Guardaos de los hombres (I)

Tras varios meses de inactividad en nuestra página web (más allá de la publicación de los sermones en audio, que por cierto en breve pasaremos a colgar, Dios mediante, en YouTube en formato de vídeo), ponemos a disposición de nuestros lectores la primera parte de un interesante artículo rescatado de una antigua revista cristiana. Esperamos, nuevamente, que sea de edificación para nuestros lectores.

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«Guardaos de los hombres» (Mt. 10:17), advirtió Jesús a sus discípulos. No dijo: «Guardaos de los hombres malos». La advertencia también puede incluir a los hombres buenos. En las cosas divinas, en las cosas relativas a la adoración de Dios: «Guardaos de los hombres». Lutero enfatizó que la religión nunca estuvo en mayor peligro que en compañía de hombres venerados.

Idolatría

La Biblia comienza con el relato de cómo el Creador hizo al hombre a su imagen (cf. Gn. 1:27). Pero ocurrió algo equivocado en esta relación criatura-Creador. Ahora vemos a la criatura intentando conformar a Dios a su imagen. La idolatría es simplemente el intento, por parte del hombre, de conformar a Dios a su imagen. El hombre desea adorar al dios de su propia concepción, el cual en realidad solo es una extensión de sí mismo. El Señor dice: «Pensabas que de cierto sería yo como tú» (Sal. 50:21). La naturaleza humana toma las doctrinas de la Biblia y las dirige o moldea para que se adapten a la imagen del dios que el hombre se ha hecho en su mente. El ser humano tiene un impulso insaciable de proyectarse a sí mismo en la obra de Dios y moldearla de acuerdo a sus propias ideas.

            La disposición del hombre de conformar las doctrinas y obra de Dios a su propia imagen es condenada por el segundo mandamiento. Dios es celoso de su imagen. La obra de Dios no puede llevar la imagen e inscripción del hombre. Por tanto: «Guardaos de los hombres».

La conciencia y la autoridad humana

            Cuando Dios dictó la ley en el monte Sinaí, este fue cercado para que la gente no llegase a él. A ninguna mano humana se le permitió tocar siquiera el monte, y mucho menos la ley misma. Uza fue muerto cuando puso la mano sobre el arca. Hay un lugar para la autoridad humana –sea eclesiástica, paterna o civil–, pero cuando se trata de atar o desatar la conciencia con la ley moral y espiritual, solo Dios puede legislar. Declara: «No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Jehová vuestro Dios que yo os ordeno» (Dt. 4:2). La Iglesia no está llamada a ser legisladora, sino embajadora (cf. 2 Co. 5:20). Un embajador no debe imponer sus propias leyes, ni siquiera expresar su propia opinión. Tan solo representa la voluntad del gobierno que lo envía. Asimismo, Jesús encargó a sus discípulos: «Todo lo que atéis en la tierra, será habiendo sido atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será habiendo sido desatado en el cielo» (Mt. 18:18 VRV1977, margen).

            Este pasaje no quiere decir que el cielo ratificará cualquier cosa que los hombres hagan en la tierra en el nombre de la Iglesia. Los verbos originales del texto griego dejan claro que Cristo encarga a sus discípulos que solo deben prohibir aquello que ya ha sido prohibido en el cielo, nada más. No deben actuar en base a sus propios sentimientos u opiniones. Simplemente deben declarar lo que Cristo ha dicho. Así se cumplirá la oración del Señor: «Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra» (Mt. 6:10).

En ningún hombre o conjunto de hombres ha delegado Cristo la autoridad de legislar sobre la doctrina[1]. Ninguna autoridad, distinta de Dios mismo, debería pasar o aprobar leyes que aten o desaten la conciencia de los hombres. Cristo dijo: «Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado» (Mt. 28:20). Los discípulos debían enseñar lo que Cristo había enseñado, lo que había hablado no solo en persona, sino también lo dicho por medio de los apóstoles y profetas. La enseñanza humana queda fuera. No hay lugar para la tradición, para las teorías y conclusiones humanas, ni para las legislaciones de la Iglesia. No hay leyes ordenadas por ninguna autoridad eclesiástica que se incluyan en el gran mandato. Y los siervos de Cristo no han de enseñarlas.

