El movimiento ecuménico y la unión de las iglesias (II)

Publicamos ahora la continuación del artículo que ofrecíamos la semana pasada acerca de la verdadera unidad promovida por la Escritura, frente al ecumenismo apóstata promovido por una falsa iglesia. Como ya indicábamos entonces, el artículo de David Estrada aparecía en la revista “Estandarte de la Verdad” hace varias décadas, concretamente en mayo de 1962.

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            La verdadera unidad es en Cristo, en el Cristo de los evangelios, en el Cristo de toda la Biblia. ¿Es este el Cristo del movimiento ecuménico? Qué duda cabe de que dentro del Consejo Mundial hay hombres y mujeres con una genuina fe en el Cristo de los evangelios, pero poco sabemos de los tales. La triste realidad es que dentro de la organización ecuménica predomina el error y la apostasía. El movimiento es suficientemente amplio para dar cabida a un buen número de «cristos». Las riendas y resortes clave de la organización ecuménica están en manos de hombres que niegan las verdades centrales del cristianismo y son enemigos de la cruz de Cristo.

            Uno de los hombres más importantes e influyentes dentro del movimiento ecuménico ha sido, sin duda alguna, el obispo metodista G. Bromley Oxnam. Además de ocupar altos cargos en la Iglesia Metodista norteamericana, y haber desempeñado el profesorado en diversas universidades y seminarios, el obispo Oxnam fue presidente del Consejo Mundial de las Iglesias por un periodo de seis años (1948-1954). En su libro titulado Testamento de Fe, el obispo Oxnam no podía ser más claro en su diatriba contra la fe evangélica. Después de ridiculizar las doctrinas bíblicas del nacimiento virginal de Cristo y la inspiración de las Escrituras, el obispo Oxnam se detiene a examinar la doctrina de la obra propiciatoria de Cristo y, entre otras cosas, comenta: «Se nos dice que Dios envió a su Unigénito Hijo, y que con su muerte en la cruz las exigencias legislativas de Dios quedaron satisfechas. Sencillamente, para mí esto no tiene sentido; es más bien una ofensa; ofende a mi sentido moral» (pág. 41). «¿Necesita Dios de un sacrificio –del Cordero inmolado desde la fundación del mundo, como nos dice la Biblia? ¡No, no! De ningún modo puedo pensar que sea así» (pág. 42). «No puedo comprender que el perdón dependa de lo que alguien hizo por mí. Puesto que es mi pecado, yo debo expiarlo» (pág. 144).

            ¡A qué estado de apostasía y descristianización demuestra haber caído el Consejo Mundial cuando nombra para la presidencia y para los cargos influyentes de la organización a hombres que, como el obispo Oxnam, son enemigos de la cruz de Cristo! Tanto la predicación como los escritos de los líderes del movimiento ecuménico, ponen de manifiesto un tipo de fe que es anticristiana desde su raíz. ¿Y son estos hombres los que nos van a llevar a la unidad cristiana? Una unidad que se trata de conseguir a expensas de la verdad cristiana, será todo menos unidad cristiana.

            La verdadera unidad cristiana solo es posible entre iglesias fieles a la Palabra de Dios. Por mucho que traten de ignorarlo los ecuménicos de nuestro tiempo, las iglesias evangélicas –aun a pesar de las diferencias denominacionales—experimentan entre sí una unidad más real que la del Consejo Mundial. En la organización ecuménica nos encontramos con muchos «cristos», con muchos caminos de salvación. Pero las iglesias evangélicas tienen al mismo Cristo, a quien han conocido por la maravillosa experiencia del nuevo nacimiento; tienen también un único camino de salvación. La unidad evangélica no es fruto de una organización humana, sino que es resultado de una unión íntima y espiritual con Cristo. Por encima de las denominaciones, los creyentes evangélicos viven y experimentan los lazos de unión de un mismo Espíritu, y el amor y perdón de un mismo Salvador. Y es precisamente sobre esta unión espiritual que la unión visible de las iglesias cristianas debe realizarse.

