Salmo 16

Una semana más, tenemos el placer y el privilegio de ofrecer a nuestros lectores una nueva entrega del comentario de Plumer a los Salmos. En esta ocasión, se trata del Salmo 16, que, de nuevo, esperamos les sea a todos de gran edificación.

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SALMO 16

Guárdame, oh Dios, porque en ti he confiado.

Oh alma mía, dijiste a Jehová:
Tú eres mi Señor;

No hay para mí bien fuera de ti.

Para los santos que están en la tierra,
Y para los íntegros, es toda mi complacencia.

Se multiplicarán los dolores de aquellos que sirven diligentes a otro dios.
No ofreceré yo sus libaciones de sangre,
Ni en mis labios tomaré sus nombres.

Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa;
Tú sustentas mi suerte.

Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos,
Y es hermosa la heredad que me ha tocado.

Bendeciré a Jehová que me aconseja;
Aun en las noches me enseña mi conciencia.

A Jehová he puesto siempre delante de mí;
Porque está a mi diestra, no seré conmovido.

Se alegró por tanto mi corazón, y se gozó mi alma;
Mi carne también reposará confiadamente;

10 Porque no dejarás mi alma en el Seol,
Ni permitirás que tu santo vea corrupción.

11 Me mostrarás la senda de la vida;
En tu presencia hay plenitud de gozo;
Delicias a tu diestra para siempre.

Observaciones doctrinales y prácticas

  1. Cualquier cosa es buena si nos lleva a orar con fervor y fe (v. 1).
  2. Es asombroso que no se hundan más hombres en la desesperación, estando muchísimos en gran estrechez, pero conociendo poquísimos el camino al propiciatorio (v. 1).
  3. Si el Señor Jesucristo en su humillación, para sustentar y alentar su naturaleza humana, con tanta constancia y fervor se entregó a la oración, ¡cuán vanos son los pobres pecadores que piensan que pueden pasar sin ella (v. 1)! Es imposible que ningún simple hombre viva en santidad y paz sobre la tierra sin la ayuda constante de Dios.
  4. Es maravilloso y razonable que Dios demande nuestra fe y confianza a cada paso. No podemos hacer nada bien sin fe (v. 1). Calvino: «Nuestra seguridad en la vida y en la muerte depende enteramente de que estemos bajo la protección de Dios».
  5. La fe verdadera naturalmente lleva a la oración (v. 1). Lutero: «Ved aquí cómo la confianza invoca al Señor. ¿Cómo puede invocar al Señor quien no ha confiado en Él? La confianza y la fe que cree son cosas que consideran a Dios gracioso, conforme a su compasión, por medio de la cual nos hará perpetuamente bienaventurados».
  6. La religión verdadera es cuestión de experiencia. Quien disfruta de ella puede apelar a su conciencia y dirigirse a su alma (v. 2). Esto fue así en el caso de Cristo y de todo buen hombre que ha existido. Dickson: «La primera evidencia sólida de la sinceridad de la fe salvífica es el testimonio de la conciencia, que testifica al hombre que se ha asido al pacto de gracia y ha escogido a Dios como protector y señor, y que ha determinado depender de Dios y servirle».
  7. La esencia de la verdadera piedad es reconocer siempre y fielmente el derecho de Dios a tener dominio sobre nosotros. A menudo deberíamos decirle: Té eres mi Señor (v. 2). Esto han hecho siempre los hombres píos. Cristo mismo se reconoció siervo. No somos de nuestra propiedad. No somos nuestros señores.
  8. La doctrina de que, tras nuestra mejor obediencia, seguimos siendo siervos inútiles, no es ninguna novedad. Se enseñó antaño (v. 2). Calvino: «Aunque los hombres se esfuercen al máximo por servir a Dios, no pueden serle de ningún provecho. Nuestra bondad no le alcanza; no solo porque, teniendo en sí mismo toda suficiencia, no necesita de nada, sino también porque nosotros estamos vacíos y desprovistos de toda cosa buena, y no tenemos nada con que mostrarnos liberales para con Él». Scott: «Ni aun la justicia perfecta del Salvador puede añadir a la gloria y felicidad esenciales del Padre; pero es la causa meritoria de la aceptación y santificación, y de la felicidad eterna de su pueblo, el único de la raza de Adán en quien se complace grandemente».
