La ley y el evangelio: el legalismo y la justificación por la fe (II)

Ofrecemos a nuestros lectores la segunda entrega del artículo que publicábamos la semana pasada, de gran interés espiritual.

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Galacianismo. En algunos sistemas de pensamiento, la justificación por la fe se considera meramente el paso inicial de la vida cristiana, y no la vida cristiana completa (cf. Ro. 1:17). Esto conduce a dos propuestas legalistas:

a) Se dice que la justificación se recibe primeramente por la fe, y que luego se mantiene por los esfuerzos humanos de guardar la ley. Esto es galacianismo –comienza en el Espíritu y busca perfeccionarse por la carne (cf. Gá. 3:1-3). Pero el apóstol Pablo declara que la vida cristiana se mantiene por la misma gracia y en el mismo camino en que fue iniciada (cf. Col. 2:6). Comienza en fe y termina en fe, y durante todo el camino el justo vive por fe (cf. Ro. 1:17). Dios desea que su pueblo le encomiende su alma como a un fiel Creador (cf. 1 P. 4:19). Él es capaz de sostenerlo sin que caiga (cf. Jud. 1:24). «Pero estará firme, porque poderoso es el Señor para hacerle estar firme» (Ro. 14:4). El Señor declara: «Y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano» (Jn. 10:28). «[Son] guardados por el poder de Dios mediante la fe» (1 P. 1:5).

(b) Se dice, además, que la salvación final descansa en las obras. Quienes abogan esto aluden a la enseñanza bíblica de que todo hombre será finalmente juzgado conforme a sus obras (cf. Ro. 2:6-8; Gá. 6:7-9; 2 Co. 5:10; Col. 3:23-25; 1 Co. 3:13; Ec. 12:14; etc.). Por supuesto, las Escrituras están repletas de llamamientos a la acción y a una vida llena de buenas obras. Como dice G. C. Berkouwer: «Ciertamente la actividad cristiana no ha de ser excluida, reducida o condenada, pero si se pretende que sea genuina, nunca debe separarse de su relación con la misericordia de Dios» (G. C. Berkouwer, Faith and Sanctification; Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans Publishing Co., 1952, pág. 27). En el juicio, el pueblo de Dios será juzgado con misericordia (cf. 2 T. 1:18). De otro modo, ninguna de sus obras podría soportar la severidad del juicio. En esta vida –como diría Juan Calvino–, «la obra más excelente que puedan proponer [los fieles] está manchada y corrompida con alguna suciedad de la carne» —cf. Ec. 7:20; Is. 64:6; Ro. 3:23– (Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, Vol. 1, pág. 600. Fundación Editorial de Literatura Reformada, Apartado 4053, Rijswijk [Z.H.], Países Bajos). En el juicio, los santos no son dignos, sino que son tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo (cf. 2 T. 1:5; Lc. 20:35). El cristiano permanece en la misma necesidad de gracia perdonadora tanto al final como al comienzo de su vida (solo que se halla más consciente de su necesidad al final de su vida que al principio de la misma).

Algunos tipos de arminianismo. La naturaleza humana persiste en hacer alguna contribución en su salvación. Como último recurso, trata de inmiscuirse «inocentemente» en la fe. ¿Acaso no dice Pablo que la fe es contada por justicia (cf. Ro. 4:5)? Por lo mismo, algunos han interpretado que Dios cuenta a los hombres como justos debido a su fe, u «obediencia evangélica». (Esta fue la posición asumida por los seguidores inmediatos y apologistas de Arminio, un teólogo holandés que trató de hallar una alternativa para la síntesis insatisfactoria de Calvino acerca de la predestinación y la responsabilidad humana. Aunque no sería justo clasificar a todos los arminianos como participantes de la visión legalista concerniente a la fe que ya antes describimos.)

            La expresión «justificación por la fe» puede malentenderse. No significa que podemos ser justificados por nuestra fe, en mayor medida de lo que podamos ser justificados por la regeneración, la santificación, las buenas obras o cualquier otra cualidad subjetiva. No hay mérito en la fe misma. Pero, cuando la fe echa mano de Cristo, su perfecta obediencia es imputada al pecador (cf. Ro. 4:4; 5:18-19). La virtud salvífica no se halla en la fe, sino en el Objeto de la fe. La fe es meramente la causa instrumental de la salvación.

