobre la poesía de la Escritura y sobre la deuda que la alta literatura tiene con la Biblia. Mucho más queda por decir. Que alguien ponga su fuerza al servicio de este tema. La imaginería del sol en los versículos 4-5 no es sino un ejemplo de lo que queremos decir.
  3. Deberíamos estar agradecidos, nosotros pobres gentiles, de que Dios siempre nos impartiera las lecciones de religión natural con la misma claridad que a los demás, puesto que en ellas se encontraba la profética promesa de que, finalmente, nos daría una luz más clara, y de que esa luz, el Sol de justicia, se manifestaría a las naciones. Cuando Dios permitió que todas las naciones anduviesen en sus propios caminos, no obstante, no se dejó a sí mismo sin testimonio (cf. Hch. 14:16-17), demostrándoles todo el tiempo que era tan bueno, y les sería tan gracioso, como la Revelación dijo que había de ser para con los que estaban ciegos y alejados de la nación de Israel.
  4. Glorioso como es el sol, comparado con otras criaturas, solo por su infinita condescendencia Dios nos lo muestra a nosotros, pobres e ignorantes mortales, como emblema de sí mismo (cf. Sal. 84:11).
  5. Grandes como son los talentos naturales del hombre, y claras como son las lecciones que enseñan las obras de Dios, tanto la historia como la observación demuestran que hacía falta una revelación. El mundo jamás conoció a Dios por la sabiduría. Habiéndole abandonado, cada paso que dan los hombres en cualquier sistema de mitología o filosofía les aleja más de la verdad. La Biblia era una bendición necesaria. «Si Dios puede verse en sus obras, mucho más puede verse en su palabra».
  6. La regla de fe y práctica que se da en la Escritura es perfecta (v. 7). Es perfecta en sabiduría, en verdad y en equidad. En ella nada es insuficiente, nada es redundante, nada es fastidioso, nada es caprichoso. Necesitamos todo lo que nos enseña, y nos enseña todo lo que necesitamos aprender. Cuando examinamos la colección de dichos sabios de los paganos, necesariamente tenemos la impresión de que, en las verdades que se refieren a las creencias, los mejores de ellos eran meros niños. Y, cuando se escudriña la palabra de Dios, no es de extrañar que, con sus enseñanzas, los simples se hagan sabios y los inmorales se tornen puros. Sus reglas, ánimos, indicaciones, incentivos, son perfectos. Todos tienen la adecuada claridad, autoridad y majestad. Aun las promesas son augustas; las amenazas, saludables y admirables.
  7. En la mano del Espíritu de Dios, la Escritura tiene todo el poder necesario para controlar las inclinaciones más fuertes de la naturaleza humana. Convierte el alma (v. 7). Y esta energía no se reduce a unos pocos casos: renueva a millones. Ni tampoco sirve para cambiar solo los corazones de los que son moderadamente malvados. Ningún demonio entra en el alma que no se vea obligado a decir: A Pablo conozco, y a Jesús conozco.
  8. En su infinita condescendencia, el Dios de la verdad se hizo testigo personalmente y nos dio su testimonio (v. 7). Nada menos que esto nos habría servido, ya que nuestra debilidad y baja condición nos habían alejado de la gloria de Jehová, y nuestros pecados nos habían expuesto a su justo desagrado. En la salvación, todo es de misericordia.
  9. Pero Dios da su testimonio no solo a los principales de la sociedad, a los dignatarios de la tierra, sino a las almas más humildes (v. 7). Le encanta instruir a los más endebles, a quienes tienen disposición para aprender. Renunciar a nuestra propia sabiduría y ser sencillos como niños es esencial para tener éxito en el estudio de la palabra de Dios (cf. 1 Co. 3:18).
  10. Los buenos hombres se deleitan en la ley de Dios y procuran guardarla (v. 8). El que ama a Dios, debe amar su ley, pues ella es una transcripción de su carácter.
