La ley y el evangelio: El antinomianismo y la justificación por la fe (III)

Continuamos con la serie sobre “la ley y el evangelio”. En esta ocasión, ofrecemos la tercera parte de este interesante estudio. Esperamos que sea de utilidad a nuestros lectores.

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            Después de haber predicado Lutero en la capilla del castillo de Dresden, el duque Jorge preguntó a Madame de la Salle: «¿Qué le pareció el sermón?». Ella le respondió: «Si pudiera oír otro discurso semejante, podría morir en paz». «Y yo –contestó Jorge, airado—pagaría una buena suma para no volverlo a oír. Discursos como este solo sirven para que la gente peque confiadamente».

            Desde entonces hasta ahora, los enemigos de Lutero han tratado de imputar el cargo de antinomianismo al gran reformador en particular, o al protestantismo en general. El antinomianismo es la doctrina que dice que el evangelio releva al hombre de la obligación de obedecer la ley de Dios. Es una clase de filosofía que propone: «Cree y vive como te plazca». Cualquiera que haya considerado seriamente la Reforma, sabe que los reformadores pelearon tanto contra el antinomianismo como contra el legalismo.

            Sin embargo, debemos admitir que el protestantismo siempre ha estado tentado a caer del lado del antinomianismo. Esto no se debe a que haya algo malo inherente a la doctrina de la justificación por la fe, sino a que hay algo malo inherente en la naturaleza humana. «Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios. Porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden» (Ro. 8:7). Un antinomiano es sencillamente un pecador, un hombre en rebelión contra la ley divina (cf. Jn. 3:4). Y todo hombre regenerado o no regenerado es un pecador (antinomiano) por naturaleza (cf. 1 Jn. 1:8).

           Las formas flagrantes de antinomianismo, al igual que las de legalismo, son en general reconocidas como tales por la gente que tiene conocimiento de la Biblia. Sin embargo, el antinomianismo, lo mismo que su error opuesto, es capaz de vestirse del mejor ajuar evangélico.

            Por ejemplo, Pablo declara enfáticamente que somos justificados por la fe «sin obras», o «sin las obras de la ley» (Ro. 4:5-6; 3:28). Por lo tanto, muchos declararán: «Las buenas obras no son necesarias para la salvación»; o: «La obediencia a la ley de Dios no es necesaria para la justificación». Pero tales asertos son, sencillamente, contrarios a la Biblia y a la gran doctrina de la justificación por la fe. Rebajan la autoridad de la ley de Dios y convierten el evangelio en un paliativo sentimental.

            La palabra de Dios debe llegar al hombre primeramente en la ley, antes que en el evangelio. Apartado de la ley, nadie puede entender o apreciar lo que Cristo ha hecho por nosotros. En el comienzo de su Epístola a los Romanos, el apóstol Pablo declara: «Los hacedores de la ley serán justificados» (Ro. 2:13). Ningún hombre, ninguno en absoluto, será justificado a menos que traiga a Dios una obediencia que satisfaga la ley. Cuando el joven rico preguntó a Jesús: «¿Qué bien haré para tener la vida eterna?», Jesús le guió primeramente a la ley: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt. 19:16-20). Y, a través de toda la Biblia, encontramos declaraciones en que se promete la vida a los obedientes, a los vencedores, a los guardadores de los mandamientos, a quienes hacen la voluntad de Dios (cf. Is. 1:19; Ap. 3:21; 22:14; 1 Jn. 2:17).

El modo en que la fe honra a la ley

            Después que un hombre escucha las condiciones de aceptación para con Dios y de obtención de la vida eterna, y se hace consciente de su incapacidad para afrontar tales condiciones, la palabra de Dios se allega a él en el evangelio. Escucha que Cristo se colocó en su lugar y guardó la ley de Dios por él. Por su muerte en la cruz, Cristo satisfizo todas las demandas de la ley de Dios. El Espíritu Santo da fe al pecador para que acepte la justicia de Jesús. Hallándose ahora ante la ley que dice: «Yo demando una vida de perfecta conformidad a los mandamientos», el creyente pecador exclama triunfantemente: «Míos son el vivir, el hacer, el hablar, los sufrimientos y el morir de Cristo; míos, tanto como si yo hubiera vivido, actuado, hablado, sufrido y muerto como Él lo hizo» (Luther’s Works, Vol. XXXI, págs. 297-298; Philadelphia Muhlenberg Press; St. Louis: Concordia Publishing House, 1955). La ley se encuentra bien satisfecha con la obra y muerte de Cristo, que el pecador presenta con la mano de la fe. La justicia ha quedado plenamente satisfecha, y Dios puede decir verdaderamente: «Este hombre ha cumplido la ley, está justificado».