            Como intento final en contra de la tendencia a gloriarse en los logros humanos, el apóstol Pablo, en su carta a los romanos, procede de la fe a la predestinación (cf. Ro. 9). Nos muestra que podemos creer porque hemos sido predestinados y llamados por la gracia de Dios. Tergiversar esto y decir que Dios da gracia en respuesta a la fe, o que somos predestinados porque creemos, es basar nuestra salvación en alguna cualidad dentro de nosotros mismos (y, por consiguiente, sobre terreno legal).

Ortodoxia. No podemos cerrar nuestra discusión del legalismo sin antes hacer un comentario tocante al tipo más sutil de los legalismos –el legalismo de confiar en nuestra firme ortodoxia. Necesitamos recordar que somos salvos confiando en la misericordia de Dios y no por causa de nuestra teología o doctrina. La verdad acerca de la justificación solo por gracia, por medio de la fe, cuestiona todo cuanto hacemos y todo cuanto somos. Pone nuestra santificación en interrogante, y prueba aun nuestro entendimiento de la verdad. En todo, incluyendo nuestros asertos acerca de la justificación, nos quedamos cortos, así que ¿dónde podremos hallar refugio sino en la misericordia divina?

            La disposición a denunciar como privados de salvación a quienes yerran en sus conceptos de la correcta doctrina, es algo contrario al espíritu del evangelio. Tal y como los orgullosos fariseos de antaño, somos muy propensos a emitir juicio contra el ignorante: «Mas esta gente que no sabe la ley, maldita es» (Jn. 7:49). El espíritu frío, cruel e intolerante que con tanta frecuencia ha acompañado a la ortodoxia, revela un corazón muy legalista. No necesitamos buscar mucho para hallar la razón por la que la ortodoxia, generalmente, ha producido una iglesia muerta. La historia está manchada de crímenes de luteranos e iglesias reformadas contra píos anabaptistas, de puritanos americanos contra cuáqueros, de iglesias establecidas contra sectas. La parábola de Jesús acerca del siervo que no perdonaba se ha repetido una y otra vez. Nuestra relación con Dios siempre se revela por el modo en que tratamos a nuestros congéneres. Después de todo, nos sorprenderemos de cuántos santos en los cielos tenían ideas extrañas en la tierra, pero que de alguna manera, en algún lugar, Dios les enseñó cómo someterse a su misericordia a pesar de sus tradiciones erróneas.

            Sería mucho mejor si todo cristiano evaluase su propio corazón y confesase (si podemos tomar prestadas las palabras de san Pablo y el pensamiento dialéctico de Karl Barth): «¡Oh, miserable legalista de mí! ¿Quién me librará de este legalismo de muerte? Gracias doy a Dios porque, por Jesucristo, no soy el miserable legalista que sé que soy».

El legalismo brota de la pecaminosa ignorancia

            El legalismo tiene sus raíces en la pecaminosa ignorancia: ignorancia de la excelsa santidad de la ley de Dios, por un lado, e ignorancia de la sucia y radical corrupción de la naturaleza humana, por el otro. Solamente la obediencia de Aquel que estaba lleno de la plenitud de la divinidad corporalmente (cf. Col. 2:9), pudo satisfacer las demandas de la santa ley de Dios. La vida de Jesús fue la incorporación de la perfección divina, de la pureza infinita y del amor inagotable. Todo esto se requirió, y nada menos que esto, para cumplir toda justicia. En la persona de su hijo, el Dios eterno soportó este sufrimiento y humillación infinitos para pagar la deuda humana a la justicia divina. Este fue el precio pagado por nuestra salvación. Nada satisface a la ley sino la obra y muerte de Cristo. A la luz de este inestimable precio, lo mejor que pudiéramos ofrecer a la ley sería «paja podrida y rastrojo» (Lutero).

No sabía que la mancha del pecado fuese tan profunda
Hasta que le vi derramar su sangre.
No sabía que mi orgullo fuese tan elevado
Hasta que vi su infinita humillación.
No tenía idea de cuán honda era la fosa de mi pecado
Hasta que contemplé la longitud de la cadena extendida para salvarme.

Dios ha de tener toda la gloria de nuestra salvación o nada de ella. Podemos ser socios con Dios en otros aspectos, pero no en este asunto. La naturaleza humana preferiría desgastar sus huesos hasta los tuétanos antes que aceptar, humildemente, la verdad de que la gracia significa ser aceptados a pesar de ser inaceptables. No tenemos derecho al amor de Dios. Nunca podremos hacer que esté en deuda con nosotros. «¿Quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén» (Ro. 11:35-36).

Robert D. Brinsmead

 

 

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