Salmo 15

Una semana más, ofrecemos a nuestro lectores el comentario a un nuevo salmo, traducido de la obra de W. S. Plumer. Esta vez, es un poco más extenso que en ocasiones anteriores. Sin embargo, lo publicamos en una sola entrada, confiando en que, nuevamente, sea de edificación a nuestros lectores.

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Salmo 15

Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo?
¿Quién morará en tu monte santo?

El que anda en integridad y hace justicia,
Y habla verdad en su corazón.

El que no calumnia con su lengua,
Ni hace mal a su prójimo,
Ni admite reproche alguno contra su vecino.

Aquel a cuyos ojos el vil es menospreciado,
Pero honra a los que temen a Jehová.
El que aun jurando en daño suyo, no por eso cambia;

Quien su dinero no dio a usura,
Ni contra el inocente admitió cohecho.
El que hace estas cosas, no resbalará jamás.

Anotaciones doctrinales y prácticas

  1. Puesto que Dios es Dios, solo él puede determinar lo que le complace o no le complace en sus adoradores. Su decisión es infalible y, por tanto, deberíamos acudir a él (v. 1).
  2. No podemos preguntar con demasiada frecuencia o solemnidad: ¿Cuál es la verdadera profesión de la verdadera religión? (v. 1). No hay cuestión más importante.
  3. Quien no es adecuado para la iglesia que está sobre la tierra, tampoco lo es para la iglesia que está en la gloria. El que es aceptado por Dios aquí, también lo es allí (v. 1). Tholuck: «Tan solo participarán de la comunión del reino de gloria, quienes no fueron extraños a la misma sobre la tierra».
  4. El tenor de la vida del hombre es su andar, el cual determina su carácter (v. 2). Un río puede correr en diversas direcciones, pero su curso tiende a su desembocadura; de lo contrario, no se vaciaría.
  5. La religión sin moralidad es monstruosa. No tiene sustento en la Escritura (vv. 2-5). La justificación es por la fe sola, pero no solitaria. La fe verdadera purifica el corazón, obra por el amor y vence al mundo. Cobbin: «Ningún hombre que sea ajeno a la justicia moral puede ser un verdadero miembro de la iglesia de Dios».
  6. Sin santidad ningún hombre verá al Señor (v. 2). La sinceridad, la justicia y la integridad son esenciales en el carácter gracioso. Dickson: «El esfuerzo sincero por la obediencia universal en el proceder del hombre, es fruto y evidencia de fe verdadera, y señal del verdadero miembro de la iglesia invisible». Lutero: «No por esta causa: que seas un monje santo; no por esta causa: que ores mucho, hagas milagros, enseñes admirablemente, seas dignificado con el título de «Padre», ni, en definitiva, por ninguna obra en particular, excepto la justicia, morarás en el monte santo de Dios». Henry: «No conozco más religión que la sinceridad» (cf. Jn. 1:47; 2 Co. 1:12). Calvino: «Sin duda, Dios adoptó a Abraham gratuitamente, pero, al mismo tiempo, estipuló que había de vivir una vida santa y justa, y esta es la regla general del pacto que Dios, desde el principio, ha hecho con su iglesia […]. Si de verdad deseamos ser contados con los hijos de Dios, el Espíritu Santo nos enseña que debemos mostrar que lo somos mediante una vida santa y recta».
  7. El gran pilar de la moralidad que Dios enseña es la justicia (v. 2). Sin esta, la caridad es un fraude, una mentira monstruosa. Morison: «Alguien que profesa ser siervo de Dios, sin la honestidad normal, es ciertamente una terrible anomalía».
  8. Otro de los grandes pilares de la sana moralidad es la verdad (v. 2). Nada define más al heredero de la perdición, al hijo del diablo, que la mentira (cf. Jn. 8:44). Morison: «En las relaciones sociales, la verdad es un requisito esencial para la paz, el honor y el ornamento de la vida. Nada puede salir bien sin ella, en la iglesia o en el mundo. Es la clase de elemento que debe impregnar todas las cosas. La verdadera piedad, por tanto, debe incluirla como parte constituyente del corazón renovado. En el corazón debe tener su sede, o en la vida y la sociedad no se manifestará jamás». El juicio de los mentirosos es terrible (cf. Ap. 21:8, 27; 22:15).
  9. Si la gravedad del pecado puede determinarse por la vergüenza y miseria que causa aquí, pocos pecados serán más terriblemente castigados en la eternidad que el del mal hablar: llámese murmuración, difamación, denigración o de cualquier otra manera. El buen hombre lo aborrece con todo su corazón (v. 3). Saurin: «La difamación es un vicio que dispara con un arco doble, al herir al que la comete y a aquel contra quien se comete». Sir Walter Raleigh: «Si los teólogos hacen una inferencia acertada del sexto mandamiento («no matarás»), ofender al prójimo con comentarios falsos y maliciosos –con los que se aflige su espíritu y, en consecuencia, se deteriora su salud– es un tipo de homicidio». Tillotson: «Una palabra buena es una obligación fácil, pero no hablar mal solo requiere de nuestro silencio, que no nos cuesta nada». Beveridge: «He determinado, por la gracia de Dios, hablar de los pecados de otros hombres tan solo delante de ellos, y de sus virtudes tan solo a sus espaldas». Henry: «El ciudadano de Sion conoce el valor de un buen nombre y, por tanto, no murmura, no difama a ningún hombre, no habla mal de ningún hombre, no hace de las faltas de los demás el tema de su conversación normal –mucho menos de su diversión y burla–, y no habla de ellas con placer, ni dice nada que no sea para edificación. Saca lo mejor de todo el mundo y lo peor de nadie». Dickson: «Un fruto de la fe es tomar conciencia lo que se habla». Calvino: «David establece la calumnia y detracción como el primer punto de la injusticia por la que nuestro prójimo es perjudicado. Si un buen nombre es un tesoro, más precioso que todas las riquezas del mundo (cf. Pr. 22:1), no se puede infligir mayor daño a los hombres que herir su reputación […]. No puede dudarse de que el propósito del Espíritu Santo es condenar toda falsa y malvada acusación». Un pagano dijo una vez: «El detractor es la más terrible de las bestias salvajes».
  10. La ley de amar a nuestro prójimo siempre ha sido obligatoria (v. 3). Los hombres siempre estuvieron obligados a amar a los demás como a sí mismos.
  11. El chismorreo es uno de los peores vicios. Ningún hombre bueno lo permitirá (v. 3). El Rev. Charles Simeon, de bendita memoria, dijo: «Cuanto más vivo, más veo la importancia de adherirse a las siguientes reglas, que he establecido para mí mismo en relación a estas cuestiones:

