¿TRAERÁ EL HOMBRE PROVECHO A DIOS? (I)

Esta semana ofrecemos a nuestros lectores la primera parte de un sermón de Juan Calvino sobre un pasaje del libro de Job. Las reflexiones del reformador de Ginebra nos parecen de gran valor espiritual, expresadas además con gran sencillez y claridad, de modo que resultan de suma utilidad para el creyente. La semana que viene, Dios mediante, publicaremos la segunda parte. Sirva esta, de momento, como introducción al tema tratado. 

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(Job 22:1-8)

Cuando nos enfrentamos a los hombres, si podemos reprocharles algo o encontrar alguna falta en ellos, tenemos la impresión de haber ganado nuestro caso. Si, por ejemplo, nos hemos equivocado en algo, pero no hay ningún juez que nos pueda condenar más allá de nuestra conciencia, y alguien nos acusa y nos sentimos culpables, entonces contraatacamos buscando alguna falta en nuestro adversario. Y, si la hallamos, la sacaremos a relucir en nuestra defensa. De ese modo, desviaremos la atención, y ocultaremos el mal que hemos cometido. Y esta es la forma común que tienen los hombres de defenderse, es decir, buscando algún subterfugio que les sirva de escapatoria. Dirán: «Si he fallado en este asunto, ¿acaso mi adversario es completamente inocente?». O quizá digan: «He hecho bien a tal hombre, cuando merecía mi ira. Por tanto, esta buena acción debería contar en mi favor». Y así pretendemos disminuir la falta que hemos cometido.

Pero, cuando estamos en la presencia de Dios, todas estas excusas son echadas por tierra. Es cierto que nos gustaría utilizar el mismo procedimiento que el empleado con los hombres mortales, pero eso sería un abuso. Porque, ¿qué reproche podemos hacerle a Él? ¿Qué falta podemos hallar en Él? ¿Qué servicio podemos haberle prestado para que Él esté en deuda con nosotros? Antes bien, en todo esto hemos de permanecer callados, y tan solo confesar la deuda, reconociéndonos culpables con toda humildad, sin replicar nada.

            Esto es lo que aquí presenta Elifaz. Y vemos que de su argumento se puede sacar una buena doctrina. De hecho, sus palabras habrían sido muy buenas si las hubiera aplicado como debía. Pero Elifaz se equivocó al dirigirlas a Job. En esto cometió el error. De todos modos, esta doctrina en sí es, en términos generales, muy útil para nosotros. Así pues, cuando Dios nos llama a su presencia y nos invita a reconocer nuestras faltas, no es apropiado que tratemos de responder, diciendo: «Si he fallado en este asunto, no obstante Dios tendrá que perdonarme, puesto que le he prestado tal servicio, y Él me lo debería reconocer y recompensar». Despojémonos de toda esta basura, porque no tiene sentido cuando nos presentamos ante Dios. Porque nosotros no le proporcionamos ninguna ganancia, de nosotros no obtiene frío ni calor, y al igual que no le podemos ser de ningún provecho, tampoco le podemos causar daño alguno. Habiendo aclarado este asunto, concluimos que deberíamos echar por tierra toda presunción, reconociendo que no tenemos más remedio que confesarnos, con toda humildad, culpables.