            Nuevamente decimos: Tan solo son justificados quienes traen a Dios una vida de perfecta obediencia a la ley. Esto es lo que hace la fe: trae a Dios la obediencia de Jesucristo. Por medio de la fe, la ley queda cumplida y el pecador justificado.

            Por otro lado, la ley es deshonrada por el hombre que presume de traer su propia vida de obediencia. El hecho de que piense que la ley quedará satisfecha con su «paja podrida y rastrojo» (Lutero) muestra la poca estima que tiene de la santidad de Dios, y la alta estima que tiene de su propia justicia. Únicamente en Jesucristo existe una obediencia con la que la ley queda satisfecha. Puesto que la fe presenta solo lo que ha hecho Jesús, ella es la mayor honra que se le puede dar a la ley (cf. Ro. 3:31).

            La doctrina de la justificación por causa de la perfecta obediencia de Cristo a la ley, azota en su mismo fundamento al antinomianismo. En su gran clásico inglés acerca de la doctrina de la justificación (The Doctrine of Justification, reimpreso por The Banner of Truth Trust, 1961), James Buchanan señala que el antinomianismo no reconoce lugar alguno para la vida de Cristo en la justificación del creyente. Los antinomianos tratan de exaltar la muerte de Cristo, pero yerran al no reconocer la verdad de que es la vida de Jesús la que le es imputada al creyente (cf. Ro. 5:9,18,19). Y, puesto que no dan mucho valor a la vida de obediencia de Jesús a la ley, tampoco dan valor alguno a su propia obediencia a la ley de Dios. La verdadera doctrina paulina y de la Reforma acerca de la justificación se relaciona con ambas: con la vida y con la muerte de Cristo (o, como los teólogos escoceses dirían, con su obediencia activa y con su obediencia pasiva). Mientras que el mérito de la muerte de Cristo elimina la culpa y la condenación del pecado, el mérito de la vida de Cristo le es imputado al creyente. La justificación no debe verse solo negativamente (es decir, como absolución del pecado), sino positivamente (es decir, como la acreditación de una vida llena de buenas obras y santos actos). Aquellos que aprecian el valor de la vida de Cristo en obediencia a la ley, la reflejarán en sus propias vidas.

            Puesto que la fe trae a Dios esa vida de perfecta obediencia a la ley, ningún hombre puede ejercer la fe que es para salvación y, al mismo tiempo, menospreciar o tomar con liviandad la ley. Más aún, la fe no solamente justifica, sino que, además, trae consigo el poder renovador del Espíritu Santo al corazón (cf. Ef. 1:13; Jn. 1:12; 1 Jn. 5:1; Ro. 5:5; Tit. 3:5-6). Por el Espíritu, la ley es escrita en el corazón y la mente (cf. He. 8:10), de manera que la «nueva obediencia» del creyente es la misma clase de obediencia que Dios le imputa para su justificación. Tal y como lo escribió Melanchton en su Apología de la Confesión de Augsburgo: «El amor sigue a la fe, debido a que el regenerado recibe el Espíritu Santo, y por consiguiente comienza [a amistarse con la ley y] a hacer las obras de la ley» (Artículo XII, Pt. V. Book of Concord, pág. 85). El espíritu del hombre justificado se encuentra en armonía con el espíritu del Salmo 119. La voluntad de Dios es su delicia, y la ley, que es una expresión de esa voluntad, viene a ser su meditación de día y de noche. Cualquier otra clase de justificación es mera ficción, y cualquier otra clase de fe es un ardid de la imaginación, «que se filtra por la mollera del cerebro» (Calvino).

            En esta era de deslealtad, la iglesia se encuentra frecuentemente respaldando y alentando el espíritu de permisividad, predicando una doctrina de justificación por la fe que no toma la ley de Dios en serio. Y, ciertamente, quienes escuchan un «evangelio» que no toma la ley de Dios en serio, tampoco la tomarán en serio ellos mismos.

            Cuando la cruz de Cristo se predica como se debe, acentúa la gravedad de la desobediencia; pero, con demasiada frecuencia, la oferta de una «gracia a bajo precio» ha llevado a la gente a tomar a la ligera la misericordia de Dios. Estamos de acuerdo con el Dr. Adolf Koberle, que censura a Barth por su ataque unilateral al legalismo, pues mientras el legalismo está matando a sus miles, el antinomianismo está matando a sus diez miles (cf. Adolf Koberle en The Quest for Holiness. Minneapolis: Augsburg Publishing House, 1964, págs. 254-255). La única esperanza para la iglesia de hoy en día es volver a empuñar la espada de doble filo de la Palabra-Ley y el evangelio, tal y como se ve en el gran mensaje de la Reforma de la justificación por la fe.

Robert D. Brinsmead

 

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