SOBRE LA NUEVA LEY DE GÉNERO DE LA COMUNIDAD DE MADRID

Tras concluir la serie de citas puritanas, proponemos en esta ocasión una reflexión sobre una ley que aprobó recientemente la Comunidad de Madrid y nos parece de una enorme gravedad. Aunque todo está en las manos de nuestro buen Dios, consideramos nuestra obligación denunciar el mal. Confiamos en que esta reflexión sea de utilidad para nuestros lectores.

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La Comunidad de Madrid acaba de publicar una ley bajo el título de «Ley de identidad y expresión de género e igualdad social y no discriminación». No pretendemos aquí analizarla de manera exhaustiva, ya que ello nos obligaría a dedicar un espacio excesivo e innecesario a una cuestión clara a quienes tienen ojos para ver. Sin embargo, consideramos conveniente comentar algunas de las afirmaciones que aparecen en el preámbulo de dicha ley. Por ejemplo, en el primer párrafo nos encontramos con la siguiente declaración:

«Los estudios científicos de todo orden nos enseñan que las manifestaciones de identidad de género del ser humano son variadas y que cada cultura hace su propia interpretación de este fenómeno».

Llama la atención la aparición del término «científico», con el cual se pretende avalar la posición sostenida. Además, se introduce la idea de la diversidad de géneros, como si hubiese más de dos, tratando así de confundirlo todo y desfigurar la distinción hombre-mujer establecida por el Creador desde inicio de la historia. Al mismo tiempo, se afirma que «cada cultura hace su propia interpretación de este fenómeno». Obviamente, para estos legisladores todas las culturas se encuentran al mismo nivel moral, y ninguna debe prevalecer sobre la otra como única poseedora de la verdad.

Reconocemos que, en aspectos intrascendentes como la gastronomía, la música o la vestimenta, no existe ninguna cultura superior a las demás. Pero, en cuanto a la verdad se refiere, es evidente que no todas las manifestaciones religiosas declaran lo mismo sobre la realidad y, por tanto, no todas pueden ser veraces. Sin embargo, estos falsos maestros de nuestro tiempo no hacen tal distinción, y se limitan a aplicar la siguiente lógica: «Si las diferentes culturas del mundo han pensado de manera distinta a lo largo de la historia, siendo todas igualmente respetables, ninguna ha de autoproclamarse única poseedora de la verdad. Y, en consecuencia, cualquier manifestación sexual debe ser tolerada como propia del ser humano». Pero la palabra de Dios no tiene que ver con razonamientos humanos, y el pecado –no importa de qué cultura provenga ni bajo qué ropaje se disfrace—de ningún modo será tolerado.

Un poco más adelante, nos encontramos con otra afirmación digna de atención:

«La definición del sexo-género de una persona va mucho más allá de la apreciación visual de sus órganos genitales externos en el momento del nacimiento, y ─como estableció el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, tras una decisión adoptada por unanimidad, en dos importantes sentencias de 2002─ no es un concepto puramente biológico, sino, sobre todo, psicosocial».

Si anteriormente se había apelado a la ciencia, ahora se invoca el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Pero esto, más que reafirmar la verdad de lo que se pretende defender, solo pone de manifiesto la corrupción y decadencia de Europa (desde hace tiempo apartada del camino de la fe y vuelta a los ídolos). Por otro lado, cabe destacarse el uso del término «psicosocial» frente a «biológico». Lo que se pretende afirmar, en definitiva, es que el cuerpo que cada cual ha recibido al nacer no es relevante. Lo único importante es lo que el propio individuo –libre y autónomo– sienta y desee, teniendo derecho a establecer su propia realidad conforme a sus caprichos e imaginaciones.

Pero Dios no ha creado a todos los hombres iguales, sino que ha marcado diferencias ya desde su nacimiento. Rebelarse contra el orden establecido –además de mostrar soberbia e ingratitud para con un Dios bueno y generoso, que a cada cual repartió conforme a su santa voluntad–, es estrellarse contra un muro, ya que la realidad no puede cambiarse. Quien ha nacido hombre, seguirá siendo hombre toda su vida, aunque se sienta mujer, medio mujer o lo que quiera que se sienta (de la misma manera que quien ha nacido negro seguirá siendo negro por más que reniegue de su raza).

A continuación, podemos leer lo siguiente:

«En la persona imperan las características psicológicas que configuran su forma de ser y se ha de otorgar soberanía a la voluntad humana sobre cualquier otra consideración física. La libre determinación del género de cada persona ha de ser afirmada como un derecho humano fundamental, parte inescindible de su derecho al libre desarrollo de la personalidad».

