Las últimas cosas según la Biblia: resumen de la escatología reformada

He aquí una entrada que llevo algún tiempo preparando, aunque haya tocado alguna vez el tema, después de mucho estudiar y revisar cosas. Esto es la síntesis de la posición escatológica bíblica y reformada. Solo es un resumen, si alguien quiere ampliar información recomiendo los libros “La Biblia y la vida futura” y “Más que vencedores” del Dr. William Hendriksen y “La Iglesia y las últimas cosas” del Dr. Martyn Lloyd Jones.

Uno de los propósitos de la entrada es hacer ver los errores de la posición dispensacionalista y pre-milenaria. Muchos de ellos son grandes cristianos y, como es obvio, se les tiene el mismo amor que a otros hermanos. Incluso los hay muy serios en otros temas y unos grandes expositores bíblicos (el Dr. John MacArthur es un buen ejemplo). Si usted, hermano en la fe, es dispensacionalista en alguna de sus corrientes, no se sienta mal por eso, ni levante sus defensas de manera que no pueda recibir lo que aquí voy a exponer. Puede ser que usted lleve muchos años creyendo este método de interpretación y hasta enseñándolo a otros y no cree posible que ahora después de tanto tiempo, se le diga que tal interpretación es un error. Solamente esto es una invitación, sin intención de sentar cátedra, a que escudriñe y considere lo que voy a presentar y deje que sea el mismo Espíritu Santo quien le guíe a entender lo que la Palabra claramente enseña.

El dispensacionalismo prácticamente se ha convertido en la forma más popular de interpretación de la Biblia, pero es algo relativamente nuevo entre los cristianos, salvo excepciones. La creencia en que la Biblia habla de distintas fases y métodos empleados por Dios para la salvación y en una serie de acontecimientos como el Rapto de la Iglesia, dos “Segundas Venidas” de Cristo (una “por sus santos”, el rapto, y otra “con sus santos”), el establecimiento de un reino terrenal con una duración de mil años literales y gobernado desde Jerusalén, tras la restauración del culto del Antiguo Testamento por parte de los judíos en el Templo reconstruido, la división del Pueblo de Dios entre “Israel” y “la Iglesia”, así como el Juicio Final tras estos mil años de gobierno de Jesucristo sobre la tierra, es algo que viene desde aproximadamente principios del siglo XIX.

Curiosamente, el dispensacionalismo como sistema tiene su origen en el libro “La venida del Mesías en gloria y majestad” (1790) escrito por el jesuita chileno Manuel Lacunza. Es decir, lo curioso es que surgiera como idea de un teólogo católico romano pero lo popularizaran protestantes. Concretamente, en los años 1827-1832, fue formulado por el predicador irlandés John Nelson Darby y popularizado por la “Biblia Anotada de Scofield” (1909) y por numerosas conferencias Bíblicas, y es enseñado en la mayoría de los Colegios Bíblicos en los EEUU.

Sin embargo, ninguno de los grandes teólogos reformados ha sido dispensacionalista y vamos a ver enseguida cuál es la posición y doctrina sobre los últimos días y la Segunda Venida de Cristo (la “Parusia”).

La Biblia nos habla de que todos los hombres que entonces pisen y hayan pisado la tierra serán testigos de ello (“He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él. Sí, amén”, Apocalipsis 1:7; “Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito”, Zacarías 12:10), no será algo que ocurra en las sombras y sin que se sepa ni haya noticias de ello, pues Dios es un Dios claro, no oscuro ni misterioso. La Segunda Venida será o una “manifestación gloriosa” para los hijos de Dios, como la describe el apóstol Pablo en Tito 2:13 y el profeta Zacarías, en el capítulo 12, versículo 10, o algo terrorífico para sus enemigos y causa de lamentación por no haber aceptado al Mesías la primera vez que vino, como hacen Juan, en Apocalipsis 1:7, y Zacarías en el mismo versículo, depende de en qué lado esté cada uno.

