Salmo 17

Ofrecemos a nuestros lectores un nuevo salmo comentado por Plumer, continuando la serie que comenzamos hace varias semanas. El próximo salmo, el 18, seguramente tendremos que dividirlo en dos partes, ya que es considerablemente más largo que los que, hasta aquí, les hemos presentado. Pero, de momento, esperamos que nuestros lectores sean grandemente edificados con la lectura de este comentario al Salmo 17. 

paisaje-de-primavera

Plegaria pidiendo protección contra los opresores

Oración de David

Oye, oh Jehová, una causa justa; está atento a mi clamor.
Escucha mi oración hecha de labios sin engaño.

De tu presencia proceda mi vindicación;
Vean tus ojos la rectitud.

Tú has probado mi corazón, me has visitado de noche;
Me has puesto a prueba, y nada inicuo hallaste;
He resuelto que mi boca no haga transgresión.

En cuanto a las obras humanas, por la palabra de tus labios
Yo me he guardado de las sendas de los violentos.

Sustenta mis pasos en tus caminos,
Para que mis pies no resbalen.

Yo te he invocado, por cuanto tú me oirás, oh Dios;
Inclina a mí tu oído, escucha mi palabra.

Muestra tus maravillosas misericordias, tú que salvas a los que se refugian a tu diestra,
De los que se levantan contra ellos.

Guárdame como a la niña de tus ojos;
Escóndeme bajo la sombra de tus alas,

De la vista de los malos que me oprimen,
De mis enemigos que buscan mi vida.

10 Envueltos están con su grosura;
Con su boca hablan arrogantemente.

11 Han cercado ahora nuestros pasos;
Tienen puestos sus ojos para echarnos por tierra.

12 Son como león que desea hacer presa,
Y como leoncillo que está en su escondite.

13 Levántate, oh Jehová;
Sal a su encuentro, póstrales;
Libra mi alma de los malos con tu espada,

14 De los hombres con tu mano, oh Jehová,
De los hombres mundanos, cuya porción la tienen en esta vida,
Y cuyo vientre está lleno de tu tesoro.
Sacian a sus hijos,
Y aun sobra para sus pequeñuelos.

15 En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia;
Estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza.