  9. Y, así, la benevolencia de Cristo fue para con el pecador, y no para con el Soberano contra quien se peca (v. 3). La misma verdad se enseña en Juan 3:16; 17:19. Y, puesto que Cristo nos dio ejemplo de compasión y bondad para con hombres débiles, parciales y pecadores, debemos seguir sus pisadas. Calvino: «Puesto que nuestras buenas obras no pueden alcanzarle, Dios pone a los santos en su lugar, y para con ellos hemos de ejercitar nuestra caridad».
  10. La amistad de los píos es bien concedida a los santos, pues son los íntegros de la tierra (v. 3). Alguien de gran pureza de carácter y agudo discernimiento, realmente verá muchas faltas en el mejor de meros hombres; sin embargo, los creyentes son la sal de la tierra. Como clase, son tan superiores a los hombres mundanos, que a un verdadero hijo de Dios les parecen oro y escoria. Diodati: Son «los verdaderos, libres y nobles hijos de Dios, herederos de su reino y transformados a su imagen de gloria en gloria». Hengstenberg: «Los santos son los escogidos, a quienes Dios ha sacado del territorio del mundo profano y alzado al nivel de su pueblo. De esta elevación en dignidad, una elevación en la estima de ellos es ciertamente la consecuencia». El amor de Cristo para con su pueblo fue, primeramente, el de la buena voluntad. Los compadeció y los redimió. Después, es el de la complacencia en sus caracteres, que, aunque no perfectos, son sinceros y rectos. Cristo ama su propia imagen allí donde la ve.
  11. La verdadera benevolencia ciertamente procura la difusión universal del conocimiento salvífico de Dios, puesto que es tan grande la miseria de todos los que abrazan religiones falsas (v. 4). «Se multiplicaron los dolores». Alexander: «La palabra que se traduce por “los dolores” parece hacer alusión a una forma muy similar que significa “los ídolos”, como sugiriendo que los dioses falsos no son más que dificultades y aflicciones».
  12. Sin embargo, ¡cuán extraño que los hombres estén tan inclinados a la falsedad, y aun a su forma más flagrante: la idolatría! Los paganos se vuelven frenéticos con sus ídolos. Los malvados corren tras otro dios (v. 4). La naturaleza humana es necia, perversa y depravada. Esta es la única manera de explicar la necedad humana en asuntos de religión. Morison: «La tendencia de la naturaleza humana apóstata a darse a prácticas idolátricas es uno de sus rasgos más destacados. Todos los pueblos sobre la faz de la tierra han manifestado esta tendencia, y no se ha registrado ningún caso en que se haya producido una obra de auto-liberación». A la idolatría del corazón hacia cualquier cosa que Dios haya hecho, la seguirá una miseria semejante.
  13. Jamás, bajo ninguna circunstancia, hagamos nada para respaldar ninguna forma de adoración falsa (v. 4). La última oración de este versículo tiene un pasaje paralelo en Éxodo 23:13.
  14. Dios mismo es la porción de todas las almas que confían en Él (v. 5). En muchas cosas es sabio el justo. Antepone la verdad al error, la eternidad al tiempo, los santos a los pecadores, el espíritu a la carne; pero el summum de su sagacidad está en preferir la voluntad de Dios a la suya propia, el favor de Dios al de todas las criaturas, y Dios mismo al universo.
  15. El creyente no es un intruso ni usurpador al reclamar el amor y la bendición de Dios. Los tiene mediante su coheredero, Jesucristo. Los tiene por don de Dios, el mismo título por el que tenemos nuestra existencia. Más aún, han sido comprados con la sangre de Cristo.
