Introducción a De Servo Arbitrio (I)

Una semana más tenemos el placer de publicar un nuevo artículo en nuestra página web. En esta ocasión se trata de la introducción a De Servo Arbitrio, la famosa obra de Lutero que escribiera en respuesta a Erasmo, quien previamente había publicado un escrito en que defendía el libre albedrío del hombre. Esta obra de Lutero, junto con la mencionada introducción, fue publicada en español por la editorial La Aurora, en Buenos Aires, hace ya varias décadas. El autor de la introducción es el pastor y teólogo alemán Hans Joaquim Iwand, que vivió y desarrolló su ministerio en el pasado siglo XX. Esta semana, tan solo publicamos la introducción histórica. A partir de la semana que viene, Dios mediante, publicaremos, en diversas entregas, la introducción teológica, de mucha más enjundia. Esperamos que, de momento, está primera entrega sirva para abrir el apetito de nuestros lectores.

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Introducción histórica

            En septiembre de 1524, Erasmo dio a publicidad un escrito polémico contra Lutero titulado Diatribe seu collatio de libero arbitrio. Lo imprimió Froben, de Basilea. No se le puede escapar a Erasmo que esto significaba la ruptura definitiva con Lutero y su obra. El 6 de septiembre del mismo año escribe a Enrique VIII, de Inglaterra, a quien le había enviado el libro para que diera su opinión sobre él: «Alea iacta est. Exiit in lucem libellum de libero arbitrio» (Las suertes están echadas. Salió a la luz el tratado acerca del libre albedrío). Dos fueron los factores que motivaron este paso. En primer lugar, la curia romana y muy posiblemente también la corte inglesa, ejercieron una creciente presión sobre Erasmo en el sentido de que saliera de la prudente reserva que hasta entonces había observado frente a Lutero. Su silencio fue interpretado por sus antiguos antagonistas, los monjes, como indicio de que pese a todo, Erasmo era un secreto partidario de Lutero: acusación levantada ante todo por el carmelita Egmondano, de Lieja. Es posible también, aunque faltan pruebas concretas, que haya existido una presión directa de parte de Enrique VIII, a quien precisamente en aquel entonces Lutero había atacado con vehemencia. En segundo lugar, el curso que tomó la Reforma provocó en Erasmo una repulsión que iba en constante aumento. Desaprobaba la manera radical del proceder de Lutero, su lucha –exteriorizada especialmente en el escrito La cautividad babilónica de la Iglesia— contra la doctrina del mérito sostenida por la iglesia católica, su osadía de quemar las Decretales, y su «determinismo» evidenciado en la Assertio. Como otros muchos humanistas (Ulrico Zasius, Cr. Rubeanus, etc.), Erasmo temía una recaída en la barbarie, el derrumbe del ideal de cultura humanista y el surgimiento de un nuevo escolasticismo teológico (dogmatismo); sus propios esfuerzos reformatorios siempre tendían más a lo moral que a lo dogmático.

            Mediante una carta escrita en abril de 1524, Lutero intentó impedir el estallido de la lucha abierta, que para los adversarios de la Reforma debía significar un resonante triunfo. En un párrafo de esta carta dice: «Basta ya de propinarse mordeduras; debemos tener cuidado de no aniquilarnos mutuamente. Sería un espectáculo tanto más lamentable por cuanto ni la una parte ni la otra tiene malas intenciones en cuanto a la piedad». Pero esta carta, que contenía un ofrecimiento de tregua de Lutero a Erasmo, produjo justamente el efecto contrario: fue dada a publicidad, y por fuerza tenía que aumentar las sospechas contra Erasmo si este persistía en su mutismo. Así fue como Erasmo tuvo que quitarse la máscara y convertirse de «amante de las Musas» en «gladiador». Su escrito decepcionó; carecía de pujanza y de vigor. Más tarde, Erasmo se quejó amargamente del tono cortante de la respuesta de Lutero, y compuso, para justificarse, el Hyperaspistes. La verdad es que el retorno de Erasmo al campo de la iglesia antigua indujo a muchos de sus admiradores a imitarle; y estos contribuirían luego a echar las bases para la Contrarreforma.