  11. La verdadera piedad se aflige, cuando llora por sus pecados y defectos, pero también se regocija (v. 8). Esta alegría es inefable y llena de gloria. Una buena conciencia es el mejor tesoro que se puede tener, el mejor placer que se puede gustar, el mejor honor que se puede conceder. El pecador la recibe por medio de la sangre expiatoria, pero jamás coexiste con un menosprecio de los estatutos de Dios.
  12. Aunque muchos sistemas de falsa religión contienen alguna verdad, solo es de la Escritura la especial gloria de contener la «pura» verdad y ningún error (v. 8). Es siempre seguro recibir lo que Dios ha hablado.
  13. La palabra de Dios contiene toda verdad necesaria. De tal manera «alumbra los ojos», que estos no necesitan más iluminación (v. 8). Quien conociese el verdadero sentido de todo lo que Dios ha revelado, indeciblemente sería el más sabio de los hombres que han existido. Ser sabio para salvación es la mayor hazaña de la sagacidad.
  14. La religión de la Biblia difiere de todas las falsas religiones en la pureza que requiere y promueve. «El temor de Jehová es limpio» (v. 9). Todas las demás religiones concuerdan en dejar que el pecado y la corrupción agiten el alma. Estos afloran aun en su adoración.
  15. Cuanto más se prueba la religión verdadera, más es hallada en alabanza, pues tiene en sí misma una excelencia indestructible. Dura para siempre (v. 9). Mientras que todo lo que es falso, bajo y egoísta será por siempre abatido; lo verdadero, noble y benevolente «permanecerá» eternamente. El fundamento de toda estabilidad es la verdad y la justicia.
  16. Por todas partes la Escritura condena la auto-adoración y las invenciones humanas en la casa de Dios (v. 9). El «temor» y los «juicios» de Dios tienen una base muy diferente de los preceptos del hombre.
  17. En todas las partes de la Escritura, la «justicia», la «rectitud» y la «santidad» tienen la preeminencia (v. 9). Ningún escritor inspirado expresa una sola duda respecto al triunfo final de un principio o de una causa, si estos son justos.
  18. La renovación de la naturaleza caída del hombre por la palabra y el Espíritu de Dios es una realidad. La conversión no es un sueño (vv. 8,10). Lutero: «Es un gran prodigio del Espíritu Santo y de los juicios del Altísimo, que lo cambien todo, haciendo muy aceptable lo que antes era ingrato. Porque ¿qué buscan los hombres con más avidez que las riquezas y los placeres? Y, sin embargo, el espíritu se complace mucho más en la ley de Dios que la carne en sus bienes y placeres». Toda generación tiene algunos hombres que demuestran ser nacidos de Dios.
  19. Cuán vanas son las grandes riquezas comparadas con la palabra de Dios (v. 10). Son efímeras, perturbadoras, inferiores aun a muchas buenas cosas terrenales. Pero la palabra divina enriquece el alma del hombre. «Es capaz de traerle un reino eterno». La riqueza no puede sanar el espíritu herido, animar el alma deprimida, dar esperanza a la mente abatida, defender de ninguno de los grandes males de la vida, indicar al viajante cansado el camino del reposo, dar seguridad de felicidad más allá del sepulcro. La palabra de Dios puede hacer todas estas cosas, y mil veces más.
  20. No es de extrañar, entonces, que para el alma piadosa la palabra de Dios tenga una dulzura incomparable (v. 10). La vida divina dentro de nosotros está llena de consuelos y apoyos, siendo más placentera que todo lo que el mundo pueda gustar.
  21. En el maestro o testigo, la experiencia es una buena cualidad (v. 11). Por experiencia, los hijos de Dios saben cuán bendito es su servicio, y hablan lo que saben. Los malvados no saben lo que dicen, cuando tratan la religión.