»1º. Escuchar lo menos posible lo que es para perjuicio de los demás.

»2º. No creer nada por el estilo hasta que esté absolutamente obligado a hacerlo.

»3º. No recrearse jamás con quien difunde un chisme.

»4. Moderar siempre, hasta donde se pueda, la crueldad expresada hacia los demás.

»5. Creer siempre que, si se escuchase a la otra parte, el asunto se vería de manera muy diferente. William Penn dijo: «No creas nada contra el otro, excepto que haya un buen motivo; ni cuentes lo que pueda perjudicar al otro, a menos que sea de mayor perjuicio para el otro ocultarlo».

¡Qué ejemplo más maravilloso de esto tenemos en nuestro bendito Salvador. Parece que se ha entendido universalmente que aborrecía toda murmuración. «El viento del norte ahuyenta la lluvia, y el rostro airado la lengua detractora» (Pr. 25:23). Morison: «Debe de tener un corazón negro, si fuese diseccionado, el hombre que no se esfuerza por detener el progreso asolador de un chisme. Si se conociese a sí mismo, o sintiese la satisfacción de la genuina benevolencia, se estremecería de horror ante el crimen de constituirse centinela de su hermano, dispuesto a capturarlo y conducirlo al castigo al descubrir la menor ofensa». El autor quisiera recoger aquí su seria creencia de que la entera mitad de toda la miseria de que ha sido testigo, en el curso de una vida ni breve ni carente de buenas oportunidades de observación, fue causada por un abuso pecaminoso del poder de la palabra, y que más de la mitad de la miseria así causada, se habría evitado si todos los de la comunidad que no participaron en su origen, hubiesen cumplido de inmediato con su deber y ahuyentado los chismes (cf. Stg. 3:2-10).