No sabemos cuándo ocurrirá esto y Jesús nos dijo que estuviéramos velando por ese motivo (“Por eso, también vosotros estad preparados, porque a la hora que no pensáis vendrá el Hijo del Hombre“, Mateo 24:44), pero la Biblia habla de una serie de señales. Algunas son visibles actualmente pero no quiere decir nada. También lo han sido en el pasado y seguirán siéndolo en el futuro. No quiere decir que la Segunda Venida vaya a ser mañana o el año que viene, o dentro de cincuenta o 500 años. Ni lo sabemos ni podemos saberlo. Simplemente, son señales precursoras que se están cumpliendo exactamente como están profetizadas en la Biblia. La actitud correcta del cristiano es velar y estar expectante, puesto que el momento es un secreto que solo Dios conoce.

Unas son SEÑALES DE LA GRACIA DE DIOS: la proclamación del Evangelio a todas las naciones y la salvación de todo Israel (lo que los dispensacionalistas creen que es la conversión de los judíos y el restablecimiento del culto del Antiguo Testamento una vez se reconstruya el Templo de Jerusalén… enseguida explico que nada tiene que ver con eso). La proclamación del Evangelio a todas las naciones es anunciada tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento (Isaías 52:10: “Jehová desnudó su santo brazo ante los ojos de todas las naciones, y todos los confines de la tierra verán la salvación del Dios nuestro”; Mateo 24:14: “Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el” ) y no quiere decir que cada una de las personas del mundo debe ser convertida antes que de Cristo regrese, pues es evidente que ello no es bíblico, ni tampoco quiere decir que cada individuo sobre la tierra debe escuchar el Evangelio antes de la Segunda Venida.  Lo que sí quiere decir esta señal es que el Evangelio debe ser predicado a través del mundo como un testimonio a todas las naciones, es decir, no que cada persona de cada nación escuchará el Evangelio, sino más bien, que el Evangelio llegará a ser parte de la vida de cada nación que no podrá ser ignorado.  El Evangelio debería conducir a la fe, pero si es rechazado, testificará contra aquellos que lo rechazaron. En cuanto a la salvación de todo Israel, que se menciona en Mateo 10:23 y Romanos 11:25:26 (el famoso “todo Israel será salvo”) tiene que ver con la salvación de todos los elegidos por Dios, no solamente  de judíos, sino también de gentiles, a través de toda la historia. El término “Israel” es sinónimo de “Iglesia” (Judíos y gentiles). Calvino comentó magníficamente este pasaje de Romanos apuntando que “todo Israel” se refiere a la salvación del número total de los elegidos a través de la historia, no solamente de entre los judíos, sino también de entre los gentiles.

Otras son SEÑALES DE RECHAZO Y APOSTASÍA. La proclamación del Evangelio produce aceptación pero también va seguida en muchas ocasiones de un rechazo, a veces incluso violento. Estas señales consisten en la Apostasía, la Tribulación y el Anticristo.

Cuando acontezca la Tribulación apenas quedarán creyentes sobre la tierra. No por un rapto (una “primera parte” de la Segunda Venida de Cristo, “por sus santos” consistente en un arrebatamiento de todos los creyentes, quienes se encontrarían con el Señor en el aire), como defiende el dispensacionalismo, sino por la Apostasía que habrá tenido lugar. Se trata de deserciones por parte de miembros de la iglesia visible. El apóstol Pablo habla de esta señal en 2 Tesalonicenses 2:3: “No os engañe nadie en ninguna manera; porque no vendrá sin que venga antes la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición”.