            Pero, para que esto se entienda mejor, vayamos por orden, como aparece en el pasaje: «¿Traerá el hombre provecho a Dios?» –dice Elifaz–. «Al contrario, para sí mismo es provechoso el hombre sabio». Es cierto que, a primera vista, nos parece que merecemos mucho de parte de Dios cuando nos esforzamos por servirle y honrarle. Pero, en esto, somos demasiado ciegos, porque pensamos que Dios puede recibir algún beneficio de nosotros, como si careciera de algo. Sin embargo, Él no gana ni pierde, siendo como es la fuente de todo bien, no tomando prestado de nadie. Y las cosas que le traen los hombres no son, de ningún modo, para satisfacer su necesidad o ayudarle en nada. «Si yo tuviese algo que hacer» –dice el Señor– «¿te lo pediría a ti? ¿No están todas las criaturas en mi mano?». Además, sabemos que Dios, fuera de su majestad, no busca nada. Por tanto, desechemos la idea de que podemos hacer algún bien o ser de provecho para Dios. Antes bien, confesemos con David en el Salmo 16 que nuestro bien no llega a Él. Porque, aunque los hombres se esfuercen mucho, Dios no podrá recibir nada de sus manos, ni mucho menos se puede decir que tenga necesidad de los mismos. Antes bien, después de haber derramado tantas bendiciones sobre nosotros, no podremos recompensarle de ningún modo, como dice el Salmo 116: «¿Qué pagaré a Yavé por todos sus beneficios?». No puedo hacer nada excepto invocar su nombre. Nos es tan imposible obligar a Dios a favor nuestro que, cuando nos haya bendecido abundantemente, no podremos pagarle con la misma moneda; no sabríamos cómo prestarle el más mínimo servicio. Esto es lo que debemos observar, en primer lugar, aquí.

            Pero, si alguien pregunta: «¿Por qué, entonces, requiere Dios que le sirvamos diligentemente? Parecería que fuese para su bien». Pero, cuando Dios nos da la regla de la buena vida, y nos manda abstenernos del mal, y que hagamos esto y aquello, no está pensando en lo que es útil para Él. En toda su ley no hay ninguna consideración de su propio beneficio. Por el contrario, considera lo que es bueno para nosotros y útil para nuestra salvación. Si hacemos bien, este volverá a nosotros; si mal, será en nuestro propio perjuicio. Pero Dios siempre seguirá siendo completo en sí mismo.

Es cierto que, con todo el mal que hay en nosotros, violamos su majestad y destruimos su justicia, siendo hallados culpables. Pero eso no significa que podamos menoscabar a Dios en algo, que podamos privarle de lo que tiene, que podamos causarle daño alguno. En absoluto. El hombre solo se daña a sí mismo. Y, de igual manera, todo el bien que haya hecho volverá a su persona. Y, en esto, vemos la inestimable bondad de nuestro Dios, pues nos da sus mandamientos, declarándonos cómo debemos vivir. ¿Y por qué lo hace? ¿Acaso como un administrador que pretende sacar algún provecho? En absoluto, sino que procura nuestro bien y nuestra salvación.

Si yo prestara algún servicio sin considerar mi propio beneficio, y me preocupara del bienestar ajeno, al extremo de ir a rogar a mi prójimo: «Tienes que hacer esto y aquello», y noche y día estuviese detrás de él para exhortarle a poner en orden sus asuntos, aun cuando de todo ello yo mismo no sacase ningún provecho, ¿no sería esto una muestra de amor extraordinario e inusual? Pues aquí aparece Dios comportándose de ese modo con nosotros. Cuando comprendemos su infinita majestad, y consideramos su condescendencia para con nuestra salvación, ¿no deberíamos sentirnos tocados en el alma? ¿No tendríamos que asombrarnos ante semejante bondad? ¡Y qué ingratitud la de los hombres, de quienes Dios nada puede obtener, que están tan endurecidos y cegados que, habiéndoles mostrado Dios el camino de salvación, no tengan la más mínima intención de dar un solo paso por él, sino que más bien se vuelven atrás! ¿Existirá alguna excusa para ser tan desagradecidos ante tan gran bondad de nuestro Dios?

Pero hay más, y es que nuestro Señor, aunque no recibe nada de nosotros, sin embargo aparenta estar en deuda con nosotros. «¿Acaso tengo necesidad –dice– de todo lo que me traen?». Sin embargo, lo que hacemos, Dios lo acepta, lo registra en su cuenta como si le sirviera de algo. Vemos que se compara con un padre de familia que tiene una viña, de la cual, después de haberla cultivado, cosecha el vino; o como quien tiene un campo del cual recoge el trigo. Dios, usando tales figuras, muestra que considera nuestras obras tan aceptables como si fuesen sacrificios agradables, de olor fragante.

