¿Traerá el hombre provecho a Dios? (II)

Ofrecemos ahora la segunda parte del sermón sobre Job que publicábamos la semana pasada. Sin duda, recomendamos encarecidamente su lectura, por la claridad expositiva de la verdad como se revela en la Escritura, la cual el reformador de Ginebra supo captar con tanta clarividencia. El valor de estas joyas inmateriales no puede ser calculado por el hombre.

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            Continúa diciendo: «A Dios no le importa si hacemos bien o no, o si andamos en perfección». Cuando Elifaz habla de esta manera, no quiere decir que Dios cierre los ojos y no sepa discernir entre el bien y el mal. Lo que significa es que no le importa respecto a sí mismo. Dios, como fuente de toda justicia y rectitud, ama la equidad. Y, cuando vivimos rectamente, es como un reflejo de Él. Porque no hay ningún bien en nosotros, sino que nuestro bien es como el brillo del sol aquí abajo, que no proviene de la tierra. Vemos la luz sobre las casas, sobre la tierra, pero no procede de ella, sino que es una luz reflejada, una luz proyectada; y en este sentido decimos que procede de la tierra. O, como cuando nos miramos en un espejo: el espejo no tiene cara, sino que el rostro del hombre se pone delante y el espejo lo muestra. De igual manera, cuando hacemos el bien, no es algo que proceda de nosotros (pues de nosotros solo se podría obtener hediondez y pobreza), sino de Dios, que derrama su bondad y justicia sobre nosotros. Así que, si Él nos concede esta gracia, regenerándonos por medio de su Espíritu Santo para que podamos vivir en santidad, somos como espejos en los cuales se ve su imagen, como una representación. Es una luz que proviene de lo alto, pero que se manifiesta aquí abajo.

            Y, dado que Dios sabe que todo bien proviene de sí mismo, también ama al que es bueno, siendo Él el origen y fuente de ese bien. Por otro lado, no considera su propio provecho, o la ventaja que puede sacar; no le afecta cómo vivan los hombres. Cuando estos hacen las cosas mal, ¿acaso quitan algo de la justicia que hay en Dios? ¿Pueden sustraer algo de su majestad? ¿Acaso pueden aniquilar su gloria y honor? ¿Pueden reducir los límites de su reino? En absoluto. En ese sentido se dice que a Dios no le importa lo que hacen los hombres. Pero, en cuanto a nosotros, consideremos si es o no para nuestra bendición ponernos de su parte y rendirnos a Él en obediencia. Porque, siendo así que no tiene necesidad de nosotros, ni de nuestra vida, ni de nuestras obras, sin embargo, está interesado en que vivamos en santidad. Comprendamos, por tanto, su amor hacia nosotros. Como ya hemos dicho, Él ha condescendido en unirnos a Él, de tal manera que, si vivimos bien, dice que gobierna en nosotros y, si vivimos mal, no lo hace.

Pero ¿acaso podemos nosotros impedir que el soberano dominio de Dios permanezca para siempre? De ninguna manera. Entonces, ¿por qué usa este lenguaje? Es para declarar cuánto nos ama, como en Proverbios 8, donde se presenta la sabiduría de Dios contenta de habitar entre los hombres. Dios habla de esta manera para mostrarnos que no quiere que el bien que hay en Él quede como encerrado y oculto, sino que se derrame sobre nosotros y participemos de él, de la misma manera que le place iluminarnos para que no seamos como las bestias brutas. A Él le place darnos sus beneficios para que nos regocijemos en ellos. Por tanto, Dios se ha preocupado de nosotros al punto de que sí le importa nuestra manera de vivir, pero no porque reciba algún provecho o perjuicio. Esto es, en resumen, lo que debemos considerar.

            A continuación, sigue diciendo: «¿Acaso por temor a ti te acusará o vendrá a juicio contigo?». Aquí se muestra, más claramente aún, que no podemos ganar nada jugando con Dios, como acostumbramos hacerlo con nuestros semejantes. Porque, ¿a qué se debe que se usen tales evasivas en los juicios y pleitos con los hombres, a menos que sea para apaciguar al adversario, o quizá para intimidarlo, de modo que no sea tan estricto? Por ejemplo, si alguien es atacado, pensará: «Este hombre me persigue acaloradamente. ¿Qué debo hacer?». Entonces, encontrará algún subterfugio para que el acusador se diga: «¿No has pensado que tu adversario es más fuerte que tú?». O quizá le presente alguna resistencia soterrada, de manera que su adversario se retire por sí mismo sin atreverse a continuar lo que había comenzado, temiendo que el mal vuelva sobre su propia cabeza.