El apóstol Pedro, en su segunda carta, en los capítulos 2 y 3, habla también de que habrá falsos profetas:

– Que negarán la persona y la deidad de Cristo y la obra por la que nos compró cuando murió en la cruz (2:1: “Pero hubo también falsos profetas en el pueblo, como habrá entre vosotros falsos doctores, que introducirán encubiertamente herejías de perdición, y negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos perdición acelerada”);

– Que fomentarán la apostasía moral y el antinomianismo (2:20-22: “Ciertamente, si habiéndose ellos apartado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, y otra vez envolviéndose en ellas, son vencidos, sus postrimerías les son hechas peores que los principios. Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, tornarse atrás del santo mandamiento que les fué dado. Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: el perro se volvió á su vómito, y la puerca lavada á revolcarse en el cieno”);

– Y que se apartarán de la doctrina de la segunda venida de Cristo y de los juicios relacionados con ella (3:3-7: “Sabiendo primero esto, que en los postrimeros días vendrán burladores, andando según sus propias concupiscencias, y diciendo: ¿Dónde está la promesa de su advenimiento? porque desde el día en que los padres durmieron, todas las cosas permanecen así como desde el principio de la creación. Cierto ellos ignoran voluntariamente, que los cielos fueron en el tiempo antiguo, y la tierra que por agua y en agua está asentada, por la palabra de Dios; por lo cual el mundo de entonces pereció anegado en agua: mas los cielos que son ahora, y la tierra, son conservados por la misma palabra, guardados para el fuego en el día del juicio, y de la perdición de los hombres impíos”).

Aquellos que son verdaderos creyentes no desertarán (Juan 10:27-29; 1 Pedro 1:3-5), pero muchos que han hecho una profesión de fe externa lo harán.

La Tribulación consiste en una oposición al reino de Dios por sus enemigos. En el Antiguo Testamento se hace referencia a ella (Jeremías 30:7: “¡Ah, cuán grande es aquel día! tanto, que no hay otro semejante á él: tiempo de angustia para Jacob; mas de ella será librado”), así como también fue mencionada por Jesús (Mateo: “Entonces os entregarán para ser afligidos, y os matarán; y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre. Y muchos entonces serán escandalizados; y se entregarán unos á otros, y unos á otros se aborrecerán”; Juan 15:20: “Acordaos de la palabra que yo os he dicho: No es el siervo mayor que su señor. Si á mí me han perseguido, también á vosotros perseguirán: si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra”). Esto no quiere decir que la tribulación se limite al final de los tiempos. La tribulación y la persecución es lo que espera a la iglesia entre la Primera y la Segunda Venida. Aquí no hay que montarse fantásticas películas de ciencia-ficción: la tribulación no será básicamente diferente de la experimentada a través de la historia desde la Primera Venida, pero sí será mucha más intensa a medida que se acerca el fin. Igualmente, nada en la Biblia hace pensar que la llamada “Gran Tribulación” por los dispensacionalistas, solo la padezcan los judíos, y no todos los creyentes, de los pocos que queden en el mundo para entonces.

En cuanto al Anticristo, tampoco debemos fantasear e imaginarnos películas (que si será un dictador del mundo árabe, que si será un Papa de Roma, que si ya vino y fue Stalin o Hitler…) sino no apartarnos ni una línea de la información que nos da la Biblia. En las Escrituras, los únicos libros que mencionan la palabra “anticristo” son el primero y segundo de Juan. Juan se refería a los falsos maestros que ya operaban en sus tiempos y sus falsas enseñanzas. El sistema doctrinal y su enseñanza contraria o que ocupara el lugar de Cristo, Juan lo llama “anticristo”. La identificación del anticristo como un personaje humano futuro y poderoso es dispensacionalista y no reformada. El anticristo es todo aquello que se opone a Cristo, o que le quita el lugar a Cristo, como por ejemplo la enseñanza que dice que Cristo no es Dios, o que una persona o entidad ocupen las atribuciones de Cristo. Eso es anticristo. Puede ser cualquier cosa y no tiene porque ser necesariamente una persona.

Tanto la Apostasía como la Tribulación se han producido a lo largo de toda la historia de la iglesia pero se harán cada vez peores y llegarán a su punto más álgido según se acerque el momento de la Segunda Venida. ¿Por qué? Porque será el momento en que se produzca el “desatamiento de Satanás por un poco de tiempo”. Dice Juan en Apocalipsis 20:7-10: ” Y cuando los mil años fueren cumplidos, Satanás será suelto de su prisión, y saldrá para engañar las naciones que están sobre los cuatro ángulos de la tierra, á Gog y á Magog, á fin de congregarlos para la batalla; el número de los cuales es como la arena del mar. Y subieron sobre la anchura de la tierra, y circundaron el campo de los santos, y la ciudad amada: y de Dios descendió fuego del cielo, y los devoró. Y el diablo que los engañaba, fué lanzado en el lago de fuego y azufre, donde está la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche para siempre jamás”.