  16. Si con «copa» el profeta quiere decir –como piensan algunos—bendiciones temporales, entonces el pueblo de Dios jamás carecerá de pan ni de agua. Si no se refiere a eso, entonces se trata de algo mejor y, así, lo temporal viene con lo espiritual (v. 5).
  17. La confianza en Dios jamás frustrará nuestras esperanzas. Él nos llevará y sustentará nuestra suerte (v. 5).
  18. Aun en esta vida son felices los justos. Tienen una hermosa heredad (v. 6). Pero ha de ser diferente con sus enemigos. Rivet: «El camino a la bendición es completamente desconocido al hombre natural. La verdadera bendición consiste en contemplar el rostro de Dios». Esto se hace por fe aquí, y por visión en la gloria. El pueblo de Dios tiene buenas cosas ahora, y mejores por venir.
  19. Cuán razonable es, por tanto, el deber de alabar y bendecir al Señor (v. 7). Abundemos en esta ocupación celestial.
  20. Todos los hombres sabios hacen del consejo de Dios su guía (v. 7). ¿Por qué no habían de hacerlo? Él no comete errores. Todos sus consejos son de antiguo fidelidad y verdad. Es el consejero infalible. Algunos piensan que la palabra «Jehová» en este versículo apunta a Cristo. Sea así o no, otras Escrituras lo describen como «Maravilloso, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de Paz».
  21. Considera en el carácter e historia religiosos del pueblo de Dios, todas sus cavilaciones, pensamientos, oraciones, alabanzas y meditaciones en las noches, y qué interrupción tan horrible le parecerían estas (v. 7).
  22. La verdadera piedad se evidenciará invariablemente teniendo al Señor como aquel que «mantiene todos nuestros sentidos atados y cautivos, de modo que no se salgan y desvíen tras algún otro objeto» (v. 8). En Cristo Jesús la piedad era perfecta y, por tanto, jamás perdió de vista la voluntad, la ley y la gloria de Dios, aun cuando se le retiró la luz y el consuelo del rostro de Dios. Ser como Cristo en alguna medida es gracia, ser como Él en perfección es gloria.
  23. Horne: «El método adoptado por Cristo como hombre para sostenerse en tiempos de dificultades y perseverar hasta el final, fue mantener un sentido constante y real de la presencia de Jehová, a quien, cuando veía a su diestra, preparado a la hora señalada para socorrerlo y librarlo, no temía los poderes de la tierra y el infierno que se juntaban para su destrucción» (v. 8).
  24. La protección y sustento de Dios para con David, o Cristo, o cualquier otro, es suficiente. Los tales no serán conmovidos (v. 8).
  25. Ninguna muerte tiene consuelo sin –y ninguna es miserable con—las esperanzas y sustento de la verdadera religión (v. 9). Cuando la carne reposa en esperanza, la muerte se desarma (cf. Is. 57:2). Esto ocurrió con Cristo y ocurre con todo su pueblo. Henry: «Los cristianos moribundos, al igual que un Cristo moribundo, pueden alegremente dejar el cuerpo con la esperanza que cree en una resurrección gozosa». Morison: «¡Bendito Redentor! Has perfumado el fétido sepulcro mediante tu morada temporal en sus terribles mansiones. De una prisión lo has tornado en un escenario de esperanza. Lo has convertido en el lugar de descanso de los peregrinos cansados. Y todos los miembros de tu cuerpo místico pueden verlo como la puerta del cielo».
  26. Habría sido una gran cosa para las sencillas almas pías no haber sido inquietadas jamás con preguntas curiosas de invención humana respecto a la morada de las almas separadas de sus cuerpos, en relación con este versículo décimo y Escrituras similares. La dificultad parece haber tenido una estrecha relación con la parte del Credo Apostólico que dice de Cristo: «Descendió a los infiernos». Pearson: «Parece que la primera intención de poner estas palabras en el credo tan solo fue expresar la sepultura de nuestro Salvador, o el descenso de su cuerpo al sepulcro». Si la cuestión hubiese acabado aquí, habría sido comparativamente