            Las iglesias evangélicas no deben olvidar que esta unidad espiritual e íntima que une a todos los redimidos, también debería manifestarse exteriormente en la Iglesia visible. No perdamos de vista que el motivo por el cual nuestro Señor Jesucristo instituyó la Iglesia fue para que esta fuera «columna y soporte de la verdad», y la efectividad del testimonio de la Iglesia dependerá del grado de unidad que entre sí las congregaciones locales manifiesten al mundo. Esto claramente se desprende de la oración de Jesús al Padre: «Para que todos sean una cosa; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean en nosotros una cosa: para que el mundo crea que tú me enviaste» (Jn. 17:21).

            La unidad visible de las iglesias evangélicas es condición necesaria para un testimonio efectivo de la obra y misión salvadora de Cristo. Por consiguiente, si nos anima el deseo de predicar el glorioso evangelio de salvación a las almas perdidas, deberíamos mostrar una profunda preocupación por la unidad visible de las iglesias cristianas. El error y apostasía del ecumenismo moderno debería agudizar aún más nuestras responsabilidad de unión. La unidad por la cual debemos afanarnos la encontramos ejemplarizada en las mismas palabras de Jesús al Padre: «Que todos sean una cosa; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti». La palabra «como» establece el modelo de unidad.

            Los evangelios ponen bien de manifiesto que entre el Padre y el Hijo existía perfecta unidad doctrinal. Las enseñanzas de Jesús eran también las del Padre. «Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió»; «el que me envió es verdadero; y yo lo que he oído de él, esto hablo en el mundo»; «como el Padre me enseñó, esto hablo en el mundo» (Jn. 7:16; 8:26,28). Las iglesias evangélicas deben examinar sus diferencias doctrinales a la luz de la Palabra Santa. No porque estemos de acuerdo en las doctrinas básicas del cristianismo, ya nos hemos de dar por satisfechos. La unidad por la que debemos esforzarnos abarca y comprende todo el contenido doctrinal de nuestra fe: «Hasta que todos lleguemos á la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, á un varón perfecto, á la medida de la edad de la plenitud de Cristo» (Ef. 4:13).

            A menudo Satanás se ha servido de nuestras diferencias denominacionales para sembrar disensión dentro de la Iglesia visible, y para entorpecer y debilitar nuestros esfuerzos misioneros en pro de la conversión de los pecadores. Nuestras diferencias doctrinales han minado y obstaculizado la unidad cristiana; cual si fueran zorras pequeñas, han echado a perder la obra de Cristo en muchos lugares. ¿No diremos, pues, con la sunamita: «Cazádnos las zorras, las zorras pequeñas que echan a perder las viñas»? (Cnt. 2:15). El verdadero ecumenismo tiene sus principios en una sincera confesión de pecado, y en una profunda humillación delante de Dios y de su Santa Palabra. Que el Señor haga que, con un corazón contrito y humillado, sus hijos de distintas denominaciones, se congreguen juntos en torno a su Palabra Santa, y supliquen al unísono: «Habla, Señor, tu siervo escucha».

            «Para que todos sean una cosa; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti». Entre el Padre y el Hijo existía unidad de propósito. «Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, mas la voluntad del que me envió . . . Y esta es la voluntad del que me ha enviado: que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna» (Jn. 6:38,40). Con el propósito de salvar a los pecadores, envió Dios a su Hijo al mundo; y, con el propósito de lograr esta salvación, el Hijo de Dios sufrió la cruz. Cristo instituyó la Iglesia para que esta diera a conocer el evangelio de salvación. En el cumplimiento de esta misión, las iglesias evangélicas participan de la unidad del Padre y del Hijo. Especialmente en nuestro tiempo, cuando el mundo está tan sumido en pecado y el Príncipe de las tinieblas se enseñorea de tantas almas, las iglesias evangélicas deberían exhibir unidad de propósito, y llevar juntas el evangelio a los pobres pecadores. La conversión del pecador no depende de la creación de una gran organización que asocie a todas las iglesias cristianas, como pretende el movimiento ecuménico, sino que depende de la predicación de un evangelio puro, y del propósito de hacer la voluntad de Aquel que dijo: «Por tanto, id, y doctrinad á todos los Gentiles, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo: Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado» (Mt. 28:19-20). 