Desde la Primera Venida, estamos en la que podríamos llamar “era evangélica”, la de la expansión del Evangelio del Reino por toda la tierra. Eso son los “mil años” simbólicos de los que habla Juan, el famoso “Milenio” para los dispensacionalistas. Durante este tiempo, Satanás ha estado atado como un perro rabioso. Puede actuar hasta donde pueda estirar la cadena, pero, aún así, muy limitado. Este atamiento comenzó cuando el Señor triunfó sobre él en el desierto, rechazando sus tentaciones (Mateo 4:1-11 y Lucas 4:1-13). En Apocalipsis 20:1-3 se describe la actual era evangélica: “Y vi un ángel descender del cielo, que tenía la llave del abismo, y una grande cadena en su mano. Y prendió al dragón, aquella serpiente antigua, que es el Diablo y Satanás, y le ató por mil años; y arrojólo al abismo, y le encerró, y selló sobre él, porque no engañe más á las naciones, hasta que mil años sean cumplidos: y después de esto es necesario que sea desatado un poco de tiempo”. Antes de la “era evangélica” (de “los mil años”), salvo Israel, todas las naciones de la tierra servían a Satanás, es decir, todas, menos Israel, eran paganas. No porque no hubiera un reinado absoluto de Dios, obviamente, sino por lo que leemos en Hechos 14:16: “En las edades pasadas él ha dejado a todas las gentes andar en sus propios caminos”. Sin embargo, una vez que Cristo vino por primera vez, Satanás pasó a estar atado (para “que no engañe más a las naciones”, lo que obviamente debemos entender en un sentido simbólico, no que todas las naciones en su conjunto fueran a obedecer a Dios) y el Evangelio a extenderse por toda la tierra. Ahora, en la era evangélica, Satanás puede hacer daño pero de forma limitada. Su poder sobre las naciones es refrenado. Éstas ya no vencen a la iglesia, sino que la iglesia comienza a vencerlas (evangelizarlas). En el cielo, las almas de los redimidos viven y reinan con Cristo (Apocalipsis 20:4: “Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar; y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años”): esto es lo que los dispensacionalistas identifican con los “mil años” de reinado de Cristo sobre la tierra (con su trono establecido en la Jerusalén terrenal, es decir, no en la celestial) que estarían comprendidos entre la Segunda Venida y el Reino Eterno, los nuevos cielos y la nueva tierra. Pero, ¡no! Apocalipsis 20:4 se refiere a un reinado desde los cielos anterior al desatamiento breve de Satanás y a la Segunda Venida. ¡Por algo Juan dice que vio LAS ALMAS, no los cuerpos, de los mártires REINANDO CON CRISTO!

La apostasía y la tribulación, que es algo que siempre ha acompañado a la iglesia en estos 2000 años, llegarán a sus peores cotas después de este breve desatamiento de Satanás. En el pasaje de Apocalipsis 20:7-10 se nombra a Gog y Magog. Puede existir la tentación (por imitación de las actuales corrientes evangélicas mayoritarias en los Estados Unidos) de identificar “Gog y Magog” con naciones actuales, tipo Irán, Siria, Rusia, etc… que se unen para aplastar al Estado de Israel (suponiendo, como suponen los dispensacionalistas, que es parte del pueblo de Dios, junto con la Iglesia: la teoría de los dos cuerpos separados, Israel e Iglesia), en cuyo apoyo acude Estados Unidos, en la última gran guerra de la historia de la humanidad, que sería la batalla de Armagedón de la que se habla en Apocalipsis 16. Nuevamente, la tentación de montar una película primero y después buscar los versículos que parezcan apoyar esa tesis. Gog y Magog lo que representan sencillamente es la última gran embestida contra la iglesia por parte de las fuerzas anticristianas, sean las que sean, al ser incitadas por Satanás, gracias al breve periodo de libertad de que gozará.