Y, puesto que acostumbramos intimidar a los hombres mortales para escapar de sus manos, y les mostramos los dientes para darles alguna indicación de que tenemos los medios de vengarnos, nos parece que con Dios podemos actuar del mismo modo. ¡Qué necedad! ¡Qué sinsentido! Pero, como los hombres son tan presuntuosos que imaginan que pueden hacer con Dios lo mismo que con sus semejantes, se dice: «¿Piensas que Dios guarda silencio por temor a ti?».

No pensemos que Dios procede de la misma manera que nosotros. Porque ¿qué podríamos hacerle a Él? ¿Podemos causarle frío o calor? Por tanto, Dios no viene contra nosotros por temor a tener menos si nos anticipamos a Él, o por temor a que le pisemos el cuello. Porque, si Él quiere, su aliento es suficiente para aplastarnos. Y aquellos que tanto se levantan contra Dios, ¿qué hacen sino romperse la nuca? Es como si una persona, queriendo subir, se cortara los nervios y las venas. Tiene que detenerse a pocos pasos de la meta y, si quiere ir más allá del límite, se desgarrará todo el cuerpo. Su caída será fatal. Y esto ocurre cuando los hombres tienen la diabólica arrogancia de levantarse contra Dios. Por eso, no debemos pensar que nuestro Señor tiene recelos de nosotros. Antes bien, se burlará de una presunción como la descrita en el Salmo 2.

Es cierto que los hombres harán mucho ruido cuando se amotinen. Y, sobre todo, harán gran ruido cuando reyes y príncipes hagan alianzas y se conjuren contra el Dios vivo. Pero eso es solo aquí abajo. Los hombres son como saltamontes, como dice el profeta Isaías. Los saltamontes tienen largas patas con las que pueden saltar, pero caen rápidamente. De la misma manera, los hombres se elevan aquí, pero ¿podrán saltar por encima de las nubes? En absoluto. El que mora en los lugares soberanos no hará sino reírse. Porque el trono de Dios está arriba en los cielos, y los hombres jamás lo alcanzarán. Él se reirá allá arriba tan tranquilo, por más ruido que ellos hagan aquí abajo. Por tanto, aprendamos que, cuando Dios nos llama a defender nuestro caso, no podremos hacerle ningún daño, ni Él tendrá necesidad de anticiparse a nosotros para que no le alcancemos.

¿Para qué nos llama, entonces? Es para hacernos ver el mal que hay en nosotros, y que de esa manera seamos motivados a buscar el remedio, y que con verdadero arrepentimiento vayamos a Él para ser gobernados por su voluntad. Así pues, Dios, al castigar a los hombres, procura su salvación. Al condenarlos, quiere absolverlos. O, mejor dicho, cuando son castigados, quiere ratificar y confirmar su justicia, mostrando que ningún mal quedará impune. Pero también quiere destruir el orgullo que hay en ellos, puesto que se complacen en sus vicios y se glorían en ellos. Cuando Dios lleva a los hombres a juicio, quiere terminar con todo ello. Aprendamos, por tanto, a no jactarnos más. Aprendamos a no usar más subterfugios, pues solo agravaremos la situación. Y sepamos que Dios no nos teme, y que mucho menos podremos ocasionarle daño alguno. Él, más bien, nos invita a recordar nuestras faltas, a estar descontentos con ellas, y nos extiende su mano para guiarnos a la salvación. O quizá quiere que nuestra condenación se duplique y que seamos tanto más inexcusables por resistirle y no doblegarnos cuando quiso convertirnos a sí. Esto es, en resumen, lo que debemos considerar.

            Después, Elifaz añade: «¿No es grande tu malicia, y tus iniquidades sin fin?». Es cierto que esto se aplica muy mal a Job. Sin embargo, tenemos que asumir esta doctrina general y aplicárnosla a nosotros mismos. Vemos, así, que por boca de una persona incauta, que no ha tenido la prudencia necesaria para adecuar la verdad a un caso particular, el Espíritu Santo nos muestra lo que debemos hacer cuando rendimos cuentas a Dios. Es para mostrarnos que le estamos obligados en todo, que no podemos ocasionarle ningún daño, y que, al condenarnos y llevarnos a juicio, no busca su propio beneficio, sino nuestra salvación y nuestro bien. Nos condena para luego absolvernos, para que no caigamos en la condenación extrema a la cual tendrán que ir los malvados.

