EL EVANGELIO ENCARAMELADO

En esta ocasión, proponemos la lectura de un breve artículo aparecido en “Pregonero de Justicia”, traducido del original, que a su vez publicó  la revista “Christianity Today” en 1972. De nuevo, el tema del artículo tiene que ver con la importancia de la ley en la predicación del evangelio.

01

            Al echar un vistazo a los esfuerzos de los cristianos evangélicos por predicar el evangelio hoy día, puede que a uno le sobrecoja el pensamiento casi herético de que quizá –tan solo quizá– lo que se presenta como evangelio de Cristo en el siglo XX no sea una reproducción exacta del original. Probablemente en algún punto, a lo largo del mismo, algo se perdió. Y, por los dichos y costumbres populares –tales como: «noche de llenar los bancos», «domingo de transformación» (el que venga a la iglesia de la forma más extravagante se lleva el premio), atletas de renombre y estrellas de cine haciendo acto de presencia para dar su testimonio en la iglesia local, y otras novedades–, puede sospecharse que las iglesias evangélicas están ocultando el evangelio con artificios y encantos.

            Pensamos en la iglesia primitiva como el ejemplo ideal del poder y normalidad eclesiásticos. De algún modo, aquellos creyentes primitivos pusieron en pocos años el mundo del revés sin necesidad de recurrir a artificios.

            ¿Por qué nuestras iglesias obtienen tan pocos resultados perdurables? ¿Por qué tenemos tan poco poder? Quiero sugerirles algo que me parece una gran parte del problema: la carencia de la predicación de la ley de Dios desde nuestros púlpitos.

            Al llegar a este punto puede que muchos lleguen a la conclusión de que he estado leyendo demasiados clásicos puritanos y empleando demasiado tiempo en el húmedo sótano del calvinismo. Pero el hecho sigue siendo que el evangelio que se predica hoy día en muchas iglesias es un evangelio encaramelado. La moda del día parece ser: «tres pasos fáciles para la salvación». Cuando uno escucha a muchos pastores y evangelistas predicar, no puede estar seguro de si están ofreciendo a un Señor crucificado y resucitado o un plan de doce cómodos plazos para ir al cielo. La predicación evangélica parece haber sido influenciada por la sociedad liviana y fluorescente en que vivimos. Hacemos fácil convertirse en cristiano. Después de todo, puede que perdamos demasiados conversos y miembros de iglesia si predicamos en exceso el «esto harás» y «esto no harás».

            Habiéndole preguntado el joven rico a Jesús, en Marcos 10:17-21, cómo podía ganar la vida eterna, este le contestó:

«Los mandamientos sabes: No adulteres. No mates. No hurtes. No digas falso testimonio. No defraudes. Honra a tu padre y a tu madre. Él entonces, respondiendo, le dijo: Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud. Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: Anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz.

            Y, por supuesto, ya sabemos el resto: «Afligido por esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones».

            Nótese que Jesús no hizo una observación general acerca de la pecaminosidad de todos los hombres, como un primer paso para llevar al joven a la fe. El joven rico no pensaba que hubiese pecado. La mayoría de los hombres no creen realmente que sean pecadores, o por lo menos no lo suficientemente malos como para que Dios los prive del cielo. Pero nuestro Señor no solo condenó el pecado en general; lo condenó también en particular. El joven rico era un idólatra; amó al dinero más que a Dios. Lo que Jesús daba a entender era claro y convincente.

            Cristo usó la ley en su trato con los pecadores. ¿Por qué, entonces, nos apartamos de ella, espantados? Seguimos nuestro camino cantando: «Libres de la ley, oh bendita condición»; olvidando que sin la ley no existe base alguna para identificar el pecado, «porque por la ley es el conocimiento del pecado» (Ro. 3:20). Sin esta regla divina, los hombres no tienen medio alguno para medir sus vidas en base a las justas demandas de Dios. No es de extrañar que los pecadores se cansen de nuestra proclamación, y que estemos teniendo muy poco impacto en el mundo. Solo cuando tratamos lo concreto, comienzan los pecadores a turbarse y buscar la salida más cercana.

            Como ministro episcopal, se me ha encomendado la instrucción en los principios de la fe de miembros de iglesia potenciales durante las clases de confirmación. He tenido en mis clases a personas que no regresarían a las mismas debido a que, mientras estudiábamos los mandamientos, sentían que Dios se estaba poniendo demasiado personal, al decir: «Esto harás»; o: «Esto no harás». Cuando nos acercamos a lo concreto, los hombres perciben rápidamente que son pecadores en necesidad de la gracia divina.

            En el libro titulado Evangelio de hoy: auténtico o sintético, Water J. Chantry dice:

  «La práctica evangélica normal es la de correr rápidamente a la cruz de Cristo. Pero la cruz no tiene ningún significado separada de la ley. Los desdichados sufrimientos de nuestro Señor deben parecer trágicos y absurdos a los ojos de cualquiera que no posea una estima reverente por los perfectos mandamientos. En la cruz, Jesús estaba satisfaciendo las justas demandas de la ley en contra de los pecadores. Si los pecadores desconocen los requerimientos del decálogo sobre sí mismos, no verán significado personal en el cuerpo quebrantado de Cristo y su sangre derramada […]. Cristo fue propuesto como propiciación (cf. Ro. 3:25), es decir, como el objeto sustitutivo de la ira de Dios, derramada en contra de una ley violada». (Banner of Truth Trust, 1970, pág. 37)

            Hasta que se aplica la ley para condenar pecados particulares, los pecadores no recurren a Cristo para hallar misericordia. A la mujer del pozo hay que aplicarle el séptimo mandamiento en relación con su condición. Pablo confiesa que la ley fue el ayo que lo llevó a Cristo: «Yo no conocí el pecado sino por la ley» (Ro. 7:7). Cuando somos heridos por la ley, entonces se puede verter el aceite del evangelio sobre nuestras almas enfermas.

            Es tiempo de deshacernos ya de artificios y trucos. Renunciemos a tratar de llevar a los hombres a Cristo dándoles un evangelio encaramelado, y restauremos la ley al lugar que le corresponde en la predicación de la salvación por gracia mediante la fe. Hacerlo será dar un gran paso hacia la reproducción del original.

M. Deans Stephens

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s