Junto a todas estas señales, también están las SEÑALES DE JUICIO DIVINO, como guerra, terremotos, hambruna, enfermedades, etc…, que igualmente se dan en todo el período no solo entre las dos venidas, sino a lo largo de toda la historia de la humanidad.

La Segunda Venida de Cristo será personal, Él mismo volverá (Hechos 1:11: “Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como lo habéis visto ir al cielo”), y triunfal y gloriosa, todos la verán, como he dicho al principio. En el Antiguo Testamento, Dios descendía al pueblo con  grande sonido de trompetas (Éxodo 19:16-18) y los reyes eran recibidos con grandes voces de trompeta para que todo el pueblo tuviera conocimiento que había llegado el rey. El Rey de reyes y Señor de señores será anunciado con grandes voces de trompetas para que todo el mundo tenga conocimiento de su entronización plena. En ninguna parte encontramos en la Biblia que la venida de Cristo será silenciosa. Alguno de los pasajes que he puesto al principio indican que será una venida gloriosa. La Segunda Venida será un acontecimiento glorioso y del que será testigo todo el mundo. Jesús dijo de Su regreso: “Porque como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del hombre” (Mateo 24:27).

El triunfo del pecado y de la muerte en el mundo solo habrá sido temporal. El triunfo de Jesucristo, eterno. Cristo, al venir con Sus santos, librará a quienes hayan sufrido persecución por causa de Su nombre y aplastará a sus enemigos. En Isaías 63:1-6, el profeta describe dramáticamente Su venida en un caballo blanco y cómo sus ropas estarán enrojecidas por la sangre de sus enemigos: ¿Quién es éste que viene de Edom, de Bosra, con vestidos rojos? ¿Éste hermoso en su vestido, que marcha en la grandeza de su poder? Yo, el que hablo en justicia, grande para salvar. ¿Por qué es rojo tu vestido, y tus ropas como del que ha pisado en lagar? He pisado yo solo el lagar, y de los pueblos nadie había conmigo; los pisé con mi ira, y los hollé con mi furor; y su sangre salpicó mis vestidos, y manché todas mis ropas. Porque el día de la venganza está en mi corazón, y el año de mis redimidos ha llegado. Miré, y no había quien ayudara, y me maravillé que no hubiera quien sustentase; y me salvó mi brazo, y me sostuvo mi ira. Y con mi ira hollé los pueblos, y los embriagué en mi furor, y derramé en tierra su sangre”. Apocalipsis también dice que los hombres y los líderes del mundo, clamarán ese día para que las rocas caigan por encima de ellos, para esconderse de la ira del Cordero (Apocalipsis 6: 15-17).

La Biblia nos enseña que la Segunda Venida de Cristo será un juicio dramático sobre la maldad del mundo, al mismo tiempo que será una maravillosa liberación para quienes hayan puesto su confianza en Cristo en esos trágicos días. Igualmente, es complicado interpretar que antes de la Segunda Venida se haya producido una “Edad Dorada” en que toda la tierra sea cristiana (como sostiene el postmilenarismo), no porque Dios no tenga ese poder, sino porque la Biblia parece apuntar que no es Su plan.

Este es el momento en que se producirá el juicio de Satanás y los ángeles caídos que apoyaron su rebelión y la única resurrección de los muertos (no el batiburrillo de resurrecciones que defienden los distintos teólogos dispensacionalistas) para juicio:

“Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos. Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos. Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras. Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda. Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego”  (Apocalipsis 20:10-15).

Antes del juicio del gran trono blanco se declara en Apocalipsis 20:11: “huyeron el cielo y la tierra; y ningún lugar se encontró para ellos”. Cumplida la carrera de la historia humana, se destruye la antigua creación, como se expresa en Apocalipsis 21:1: “el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más”. 2 Pedro 3:10-12 se refiere a este acontecimiento y describe la dramática destrucción con estas palabras: “Los cielos pasarán con gran estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que hay en ella serán quemadas”.

