Introducción a De Servo Arbitrio (por Martín Lutero)

La semana pasada, ofrecíamos la parte final de la introducción de Hans Joachim Iwand a De Servo Arbitrio. En esta ocasión, nos ha parecido interesante presentar también la breve introducción que el propio Lutero hace a su obra. En ella, da las razones de su tardanza en contestar a Erasmo, quien había tratado de defender el libre albedrío en su tratado De Libero Arbitrio diatribe, sive Collatio. Nuestros lectores podrán juzgar por sí mismos si estas palabras de Lutero resultan o no de interés, y esperamos que les sean de estímulo para leer toda la obra.

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INTRODUCCIÓN

Al venerable señor don Erasmo de Rótterdam, Martín Lutero le desea gracia y paz en Cristo.

El que yo responda con demora bastante considerable a tu Disquisición acerca del libre albedrío, venerable Erasmo, ocurre contra lo que todos esperaban, y contra mi propia costumbre; pues hasta el presente parecía que yo no solo aprovechaba con agrado tales ocasiones para escribir, sino que hasta las buscaba. Quizás alguno se extrañe de esa nueva e inusitada paciencia –o temor—de Lutero, a quien no pudieron excitar las tantas expresiones y escritos divulgados por sus adversarios, quienes congratulaban a Erasmo por su victoria y entonaban el cántico triunfal. ¿Será que aquel Macabeo y tan obstinado defensor (de su doctrina) encontró por fin a un digno antagonista contra el cual no se atreve a abrir la boca? Sin embargo, no solo me abstengo de acusar a aquella gente, sino que precisamente yo mismo te concedo la palma que antes no concedí a nadie; y lo hago no solo porque me superas ampliamente en fuerzas de elocuencia e ingenio –elocuencia que todos nosotros te reconocemos merecidamente, sobre todo yo, bárbaro, que siempre he vivido en la barbarie—sino porque has refrenado tanto mi espíritu como mi ímpetu, y le has quitado el vigor antes de comenzar la lucha, y ello por dos razones: Primero, por tu habilidad, vale decir, porque tratas con admirable e inagotable moderación la cuestión aquella con que me saliste al paso, a fin de que no pueda encolerizarme contra ti; y en segundo lugar, por el hecho de que por suerte, casualidad o fatalidad no dices en una cuestión de tamaña importancia nada que no se haya dicho antes. Más aún: dices menos y atribuyes al libre albedrío más de lo que hasta ahora dijeron y le atribuyeron los sofistas (a lo cual me referiré con mayor amplitud más adelante), de manera que parecía hasta superfluo contestar a aquellos tus argumentos, que en efecto ya anteriormente refuté en repetidas oportunidades, pero que han sido aplastados y totalmente desmenuzados por el hasta ahora irrefutado librito de Felipe Melanchton, Loci Theologici, que a mi juicio merece no solo la inmortalidad, sino también ser considerado como canon eclesiástico. Al compararlo con aquel opúsculo, el tuyo perdió para mí de tal manera su atractivo y valor que te compadecí en lo más profundo, por cuanto mancillaste tu tan hermosa e ingeniosa manera de expresarte con semejante inmundicia, y me llené de indignación ante esa más que mediocre materia presentada con tan precioso adorno de elocuencia, como si en vasijas de oro y plata se presentasen desperdicios y estiércol. También tú mismo pareces haberte dado perfecta cuenta de ello, tan poco dispuesto estuviste a encarar la tarea de escribir esa obra, seguramente porque tu conciencia te advirtió de que por más fuerzas de elocuencia que empeñaras en el asunto, sin embargo te sería imposible engañarme; antes bien, una vez apartado el ceremonioso adorno de las palabras, yo vería claramente las heces mismas, pues aunque sea tosco en la palabra, no lo soy, por la gracia de Dios, en el conocimiento de la materia. Así, en efecto, me atrevo con Pablo a arrogarme el conocimiento y a negártelo a ti sin titubear, si bien te reconozco a ti la elocuencia y el ingenio y me los desconozco a mí, de buen grado y como justo deber. Por ello pensé así: si hay personas que se empaparon tan poco en nuestras enseñanzas corroboradas con tantos pasajes de las Escrituras, aferrándose a estas enseñanzas tan débilmente que se dejan influir por aquellos insignificantes y fútiles aunque muy elegantemente presentados argumentos de Erasmo, entonces las tales personas no son dignas de que yo acuda en auxilio de ellas con mi respuesta. Pues para ellas, nada satisfactorio podrá decirse o escribirse, aunque se repitiesen mil veces muchos miles de libros. Sería un trabajo igual como si quisieses arar la playa, sembrar en la arena o llenar con agua un tonel lleno de agujeros. En efecto: a aquellos que en nuestros pequeños escritos llegaron a conocer a fondo al Espíritu como Maestro, por cierto ya les hemos prestado servicio suficiente, y no tendrán ya dificultad en despreciar lo que tú presentas. Mas los que leen sin el Espíritu, no es de extrañar que sean sacudidos cual cañas por cualquier viento; a ellos ni Dios podría decirles bastante, aun cuando todas las cosas creadas se convirtiesen en lenguas. De ahí que por poco me hubiese decidido a pasar por alto a los que se ofendieron por tu libro, juntamente con aquellos que se jactan y te adjudican la victoria. Así, pues, lo que refrenó mi vehemente deseo de responderte no fue la multitud de mis quehaceres, ni la dificultad del tema, ni la magnitud de tu elocuencia, ni el temor ante ti, sino el simple tedio, indignación y desprecio, o, para decirlo claramente, mi juicio acerca de tu Disquisición, por no hablar por ahora del hecho de que, según tu manera de ser, con rara persistencia procuras ser en todas partes resbaladizo y de lenguaje ambiguo, y que, más cauto que el mismo Ulises, prefieres navegar entre Escila y Caribdis: sin querer hacer afirmaciones concretas, no obstante, quieres aparecer como quien las hace. Me pregunto: ¿Qué se puede tratar, o a qué acuerdo se puede llegar, con semejante clase de hombres, a menos que se tenga la capacidad de atrapar a Proteo? Más adelante te mostraré, con la ayuda de Cristo, qué puedo hacer a este respecto, y en qué te beneficiará.