inocua. Las palabras del credo parecen estar construidas sobre el versículo décimo de este salmo. Calvino dice que «tanto los Padres griegos como los latinos han forzado estas palabras para que signifiquen algo diferente a eximir la vida de Cristo del dominio del sepulcro, relacionándolas con el sacar el alma de Cristo del infierno». Morison: «La palabra “infierno”, según el presente uso de nuestro lenguaje, siempre denota el lugar de tormento; pero la palabra original, traducida por “infierno” en nuestras biblias, a menudo significa las tinieblas y oscuridad del sepulcro; y que esto es lo que significa aquí es obvio en el comentario inspirado del apóstol Pedro en Hechos 2:27». Usher dice que la palabra que en este salmo se traduce por «infierno» significa: «cuando se habla del cuerpo, el sepulcro; cuando se habla del alma, el estado en que el alma está sin el cuerpo, ya se trate del paraíso o el infierno propiamente».
  27. La pregunta «¿fue incorruptible el cuerpo de Cristo?», a menudo ha sido discutida en relación al versículo 10. No parece que sea necesario alarmarse u horrorizarse por obviar la pregunta. Se admite que la persona entera de Cristo no fue contaminada ni por el pecado original ni por ningún pecado de hecho, que fue impecable, que completamente satisfizo en nuestro lugar las demandas de la ley, que la unión de las naturalezas divina y humana de nuestro Salvador no fue ni disuelta ni suspendida por la separación de su alma y cuerpo en la muerte, y que el Padre había prometido que su cuerpo no se corrompería. ¿Cómo era posible, entonces, que viera corrupción? Dickson: «El cuerpo de Cristo no solo había de resucitar de los muertos, sino que además no podía pudrirse en el sepulcro».
  28. Este salmo incontestablemente requiere la resurrección de Cristo (vv. 9-11). El Nuevo Testamento declara el hecho ampliamente. Este artículo de fe, por su naturaleza, y aceptando a los escritores inspirados, es fundamental en el cristianismo (cf. Ro. 1:4; 4:25; 1 Co. 15:12-19).
  29. Y, así como Cristo resucitó, también lo hará su pueblo. Su resurrección hace cierta la de ellos (cf. 1 Co. 15:20-22). Cristo es la cabeza, su pueblo los miembros. Puesto que la cabeza resucitó, los miembros no pueden perecer. Horne: «Por este tu Hijo amado y nuestro Salvador, nos mostrarás, asimismo, oh Señor, el sendero de la vida. Justificarás nuestras almas por tu gracia ahora, y resucitarás nuestros cuerpos por tu poder el último día, cuando la aflicción terrenal acabará en gozo celestial, y el dolor momentáneo será recompensado con felicidad eterna» (cf. Is. 26:19).
  30. Después de la humillación viene el honor (vv. 10-11). Así fue con Cristo, y así será con su pueblo, pero todo en su orden. Morison: «El Salvador glorificado no tomó posesión de la heredad celestial simplemente en su nombre. Entró en su reposo como persona pública, y todos los miembros de su cuerpo, la iglesia, compartirán con Él la perfección de la dicha de que ahora disfruta».
  31. ¡Qué lugar debe de ser el cielo, tanto relativamente, comparado con la tierra, como absolutamente, en sí mismo! Aquí todo está sin forma y vacío, oscuro e imperfecto, vano y efímero. Allí todo es tan perfecto, tan glorioso, tan permanente, que nada falta, y aun los escritores inspirados parecen quedarse sin palabras que transmitan alguna idea de la dicha eterna. «En tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre» (v. 11). ¿Quién puede comprender estos términos? Morison: «¡Qué magnífico pensamiento es la idea de un mundo todo puro, todo triunfante!». Henry: «Quienes viven con piedad, con Dios ante sus ojos, pueden morir con consuelo, con el cielo ante sus ojos».
  32. Cobbin: «La devoción exaltada pone el alma en contacto con la mente de Dios».

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