Vaticano y Estados Unidos

De entre diversas noticias internacionales que se vienen sucediendo en los últimos días, una significativamente llamativa ha sido el anuncio de que uno de los lugares que visitará el presidente estadounidense Donald Trump en su primera gira por otros países será el Vaticano.

A modo de introducción a este artículo del pastor Emilio Monjo, publicado hace seis años en Protestante Digital pero aún plenamente vigente, decir que esto no es especialmente novedoso desde hace tres décadas, es decir, es un paso más en la profundización de relaciones que se viene produciendo entre Washington y Roma desde los años 80 del siglo pasado, con los distintos presidentes norteamericanos, primero, Ronald Reagan, y luego continuando con George Bush padre e hijo, Bill Clinton y Barack Obama.

Lógicamente, las visitas de presidentes estadounidenses al Vaticano y las del papa a EEUU se enmarcan en el hecho de que, en el ámbito del Derecho Internacional, ambos son Estados independientes que se reconocen mutuamente como sujetos de las relaciones internacionales y que mantienen relaciones diplomáticas entre sí, pero, una vez más, se plantea el mismo problema cada vez que se trata de relaciones con el Vaticano: ¿Qué es la llamada “Santa Sede”? ¿Un Estado o simplemente el lugar donde se encuentra la dirección central de una religión? ¿Una mezcla de las dos cosas? Digamos que Roma es una organización que busca el poder de cualquier forma que le sea propicia y su infiltración en todos los ámbitos de la política y la vida pública en los países de todo el mundo (en este caso concreto, en EEUU), empleando en cada ocasión lo que más le interesa: en unos las prebendas y privilegios de ser un “Estado”, y en otros las de ser una religión.

La Iglesia de Roma, empleando la máscara de la llamada “Santa Sede”, se introdujo en la ONU con la condición no de “Estado miembro”, pero sí de “observador permanente”, lo que le permitiría votar, dar discursos y participar en todos los foros de las Naciones Unidas de una forma inaudita como no se permite hacerlo a ninguna otra religión o grupo confesional (los cuales tienen una consideración muy similar al de meras ONGs). En cambio, cuando se presenta con la otra identidad de su naturaleza híbrida, es decir, como una religión, en aras de la “libertad religiosa”, consigue el privilegio de propagar en diferentes ámbitos (fundamentalmente, los educativos) los postulados políticos e ideológicos que defiende cuando se presenta con la identidad estatal.

¿Qué define a una “entidad estatal”? La Convención de Montevideo sobre los Derechos y Deberes de los Estados establece los siguientes requisitos: “El Estado como personalidad de derecho internacional debe reunir los siguientes requisitos: (a) una población permanente, (b) un territorio definido; (c) Gobierno, y (d) una capacidad de entrar en relaciones con los demás estados”.

¿Cumple todo eso la “Santa Sede”? Es obvio que NO. No tienen población permanente, dependen en todo de Italia y no tienen un territorio definido, pues su única función es la administrativa de gobernar a la Iglesia Católica en todo el mundo. Todavía en 1985, tenía relaciones diplomáticas sólo con 53 países y los propios EEUU no entablaron las relaciones hasta el año 1984.

El reconocimiento de EEUU al Vaticano, inimaginable en sus orígenes, no fue cosa de un día para otro, fue un proceso de dos siglos que culminó en la época de Ronald Reagan, cuando la elección de un papa como Juan Pablo II, originario de un país del por aquel entonces bloque comunista como era Polonia, fue visto como una oportunidad para desestabilizar al imperio soviético en el último tramo de la Guerra Fría. Pero el cambio, evidentemente, no se ha producido en Roma: se ha producido en EEUU por el abandono de sus raíces puritanas y protestantes. Precisamente la idea de libertades que los fundadores de la nación norteamericana llevaron a esa tierra era la liberación de lo que el Vaticano, como institución política y religiosa, supone.

Vaticano y Estados Unidos

Emilio Monjo Bellido (Protestante Digital)

Se ve como un anacronismo que rompe la posición ecuménica de “valores cristianos”, quizás la más general e integrante de “valores religiosos”, que es la presentación mediática que estos días se hace en España con la visita del papa, y en la que todos estarán, por razones muy diferentes, de acuerdo. [Este proyecto de “valores religiosos”, sin definición específica, que abandona totalmente a la persona y obra de Cristo, el Mesías, se intenta inculcar en Estados Unidos para integrar también a cualquier grupo “espiritual” incluido el Islam. La confusión religiosa del futuro cada vez es más clara.]

Pensaba en esto cuando leí en este diario que una emergente posible candidata del Partido Republicano, Michele Bachmann, había tenido que dar explicaciones por esa posición doctrinal de la iglesia a la que pertenecía. Y aparecían en el horizonte algunas indicaciones para orientarse en la situación presente, para ver algo de la relación entre el Vaticano y Estados Unidos.

De entrada nos encontramos con algo evidente: la formación, naturaleza y fines políticos y religiosos de los Estados Unidos es la negación histórica de la formación, naturaleza y fines políticos y religiosos del Vaticano. La libertad política y religiosa que encarna el nacimiento de esa nación es lo más contrario que pueda verse respecto al Vaticano. Son ideas irreconciliables. Eso de entrada, pero antes de salir, ya hay que adelantar que cuando se da un beso idílico entre Estados Unidos y el Vaticano, como en la actualidad cercana, algo ha pasado. Algo se ha cambiado; y no ha sido el Vaticano precisamente. Hemos de deducir que el cambio se ha producido en la acción y conciencia de Estados Unidos.