  1. Al igual que un buen hombre no siente ni puede sentir lo mismo por los santos que por los pecadores, su conducta ante los hombres ha de variar según la concepción que tenga de su carácter (v. 4). Dickson: «Un fruto de la fe es la baja estimación de cualquier excelencia mundana por la que el hombre malvado pueda ser apreciado […], pero cuando se ve a alguien que teme a Dios, se le estima grandemente en el corazón». Morison: «La genuina piedad siempre luchará por respirar su elemento saludable. Unirá corazón con corazón. Buscará su compañía apropiada. Donde vea la imagen de Dios, honrará tal imagen. Por muy humilde que sea el traje, bastará para que escuche su oído: “Este es un hijo de Dios”». Cuando hallamos a hombres malvados en el poder, debemos honrarlos en su oficio, someternos alegremente a todos sus requerimientos legítimos y orar por ellos. Pero no se puede esperar que amemos o reverenciemos a personas que son odiosas y viles. Calvino: «Pablo nos enseña (cf. Ef. 5:11) que es una especie de comunión con las obras infructuosas de las tinieblas no reprenderlas (cf. Is. 5:20).
  2. La ley respecto a las promesas y juramentos es que la inconveniencia de cumplirlos, en lo más mínimo anula su obligación (v. 4). Si nos hemos obligado apresuradamente a alguna acción legítima, nuestro cumplimiento solemne y fiel de nuestros compromisos no solo puede curar la premura de nuestro espíritu, sino evidenciar la fuerza de nuestros principios. Calvino: «Los fieles prefieren exponerse a sufrir pérdida que quebrantar su palabra. Cuando el hombre guarda sus promesas, en la medida en que ve que le es provechoso, no hay base para probar su justicia y fidelidad». Toda promesa, pacto y juramento legítimos deben guardarse, a menos que seamos liberados, no por coacción, sino voluntariamente por la parte con la que estamos obligados. De los compromisos ilegítimos de todo tipo hay que arrepentirse y romperlos. Pero cuídense los hombres de declarar ilegítimo lo que es meramente contrario a sus deseos e interés.
  3. Este salmo arroja luz sobre la práctica de la usura, que es tan predominante en este siglo diecinueve (v. 5). Cuando la usura dada o recibida es mayor de lo que permite la ley de la tierra, el pecado es contra todos aquellos preceptos divinos que requieren obediencia a todas las ordenanzas del hombre que no sean malvadas (cf. Ro. 13:1-5; 1 P. 2:13). Todo hombre bueno es un buen ciudadano y guarda la ley. Cuando recibir usura daña al pobre y menesteroso, se condena manifiestamente, aunque la cantidad pueda no ser mayor de lo que permiten las leyes de la tierra. Y no hay en ningún lugar de la Escritura una indicación contraria a estos principios, aun cuando el dinero se tome prestado o se preste con un propósito de comercio. De hecho, la violación de estos principios basta para traer las expansiones y contracciones alternativas que, durante mucho tiempo, han estado afligiendo al mundo comercial. Es verdad que el regreso a la práctica sana en este asunto no lo va a llevar a cabo un solo hombre. Pero la verdad es poderosa. Y la verdad sobre este asunto es tan potente como sobre cualquier otra cuestión. Sobre dicho asunto, hablen otros. Calvino, hablando de la primera cláusula del versículo quinto, dice: «Con respecto a esta cláusula, puesto que David parece condenar toda clase de usura en general y sin excepción, el mismo nombre se ha considerado en todas partes abominable. Pero los hombres astutos han inventado nombres engañosos bajo los que ocultar el vicio. Y, creyendo escapar mediante este artificio, han saqueado con mayor exceso que si, abiertamente, hubiesen reconocido inclinarse a la usura. Dios, sin embargo, no permitirá que se le trate con –y se le imponga—sofistería y falsas pretensiones. Él mira la cosa como realmente es. No hay peor especie de usura que una manera injusta de hacer negocio, en que la equidad no es tenida en cuenta por ninguna de las partes. Por tanto, recordemos que todos los negocios en que una parte, con injusticia, procura obtener ganancia de la pérdida de la otra parte, sea cual fuere el nombre que les sea dado, se condenan aquí […]. Sobre todas las cosas, aconsejaría a mis lectores cuidarse de idear, con ingenio, pretextos engañosos con los que aprovecharse de sus paisanos, y no imaginen que pueda serles lícito nada que sea gravoso y perjudicial a los demás.

