El fulcro de la teología

Proponemos a nuestros lectores un nuevo artículo extraído de un viejo número de la revista “Pregonero de justicia”. A pesar de contar con varias décadas de antigüedad, el mensaje del escrito es de tremenda actualidad, muy pertinente para este año en que se conmemora el V centenario de la Reforma protestante.

lutero

Muchas ciudades australianas celebran anualmente sus ferias agrícolas. El motivo principal es la exposición de productos primarios. Los motivos secundarios son los tiovivos, los clavados de altura, el boxeo, los magos, los payasos y otros entretenimientos similares. Todos estos se agrupan en una zona de la feria bajo el nombre de «espectáculos marginales».

            Siendo un niño de unos catorce años, este escritor recuerda claramente un día en la feria. Miembro de una familia de agricultores, se esperaba de mí que prestara especial atención a los últimos avances de la industria expuestos. Sin embargo, cuando entré en la feria, lo que captó mi atención fue el ruido y agitación procedentes de la zona de los «espectáculos marginales». Antes de darme cuenta, el día había terminado y llegó el momento de tomar el autobús de regreso a casa. Con remordimiento de conciencia, consideraba que no había estado en la exposición. Podéis imaginaros la confusión de mi rostro al tener que afrontar la pregunta de mi padre: «Muy bien, hijo, ¿qué cosas viste y aprendiste hoy en la feria?». ¡Y yo ni siquiera había estado en la exposición!

            En ningún tiempo la imprenta ha producido tantos libros y revistas religiosos como hoy en día. Pero la mayoría de estas exposiciones teológicas son como los «espectáculos marginales». Muy pocas se ocupan de lo principal.

            En su Apología de la Confesión de Augsburgo, Melanchton dice: «Las Sagradas Escrituras contienen y enseñan dos puntos esenciales, que son: la ley y las promesas [el evangelio]». (Felipe Melanchton, La justificación por la fe, Editorial La Aurora, Buenos Aires, 1952, pág. 13.) La ley y el evangelio abarcan toda la Biblia; he aquí el eje del mensaje cristiano, el fulcro de la teología.

            Por ley queremos decir todo cuanto Dios requiere que hagamos y seamos. Por ejemplo: «Amarás a tu prójimo»; «amaos los unos a los otros con amor fraternal»; «no améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo». Todo esto son declaraciones de la ley. En la ley, Dios pide nuestro servicio, nuestro tiempo y nuestros afectos. Por otra parte, el evangelio no nos manda hacer cosa alguna. «Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados»; «Cristo […] murió por los impíos»; «Dios […] nos bendijo con toda bendición espiritual […] en Cristo». Todo esto son declaraciones del evangelio. En el evangelio, Dios no pide cosa alguna de nuestra mano, sino que se nos acerca para darnos la bendición del perdón y la vida eterna de su propia mano.

La justificación por la fe

            La mayoría de las desviaciones de la verdad bíblica, si no todas, comienzan con una visión defectuosa de la relación entre la ley y el evangelio. La historia de la iglesia puede verse como una gran lucha por mantener la ley y el evangelio en una tensión adecuada. Cuando se enfatiza la ley al punto de eclipsar la gloria del evangelio, la iglesia cae en la esclavitud del legalismo. Cuando se predica el evangelio de forma que se socava la autoridad de la ley, la Iglesia cae en la herejía del antinomianismo.

            Únicamente en la gran verdad de la justificación por la fe vemos que la ley y el evangelio se mantienen en una tensión adecuada. Este es el articulus stantis vel cadentis ecclesiae (el artículo de la fe que decide si la iglesia está en pie o cae). Podemos comparar la verdad de la justificación por la fe con un camino derecho y angosto, alto y elevado por encima de los valles del error. Hay dos formas en que se puede caer del mismo. Por un lado, tenemos el precipicio del legalismo, y, por el otro, la sima del antinomianismo.

            La característica más sorprendente de la Reforma fue la plena unanimidad con que todos los evangélicos se adhirieron a la doctrina de la justificación por la fe. Los reformadores tuvieron sus diferencias. No siempre fueron consistentes. Pero confesaron a una sola voz que la aceptación del pecador para con Dios es solo por gracia, por causa de la obediencia de Cristo solamente, y recibida por la sola fe (cf. Ro. 3:24-25).

