SALMO 12

Tras una serie de semanas publicando el prefacio de Hans Joaquim Iwand a De Servo Arbitrio, así como la pequeña introducción que el propio Lutero hace a su obra, nos proponemos ahora iniciar una nueva andadura. Aunque disponemos de bastante material de interés, hemos considerado oportuno posponer, de momento, su publicación para proponer, en su lugar, un interesantísimo comentario al Libro de los Salmos que ha caído en nuestras manos. Se trata de uno de los dos comentarios a este libro que publica la conocida editorial británica Banner of Truth, dentro de su Geneva Series of Commentaries. En concreto, nos referimos al del teólogo estadounidense William Swan Plumer (1802-1880), uno de los estudiantes más conocidos del Seminario Teológico de Princeton. Aprovechando que también, por las tardes, en nuestra congregación estamos estudiando el Libro de los Salmos (cuya exposición se puede escuchar en esta página web, en la sección de Sermones y Conferencias), la idea es publicar el comentario correspondiente al mismo salmo que previamente hemos tratado en la iglesia (en este caso, el salmo 12). Por otro lado, no ofrecemos el comentario íntegro, sino solo la parte final (es decir, las anotaciones doctrinales y prácticas). Ignoramos si nos será posible mantener este proyecto, ya que quizá nos lo impida la falta de tiempo, pero si lo logramos, creemos que puede ser de gran provecho espiritual a nuestros lectores. De momento, confiamos en que esta primera entrega les sea de gran edificación en la fe.

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Salmo 12

Oración pidiendo ayuda contra los malos

Al músico principal; sobre Seminit. Salmo de David.

1 Salva, oh Jehová, porque se acabaron los piadosos;
Porque han desaparecido los fieles de entre los hijos de los hombres.

Habla mentira cada uno con su prójimo;
Hablan con labios lisonjeros, y con doblez de corazón.

Jehová destruirá todos los labios lisonjeros,
Y la lengua que habla jactanciosamente;

A los que han dicho: Por nuestra lengua prevaleceremos;
Nuestros labios son nuestros; ¿quién es señor de nosotros?

Por la opresión de los pobres, por el gemido de los menesterosos,
Ahora me levantaré, dice Jehová;
Pondré en salvo al que por ello suspira.

Las palabras de Jehová son palabras limpias,
Como plata refinada en horno de tierra,
Purificada siete veces.

Tú, Jehová, los guardarás;
De esta generación los preservarás para siempre.

Cercando andan los malos,
Cuando la vileza es exaltada entre los hijos de los hombres.