  22. De la doctrina de las graciosas recompensas que se nos enseña en el versículo 11, hagamos, como Pablo, esta sólida inferencia: «Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano (1 Co. 15:58)». Benditas palabras las que se dijeron a Abraham: «Yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande» (Gn. 15:1). Bien pueden tales palabras alentar y animar a cualquier hombre a hacer todo lo posible por la causa de Dios. Sin embargo, todo buen hombre se identificará con Hooker, de Nueva Inglaterra, que, cuando se le dijo que iba a recibir su recompensa, dijo: «Voy a recibir misericordia».
  23. ¡Cuán útil para humillar es toda la ley de Dios! (v. 12). Muestra a los mortales sus defectos y transgresiones, de tal manera que los mejores hombres han clamado amargamente bajo un sentido de sus muchas corrupciones.
  24. Son muy necios quienes pretenden no tener faltas (v. 12). El perfeccionismo moderno no encuentra ningún respaldo en la Escritura. Calvino: «Cuanto más diligentemente nos examinemos, más dispuestos estaremos a reconocer con David que, si Dios descubriera nuestras faltas secretas, se hallaría en nosotros un abismo de pecados tan grande que no tendría fondo ni límites».
  25. Si nuestra santificación no nos lleva a ver nuestras propias faltas y, así, renunciar a cada una en particular, jamás seremos salvos (v. 12). Bendito sea Dios, que ve todos nuestros pecados, y, si nos ama, no nos dejará bajo su poder.
  26. Cuán importante es la oración, especialmente la que David eleva en los versículos 12-13. Si alguna vez abandonamos la oración, estaremos preparados bien para el cielo, bien para el infierno.
  27. Aunque es de gran importancia, en muchos respectos, que tengamos un alto grado de auto-conocimiento, la observación coincide con la inspiración en enseñar que este es extremadamente difícil de alcanzar. Muy pocos hombres se conocen a sí mismos, en especial sus propios defectos. Parecería que la mente del hombre, como su ojo, fue originalmente hecha para mirar las obras de Dios antes que a sí misma. Solo por un acto reflejo obtenemos conocimiento del tamaño, color y apariencia de nuestros ojos, o del poder, carácter y ejercicio de nuestra mente. La filosofía mental hace poco progreso. El pecado también ciega la mente, de manera que, aunque los hombres tienen ojos, no ven. El amor propio es desmedido, de manera que, en los juicios civiles y penales, a ningún hombre se le permite ser su propio juez. Sin embargo, en cuestiones de auto-conocimiento, cada hombre es juez, jurado, testigo, fiscal y abogado. La auto-inspección le es fastidiosa a la mayoría de los hombres. El pecado se subleva despreocupado. Y esto no es todo. Los de buen y mal carácter a menudo parecen muy semejantes. Saulo y Judas parecían tan arrepentidos como Pedro. La humildad de Acab se asemejaba a la de David. La reforma de Herodes parecía casi tan amplia como se requería. Los sistemas de educación en que la ocultación ocupa un gran lugar también ayudan a ceñirnos las cadenas de la auto-ignorancia. Cuando el hombre aprende a engañar a los demás, aprende, más efectivamente aún, a engañarse a sí mismo. De hecho, la misma familiaridad con nuestras propias faltas nos impide ver su deformidad. Cuántos hombres juzgan mal sus talentos y sus modales, pensando que estos son agradables –cuando son altamente ofensivos– y que aquellos son brillantes –cuando apenas alcanzan una penosa mediocridad. Los buenos hombres deploran su falta de auto-conocimiento, y los malos hombres lo evidencian de muchas maneras. Hazael se consideró insultado cuando el profeta predijo su carrera de crímenes y, sin embargo, hizo toda la maldad que se le anunció. En algunos casos, aun la conciencia de los hombres se pervierte, de modo que creen que sus peores crímenes son virtudes. No es de extrañar, entonces, que el juicio que los hombres hacen de sí mismos a menudo sea erróneo.