Los “muertos” que Juan ve somos todos los hombres que hemos pisado la tierra a lo largo de la historia. Quienes no tengan vida en Cristo, serán juzgados por sus obras y condenados, pues, en mayor o menor medida, todos hemos transgredido las leyes de Dios. No hay perdón aparte de Cristo (Hechos 4:12), y los que rechazan la gracia inevitablemente deben ser juzgados por sus pecados. Después de consultar sus obras se examina el libro de la vida en busca de sus nombres. Si sus nombres no aparecen en el libro de la vida, es que no han recibido vida eterna. Se declara que están condenados, y por eso se declara en Apocalipsis 20:14-15: “Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda. Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego”. Algunos de los condenados pueden haber sido relativamente buenos en comparación con otros que eran extremadamente malvados en comparación, pero la falta de vida eterna es el hecho condenatorio. Todos los que no tienen vida eterna son juzgados sobre la base de sus obras y del rechazo de Cristo, y son echados al lago de fuego. Los que nunca han tenido una oportunidad de oír el Evangelio se condenan por el rechazo del testimonio de Dios en el mundo natural (Romanos 1:18-20), por el que no tienen excusa. También rechazaron la luz que tenían y son justamente condenados por su incredulidad. La condenación eterna tras el juicio del gran trono blanco es el triste final de todos los que no tienen a Cristo como su Salvador y Señor.

A continuación, Apocalipsis describe la Nueva Jerusalén, la ciudad celestial (“Y me llevó en el Espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la gran ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, teniendo la gloria de Dios. Y su fulgor era semejante al de una piedra preciosísima, como piedra de jaspe, diáfana como el cristal. Tenía un muro grande y alto con doce puertas; y en las puertas, doce ángeles, y nombres inscritos, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel; al oriente tres puertas; al norte tres puertas; al sur tres puertas; al occidente tres puertas. Y el muro de la ciudad tenía doce cimientos, y sobre ellos los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero. El que hablaba conmigo tenía una caña de medir, de oro, para medir la ciudad, sus puertas y su muro. La ciudad se halla establecida en cuadro, y su longitud es igual a su anchura; y él midió la ciudad con la caña, doce mil estadios; la longitud, la altura y la anchura de ella son iguales. Y midió su muro, ciento cuarenta y cuatro codos, de medida de hombre, la cual es de ángel. El material de su muro era de jaspe; pero la ciudad era de oro puro, semejante al vidrio limpio; y los cimientos del muro de la ciudad estaban adornados con toda piedra preciosa. El primer cimiento era jaspe; el segundo, zafiro; el tercero, ágata; el cuarto, esmeralda; el quinto, ónice; el sexto, cornalina; el séptimo, crisólito; el octavo, berilo; el noveno, topacio; el décimo, crisopraso; el undécimo, jacinto; el duodécimo, amatista. Las doce puertas eran doce perlas; cada una de las puertas era una perla. Y la calle de la ciudad era de oro puro, transparente como vidrio. Y no vi en ella templo; porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero. La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera. Y las naciones que hubieren sido salvas andarán a la luz de ella; y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella. Sus puertas nunca serán cerradas de día, pues allí no habrá noche. Y llevarán la gloria y la honra de las naciones a ella. No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero”, Apocalipsis 21:10-27), donde los redimidos morarán y reinarán con Dios por toda la eternidad: “Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones. Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán, y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes. No habrá allí más noche; y no tienen necesidad de luz de lámpara, ni de luz del sol, porque Dios el Señor los iluminará; y reinarán por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 22:1-5). No solo sus almas, sino también sus cuerpos glorificados tras la resurrección. Ya no habrá más dolor, enfermedad ni muerte: “Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apocalipsis 21:3,4).

Y esto solo es el principio, es decir, no es más que una descripción a grandes rasgos de la Nueva Jerusalén. Casi todo lo referente a esta ciudad celestial pertenece a las cosas secretas de Dios.