Anotaciones doctrinales y prácticas

  1. No es cosa nueva que la iglesia sea pequeña. En el mundo antiguo se redujo a la familia de Noé. En los días de Elías, no había en todo el reino sino siete mil que no doblaron su rodilla ante Baal. En los días de David, los piadosos se acabaron, escaseaban (v. 1). Jacob normalmente ha sido pequeño. Una vez el grito era: El mundo contra Atanasio y Atanasio contra el mundo. El pueblo de Cristo es una manada pequeña. La fuerza de la iglesia no consiste en el número de sus miembros visibles, sino en el poder absoluto de su Cabeza.
  1. Si la iglesia es pequeña, oremos por su agrandamiento (v. 1). Ningún tema de oración es más agradable a Dios. Los verdaderos seguidores de Dios son la luz del mundo y la sal de la tierra. «Añada Jehová a su pueblo cien veces más» (1 Cr. 21:3).
  1. Uno de los medios por las que los hombres buenos escasean es la muerte. Algunos piensan que hay una referencia a tal suceso en el v. 1. Es correcto lamentar la muerte de los hombres buenos. Con cuánta tristeza dice Isaías: «Perece el justo, y no hay quien piense en ello; y los piadosos mueren, y no hay quien entienda que de delante de la aflicción es quitado el justo» (Is. 57:1). Los hijos de Israel lloraron por Moisés en la llanura de Moab treinta días (cf. Dt. 34:8). Asimismo, hombres devotos llevaron a Esteban a su sepultura e hicieron gran lamentación por él (cf. Hch. 8:2).
  1. En todas nuestras aflicciones, en particular en nuestra tristeza respecto a la baja condición de la religión, no nos apoyemos en nadie más que en Dios. «Salva, oh Jehová» (v. 1). Abandonar nuestro puesto de deber no es buena señal en ningún hombre. Dondequiera que vayamos, nunca estaremos fuera del alcance de la aflicción. Slade: «Las tentaciones están en todas partes, y también lo está la gracia de Dios». Cuanto antes vayamos a Dios con nuestras preocupaciones, mejor para nosotros.
  1. La sociedad está unida tan maravillosamente, que si un miembro se regocija y es salvo, o sufre, yerra y perece, esto afecta profundamente a los demás (v. 1). Todo ser humano añade algo al vicio o virtud, a la felicidad o miseria de su generación. Con motivo hay lamento o regocijo por la muerte de todo ser humano. Ninguno de nosotros vive para sí.
  1. La depravación descontrolada se manifiesta con gran uniformidad. Uno por uno, los hombres fieles, piadosos, honestos y cándidos desaparecen de la comunidad; como cuando las nubes se levantan por la noche y van cubriendo estrella tras estrella hasta que no queda un solo rayo de luz que descienda sobre el viajante (v. 1).
  1. La iglesia de Dios nunca ha sido perfecta. En este mundo, se hallan manchas y arrugas y tachas en ella. Calvino: «David aquí no acusa a extraños o extranjeros, sino que nos informa de que esta inmensa iniquidad prevaleció en la iglesia de Dios. Por tanto, no se desalienten indebidamente los fieles de nuestros días ante la melancólica visión de un estado del mundo de gran corrupción y confusión». No ha ocurrido nada nuevo. La gente que glorifica los tiempos pasados como siendo todos más puros que el presente, deben olvidar a la iglesia en los días de los profetas y los apóstoles. Toda generación ha tenido mucho que deplorar. Horne: «La depravación universal de judíos y gentiles llevó a la iglesia de antaño a orar fervientemente por la primera venida de Cristo; y una depravación similar entre quienes se llaman cristianos puede instarla a orar no menos fervientemente por su segunda aparición para salvación».
  1. Cuando el pecado es dominante, con seguridad se manifestará en vanidad, falsedad, adulación y engaño (v. 1). En otras palabras, cuando la sociedad abandona a Dios, se hace vacía; la vacuidad requiere engaño para disfrazar su bajeza; y, así, en lugar de buenos deseos del corazón, oímos vanos cumplidos; en lugar de discurso serio y de provecho, tenemos frivolidad y vanidad. El modo en que Dios condena estos pecados por todas partes, muestra cuán absolutamente contrarios son a la santidad. Henry: «La imagen completa del diablo es una complicación de malicia y falsedad».
  1. Algunos pecados implican otros. El que roba, también mentirá. El que blasfema a Dios, vivirá sin oración. Horne: «Cuando los hombres dejan de ser fieles a su Dios, quien espere que lo sean unos con otros se llevará una gran decepción» (vv. 1-2).
  1. Nada deforma tanto a la iglesia de Dios como los miembros falsos e hipócritas (v. 2). Morison: «Los mundanos honestos, que no ocultan sus caracteres, son miembros de la comunidad inocentes comparados con quienes esconden su carácter y sentimiento bajo el traje santificado de la amistad, formados y acogidos en el santuario de Dios».