            Cuando la palabra de Dios se mezcla con la fe, traerá provecho al receptor, pero cuando está mezclada con decretos y opiniones humanas, se vuelve como el pan que a Ezequiel se le ordenó que comiera. El Señor dijo al profeta:

            «Y tú toma para ti trigo, cebada, habas, lentejas, millo y avena, y ponlos en una vasija, y hazte pan de ellos […]. Y comerás pan de cebada cocido debajo de la ceniza; y lo cocerás a vista de ellos al fuego de excremento humano […]. Y dijo Jehová: Así comerán los hijos de Israel su pan inmundo» (Ez. 4:9,12,13).

            Lutero declaró:

            «Deseo tener las Sagradas Escrituras puras y sin adulterar, en toda su gloria, inmaculadas del comentario de cualquier hombre, aun de los santos, y sin estar salpicadas de cualquier tipo de condimento terrenal. Pero vosotros [los estudiosos], que nos habéis librado de profanas pláticas sobre cosas vanas (usando las palabras de Pablo en 1 Ti. 6:20), al mismo tiempo habéis cubierto estos santos y divinos manjares con glosas humanas, dándoles más sabor con especias humanas. Y, como Ezequiel (cf. Ez. 4:12), mi alma siente náuseas al tener que comer pan cocido con estiércol humano. ¿Sabéis lo que significa esto? […] Cuando la palabra del hombre se añade a la palabra de Dios, es como un velo que cubre la verdad pura. Peor aún –como dije–: es el estiércol humano con el que se cuece el pan, tal y como el Señor lo expresa en sentido figurado en Ezequiel». Martín Lutero, Respuesta a Latomus, Biblioteca de Clásicos Cristianos (Filadelfia, Westminster Press, Vol. 16, págs. 344-345).

            El escritor de Hebreos hace mención especial de Moisés por haber sido fiel en los asuntos de Dios (cf. He. 3:5). Su fidelidad consistió en hacer exactamente lo que el Señor le mandaba. Cuando construyó el tabernáculo, se dice reiteradamente que hizo cada cosa «conforme a todo lo que Jehová le mandó» (Ex. 40). Moisés no añadió especificaciones suyas, no hizo lo que en su opinión era correcto, sino exactamente «conforme a todo lo que Jehová le mandó».

            En su esfuerzo por mantenerse fuera del alcance de la vista, y por hacer de la voluntad de Dios lo supremo en todo, Moisés fue un modelo de Jesús. En la vestidura del carácter perfecto de Cristo no había ni un solo hilo de idea o invención humana. No hizo su propia voluntad, sino la voluntad del que lo envió. Estaba tan vacío de sí mismo que solo el Padre aparecía en su vida. Así pues, la obra de Cristo llevaba la imagen e inscripción del mismo Dios.

[1] Respondiendo a aquellos que deseaban hacer de los decretos y normas de la Iglesia artículos de fe que ataban la conciencia, Lutero dijo: «Nadie debería creer ni siquiera a la Iglesia misma, cuando actúa o habla sin (o más allá de) lo que dicen las palabras de Cristo. En las palabras de Cristo todo es santo y cierto, mientras que ir más allá de lo que dicen las palabras de Cristo es el acto de un pobre y errado pecador, aunque por causa de Cristo, en quien cree, no sea condenado.

                »Deseaba decir esto para refutar a los jactanciosos y tercos que constantemente parlotean sobre la Iglesia, la Iglesia, la Iglesia, aunque no saben qué es la Iglesia ni qué es su santidad. Simplemente lo pasan por alto, y hacen a la Iglesia tan santa que Cristo tiene que tornarse mentiroso, y sus palabras pierden toda validez. Contra esto, debemos alzarnos y gritar con exultación: “Digan lo que deseen sobre la Iglesia, sea tan santa como les plazca, pero Cristo no se tornará mentiroso”. En su enseñanza, oración y creencias, la Iglesia confiesa que es una pecadora delante de Dios y que, con frecuencia, yerra y se equivoca, pero Cristo es la verdad misma y no puede mentir ni pecar. Por ello, en tanto que la Iglesia viva y hable la palabra de Cristo, en esa misma fe, es santa (como dice Pablo: cf. 1 Co. 7:34) y recta en espíritu. Y, en cuanto actúe y hable sin la palabra y fe de Cristo, yerra y peca. Pero quien haga un artículo de fe la obra y palabra pecaminosa de la Iglesia, difama tanto a Cristo como a la Iglesia, haciéndolos mentirosos». Obras de Lutero (Edición Americana, Filadelfia, Muhlenberg San Luis, Concordia, 1955-        ), vol. 34, pág. 76.

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