Santidad: la falsa y la verdadera (I)

Rescatamos un nuevo artículo de la revista “El Heraldo del Pueblo”, publicado hace varias décadas, donde H. A. Ironside relata su amarga experiencia durante los primeros años de su vida cristiana, como consecuencia de haber caído en una falsa enseñanza respecto a la santidad. En realidad, se trata de un extracto de un libro escrito por el citado autor: Holiness: the False and the True. Puesto que el texto es algo extenso, lo publicaremos en dos partes. De momento, ofrecemos la primera, que, una vez más, esperamos sea de provecho espiritual para nuestros lectores, y para la gloria de Dios.

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Mi conversión a Dios

Es mi deseo, en dependencia del Señor, escribir un fiel relato, hasta donde alcance mi memoria, de algunas de las maneras en que Dios, durante los primeros seis años de mi vida cristiana, trató con mi alma, y de mi búsqueda de una experiencia de santidad antes de conocer la bienaventuranza de hallarlo todo en Cristo. Esto requerirá –no lo dudo—que en ciertas ocasiones «hable como si estuviera loco», tal como hizo el apóstol Pablo. Sin embargo, a medida que reflexiono sobre esta historia, pienso que puedo decir con él: «Vosotros me obligasteis».

Si tuviera el privilegio de salvar a otros de las infelices experiencias por las cuales yo pasé en aquellos primeros años, me sentiría abundantemente recompensado por el esfuerzo que implicará presentar tales vivencias del corazón a mis lectores […].

Cuando me llegó el conocimiento de la salvación, asistí, en la primera ocasión que tuve, a una reunión del «Ejército» y, allí, por primera vez, hablé de la gracia de Dios, tan recientemente revelada a mi alma […].

En mi recién hallado gozo, no tenía ni idea de que aún portaba una naturaleza tan pecaminosa y vil como la que había en el seno del mayor malhechor del mundo. Sabía algo de Cristo y de su amor; muy poco, o nada, de mí mismo y de lo engañoso de mi propio corazón.

En lo que ahora puedo recordar, el gozo del conocimiento de la salvación de Dios me había durado más o menos un mes, cuando en una discordia con mi hermano menor de repente perdí el control de mi mal genio y, en una pasión de ira, le golpeé haciéndole caer al suelo. Inmediatamente, mi alma se llenó de horror. No necesitaba su sarcástico reproche: «¡Bueno, tú sí que eres un buen cristiano! ¡Deberías ir al Ejército y contarles en qué clase de santo te has convertido!». Esto me condujo, angustiado, a mi habitación a confesar mi pecado a Dios con vergüenza y amargo pesar, además de pedirle sincero perdón a mi hermano, que me perdonó generosamente.

El gran anhelo: la santidad

Desde aquel momento en adelante, mi experiencia fue, para usar la expresión que se escuchaba frecuentemente en los cultos de testimonio, una «experiencia de altos y bajo». Anhelaba la perfecta victoria sobre la concupiscencia y deseos de la carne. Sin embargo, me parecía que tenía entonces más problemas con los malos pensamientos e inclinaciones profanas que lo que nunca antes hubiera imaginado. Durante mucho tiempo, mantuve en secreto tales conflictos, y se los confiaba solo a Dios y a mí mismo. Pero después de unos ocho o diez meses, me interesé por lo que se conocía como «reuniones de santidad», llevadas a cabo semanalmente en el salón del Ejército, y también en una misión que visitaba a veces. En estas reuniones se hablaba de una experiencia que yo creía ser lo que necesitaba. Se la conocía por varios nombres: «la segunda bendición», «la santificación», «el perfecto amor», «la vida más elevada», «la limpieza del pecado innato» y otras expresiones.

Sustancialmente, la enseñanza era esta: En la conversión, Dios perdona gratuitamente todos los pecados cometidos hasta el momento en que uno se arrepiente. Pero luego se pone al creyente en un tiempo de prueba durante toda su vida, en el que puede perder su justificación y paz con Dios en cualquier momento, si cae en un pecado del que no se arrepienta inmediatamente. Por lo tanto, a fin de mantenerse en una condición de salvación, necesita una obra adicional de gracia llamada santificación. Esta obra tiene que ver con el pecado como raíz, así como la justificación tenía que ver con el pecado como fruto.

Los pasos que conducen a esta segunda bendición son: primero, la convicción de la necesidad de santidad (de la misma forma que hubo al principio una convicción de la necesidad de salvación); segundo, una entrega completa a Dios, o poner sobre el altar de la consagración toda esperanza, expectativa y posesión; tercero, reclamar por la fe la venida del Espíritu Santo al corazón, como fuego purificador que queme todo pecado innato y así destruya toda concupiscencia y pasión, dejando el alma perfecta en amor y tan pura como el Adán no caído. Una vez recibida esta maravillosa bendición, se requiere de gran vigilancia, no sea que, así como la serpiente engañó a Eva, engañe también al alma santificada y vuelva a introducir la misma clase de principio maligno que antes requirió una acción tan drástica.