           Lutero mismo tardó bastante en dar su respuesta. Cuando apareció la Disquisición, el reformador estaba ocupado en la redacción del escrito Contra los profetas celestiales y las «Anotaciones al Deuteronomio». Luego estalló la guerra de los campesinos, que reclamó su entera atención y fuerza. Solo en septiembre de 1525, es decir, un año después de la publicación de la Disquisición, aparece una nota en una carta dirigida a Nic. Hausmann, de que Lutero «se hallaba enfrascado en contestar a Erasmo». Pero de ahí en más, la obra hizo rápidos progresos. Se imprimió en Wittenberg en los talleres de J. Lufft, quien publicó el libro con el pie de imprenta «mense Decembri 1525». El día 31 de diciembre de 1525, Lutero envió personalmente un ejemplar a Michael Stifel. El amaneramiento estilístico y la vaguedad en lo sistemático de que adolece la Disquisición habían hecho que su lectura resultara tediosa y sin interés para Lutero. Tanto más vigorosa es la forma en que él mismo encara el tema de Erasmo: solo ahora, aun las tesis del propio antagonista cobran fuego y transparencia. Casi simultáneamente, Justus Jonas tradujo la respuesta de Lutero del latín al alemán con el título: «Que el libro albedrío es una nada» (Das der freie wille nichts sey). Esta traducción también fue impresa por J. Lufft y publicada en enero de 1526.

           También Lutero guardaba respecto de Erasmo, como este frente a él, cierta reserva jamás removida. Entre amigos había manifestado a menudo sus dudas en cuanto al entendimiento que Erasmo poseía del evangelio. El hecho de que tales expresiones, en especial las vertidas en una carta a Ecolampadio con fecha del 20 de junio de 1523, finalmente llegaran a oídos de Erasmo aun contra la intención de Lutero, contribuyó a que empeorara la opinión personal que el grande y ya envejecido humanista tenía del fogoso reformador wittenberguense. En estas exteorizaciones epistolares de Lutero sobre Erasmo hay tres puntos que son esenciales y que reaparecen también en el De Servo Arbitrio. Desde un comienzo (ya en una carta de 1516 a Spalatino) Lutero critica la interpretación erasmiana de Pablo, la cual radica en Jerónimo y Orígenes. La división entre ley moral y ley ceremonial la considera «un error. . . suficientemente pernicioso y efectivo para vaciar el evangelio». A esto se agrega la percepción, que se produjo en Lutero ya muy pronto, de que en materia de justificación Erasmo asigna al albedrío humano un papel mucho más positivo de lo que a Lutero le parece correcto. En una carta a J. Lang, dice: «Una cosa es la opinión del que atribuye siquiera algo al libre albedrío, y otra cosa la del que no conoce nada fuera de la gracia». Esta observación evidencia que con la elección de su tema, Erasmo realmente tocó el punto en que desde el comienzo mismo divergían la posición de Lutero y la suya. Finalmente existe también un motivo personal: Lutero se había dado cuenta de que la participación activa en la lucha contra el anticristo en Roma era algo que sobrepasaba las capacidades de Erasmo (véanse los párrafos finales del libro). Así lo había comparado, en la ya mencionada carta a Ecolampadio, con Moisés que murió en la tierra de Moab sin haber alcanzado la Tierra de Promisión. Consideró censurable el hecho de que Erasmo prefiriera la paz a la cruz; por último, en una carta personal del mes de abril de 1524, le escribe: «Dios no te ha conferido el valor de encarar francamente, junto con nosotros, a los monstruos con que tenemos que habérnoslas; y nosotros no queremos exigir de ti nada que sobrepase la medida que se te ha fijado». Sin embargo, todo esto no menguó el sentimiento de gratitud hacia el eximio filólogo cuya edición del Nuevo Testamento fue utilizada por Lutero ya en 1515 como base de sus lecturas sobre Romanos; testimonio elocuente de ello son las sentidas palabras al final de nuestro escrito.

Hans Joachim Iwand

 

 

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