Observaciones doctrinales y prácticas

  1. Este salmo, como muchos otros, muestra que todos nuestros devocionales de carácter métrico o musical –como algunos han afirmado—no tienen que ser de alabanza y acción de gracias. Podemos cantar de cualquier cosa con espíritu devocional, aunque no haya ni una palabra de alabanza expresa.
  2. La justicia en cualquier gobernante y, en especial, en el Gobernante del universo, es un atributo amable. Concédasele a cualquier hombre, en una controversia, el derecho a que Dios decida, y su causa no podrá estar en mejores manos. Confiadamente clama: «Oye […] una causa justa» (v. 1).
  3. Puesto que Dios es justo, una buena causa ciertamente triunfará al final (v. 1).
  4. Es un gran error, habitualmente cometido por hombres carnales, gloriarse en la justicia de su causa, pero jamás llevarla ante el tribunal del único que hace justicia y juicio en la tierra.
  5. Cobbin: «Feliz el que puede apelar a Dios para que juzgue la integridad de su corazón y acciones. Una verdadera devoción en el orar, una conciencia recta, una lengua y temperamento vigilados, un caminar cauto y santo, todo esto permitirá la reflexión y proporcionará dulce solaz a la mente en tiempo de dificultad».
  6. La oración es un bendito privilegio. Sin ella, ¿qué podría hacer el justo? La misma bondad de su causa da valor a David para orar (v. 1). El versículo 9 demuestra que «cuanto mayor sea la crueldad con que nuestros enemigos nos abaten, más deberíamos avivar la oración». Si estamos equivocados, necesitamos perdón; si tenemos razón, aun así necesitamos protección. Si tenemos prosperidad, deberíamos rogar cautela y moderación; si estamos afligidos, deberíamos pedir sustento, santificación y oportuna ayuda (v. 1).
  7. La oración aceptable debe ser ferviente. Las oraciones frías son hipócritas. La repetición de la oración de David y su uso de la palabra «clamor» muestran cuán vehementes eran sus deseos, y cuán fervientes sus súplicas (v. 1). No toda repetición es vana al orar.
  8. No necesitamos palabras refinadas al orar. El lenguaje de David es simple (v. 1). Calvino: «Cuando nos presentamos ante Dios, aprendamos que no ha de hacerse con el ornamento de una elocuencia artificial, pues la retórica más elegante y la mejor gracia que podemos traer ante Él es la pura sencillez».
  9. La oración y todos los actos de adoración religiosa demandan sinceridad (v. 1). Los labios fingidos son abominación a Dios. Compárese con Salmos 66:18 y Juan 9:31. Lutero: «Vemos cómo, por todos lados, prorrumpen el celo y el odio contra la hipocresía, que los santos evitan con gran horror».
  10. No es inusual que Dios, durante un tiempo, retrase la acción de la justicia, aun cuando se trata de su pueblo (v. 2). Retraso no es lo mismo que rechazo. Él vendrá en el mejor momento. «¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia» (Lc. 18:7-8). Por tanto, los hombres deberían «orar siempre, y no desmayar» (Lc. 18:1).
  11. Cuando tenemos que soportar injusticia y dolor, no podemos hacer nada mejor que someter nuestra causa a Dios (v. 2). Nuestras aflicciones son grandes miserias cuando nos alejan de Dios, en vez de acercarnos a Él.
  12. El justo aprueba la totalidad del carácter divino, que es una fuente de dicha para él. David se regocija en la omnisciencia divina (v. 3). Este atributo, si se entiende, aterra al impío, pero da gran paz al piadoso. Todo buen hombre ruega ser examinado por el ojo que lo escudriña todo. Es verdad que los hipócritas a menudo pueden apelar al Escudriñador de los corazones aun cuando se han equivocado, pero lo hacen de manera deshonesta y profana. Si realmente pensasen que Dios había de permitir que los hombres los viesen como Él los ve, se llenarían de desaliento.
  13. Lo que hace que nuestras pruebas sean demasiado fuertes para nosotros es nuestra debilidad. Si estuviésemos bien, cuanto más fuésemos probados, más aparecería nuestra integridad (v. 3). «Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido» (Stg. 1:14). Se puede encender un gran fuego sobre el hielo, pero no hacer arder un río. En cambio, una chispa explosiona un polvorín.
  14. Tener determinación es uno de los medios de preservarnos. Ningún hombre estará libre de los pecados del corazón, de la lengua o de la vida a menos que se proponga evitar la iniquidad (v. 3).
  15. Todos los buenos hombres han encontrado especialmente difícil mantenerse limpios de los pecados de la lengua (v. 3). «Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo […]. La lengua es un fuego, un mundo de maldad […]. Inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno […]. Pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal» (Stg. 3:2-8).
  16. Aunque en las contiendas carnales, el mal generalmente engendra mal, jamás lo justifica (v. 4). Si alguna vez la venganza personal pudo ser justa, fue cuando Saúl, el rey, perseguía a David por sus grandes servicios públicos. Cuando tenía a Saúl en su mano, David no dañó un pelo de su cabeza, sino que se guardó de la senda del destruidor. «No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor» (Ro. 12:19). «Porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios» (Stg. 1:20). Jamás ayudó a una buena causa.
  17. Las ayudas y liberaciones pasadas deberían hacernos humildes y vigilantes (v. 5). Si en nuestra debilidad está nuestra fuerza –como enseña Pablo–, con toda seguridad nuestra fuerza puede convertirse en nuestra debilidad. Calvino: «Ciertamente, cuanto más destaque alguien en la gracia, más debería temer la caída; pues el modus operandi de Satanás es procurar, aun a partir de la virtud y fuerza que Dios nos ha dado, producir en nosotros confianza carnal, la cual puede conducir a la negligencia».
  18. Con cuánta frecuencia debemos recurrir a la oración (vv. 5-9). A menudo no podemos hacer otra cosa que orar, y jamás podemos hacer nada mejor que invocar a Dios.