Incluso dice que, cuando hacemos el bien a los pobres, es como si se lo hiciéramos a Él. Así lo expresa el Señor Jesús: «En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis». Así que, si el Señor se rebaja al extremo de hacerse como un hombre mortal, afirmando que lo hecho a nuestros hermanos, Él lo recibe como hecho a sí mismo, a pesar de que no podemos llevarle nada; y, si voluntariamente se compromete con nosotros, aun cuando no nos debe nada; viendo todo esto, ¿no deberíamos sentirnos extasiados ante la gran humanidad que muestra el Señor hacia nosotros? Démonos cuenta de lo que se dice en este pasaje: cuando el hombre se ha esforzado por vivir en santidad y rectitud, conforme lo manda Dios, no puede decir que le haya hecho ningún favor. El beneficio habrá sido para sí mismo. Y, sin embargo, el Señor, para alentarnos a hacer el bien, acepta lo que en sí mismo carece de provecho para Él. Lo requiere como si fuese enriquecido por ello, y declara que nuestros esfuerzos no se perderán ni serán inútiles.

            Esta es la intención de Dios cuando nos llama a una buena vida. Además, consideremos con qué propósito se nos dice esto, porque debemos recordar que, cuando venimos a Dios a rendirle cuentas, deberíamos desechar todo necio pensamiento de hacerle algún favor, de merecer algo de Él. Todo esto debe desecharse. Porque Dios no es como una criatura que necesite la ayuda de nadie. Por tanto, siendo así que nuestro Señor no está de ninguna manera obligado con nosotros, aprendamos a humillarnos delante de Él y a contristarnos por nuestras faltas. Turbémonos por ellas y pidamos a Dios que nos perdone. Pero, ¿por qué nos querrá perdonar? No será porque digamos: «Él sabe que he tratado de vivir bien y que he hecho esto y aquello». Porque ¿de qué servirá todo lo que podamos alegar? De nada en absoluto. Por tanto, olvidemos todos estos subterfugios y considerémonos culpables, pues aunque usásemos todos estos argumentos, ninguno serviría delante de Dios. Cuando tengamos que tratar con hombres mortales, podremos emplear obras tan endebles para cubrir nuestras faltas. Pero ¿qué pasará cuando nos presentemos delante de nuestro Dios?

En esto vemos cuánto han abusado los papistas. Porque, aunque no pueden negar que, si Dios quisiera ser severo con ellos, todos estarían bajo maldición, sin embargo, querrán exhibir sus esfuerzos de satisfacción. Y afirman que, si han fallado en algo, no obstante pueden repararlo de alguna manera. Tienen sus obras que llaman de supererogación, que no fueron pedidas por Dios, las cuales les servirán para llenar los vacíos cuando hayan cometido algún mal. «Muy bien –dicen–, si hemos pecado, con esto lo compensaremos; y, si es puesto en la balanza, incluso nos sobrará». Esto es lo que afirman los papistas, de manera que les resulta un gran absurdo que la remisión de pecados sea gratuita, que Dios nos perdone de pura gracia. Están dispuestos a confesar que es cierto con respecto a la culpa, pero no en cuanto a la pena, la cual nos corresponde a nosotros expiar.

Cuando los hombres se han descarriado con semejante orgullo, ¿no debemos decir que han transfigurado a Dios, y que ya no saben lo que es? Por tanto, consideremos bien lo que se afirma aquí, es decir, que no podemos ser de provecho a Dios. Tal cosa sería vana imaginación. Así que, cuando hayamos concebido la altura de Dios, aprendamos a reconocer humildemente nuestras faltas, sin responder nada. Porque ni podemos reprocharle nada, ni alegar que haya recibido algo nuestro o esté en deuda con nosotros. Con esto es suficiente en cuanto a este punto.

Juan Calvino

 

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