Esta era la enseñanza, y con ella surgían los testimonios conmovedores acerca de experiencias tan sorprendentes que yo no podía dudar de su autenticidad, ni de que lo que otros parecían disfrutar no pudiera ser también para mí si cumplía con las condiciones.

Una señora de edad relató cómo durante cuarenta años había sido preservada de pecar en pensamiento, palabra y obra. Su corazón, decía ella, ya no era «engañoso y perverso más que todas las cosas», sino tan santo como las cortes celestiales, porque la sangre de Cristo había limpiado los últimos vestigios de pecado innato. Otros hablaban de manera semejante, aunque sus experiencias eran mucho más breves. Los malos temperamentos habían sido erradicados con ocasión de la entrega total. Las malas inclinaciones y los apetitos profanos quedaban destruidos instantáneamente al reclamar por la fe la santidad. Comencé a buscar con avidez esta preciosa dádiva de santidad en la carne. Oré fervientemente por esta impecabilidad adánica. Y le pedí a Dios que me revelara toda cosa perversa, para que verdaderamente lo rindiera todo a Él. Dejé amigos, ocupaciones, placeres –todo cuanto pensé podría ser obstáculo para que el Espíritu Santo me llenara y me concediera la bendición consecuente. Yo era una rata de biblioteca. Desde la niñez poseía un intenso amor por la literatura, pero en mi celo ignorante puse a un lado los libros de carácter agradable o instructivo, y prometí a Dios leer solo la Biblia y los escritos de santidad, con tal de que me concediese la «bendición». Sin embargo, no obtuve lo que buscaba, a pesar de que oré celosamente durante semanas.

Al fin, una noche de sábado (ya vivía lejos de mi casa con un amigo y miembro del Ejército) decidí salir al campo y esperar en Dios, sin regresar hasta recibir la bendición del perfecto amor. Tomé un tren a las once de la noche y llegué a una estación solitaria a doce millas de Los Ángeles. Allí me bajé y, alejándome de la carretera, descendí a un arroyo vacío. Cayendo de rodillas tras un sicómoro, oré en agonía durante horas, invocando a Dios para que me mostrara qué me impedía recibir la bendición. A mi mente vinieron varios asuntos de naturaleza demasiado privada y sagrada como para relatarlos aquí. Luché contra la convicción, pero finalmente terminé clamando: «Señor, lo dejaré todo –toda cosa, toda persona, todo gozo que impida que viva solo para ti. ¡Ahora, te ruego, dame la bendición!».

Cuando miro hacia atrás, creo que me había entregado totalmente a la voluntad de Dios en aquel momento, hasta donde la entendía. Pero mis nervios y cerebro estaban tan aturdidos por la larga noche de vigilia y por la ansiedad intensa de los meses anteriores, que caí al suelo casi desmayado. Entonces me pareció que un santo éxtasis estremecía todo mi ser. Esto, pensaba yo, era la venida del Consolador a mi corazón. Confiadamente, clamé: «Señor, creo que Tú has entrado en mí. Tú me limpias y purificas de todo pecado. Lo confieso ahora. La obra está hecha. Estoy santificado por tu sangre. Tú me has hecho santo. ¡Lo creo! ¡Lo creo!». Estaba indeciblemente feliz. Sentía que todas mis luchas habían terminado.

Con un corazón lleno de alabanza, me levanté del suelo y comencé a cantar en voz alta. Consultando mi reloj, vi que eran más de las tres y media de la mañana. Sentí que debía apresurarme al pueblo para estar a tiempo en la reunión de oración de las siete, y testificar allí de mi experiencia. Estaba muy fatigado debido a mi largo desvelo, pero con un corazón tan liviano que casi no me di cuenta del largo camino de vuelta. Llegué justo al comienzo de la reunión, flotando, sostenido por mi recién hallada experiencia. Todos se regocijaron mientras contaba las grandes cosas que creía el Señor había hecho por mí. Toda la reunión de aquel día añadió a mi alegría. Estaba literalmente intoxicado con emociones de gozo.

Todos mis problemas habían terminado. Había pasado el desierto y me hallaba ahora en Canaán, alimentándome del antiguo cereal de la tierra. Ya no sería atormentado más por las inclinaciones al pecado. Mi corazón era puro. Había alcanzado el deseable estado de la completa santificación. Con ningún enemigo dentro, podía dirigir mis energías a vencer a los enemigos de afuera.

Esto era lo que yo pensaba. ¡Qué lástima que me conociese tan poco, y mucho menos la mente de Dios!

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