            Por otra parte, cuando Dios nos llama a juicio, es para examinar nuestros pecados y analizar toda nuestra vida, para que sintamos desagrado por nuestros vicios. Pero, aun cuando hayamos hecho esto, sepamos que aún no habremos percibido una centésima parte. Porque, aunque los hombres, por su insensibilidad y corta visión, no comprendan sus pecados, Dios, que ve con mucha más claridad que nosotros, los conoce muy bien. De manera que, si hoy caemos en un pecado, mañana volveremos a caer en otro. Y, ciertamente, el día no pasará sin que cometamos un gran número de ofensas y transgresiones. Y será para volver a empezar de nuevo, pues no seremos convencidos una sola vez de pecado, o dos, o tres, sino cien veces. Por tanto, ¿a dónde iremos? Si el hombre ha examinado bien su conciencia, y se halla culpable de tantas maneras, considerando que Dios sabe aun cien veces más, ¿cómo podrá estar en pie? ¿No deberíamos llenarnos de asombro? ¿No se nos deberían poner los pelos de punta, viendo que prácticamente hemos sido arrojados a las profundidades de la muerte?

            Esto es lo que debemos considerar de esta pasaje, es decir: cada vez que al escuchar la palabra de Dios, se condenan los pecados a los que estamos apegados, deberíamos considerarnos a nosotros mismos para juzgarnos sin esperar a que Dios lo haga. Reconozcamos: «En esto he fallado, y no solo una ni dos, sino innumerables veces. Y, si he fallado en esto, ciertamente habrá otras faltas. ¿Y qué pasaría si Dios quisiese revolver mi hediondez? Sería totalmente deshecho». Esto –digo—nos llevará a la humildad y al arrepentimiento, para que no seamos tan torpes como antes al acercarnos a nuestro Dios, y para que no seamos rebeldes airándonos contra sus correcciones. Cuidémonos de esto tanto más cuanto la mayoría se complace y gloría en sus pecados, y que en vez de gemir y avergonzarse, pretenden ser buenos cristianos, los más perfectos que se puedan encontrar. Es verdad que, en general, dirán: «Soy humano, y todos hemos de confesar nuestros pecados, pero nadie es mejor que yo, no conozco a nadie que anhele vivir mejor». Y ¿quiénes son los que hablan así? Pobres embaucadores, tan engañados que el aire hiede a causa de sus iniquidades. Pero, si verdaderamente analizamos lo que somos, solo podremos turbarnos y reconocer que somos culpables: no de un pecado, ni de dos, sino de multitud de pecados. Sepamos que somos malditos de Dios, más que miserables, de manera que solo cabe esperar en la misericordia de Dios.

En resumen, aquí se muestra que los hombres no solo deben confesar sus pecados delante de Dios como un formalismo, como quienes creen que es suficiente con decir: «No niego que haya faltas en mí». No hagamos simplemente esto, sino dejemos que la carga nos pese tanto que no podamos soportarla más. Porque, ciertamente, es así como Dios será glorificado. No es cuando los hombres digan que tienen unas pequeñas debilidades e imperfecciones, sino cuando hablan con David de la grandeza de sus pecados, y de la multitud de sus iniquidades. Y así habla también Daniel en su confesión. Él, que fue como un ángel en comparación con otros, sin embargo dice: «Estaba confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo». No habla como de alguna pequeña falta, sino que dice: «Nuestros pecados, Señor, son grandes y enormes». Aprendamos, pues, a reconocer de esta manera quiénes somos, de modo que Dios sea glorificado en todo y por todo.

            Además, ¿qué esperanza tenemos de que Dios nos reciba y sea piadoso y propicio para con nosotros si no venimos con las faltas que hemos cometido? Nuestro Señor Jesús no dice: «Venid a mí todos los que reconocéis que sois pecadores y que tenéis algunas debilidades», sino: «Todos los que estáis trabajados y cargados [vosotros que tenéis los hombros aplastados por el peso de vuestros pecados]». Estos son los llamados por Jesucristo a hallar misericordia en Él y en su gracia, y no aquellos que se mofan de Dios, haciendo una confesión frívola, sin ser tocados en el corazón.

            Además, para comprender esto, tenemos que hacer un examen especial de las faltas que hemos cometido, porque nadie dirá con toda sinceridad: «Ciertamente soy arrojado al infierno», a menos que se haya analizado muy bien y haya considerado sus faltas, una a una, para verlas muy bien. Así que, si no hemos hecho un examen especial, jamás apreciaremos el hecho de que nuestras iniquidades no tienen fin y son innumerables.