            Siempre que la iglesia ha estado despierta y en marcha, se la ha visto peleando en dos frentes. Y nunca se ha mostrado esto más claramente que en el tiempo de la gran Reforma. El conflicto de Lutero con Roma fue un conflicto contra el legalismo. Y su conflicto con Juan Agrícola y otros espíritus similares fue un conflicto contra el antinomianismo. La misma lucha contra el legalismo y el antinomianismo quedó registrada en todas las grandes confesiones de la Reforma (en la Confesión de Augsburgo, en la Escocesa, en las Confesiones Belga y Helvética, en los Treinta y Nueve Artículos de la Iglesia de Inglaterra, etc.

Su relevancia para el día de hoy

           La iglesia de hoy está ahogándose en un diluvio sin precedentes de legalismo «evangélico».

            Durante años, los avivacionistas han marchado por los países instando a la gente a que se haga cristiana, ya fuese tomando una decisión por Cristo, o realizando un acto de entrega o de fe. Gente que se reiría de cualquier persona que intentara hacerse cristiana obedeciendo las leyes del Antiguo Testamento, exhorta a otra a que se haga cristiana obedeciendo las «leyes evangélicas» del Nuevo Testamento. Y, en principio, ¿cuál es la diferencia?

            Los maestros carismáticos están llenando el mundo de fórmulas «a prueba de fallos» para recibir el Espíritu Santo. Esto nos recuerda el comentario de Lutero respecto a Carlstad: «Quiere enseñaros no cómo el Espíritu Santo viene a vosotros, sino cómo vosotros vais al Espíritu». —Luther’s Works (Philadelphia: Muhlenberg Press; St. Louis: Concordia Publishing House, 1955), Vol. XXXX, pág. 147.

            Los evangelistas proponen a la generación actual la idea de que la salvación consiste en cierta experiencia (que normalmente es muy intensa y arrebatadora) de Cristo viniendo al corazón. Entonces, tratan de confirmarla mediante dosis masivas de testimonios en los cuales se afirma haber experimentado el éxtasis de ser «salvo». Esto, por cierto, queda muy lejos del mensaje paulino de la justificación por la fe y del principio reformado de que la salvación se encuentra en lo objetivo y externo antes que en lo subjetivo e interno.

            Si esta avalancha de legalismo «evangélico» ya es lo bastante mala, considere el lector qué se puede decir siendo sobrepasada por una maremoto de antinomianismo «evangélico».

            Los estudiantes oyen a sus predicadores declarar que el cristiano ya no tiene obligaciones respecto a la vieja ley de los diez mandamientos, sino que camina en la libertad de la ley del amor. Leen cosas como el libro de Fletcher, Situation Ethics (Ética situacional), que dice lo mismo, solo que un poco más específicamente, y quedan listos para cubrir «multitud de pecados» con el clásico lavamiento de manos que llaman «amor».

            El entusiasta «lleno del Espíritu» declara: «Cuando se es bautizado por el Espíritu Santo, Él es quien establece todas las restricciones necesarias». De esta forma, se predispone a las multitudes a seguir sus propios impulsos o impresiones, haciéndolas pensar que son guiadas por el Espíritu Santo.

            Cuando el liberalismo y el humanismo toman el control, los hombres piensan que ya no necesitan la ley de Dios para definir el pecado, sino que se fían de su visión «cristiana» y de su sentido innato de la justicia. Solo a modo de ilustración, de cuán lejos puede llevar esto, presentamos un caso: En junio de 1972, la Iglesia de Cristo Unida de San Carlos tuvo una votación para ordenar homosexuales confesos al ministerio sagrado. La revista «The Christian Century» (28 de junio de 1972) opina que esto es un gran logro, pues «las personas serán juzgadas en el contexto integral de sus vidas, antes que prejuzgadas por las impresiones estereotipadas que se tengan».

            Sería muy interesante averiguar hasta qué punto la corriente popular de libertinaje actual ha sido alentada por un uso equivocado del pasaje paulino «no estamos bajo la ley sino bajo la gracia». Esta es una época en que toda forma de autoridad es pasada por fuego, especialmente la autoridad de las Escrituras, la de la ley de Dios y la de Dios mismo.

            Ha llegado el tiempo de una nueva Reforma, de que la verdadera iglesia de Jesucristo despierte y se ponga en marcha. Es tiempo de que el pueblo de Dios eche mano de la espada de doble filo (la ley y el evangelio) y luche en los dos frentes por «la fe una vez entregada a los santos».

R. D. B.

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