Si algún candidato, como afirman algunos, quiere recuperar el honor y la dignidad de los Estados Unidos, no estaría de más recordar que eso no se puede hacer de la mano del Vaticano. Precisamente en la idea de libertades que los fundadores llevan a esa tierra está la liberación de lo que el Vaticano, como institución política y religiosa, supone. Querer retomar esa raíz, de la mano de lo que era su contrario natural, es una natural incongruencia. Pero eso es lo que se espera hoy, a menos que alguien despierte.

La existencia en el grupo de las trece entidades fundadoras de una que nace de la motivación “católica” de su creador: el estado de Maryland, no quita, sino que afirma la proposición de naturaleza opuesta entre el Vaticano y la nueva nación. Maryland es el resultado de la petición del ferviente católico George Calvet Baltimore, que solicitó carta al rey Carlos para constituir un lugar de acogida y protección para los católicos. Tras su muerte en 1632, al final se la conceden a su hijo, que forma una colonia en 1634.

El nombre tiene que ver con la católica esposa del rey, Enriqueta María, es decir, se refiere a su protectora la reina consorte. La presencia de la virgen María, siempre de referente, la toman luego en el nombre de la capital, Santa María (que más tarde se traslada a la actual Annapolis). El gobernador [realmente el “señor propietario”] promulgó una norma de tolerancia religiosa, pionera en su momento. No podía ser de otro modo, lo requería su supervivencia dado el contexto donde se movían. Esa carta de tolerancia era una ofensa para el Vaticano, aunque la promulgaran “católicos”. La colonización hispana y portuguesa, fue un regalo para el Vaticano; la que progresa hasta la formación de la nación de Estados Unidos, su peor pesadilla. Había que acabar con ella. Y se intentó de muchos modos. Desde luego no se le ocurriría “reconocer” la situación de Maryland, ni siquiera dándole un obispo. Es precisamente mucho después de que el cuarto Lord Baltimore, en 1715, se haga anglicano, y Maryland “deje de ser católica”, cuando se instala el primer obispo (más tarde arzobispo), John Carroll, en 1789. Antes funcionó como prefecto apostólico de las misiones católicas en Estados Unidos. Es en ese momento cuando el Vaticano reconoce por primera vez un territorio eclesiástico independiente en Estados Unidos, siendo Baltimore la primera diócesis. La filosofía que se mantiene es la de “protección” de los núcleos emigrantes católicos ante el peligro de las ideas religiosas y políticas de la nueva nación, las peligrosas ideas de libertad política y de religión. [Es evidente que con todos los errores y quebrantos de esas ideas que la propia nación produjo y produce hasta el día de hoy.]

Otro dato que se presenta como expresión de esa oposición natural entre los fines de una y otra entidad, es la circunstancia y decisiones que tienen que ver con el llamado Congreso de Viena (varios, 1814-1815) y la subsiguiente Santa Alianza para restaurar el absolutismo monárquico en Europa. España sufrió esa “solidaridad” de los poderes contra la libertad social.

Ese pacto era para intervenir militarmente en otros países para eliminar las libertades sociales y reponer las coronas absolutistas. Ya han cambiado los tiempos. En otra época las ideas y los textos escritos de pensadores protestantes europeos son la guía reconocida en la formación de Estados Unidos, ahora [en palabras del presidente Monroe en 1823] “mientras ésa [Europa] trabaja para convertirse en casa y domicilio del despotismo, nuestro esfuerzo debe de ser claramente hacer nuestro hemisferio casa y domicilio de la libertad. … Y [después de las tropelías de Bonaparte] ahora continuada por la también ilegal Alianza, llamándose a sí misma Santa”. Es decir, en ese momento el presidente Monroe considera (igual que el ya retirado Jefferson) que la acción propuesta por las naciones defensoras del absolutismo, suponen un peligro real contra Estados Unidos. [Que el Vaticano fue sustento, nutriente y gozoso impulsor de la Santa Alianza, no creo que haya que recordarlo, pero por si acaso, lo recuerdo.]

La relación del Vaticano y Estados Unidos queda definida por un hecho: sólo había en el Vaticano legación comercial de Estados Unidos, en algún caso, representante personal del presidente, nunca embajador. Hasta que llegó Reagan. Desde entonces ambos imperios forman una “santa alianza” contra otro imperio que anda por ahí suelto. [La confusión religiosa y política del futuro, cada vez es más clara.]

Sin atender a las advertencias contra el peligro que supone el Vaticano para la existencia de Estados Unidos, que tanto habían explicado años atrás pensadores, presidentes, y, por supuesto, pastores protestantes, Reagan se dio un beso de amistad y se colocó en yugo de igualdad con los intereses vaticanos. Nombró por vez primera embajador ante el Vaticano, y su administración, en la sección internacional, estuvo copada por militantes católicos (incluida la CIA). En todo eso jugó un papel clave, que sigue funcionando hoy, la asesoría religiosa para las elecciones presidenciales, que le proporcionan un discurso [con el ojo puesto en el electorado católico] de “valores religiosos”, tal vez de “valores cristianos”, que llevó a su urna un voto católico que le otorgó la presidencia. La jugada del Vaticano fue redonda: porque luego la estética de reproche “religioso” de su administración (y la de Bush) se la llevó el “fundamentalismo” evangélico. [A Reagan tampoco le salió mal, porque de una manera pragmática, también consiguió sus fines políticos. Pero ya el Estados Unidos de la primera época, ha muerto; el Vaticano de la primera época, sigue vivo. El Mesías lo matará con la Espada de su boca, y a todos los que se cobijan bajo sus alas.]

Mal tiempo el nuestro, pero muy esclarecedor. Ya tenemos los avisos, las situaciones para aprender. Que Dios nos conceda ojos y oídos.

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