            Por eso se nos presenta aquí este orden. Porque Elifaz, habiendo dicho en términos generales que el pecado de Job era grande y sus iniquidades sin fin, añade: «Porque sacaste prenda a tus hermanos sin causa, y despojaste de sus ropas a los desnudos. No diste de beber agua al cansado, y detuviste el pan al hambriento [y ¿acaso no has hecho pacto con gente llena de violencia? Por eso ahora Dios te persigue]». Y, aunque es cierto –como ya hemos dicho—que Elifaz es muy injusto con Job, sin embargo, el Espíritu quiere instruirnos aquí en cuanto al orden que debemos seguir para humillarnos adecuadamente delante de Dios. En resumen, los hombres no sentirán sus pecados como deberían a menos que los consideren de manera particular y, después, los cuenten uno por uno. Es cierto que no podemos llegar al final y que siempre habremos de concluir con David: «¿Quién podrá entender sus propios errores?». Sin embargo, esto no quiere decir que debamos, sin más, pasarlos por alto. Porque, si un juez terrenal sabe cómo estar atento para juzgar, aun cuando solo se trata de la vida de un hombre, os pregunto: Habiendo ofendido a nuestro Dios, ¿no hemos de estar mucho más preocupados? Aun cuando en un juicio no se trate un asunto criminal, sino tan solo una pequeña cantidad de dinero, el juez tiene que considerar si hay testigos y si el juicio se hace correctamente. Aunque solo se trate de diez o veinte florines, o de cien coronas, o de lo que sea. Y, si el juez no cumple con su deber, será culpable delante de Dios como un ladrón.

Y ahora os pregunto: Si Dios nos hace el honor de constituirnos en jueces de nuestra propia salvación, ¿acaso tendremos excusa si somos indiferentes y cerramos los ojos a lo que es provechoso y útil? Ciertamente no. Por tanto, consideremos lo que hemos dicho, es decir, que los hombres nunca entenderán sus pecados como debieran a menos que examinen su vida en particular. Así, vemos cómo lo hace David, porque un solo pecado lo lleva de vuelta al seno de su madre, viendo que ha cometido una transgresión tan grande delante de Dios, causando la muerte de Urías. Habiendo considerado la bajeza de su pecado, es constreñido a pensar no solamente en este pecado, sino que se examina a sí mismo en mayor profundidad, de modo que se contempla en el pasado en el seno de su madre, condenándose en todo y por todo. Y así tenemos que hacerlo también nosotros.

            Sin embargo, la confesión papal es algo diabólico, cuando pretenden que los hombres, confesándose al oído de un sacerdote, desembuchen sus pecados. Dios no quiere que tengamos esta clase de confesión, la cual es totalmente contraria a su palabra. Por otro lado, tampoco quiere que simplemente digamos: «He pecado»; sino que hemos de reflexionar profundamente, adentrándonos en nuestra conciencia. Debemos decir: «Soy culpable ante Dios, no solamente de un pecado, sino de este y aquel otro, y no solo una vez, sino que continuamente vuelvo a él». Si lo hacemos así, examinándonos de manera particular, ciertamente podremos concluir: «Señor, nuestras iniquidades son infinitas, nuestras transgresiones no tienen fin». De esta manera es como Dios quiere ser glorificado. Es así como los pecadores son tocados en el alma y heridos en su conciencia, sintiéndose disgustados con sus pecados.

Ciertamente, quienes tan solo se confiesan en términos generales, diciendo: «Soy un pecador, como cualquier otro hombre», muestran que no han sido tocados en lo profundo de su corazón, y que no son conscientes de sus pecados. Pero, por nuestra parte, aprendamos a escudriñar bien y a sondear la profundidad de todos nuestros vicios. Y, cuando hayamos contado un buen número de ellos, sepamos que hay cien veces más, y que deberíamos turbarnos y declararnos culpables, clamando a Dios: «¡Señor, es cierto que el número de nuestros pecados es grande, que nuestras iniquidades son infinitas, pero la multitud de tus misericordias son derramadas sobre nosotros!, como dice David en el Salmo 40. Porque este es el único medio de obtener perdón por todas nuestras ofensas. Así es como Dios se complace en cubrirlas y abolirlas por medio de su bondad, y de purificarnos de ellas por medio del poder de su Santo Espíritu.

Juan Calvino

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