      »Con respecto a la usura, apenas es posible hallar en el mundo a un usurero que no sea, al mismo tiempo, un extorsionador y adicto a las ganancias ilícitas y deshonestas. Por eso, Catón con justicia colocó antaño la práctica de la usura y matar a los hombres en el mismo rango de criminalidad, pues el objeto de esta clase de personas es succionar la sangre de otros hombres. Es, además, una cosa muy extraña y vergonzosa que, mientras que todos los demás hombres obtienen su medio de subsistencia con mucho trabajo […], los traficantes de dinero se sienten cómodamente y reciban tributo de la labor de todas las demás personas».

      Morison: «“Quien su dinero no dio a usura”. Por el espíritu de una sutil filosofía, toda la fuerza de este precepto –o más bien declaración– puede ser eliminada. Puede argumentarse que el dinero, como cualquier otro bien, es una especie de propiedad, y que el hombre tiene derecho a sacarle el máximo provecho. En este modo de presentar el argumento, puede haber un artificio para engañar a las mentes débiles y acallar las conciencias con gran necesidad de que se les aplique este bálsamo. Pero ¿puede el hombre que realmente teme a Dios y actúa bajo la dirección de sus principios, aprovecharse de su prójimo afligido, porque tenga más que él, en un momento dado, de este bien particular del dinero? La ley de Dios, sea cual fuere el sentimiento avaro del corazón humano, dice: No. El principio de la verdadera benevolencia dice: No. El honor de la profesión cristiana dice: No. Tenga la filosofía, infidelidad y codicia toda la felicidad que pueda resultar de desechar consideraciones que, si se actuara en base a las mismas de manera uniforme, convertirían este desierto de pecado y muerte en el paraíso de Dios».

      Las ideas anteriores son tan claras, tan sanas, tan bíblicas, que no pueden ser refutadas.

  1. La terrible corrupción manifestada a veces en los tribunales de justicia no es ninguna novedad (v. 5; cf. Ec. 5:8). Sin embargo, el juicio de los jueces y jurados corruptos que mueran sin arrepentimiento será terrible (cf. Is. 5:23-24).
  2. Mientras que todo lo demás es mudable, el pueblo de Dios es estable (v. 5). Gibraltar, el Himalaya y los montes Apalaches se fundirán como la cera, pero el pueblo de Dios no será conmovido, por la eternidad.
  3. Todo este salmo nos muestra que la hipocresía no es ninguna novedad. Siempre ha sido necesario distinguir entre el converso genuino y el espurio. Los falsos profesantes pueden hacer maravillas durante un tiempo, pero no pueden guardar la ley de Dios con perseverancia. Lutero: «Este salmo golpea a los amantes de la ostentación; porque los judíos se gloriaban ante todos los demás pueblos en base a que solo ellos eran la simiente de los Padres, y solo ellos poseían la ley de Dios». Calvino: «Si realmente deseamos ser contados entre los hijos de Dios, el Espíritu Santo nos enseña que debemos mostrar que lo somos mediante una vida santa y recta. Porque no basta con servir a Dios mediante ceremonias externas, a menos que también vivamos rectamente y sin hacer mal a nuestro prójimo».
  4. La gracia de Dios es absolutamente necesaria para capacitar al hombre pobre y caído a mantener, a través de todas las tentaciones, la moralidad requerida por la ley de Dios, como se expone en este breve salmo. Morison: «¡Cuán distinta de este cuadro la conducta revuelta, mezquina y egoísta de muchos que solo llevan el nombre de cristianos para desgraciarlo! En la medida en que son obligados por las leyes humanas, podéis comprobar su honor e integridad, pero si dejáis algo al impulso innato de sus principios, ¡ay, ay, seréis fatalmente engañados! Son un compuesto de egoísmo, injusticia y política mundana, y no puede contemplarse compuesto más espantoso».
  5. Este salmo es especialmente claro en cuanto al carácter de los adoradores verdaderos y aceptos. Calvino: «El acceso a Dios no está abierto sino a sus puros adoradores». Morison: «No puede grabarse con demasiada fuerza en las mentes de los hombres que los principios meramente profesados –por muy excelentes que sean–, que no santifican el corazón y moldean el carácter, no pueden ser aceptables a Dios».
  6. Al delinear el carácter del ciudadano de Sion aprobado, solo se hace referencia a la segunda tabla de la ley en este salmo. Lo mismo es verdad en otras muchas partes de la Escritura. La razón es que, si no amamos a nuestro hermano, a quien hemos visto, es vano pretender amar a Dios, a quien no hemos visto.
  7. Este salmo y pasajes paralelos proporcionan un excelente modelo por el que examinarnos a nosotros mismos.

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