La ley y el evangelio: El juicio y la justificación por la fe (IV)

Ofrecemos a nuestros lectores la última parte del artículo que venimos publicando en las últimas semanas sobre la ley y el evangelio, en que se insiste sobre el peligro de caer tanto en el legalismo como en el antinomianismo.

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            El juicio de todos los hombres en el fin del mundo fue proclamado por los apóstoles como una parte y porción del evangelio (cf. Hch. 17:13). Pero la preocupación de la Iglesia Católica con la idea platónica del alma inmortal, en lugar de la bíblica resurrección de entre los muertos, provocó la decidida pérdida de la esperanza escatológica real en el pensamiento cristiano. Para la Reforma, y especialmente para Lutero, la esperanza escatológica (de los acontecimientos finales y la venida del Señor) había revivido, y la doctrina de un juicio final sobre todos los hombres se veía dentro del gran mensaje de la justificación por la fe.

            En su libro The Last Judgement in Protestant Theology from Orthodoxy to Ritschl (Edimburgo: Oliver & Boyd, 1963), James Perry Martin traza la historia de la doctrina del juicio en el protestantismo. Muestra cómo, desde el tiempo de los reformadores, la importancia de un juicio final ha sido retirada del pensamiento protestante. En lugar de verse la justificación por la fe como algo que hace necesario el juicio, señala que la tendencia es enseñar la justificación por la fe como algo que hace el juicio final totalmente irrelevante. La doctrina calvinista de la predestinación, al igual que la vieja idea platónica de la inmortalidad natural, se sugiere como idea que socava el verdadero énfasis bíblico en el juicio final.

            Esto es una gran calamidad para el protestantismo, ya que el mensaje del juicio tiene un lugar definido en la proclamación del evangelio. Antes de la venida de Cristo, el evangelio eterno se presenta con el anuncio de la hora de juicio al mundo: «Vi volar por en medio del cielo a otro ángel, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo, diciendo a gran voz: Temed a Dios, y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas» (Ap. 14:6-7).

            A medida que la iglesia se acerque a la bahía eterna, se le permitirá a Satanás trabajar con grande potencia, señales y milagros mentirosos (cf. 2 Tes. 2:9). La iglesia se atemorizará ante la posibilidad de destrucción en las rocas del legalismo y en los arrecifes del antinomianismo. Dios conoce que, a fin de desembarcar seguramente en el puerto, no solo se necesita la luz de la justificación por la fe en la popa (en la retaguardia), sino la luz del juicio en la proa (en la vanguardia). Es esta luz, que brilla desde el tribunal de Dios, la que revelará las peligrosas rocas del legalismo y los traicioneros bajíos del antinomianismo.

El antinomianismo expuesto a la luz del juicio

            Reiteradamente, la Biblia habla de un juicio, no para ciertos hombres, sino para todos los hombres (cf. Ec. 3:17; 12:13-14; Hch. 17:31). Serán juzgados especialmente quienes forman la iglesia (cf. Ro. 14:10; 2 Co. 5:10). El Juez no tendrá favoritismos; no pasará por alto la evidencia; no tendrá temor de examinar la vida de quienes forman su pueblo. Todo hombre será juzgado conforme a sus obras (cf. Ro. 2:6-8; Gá. 6:7-9; Col. 3:23-25; 1 Co. 3:13; 4:5; 1 P. 1:17; Sal. 62:12; Mt. 16:27; 25:31-46; 12:37).

            Puede que alguien pregunte: «¿Cómo puede todo esto armonizar con la insistencia de Pablo en la justificación por la sola fe?». Debemos tener cuidado, pues Pablo puede, con el mismo fervor, apelar a un juicio conforme a las obras. En sus epístolas, hace un llamamiento a actos de obediencia concreta, al amor y a una vida rica en buenas obras. El apóstol sabe que la única obra que subsistirá en aquel día será la obra de la fe y el trabajo del amor (cf. 1 T. 1:3). Todo dependerá de que las obras hayan sido efectuadas en la fe. Sin fe, las mejores obras tan solo serán notables pecados (cf. Ro. 14:23). ¡No en vano Pablo insiste tanto en la fe!

            Un hombre puede ser un cristiano o puede ser un haragán, pero no puede ser ambas cosas. El protestantismo de hoy en día necesita escuchar el mensaje de la hora del juicio, y ser confrontado con la realidad del tribunal de Dios. Entonces, verán los hombres que no hay lugar para sus ideas presuntuosas de ser salvos a pesar de lo que hagan, ni tampoco para sentimentalismos tales como la idea de que Dios es demasiado misericordioso –o indulgente—como para juzgar a su pueblo.