  28. Los pecados por ignorancia siguen siendo pecados, y necesitan perdón tanto como los demás (v. 12). Henry: «Los mejores hombres tienen razón para sospechar que son culpables de muchas faltas secretas, y para rogar a Dios que les limpie de esa culpa y no la ponga en su cuenta. Porque aun nuestros pecados de debilidad e inadvertencia, y nuestros pecados secretos, serían nuestra destrucción si Dios los tratara como merecen. Aun las faltas secretas son inmundas, y nos hacen inadecuados para la comunión con Dios. Pero, cuando son perdonadas, estamos limpios de ellas» (cf. 1 Jn. 1:7). Cuidaos de los pecados secretos.
  29. Algunos pecados son peores que otros. Todos los pecados son delictivos, pero algunos son de soberbia (v. 13). «Estos deberíamos particularmente lamentar, contra estos deberíamos particularmente orar».
  30. Aun los hombres regenerados pueden cometer grandes pecados, enormes delitos. Dejados a sí mismos, son tan débiles como el agua (vv. 12-13). Rivet: «En tanto que David –que aquí se llama a sí mismo siervo de Dios, lo cual verdaderamente era—confiesa su necesidad de restricción divina para que no quebrante, osada e insolentemente, la ley de Dios, y caiga en transgresiones, es claro que nadie debería presumir tanto de su propia virtud o fuerza que se considere a salvo de las peores caídas, como también enseña Pablo (cf. 1 Co. 10:12)». Morison: «Un pecado secreto, no subyugado, puede sumir el alma en la perdición; pero la transgresión abierta, manifiesta y jactanciosa puede conducir al doble “naufragio de la fe y de una buena conciencia”, y puede excluir al individuo tanto de la tierra como del cielo. No servirá, a la vista de peligros tan inminentes como este, plantear la terrible y –casi diría—infernal casuística siguiente: ¿cuánto puede el hombre adentrarse en el golfo del pecado, siendo después sacado de él?».
  31. Si el pecado tiene dominio sobre nosotros, somos sus siervos y no los siervos de Dios (v. 13; cf. Ro. 6:16).
  32. Aunque algunos pecados son menores que otros, la tendencia de todos los pecados es hacia la destrucción; y los menores pecados a menudo conducen a los peores; y un gran pecado a menudo conduce a muchos pecados menores (vv. 12-13).
  33. Constantemente y en todas las cosas, necesitamos gracia divina (v. 14). Dickson: «Al igual que debe orarse por gracia perdonadora, por gracia preventiva y por gracia coactiva, también debe orarse por gracia poderosa, que santifique y capacite, tanto para el servicio interno como para el externo; y, además, debe pedirse, en oración a Dios, que, por gracia, acepte el servicio que le ofrecemos».
  34. Sherlock: «Los mejores hombres tienen sus fracasos, y un cristiano honesto puede ser débil. Pero, aunque sea débil, la bondad y sinceridad de su corazón le permiten realizar la petición del versículo 14, que no puede salir de un hipócrita o astuto engañador».
  35. En todo lugar, al igual que aquí, las Escrituras dirigen nuestra atención a las palabras de nuestra boca (v. 14). Presten los hombres atención a sus lenguas.
  36. Sin embargo, del corazón emana la vida. Como el hombre piensa en su corazón, así es él (v. 14). Si nuestros pensamientos no agradan a Dios, podemos estar seguros de que nuestras vidas no son santas.
  37. Gloriosamente, Cristo es el fin de la ley, respondiendo a sus demandas, satisfaciendo sus exigencias, trayendo eterna justicia. Todo depende de Él, que es nuestra fuerza y nuestro Redentor (v. 14). Dickson: «Así como todas nuestras oraciones, y todos nuestros santos esfuerzos, y capacidades de servir a Dios, nos deben ser proporcionados por nuestro Redentor, que es Jesucristo, todas las demás gracias y la aceptación de nuestras personas y servicios deben venir por medio de Él».
  38. Sherlock: «La piedad de este salmo es tan natural, pero a la vez tan excelsa; tan fácil de entender, tan apropiada para conmover las entrañas, que apenas es posible leerlo con atención sin sentir algo del mismo espíritu por el que fue compuesto».

W. S. Plumer

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