  19. La confianza en Dios es un bendito principio. Algunos la subestiman. La creencia de que sería oído en su oración, mantuvo a David en el propiciatorio suplicando ayuda (v. 6). Lutero: «Véase cuán pronto el afecto hace excelente al orador. Encomienda a Dios su causa del modo más favorable, trata de estar bien con Él, se queja de sus adversarios, intenta hacerlos aborrecibles; y todo con muy pocas y apremiantes palabras. Pero no lo hace como si fuese necesario para vencer a Dios, sino por causa de la fe. Porque cuanto más vigorosa y ferviente es nuestra fe, más siempre obra Dios por medio de ella».
  20. Para una pobre alma tentada y perseguida es terrible perder de vista la misericordia divina. Que espere en la maravillosa benevolencia de Dios (v. 7). Dickson: «El creyente, en tiempo de peligro y estrechez, debe poner su ojo especialmente en la buena voluntad y bondad de Dios, como contrapeso a toda la malicia de los hombres». Las grandes liberaciones jamás cesarán hasta que el último de los redimidos obtenga el descanso en el cielo. Cada nuevo santo es de asombro para muchos.
  21. Las grandes dificultades derivadas de la perversidad y malicia humanas no son ninguna novedad (v. 7). Es de señalar, además, que a menudo los espíritus más delicados y tiernos son arrojados a los mares más tempestuosos. David y Jeremías, durante toda su juventud, mostraron un temperamento inusualmente pacífico, pero Dios los hizo hombres de contención, a pesar de sus inclinaciones. Sin embargo, una de las mayores bendiciones, que debiera buscarse con oración, es que podamos llevar vidas tranquilas y pacíficas con toda piedad y honestidad.
  22. Toda oración inspirada contiene una promesa de bien a los justos. Así pues, las peticiones del versículo 8 se cumplen en todos los santos. Dickson: «El cuidado que Dios tiene de sus pobres hijos que dependen de Él es indecible, y el tierno amor que tiene para con ellos carece de parangón […]. El cuidado que Dios tiene de ellos es comparable con el cuidado que el hombre tiene de “la niña de sus ojos”. El amor de Dios para con ellos es comparable con el amor de la gallina a sus polluelos, que calienta y “[esconde] bajo la sombra de [sus] alas”». El pueblo de Dios está seguro. Nada puede dañarle.
  23. La imaginería del mal se desborda al relatar el carácter y conducta de los hombres malos. Son gruesos y soberbios, jactanciosos y vanidosos (v. 10). Son cazadores astutos que emplean artificios. Son espías del pueblo de Dios. Son leones y leoncillos (vv. 11-12). Cristo llamó a Herodes «zorra». Son enemigos mortales. Su hostilidad, si sus corazones permanecen no transformados, jamás cesará. Están llenos de malicia. Scott: «Los perseguidores de David eran prósperos, auto-indulgentes y suntuosos; y, de este modo, se hicieron arrogantes, impíos, insensibles y presuntuosos». Los perseguidores de todos los tiempos son muy parecidos.
  24. El pueblo de Dios está bajo su cuidado en tiempo de asedio, o cuando lo rodean los enemigos, lo mismo que en cualquier otro tiempo (v. 11). En tales épocas, el hijo de Dios más débil puede cantar: «Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme? Cuando se juntaron contra mí los malignos, mis angustiadores y mis enemigos, para comer mis carnes, ellos tropezaron y cayeron.  Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón; aunque contra mí se levante guerra, yo estaré confiado» (Sal. 27:1-3). Beza menciona nada menos que seiscientas notables liberaciones obradas por él en los días turbulentos en que vivió.
  25. Los hombres malvados son siempre malvados. La maldad es su oficio, su naturaleza. El león no ama la carne y la sangre más de lo que los malvados aman el pecado (v. 12). Y jamás están satisfechos. Siguen pecando.
  26. Cuando el peligro es extremo para los santos, la liberación está a la mano (v. 13). «Cuando el peligro está más cerca, Dios está más cerca». Nada es más fácil que Dios reduzca a nada las maquinaciones humanas.
  27. En las aflicciones, es una gran cosa poder reconocer a Dios como autor de nuestros sufrimientos, aun cuando emplee a hombres como instrumentos (vv. 13-14). En esto se apoyó el hombre de Uz (cf. Job 1:20-21). Esto tranquilizó a David en su penosa huida de Jerusalén en tiempo de la rebelión de Absalón (cf. 2 S. 16:5-12). De igual manera recibió Elí las terribles nuevas de la muerte inminente de sus malvados hijos: «Jehová es; haga lo que bien le pareciere» (1 S. 3:18). El que, en la aflicción, piensa mucho en las segundas causas, tendrá dolor sobre dolor. Los hombres malvados no son sino la vara, mano y espada de Dios. No pueden hacer nada excepto que les sea dado de Dios (cf. Jn. 19:11). Los impíos son, simplemente, azotes.
  28. Triste es el caso de los malvados. Tienen su porción en esta vida (v. 14). Sus riquezas pueden dejarlos en un momento. El poder de disfrutar las cosas terrenales también puede irse igual de pronto. Pueden dejar mucho a sus descendientes, pero no pueden decir si serán hombres sabios o necios, prudentes o derrochadores. Dodd: «Deberíamos mirar con pena el negocio que han hecho para sí los hombres del mundo, y temblar más por lo que han de sufrir en el futuro, que inquietarnos por lo que disfrutan en el presente. Cuando vemos hombres languideciendo con fiebre e hidropesía, no envidiamos el placer que han disfrutado en desmanes y excesos pasados. Y, cuando vemos a hombres desgastados y debilitados por la tuberculosis, o consumidos por enfermedades más dañinas, no envidiamos el placer de su concupiscencia y libertinaje pasados».
  29. El camino al cielo es escabroso. Sin embargo, dos cosas sustentan grandemente a los santos. Una es que reciben muchos consuelos y cordiales por el camino. A veces, tienen una bendita visión de Dios (v. 15). Caminan con Él y Él les muestra su pacto. La otra es que tienen un cielo al que ir, y de ello tienen una bendita seguridad en la palabra de Dios, y una esperanza segura en sus almas. Tholuck: «Maravillosamente iluminado por el Espíritu Santo, David habla, con una claridad que solo parece posible a las mentes cristianas, acerca de la gloria del cielo, donde la lucha con el pecado se transformará en perfecta justicia, la fe en visión cara a cara, la saciedad de los bienes parciales de esta vida en saciedad del único bien perfecto, que hace todo lo demás innecesario». ¡Cómo ilumina ese rayo del trono celestial las tinieblas de este mundo!

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