            El estudioso luterano Adolf Koberle lo ha expresado bellamente en su obra The Quest for Holiness:

            «Es imposible restringir las declaraciones del Nuevo Testamento respecto a un juicio final, limitándolo a los impíos y a los fanáticos de la ley, justos en su propia opinión; por no hablar de los que también tratan de explicarlas como remanentes de las ideas judaizantes en la teología de Pablo. El Hijo del hombre requerirá un examen especial de quienes hayan estado involucrados en su servicio y hayan recibido sus dones. Que el Juez que ha de volver recompensará a cada hombre conforme a sus obras, fue advertido a los discípulos. De toda palabra ociosa, habrá de rendir cuenta el hombre en el día final. Todo tribunal y todo juicio terrenal es considerado por san Pablo como algo sin importancia, ya sea favorable o desfavorable, pues aquel día lo declarará: el día en que el Señor juzgará. Entonces, por primera vez se revelará la obra de cada hombre, y a qué clase pertenece. Cada cual cosechará lo que ha sembrado. Todos deben comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir el veredicto final sobre esta vida terrenal. Quienquiera que en la congregación terrenal continúe sirviendo al mal, no heredará el reino.

            »Todas estas declaraciones, que pueden multiplicarse fácilmente, son tan unánimes y abrumadoras que la evasión de la vieja ortodoxia (que lleva a entenderlas hipotéticamente, no pudiendo aplicarse a alguien que ya ha sido justificado) no es admisible. Al fin de los días, se pasará juicio sobre las obras del pecador y del justo, de modo que el temor de desagradar a Dios debe acompañar al creyente toda la vida, como una ayuda para vencer las tentaciones. La vida no sincera, la lengua o cuerpo no refrenados, las pasiones impuras, la enemistad implacable que la fe dada por el Espíritu podría haber reducido o quitado, nos acompañarán y acusarán ante Dios. Si se mantiene la idea de un juicio sobre toda la conducta del que ha sido justificado, no habrá lugar para la interpretación errónea del viejo antinomianismo, que siempre ha acompañado cual oscura sombra al paulinismo y al luteranismo. La problemática de si el cristiano puede o no continuar en el pecado después de la gracia, quedaría así mucho más esclarecida (cf. Ro. 6:1). Si el pecador justificado también ha de afrontar el juicio, ya no es indiferente el grado en que ha sido purificado de «la corrupción y la maldad de la carne» por el Espíritu» (págs. 165-166; edición de 1938).

El legalismo expuesto a la luz del juicio

            Al igual que el pueblo de Dios debe ser cuidadoso en mantener sus buenas obras, también debe serlo en no confiar en ellas. Cuando el creyente afronta la perspectiva de estar en pie ante el trono del Altísimo en el juicio, ¿cómo podría hallar confianza alguna en nada de su propia experiencia? Como diría Calvino: «Porque si las estrellas, que mientras es de noche parecen tan claras y resplandecientes, pierden toda su luz al salir el sol, ¿qué sucederá con la inocencia más perfecta que podamos concebir en el hombre, cuando haya de compararse con la inmaculada pureza de Dios?» (Juan Calvino, Opus cit., pág. 584 (Libro III, Cap. XII). Cuando Isaías y Daniel contemplaron la perfecta gloria del Santo de Israel, quedaron maravillados y humillados por el sentido de su pecaminosidad. Permítase que el hombre escale las vertiginosas alturas del santo vivir; aun allí, sus santas acciones no podrían soportar la severidad del juicio de Dios.

            Muy bien podría huir del juicio el más grande de los santos de no haber un Cordero, como el que ha sido inmolado, en medio del trono (cf. Ap. 5:6). Pero la justicia de Jesús irá a juicio con el creyente y abogará abundantemente por su entrada en el reino de gloria. Todo lo que está destituido de la gloria de Dios es pecado (cf. Ro. 3:23), y, en este sentido, «toda buena obra de los santos, mientras sean peregrinos en la tierra, es pecado» (Lutero). Las obras del pueblo de Dios son aprobadas no en base a su valor intrínseco, sino a la fragancia con que aparecen mediante la intercesión de los méritos de Cristo. De esta forma, los santos serán juzgados con misericordia (cf. 2 Tim. 1:18), y serán considerados dignos de sentarse con Él en su trono (cf. 2 Tes. 1:5). No hay lugar para el legalismo a la vista del juicio.

            Para resumir, somos confrontados por dos grandes hechos del juicio: un examen real de las obras, que elimina toda posibilidad de antinomianismo; y la necesidad final de la intercesión de Cristo, que elimina toda posibilidad de legalismo. El cristiano triunfará finalmente del mismo modo que empezó: por gracia, por Cristo y por fe.

Robert D. Brinsmead

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