            La unidad ejemplarizada por Jesús en su oración al Padre se manifiesta, además, en el amor que une a las dos Personas Divinas. Este es el tema favorito del apóstol Juan en su evangelio y en sus epístolas: «Dios es amor». La unidad que existe entre el Padre y el Hijo es esencialmente una unidad de amor. Fue movido por el amor a los pecadores que el Padre envió a su Hijo al mundo; y fue movido por el amor hacia el Padre y hacia los pecadores que Cristo sufrió la cruz. Parece ser como si toda la obra de la santísima Trinidad en la salvación del pecador brotara y tuviera su explicación en el Amor Divino. También en los creyentes el amor debería ser la motivación de todo proceder y la nota más característica de sus vidas. «En esto conocerán todos que sóis mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros» (Jn. 13:35). Los críticos paganos, al contemplar a los cristianos de la primitiva Iglesia, no podían por menos de exclamar: «¡Mirad cómo se aman los cristianos!». La unidad de la Iglesia apostólica estaba fundada en el amor entre los hermanos. Escribiendo a los tesalonicenses, Pablo no tiene necesidad de recordarles la importancia del amor fraterno: «Mas acerca de la caridad fraterna no habéis menester que os escriba: porque vosotros mismos habéis aprendido de Dios que os améis los unos á los otros» (1 Ts. 4:9). ¡Oh, cuán lejos estamos de la iglesia primitiva en este y otros aspectos! ¡Qué poco amor hay entre los creyentes de hoy, y cuánta frialdad en las iglesias!

            Por último, la unidad cristiana es imposible de conseguir aparte de la obra del Espíritu Santo. La unidad en la iglesia apostólica vino como resultado de la plenitud del Espíritu Santo en los corazones de los creyentes. No es una organización ecuménica lo que necesita la iglesia cristiana para conseguir unidad: la iglesia cristiana necesita de la plenitud del Espíritu Santo.

            Los primeros capítulos de los Hechos de los Apóstoles ponen de relieve la unidad de la Iglesia en aquellos días. Tanto es así que la palabra clave de estos capítulos es omozumadón, es decir, «todos unánimes». Hasta el día del advenimiento del Espíritu Santo, el pequeño grupo de los discípulos se había mantenido unido. «Todos perseveraban unánimes en oración y ruego» (Hch. 1:14). Después de Pentecostés, cuando gran compañía fue añadida a la Iglesia, de modo que ya no era posible para los creyentes reunirse en un mismo lugar, no con ello desapareció la unidad, sino que esta aún se hizo más viva y evidente: «Y todos los que creían estaban juntos . . . perseverando unánimes cada día . . . Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma: y ninguno decía ser suyo algo de lo que poseía; mas todas las cosas les eran comunes» (Hch. 2:44,46; 4:32).

            Esta unidad era reflejo de la experiencia espiritual de cada creyente. Nacía de un corazón que, a través del poder del Espíritu Santo, gozaba de una íntima comunión personal con Cristo. En la vida diaria, y continuamente, el creyente experimentaba la presencia dulce del Salvador; conocerle y amarle era ya fruición de la vida eterna. Este conocimiento personal e íntimo había cambiado por completo la vida del creyente; ahora una nueva perspectiva iluminaba su existencia: «Las tinieblas se habían disipado, y la luz brillaba más y más». ¡Andaba con Jesús! Por eso el sendero del evangelio era para él «el camino de salvación». Pero no era él un caminante solitario. Otros, que también habían experimentado lo mismo, andaban con él; unidos peregrinaban hacia la Ciudad permanente. Todos, sin excepción, experimentaban una pertenencia mutua, y es que todos pertenecían al mismo Señor y Salvador. Esta unidad, que tanto interna como externamente experimentaban y mostraban los creyentes, era el fruto hermoso de la obra del Espíritu Santo. De labios del mismo Señor Jesús, lo primero que aprendió Saulo de Tarso fue precisamente esta unidad de la iglesia apostólica con su Salvador: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». Aquellos pobres e indefensos cristianos eran en realidad uno con Jesús; perseguirlos era perseguir a Jesús mismo. Que el Señor se digne enseñarnos también a nosotros la unidad cristiana, y el Espíritu Santo nos dirija y capacite para llevarla a término. Amén.

David Estrada

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