Pues bien: que yo te responda ahora, tiene sus muy fundadas razones: me apremian los fieles hermanos de Cristo, haciéndome ver que todos esperan de mí tal respuesta, por cuanto, dicen, el prestigio de Erasmo no es de subestimar, y la verdad de la doctrina cristiana corre peligro en los corazones de muchos. Al fin, también a mí mismo se me ocurrió que mi silencio no fue del todo sincero y que fui burlado por la prudencia o también malicia de mi carne, de modo que no me acordé lo suficiente de mi oficio por el cual soy deudor a sabios e ignorantes, máxime si soy llamado a responder por los ruegos de tantos hermanos. Pues si bien el asunto que nos ocupa es tal que no se puede comentar con un maestro externo, sino que, además del que planta y riega por fuera, clama también por el Espíritu de Dios para que dé el crecimiento y como Viviente enseñe por dentro cosas vivientes (cosa que me dio mucho que pensar) –sin embargo, como este Espíritu es libre, y sopla no donde nosotros queremos, sino donde él quiere, era preciso observar aquella regla de Pablo: «Insta a tiempo y fuera de tiempo», «porque no sabemos a qué hora ha de venir el Señor». Y bien, no podemos impedir que haya personas que aún no se dieron cuenta de que en mis escritos, el maestro es el Espíritu, y que se han dejado derribar por aquella Disquisición; quizás su hora todavía no ha llegado. Y quién sabe, distinguido Erasmo, si algún día Dios no te concederá también a ti el privilegio de su visitación, y nada menos que por medio de mí, vasito suyo mísero y frágil, para que en una hora feliz (por lo que de todo corazón ruego al Padre de las misericordias por amor de Cristo, Señor nuestro) yo venga a ti con este librito y logre ganar a un muy querido hermano. Pues a pesar de que piensas y escribes equivocadamente respecto del libre albedrío, no obstante tengo para contigo una no pequeña deuda de gratitud, por cuanto consolidaste aún más mi propia opinión en la materia, cuando vi que el tema del libre albedrío es tratado con el máximo esfuerzo por un ingenio tan grande y excelente, y que por el momento, lejos de quedar agotado, se nos presenta peor que antes. Esto prueba con clara evidencia que lo del libre albedrío es pura mentira. Ocurre con él como con aquella mujer de que habla el Evangelio: cuanto mayores los cuidados de los médicos, peor se encuentra. Mas en forma amplia te habré retribuido tus favores si logro darte mayor certeza, así como tú me diste a mí mayor firmeza. Pero tanto lo uno como lo otro es don de Dios, y no fruto de nuestros buenos servicios. Por eso hay que implorar a Dios que me abra a mí la boca, a ti empero y a todos el corazón, y que él mismo esté presente en medio de nosotros como maestro que habla y escucha en nosotros. Mas de ti, querido Erasmo, quisiera conseguir lo siguiente: que como yo sobrellevo tu ignorancia en esta materia, tú a tu vez sobrelleves mi falta de elocuencia. Dios no da a un solo hombre todos los dones juntos, ni tenemos todos habilidad para todo; antes bien, como dice Pablo, «hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo». Solo resta, pues, que los dones se presten servicios recíprocos, y que uno sobrelleve con su don la carga y deficiencia del otro; así cumpliremos la ley de Cristo.

Martín Lutero

 

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