Salmo 14

Publicamos, una semana más, un nuevo comentario de W. S. Plumer a los Salmos (en esta ocasión, se trata del 14). Este ya es el tercero que publicamos en nuestra página web, y esperamos poder seguir haciéndolo en el futuro. Pero, de momento, es nuestro deseo que nuestros lectores disfruten y sean edificados por este comentario al Salmo 14.

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Salmo 14

Dice el necio en su corazón:
    No hay Dios.
    Se han corrompido, hacen obras abominables;
    No hay quien haga el bien.

Jehová miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres,
Para ver si había algún entendido,
Que buscara a Dios.

Todos se desviaron, a una se han corrompido;
No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.

¿No tienen discernimiento todos los que hacen iniquidad,
Que devoran a mi pueblo como si comiesen pan,
Y a Jehová no invocan?

Ellos temblaron de espanto;
Porque Dios está con la generación de los justos.

Del consejo del pobre se han burlado,
Pero Jehová es su esperanza.

¡Oh, que de Sion saliera la salvación de Israel!
Cuando Jehová hiciere volver a los cautivos de su pueblo,
Se gozará Jacob, y se alegrará Israel.

Anotaciones doctrinales y prácticas

  1. Las verdades principales de la religión natural son tan claras que es de necios negarlas (v. 1; cf. Ro. 1:19-20).
  2. La jactancia de la filosofía y la sabiduría que con tanta frecuencia muestran los pecadores, es toda vana (v. 1). Fabritius: «La impiedad nace de la necedad, es decir, de la ignorancia de Dios». Dickson: «Todo hombre, en tanto que permanece no renovado y no reconciliado con Dios, en efecto no es más que un loco que corre hacia su propia destrucción, al perder su alma y vida eterna, aun cuando parezca ganar el mundo». Calvino: «No hay estupidez más brutal que el olvido de Dios».
  3. Los dichos que determinan el carácter son los del corazón (v. 1). Las palabras son baratas, pero lo que el hombre «dice en su corazón» muestra si es sabio o necio, santo o pecador. La sede de toda bondad y de toda maldad en el hombre está en su corazón.
  4. Aunque las palabras malvadas desacreditan la piedad, las palabras rectas no pueden establecer el carácter de la santidad, si con los hechos negamos a Dios (v. 1). La vida debe ser tan santa como la profesión.
  5. Al igual que todo error surge del ateísmo práctico del corazón, todo error naturalmente lleva al ateísmo manifiesto y admitido en cuestión de creencias (v. 1). Para alguien que ha avanzado mucho en la carrera de la falsa doctrina, no hay garantía de que no acabe perdiendo la creencia en la existencia divina. Horne: «La incredulidad es el comienzo del pecado, la necedad el fundamento de la incredulidad, y el corazón la sede de ambas».
  6. No es ninguna novedad ver a los hombres adoptar las opiniones más horribles y sucumbir a las prácticas más viles, aun burlándose de las cosas sagradas. Calvino: «David no acusa aquí a sus enemigos de necedad común, sino que más bien arremete contra la necedad y demente dureza de quienes el mundo considera eminentes por su sabiduría. Habitualmente vemos que quienes, tanto a su propio juicio como al de los demás, sobresalen enormemente en sagacidad y sabiduría, emplean su astucia en tender trampas, y usan su ingenio para menospreciar y burlarse de Dios».
  7. La doctrina de la depravación universal del hombre es y siempre ha sido verdadera, desde la caída de Adán. Se afirma en todas las Escrituras (vv. 1-4). Véanse muchos pasajes paralelos, como Jer. 5:1, Mt. 15:19 y Ro. 1-3. Lutero: «Véase cuántas palabras redundantes emplea para que la acusación alcance a todos los hombres sin excepción. Primero, dice “todos”; después, una y otra vez, que no hay ni siquiera uno». Calvino: «Todos nosotros, cuando nacemos, desde el vientre de nuestra madre, manifestamos esta necedad e inmundicia en toda la vida, que aquí describe David, y seguimos así hasta que Dios nos hace nuevas criaturas por su misteriosa gracia».
  8. Es una gran ventaja para conocer la naturaleza humana, hallar en la Biblia los resultados del examen divino, omnisciente e infalible (v. 2). Dickson: «Dios es el único juez adecuado de la regeneración y la no regeneración, y el único escudriñador del corazón».
  9. La razón por la que es apropiado considerar los corazones y motivos a la hora de determinar nuestros verdaderos caracteres delante Dios, es que el reino de Dios no solo está sobre nosotros, sino dentro de nosotros. Si el corazón está mal, todo está mal (vv. 2-3).
  10. El entendimiento humano, no menos que el corazón humano, necesita renovación (v. 2). Es sorprendente que se haya negado esto. Las Escrituras lo dejan claro (cf. Ef. 1:17-18; 4:18; Sal. 119:18; 1 Co. 2:14-15). Si los hombres vieran la verdadera belleza y excelencia de las cosas divinas, las buscarían.
  11. Si las calificaciones escriturarias de las cosas determinasen nuestra visión, no podríamos tener una opinión demasiado terrible del mal moral (vv. 1-4). Este es necedad, corrupción, abominación, falta de entendimiento, abstención de buscar a Dios, apostasía, extravío, inmundicia, iniquidad. Quienes hacen el mal son pecadores, rebeldes, injustos, malvados, enemigos de Dios, necios, aborrecedores de Dios, malditos.
  12. El acuerdo de los no regenerados en pecar contra Dios es perfecto (v. 3). «Todos a una se han corrompido». En grandeza, en apariencia, en inteligencia, en disposición, y aun en los actos externos del pecado hay diversidad; pero en la dureza del corazón –que es el centro de la depravación–, en la incredulidad y rebelión, todos los pecadores están de acuerdo.