El momento de la Segunda Venida es absolutamente desconocido para nosotros y es un atrevimiento irreverente ponernos a especular con fechas porque creamos haber visto tal o cual señal queriendo dárnoslas de profetas. ¡No lo saben ni los ángeles del cielo ni el mismo Jesús, solo el Padre! ¿Lo vamos a saber acaso nosotros? Lo único que tenemos es la certidumbre del evento y la incertidumbre del tiempo. Se puede esperar su venida, desearla y trabajar por ella.  Los discípulos lo deseaban y trabajaban por ella durante sus vidas.  El problema de los nuevos cristianos que pensaban que había que dejarlo todo (bienes, trabajo, familia, etc.) y sentarse sin hacer nada a esperar la Segunda Venida ya existía en el siglo I y con esto tuvieron que lidiar Pablo y Pedro, pues el hombre no cambia en absoluto por muchos siglos que pasen. Pero los hechos son estos: que “el poquito” de Pablo y el “cerca” de Pedro se han alargado más de 2000 años, y el gran suceso no ha ocurrido todavía.  A esto se le llama “la fecha sin fecha”. Jesús dijo que teníamos que “velar” a la espera: “Bienaventurados aquellos siervos a los cuales, cuando el Señor viniere, halle  velando” (Lucas 12:37)  ¿Qué quiso decir Jesús por “velar”? Algunos han pensado que hay que estar mirando al cielo y otros que hay que estar haciendo mil y una elucubraciones y profecías (“si hay guerra en tal sitio, si allá hay un terremoto, ¡ah, es que el tiempo se acerca!”). Desde el día en que nuestro Señor ascendió a los cielos, no han faltado algunos que han tratado de fijar, con certeza infalible, la fecha de su regreso. Al terminar los primeros mil años, los milenaristas de entonces empezaron a dar por hecho que la Segunda Venida era inminente: hubo multitudes en Inglaterra que dejaron sus hogares, sus terrenos, abandonaron sus familias y sus trabajos, y se entregaron a esperar al Señor.  Muchos estaban seguros que había llegado el fin durante los días de Napoleón Bonaparte, al que se le consideraba como el anticristo. Otros estaban muy seguros del fin durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el Adolfo Hitler fue identificado como el “hombre de pecado”. William Miller y sus seguidores, conocidos en un principio como “milleristas”, proclamaban que la segunda venida de Cristo sería entre el 21 de marzo de 1843 y el 21 de marzo de 1844. El fracaso de esta predicción recibió el nombre de “La Primera Desilusión”, y condujo a que muchos seguidores abandonaran el movimiento. Pero estos pseudo-profetas siguieron erre que erre y seguidores consiguieron muchos. Se puso después una segunda fecha para la tan esperada venida de Cristo: el 22 de octubre de 1844. Incluso muchos adventistas, preparándose para el acontecimiento, se deshicieron de todos sus bienes. Para pesar suyo, aquel día transcurrió con absoluta tranquilidad y no sucedió lo esperado, por lo que el movimiento fue ridiculizado con dureza y muchos de sus seguidores volvieron a sus antiguas iglesias tras haber perdido la fe sin remisión. Otros anunciaron la segunda venida para 1914, coincidiendo con la I Guerra Mundial, y otros para el año 2000, el 2006, el 2010, etc… (y ya vemos que no ha sido así). Esta gente pretende adaptar el texto bíblico a sus desvaríos y ponerse a la altura de Dios fijando fechas.

Eso no es “velar”.  Si leemos las parábolas de Cristo, como las Diez vírgenes, los Talentos, y el Siervo Fiel encontramos que lo que él quiere decir por velar es el servicio fiel y vigilante, esperanza seria y expectante. Velar es cumplir con nuestras obligaciones en cada momento, que Dios sabe cuándo llegará el día y la hora. Es esta la forma de velar digna  del nombre de Cristo. Estar apercibidos, porque el Hijo del Hombre ha de venir a la hora que no pensamos, siempre con el “¡Si, ven Señor Jesús! Amén” en mente.

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