  1. Dickson: «La charla vana, las pláticas fraudulentas y las palabras aduladoras son impropias de los hombres honestos, y demuestran, en la medida en que los hombres las practican, impiedad, infidelidad y engaño en el hombre» (v. 2).
  1. La verdad y la bondad son elementos de la sociedad tan esenciales, que su ausencia provocará desgracia general entre todos los hombres pensantes (v. 2). Morison: «Es una cosa lamentable cuando aquellos que son hermanos no pueden confiar el uno en el otro. Es aún más lamentable cuando se recurre al engaño y a la falsedad para proporcionar color y tono a asuntos que, de otro modo, no lo tendrían».
  1. «Quienes se complacen en engañar a los demás, al final ellos mismos se verán engañados, cuando el sol de verdad, con el brillo de su salida, de repente detecte y consuma la hipocresía» (v. 3).
  1. Calvino: «Ciertamente, la falsedad y las calumnias son más mortales que las espadas y todas las demás clases de armas» (v. 3). «La vida y la muerte están en poder de la lengua» (Pr. 18:21) es una sentencia divina.           
  1. Ningún grupo de hombres es más vano que los jactanciosos (aquellos que hablan cosas grandes –v. 3). «El que se jacta de un falso don es como nubes y viento sin agua». Una razón por la que los hombres no deberían decir todo el bien que saben de sí mismos es que son propensos, por falta de algo veraz, a decir lo que se aleja de la verdad.
  1. Los juicios temporales que a menudo acontecen a los malvados, son precursores de cosas peores por venir. Quienes aquí son cortados con ira (v. 3), también lo son de la vida eterna.
  1. Cuán desalentadoras son las expectativas de los malvados. Todas sus esperanzas descansan en los errores más monstruosos, como que a Dios no le importa lo que hacen, y que sus lenguas son omnipotentes (v. 4). Puesto que por un tiempo pueden hacer pasar una mentira por verdad, esperan hacerlo siempre, pero serán tremendamente decepcionados. Viene el día en que toda la elocuencia será vana. Puede haber tanta elocuencia en el infierno como en el cielo. Los malvados ahora dicen que la religión entera es vana superstición, que la verdadera filosofía está a punto de ascender, y que el mundo pronto estará mejor por razón de una nueva era del pensamiento; pero están equivocados. Todas sus más ardientes esperanzas les defraudarán.
  1. Nadie más que los hombres malvados se atrevería a negar su completa responsabilidad, los cuales dicen: «Nuestros labios son nuestros» (v. 4). «Por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado» (Mt. 12:37).
  1. Negar que Dios tiene posesión de nosotros, no altera en lo más mínimo la realidad del caso, al igual que negar que Él nos creó no cambia el hecho de que así fue (v. 4). Dios es nuestro Amo, nuestro Dueño, nuestro Señor. Negar esto puede demostrar que somos ateos, pero no puede disminuir sus demandas sobre nosotros de sincera y alegre obediencia.
  1. Dickson: «De las faltas de los malvados (v. 4), debemos aprender tres lecciones contrarias, a saber: 1. Que nada de lo que tenemos es nuestro, sino que: 2. Cualquier cosa que Dios nos da es para prestarle un servicio a Él. 3. Respecto a cualquier cosa que hagamos o digamos, tenemos a un Señor sobre nosotros a quien debemos responder cuando nos llame a rendirle cuenta».
  1. Tanto la sangre como las lágrimas tienen voz. Gritan más alto y se oyen más lejos que el trueno (v. 5). Viajan aun al trono de Dios, aunque sean derramadas en algún lugar secreto de la tierra.
  1. Cuando Dios toma nuestra causa, ha de venir la liberación; la salvación no puede estar lejos (v. 5). Los malvados pueden jadear y resoplar, pueden ejercer su furia y su poder, pero Dios es roca fuerte. Y cuando Dios libra, es con brazo potente. Él no capacitó a los israelitas para correr más que los egipcios, sino que del todo los destruyó. A los judíos en Babilonia no simplemente los liberó de Belsasar, sino que los envió para que reconstruyeran su ciudad y su templo. Calvino: «A los injustamente oprimidos, Dios promete una entera restitución».
  1. Cuán excelente es la Sagrada Escritura. Es pura de toda tendencia al pecado. No consiente ninguna iniquidad, injusticia o delito. Denuncia todo error, engaño y falsedad. «Las palabras de Jehová son palabras limpias…». Henry: «Esta expresión denota: (1) La sinceridad de la palabra de Dios; todo es realmente como en ella se representa, y no de otro modo; no se burla de nosotros, ni nos impone nada, ni tiene otro propósito para con nosotros que hacernos bien. (2) La preciosidad de la palabra de Dios; es de gran valor intrínseco, como la plata refinada en sumo grado; no tiene nada despreciable. (3) Las muchas pruebas que se han dado de su poder y verdad; a menudo ha sido probada, todos los santos en todas las épocas han confiado en ella, de modo que la han probado, y jamás les defraudó o frustró sus expectativas; sino que todos han certificado que la palabra de Dios es verdadera». Su experiencia y su fe concuerdan. Añadir a la verdad de la Escritura es superstición; quitar de ella es sacrilegio. Morison: «¡Oh, cristiano! Ata la palabra de Dios a tu mismo corazón. Léela con atención, estúdiala con diligencia, ora sobre sus contenidos santos con fervor e importunidad. Pide la enseñanza del Espíritu divino, para que puedas entender y obedecer sus puros dictados, y solo abandonar su estudio con la misma existencia». Todas las promesas son confirmadas con juramento.