  13. En el tratamiento de las cosas divinas, los malvados muestran que están destituidos de todo principio de conocimiento sano (v. 4). Los hacedores de iniquidad no tienen conocimiento de Dios ni de sí mismos, la verdad, el deber, el privilegio o la obligación. Lutero: «¿Nunca se darán cuenta de que son gente que trae aflicción a sí misma? No hay un solo principio de conducta sano en el comportamiento de los enemigos de Dios y de su iglesia». Calvino: «El efecto del hábito de pecar es que los hombres se endurecen en sus pecados y no disciernen nada, como si estuviesen envueltos en densas tinieblas».
  14. La avidez con que los pecadores devoran a los santos es asombrosa (v. 4). Los comen como pan. No les importada nada dañar a la iglesia de Dios. Dickson: «La naturaleza de todos los hombres no regenerados es tener enemistad mortal contra quienes realmente son pueblo de Dios, y se deleitan en deshacer a los santos, despreciando a todos lo que no viven como ellos».
  15. Una causa que explica el espíritu de persecución de los pecadores contra los santos se halla en sus vidas sin oración (v. 4). Tienen tan baja estima de Jehová que no lo invocan; y, de ese modo, naturalmente aborrecen a aquellos cuyo ejemplo condena su irreligión.
  16. Los hombres malvados pueden airarse y blasfemar, pueden jactarse y sentirse seguros, pero todos ellos aparecerán como los más cobardes al final (v. 5). Ni uno de ellos será valiente en el día del juicio. Ni aun aquí pueden fortalecerse contra los temores más vanos, aunque más terribles (cf. Lv. 26:17, 36; Pr. 28:1; 1 T. 5:3). A menudo son espanto para sí mismos y para sus amigos (cf. Jer. 20:4). Dickson: «El estrecho vínculo que Dios tiene con los santos es la razón por la que es tan grande el pecado de perseguirlos por su santidad. Porque aquí es la razón dada de por qué tenían temor». Morison: «Cuando menos prevén un penoso revés, y cuando menos preparados están para afrontarlo, a menudo los malvados son puestos en una situación de consternación tan alarmante como inesperada. O bien la propia circunstancia es espantosa, o bien sus mentes, cargadas de recuerdos culpables, son presa fácil desde los mismos inicios de los acontecimientos alarmantes. El valor de que, con no poca frecuencia, se jactan los hombres impíos, generalmente los abandona en la hora de la repentina y sobrecogedora calamidad. Con un corazón completamente corroído por la preocupación y consternado con amarga angustia y remordimiento, están muy mal preparados para la transición de la comodidad y el placer sensuales a un panorama totalmente lúgubre y terrible».
  17. Los hombres pueden reírse ahora de la protección divina de los santos, pero cuando se manifiesten todas las misericordias de Dios para con su pueblo, los mismos malvados los llamarán bienaventurados (v. 6).
  18. No puede encontrarse ningún refugio como Dios mismo (v. 6).
  19. ¡Qué palabras tan notables se hallan en todas las Escrituras respecto al pueblo de Dios. Este salmo es el tercero en que encontramos la palabra «salvación» (v. 7; cf. Sal. 3:8; 9:14). ¡No hay palabra más dulce que esta! Es una palabra de constante recurrencia en la adoración del templo no hecho de manos.
  20. Nuestra dependencia de Dios es completa y absoluta. Siempre estamos en cautiverio hasta que Él nos libera (v. 7).
  21. Las intervenciones salvíficas ocasionan gozo no fingido en la verdadera iglesia de todos los nombres y épocas (v. 7).
  22. Las mentes de los profetas están llenas del gran tema de la salvación, y a menudo se vuelven a ella con aparente brusquedad (v. 7). Muchos han sostenido que la salvación de que se habla en el último versículo es aquella de que Cristo es autor. Diodati lo aplica a David, pero especialmente al gran Salvador del mundo –de quien David solo era un tipo–, al ganar salvación eterna para su iglesia. Hengstenberg: «El deseo aquí expresado tuvo su mayor cumplimiento en Cristo, y además ha de alcanzar su punto álgido en el futuro, cuando la iglesia triunfante tome el lugar de la militante. Hasta entonces, tendremos ocasión de hacer nuestro el deseo del pío salmista». Esta aplicación a Cristo parece estar apoyada por pasajes como Lucas 1:68-74; 4:18. Gill: «Los judíos remiten esto a los tiempos del Mesías». Él mismo lo tiene claro y está decidido a hacerlo así. Morison: «Sin importar hasta qué punto esta oración pueda aplicarse a existentes calamidades externas, parece, fuera de toda duda razonable, tener una referencia última a la venida del Mesías y a los poderosos hechos de su reino espiritual». Cobbin: «¡Oh, que Cristo el Salvador de Israel saliera de Sión». Horne no solo aplica este versículo a la salvación del cautiverio del pecado y la muerte, sino que, como Hengstenberg, considera su cumplimiento más glorioso como aún futuro: «¡Cómo languidece toda la iglesia en este tiempo por la consumación de su felicidad, buscando, hasta que le fallen sus ojos, aquel glorioso día de redención final, cuando todo corazón creyente estará exultante y todos los hijos gritarán de alegría». Henry, Scott y Clarke también relacionan el último versículo con la venida de Cristo.
  23. Venema: «Todo este salmo puede aplicarse muy bien a todos los tiempos, cuando la iglesia se aflige y los impíos se mofan de su esperanza, y es admirablemente apropiado para confirmar la esperanza de los piadosos y evitar pensamientos desesperantes».

W. S. Plumer

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