  1. Por tanto, lo que necesitan los cristianos no es menos pruebas o aflicciones más suaves, sino una fe más fuerte y simple. Hay pocos hombres que, impíamente, nieguen la verdad de la Escritura. Pero Calvino observa bien que «aquellos que, mientras se hallan a la sombra y viven cómodamente, ampliamente ensalzan con alabanzas la verdad de la palabra de Dios, cuando en cambio han de luchar con la adversidad muy en serio, aunque no se atrevan a pronunciar blasfemias abiertamente contra Dios, a menudo le acusan de no guardar su palabra. Cuando su ayuda se demora, cuestionamos su fidelidad a sus promesas y murmuramos igual que si nos hubiese engañado. No hay verdad que más ampliamente reciban los hombres que la veracidad de Dios; pero hay pocos que francamente le den crédito cuando están en dificultad».
  1. Cuando Dios es nuestro guardador y preservador, todos los enemigos son vanos (v. 7). El tamo no puede contender con el torbellino, ni la pluma con el embravecido horno ardiente; y tampoco pueden batallar contra el Todopoderoso gusanos pecadores. Ni la multitud de los enemigos de Dios, ni la escasez de sus amigos, afecta en absoluto a la certeza de liberación de los justos. Un manojo de trigo vale más que diez mil campos de cizaña. El pueblo de Dios no se salva por su propia sabiduría, fuerza, justicia o número. Algunos eminentes hombres cristianos han enumerado cientos de casos en los que Dios, maravillosamente, les rescató de inminentes peligros. Dios jamás abandona a su pueblo al punto de que sus enemigos completen su destrucción.
  1. Las trifulcas y conmociones civiles y políticas no son ninguna novedad (v. 8). Las que ocurren en tiempos modernos a menudo son como nada comparadas con las agitaciones y tumultos de los días de David.
  1. Es claramente un derecho así como un deber orar por nuestros gobernantes, para que sean hombres sabios, buenos, útiles y felices. Tales gobernantes son las más ricas bendiciones (cf. 2 S. 23:4).
  1. Cuán gran diferencia hay en todas las cosas entre los santos y los pecadores. Sus esperanzas y temores, alegrías y penas, gustos y aversiones, los fines y objetivos, todos difieren. El estado de las cosas descrito en este salmo afligió a David grandemente, pero para los malvados sin principios fue un tiempo de gran regocijo. Lo mismo se ve ahora. Los pecadores de nuestros días se quejan de malas cosechas, caída del comercio, impuestos gravosos, sueldos bajos, guerra y pestilencia. A su juicio, estas y otras cosas semejantes hacen que los tiempos sean malos. Pero el juicio práctico de los piadosos es que los tiempos son malos cuando Dios es deshonrado, Cristo rechazado, el Espíritu resistido, el evangelio despreciado o, como lo expresa Henry: «Cuando hay un declive general de la piedad y honestidad entre los hombres […] cuando la impostura y adulación han corrompido y mancillado toda relación […] cuando los enemigos de Dios, de la religión y de la gente religiosa son insolentes y atrevidos, y amenazan con derribar todo lo que es justo y sagrado […] cuando se oprime, se abusa y se jadea ante el pobre y el menesteroso […] y cuando la maldad abunda y va a cara descubierta, bajo la protección y consentimiento de los que tienen autoridad, entonces los tiempos son muy malos».
  1. Para los justos, a la noche más oscura la sigue la brillante mañana. Siempre queda esperanza para los humildes. Slade: «Aunque los malvados puedan prevalecer, su triunfo no es sino breve. Como Jesús dijo a sus enemigos que vinieron a prenderle: «Esta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas» (Lc. 22:53). Un día la tristeza huirá eternamente de los redimidos. «Jehová te será por luz perpetua, y los días de tu luto serán acabados» (Is. 60:20). «De lo postrero de la tierra oímos cánticos: Gloria al justo» (Is. 24:16).
  1. Viene el día en que la paz y la justicia prevalecerán grandemente, en que la iglesia de Dios obtendrá tanto favor de los potentados terrenales como en épocas anteriores obtuvo oposición, en que los reyes serán sus ayos y las reinas sus ayas, y «la tierra tendrá jubileo mil años».

W. S. Plumer

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