Como dice el refrán, «por la boca muere el pez». Ellos mismos se delatan. De manera que pretenden desterrar al Soberano de su creación y constituirse ellos en los nuevos amos del universo, decidiendo cómo han de ser las cosas. Para estos soñadores, el ser humano (bueno por naturaleza) debe desarrollarse sin cortapisas. El único inconveniente es la malvada sociedad que le rodea, la cual lo corrompe (cabe preguntarse por quiénes piensan estos que la misma está compuesta, si no por hombres). Así que todo es cuestión de liberar al «buen salvaje» roussoniano de los lastres sociales para que finalmente pueda alcanzar la plenitud de su naturaleza. Lo que no saben estos ilusos es que sus vanas pretensiones no son nuevas. Ya en el mismo inicio de la historia, Satanás, padre de mentira, pervirtió el discurso de Dios para establecer el suyo propio. Y, tristemente, todos podemos ver a dónde condujeron sus engaños.

Las siguientes frases que encontramos en este preámbulo también merecen ser reproducidas:

«Las personas trans en nuestra sociedad han protagonizado una larga lucha para conseguir desarrollarse socialmente en el género al que sienten pertenecer. Las dificultades que se encuentran en este proceso son incontables y de toda índole, y el sufrimiento que provocan es considerable».

Aquí se nos presenta a los denominados «trans» (término que abarca todas las variantes homosexuales) como a una especie de loables mártires o héroes que han padecido lo indecible por defender una noble causa. Si en verdad han sufrido tanto como alegan, es irrelevante para el tema que nos ocupa. Lo que más bien nos interesa es determinar si su causa ha sido realmente justa. Y a la luz de la Escritura, tenemos que sostener todo lo contrario. Baste citar, para refutar lo que proclaman, el conocido pasaje en Romanos 1:26-27: «Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío».

Posteriormente, se afirma lo siguiente:

«Sin embargo, el proceso de reconocimiento de la identidad de género en la sociedad occidental está lejos de concluir. En los países de tradición judeo cristiana y buena parte de los de tradición islámica, la identidad de género fue asociada a la homosexualidad y por tanto proscrita, primero como transgresión de la norma religiosa y como violación de las normas penales después».

Estos falsos profetas ven la historia por etapas evolutivas, de tal manera que niegan la religión cristiana en nuestro presente. Si acaso aún existen seguidores del cristianismo, serían vistos como un residuo marginal, minoritario y anacrónico, al menos quienes no se adaptan a los nuevos tiempos (en esa concepción evolutiva de la historia). Sin embargo, la verdad, perfecta e inmutable (de lo contrario no sería verdad), no está sujeta a procesos evolutivos y, por tanto, no es ella la que tiene que adaptarse a la mentira. Somos los pecadores quienes necesitamos ser transformados y renovados por la palabra santa, que es la verdad (cf. Jn. 17:17). El problema es que no creen en la verdad en términos absolutos, sino en muchas verdades o, lo que es lo mismo, en ninguna. Dicen: «Todo es relativo, nada absoluto. Todo es discutible. No hay dogmas, no existen leyes morales, todo está permitido». Pero nosotros sabemos que solo la palabra de Dios permanecerá, pues todo lo demás ha de ser destruido: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt. 24:35).

Otra cuestión que llama poderosamente la atención es que, según sostienen, no todos los países de tradición islámica han sido «homófobos», pero sí los «judeo cristianos». Sin entrar a discutir qué se entiende por esta última expresión, queda manifiesta la animadversión hacia el cristianismo y el judaísmo, frente al islamismo, que se contempla desde una óptica más benevolente. Detrás de ello nos parece haber claras razones políticas. Sin embargo, por encima de cualquier otra circunstancia coyuntural, hemos de recordar que la verdad siempre ha sido perseguida (y recordemos que Cristo es la verdad).

Pero ¿realmente es el cristianismo homófobo (dejamos a un lado el pensamiento islámico, que poco nos interesa, si bien sabemos de su persecución física contra los homosexuales)? En absoluto, pues el cristiano está llamado a amar a los pecadores, pero también a aborrecer el pecado (ambas cosas van de la mano). Quien verdaderamente ama a su prójimo, procurará librarle del mayor mal que se cierne sobre él: el pecado. O ¿dejará que perezca sin ni siquiera tomarse la molestia de prevenirle?

Otra cuestión es si debe penarse la homosexualidad como si fuese un delito civil. Sobre ello puede haber opiniones diversas entre los mismos cristianos, pero no es el tema que ahora nos ocupa. El problema es que los homosexuales no quieren que su conducta se califique de pecaminosa. Les ofende que otros censuren su comportamiento. Y, mostrando una actitud intolerante, se proponen amordazar a todos aquellos que se atrevan a pensar de manera distinta. Reclaman tolerancia de los mismos con quienes se muestran intolerantes. Sin embargo, no saben que la verdad jamás fue derrotada con la fuerza bruta ni con la palabrería del diablo.

Un poco más adelante, se sigue diciendo:

«Durante cerca de setenta años la transexualidad ha figurado como enfermedad en los principales manuales de diagnóstico y en las principales clasificaciones de enfermedades…».

Obviamente, la Escritura no califica la homosexualidad de enfermedad, sino sencillamente la describe como lo que es: pecado. Por tanto, no podemos compartir esta calificación contra la cual ellos se defienden. En eso estamos de acuerdo. No están enfermos. «Solo» son pecadores. Eso sí, en un grado de corrupción avanzado, sobre todo teniendo en cuenta que se glorían de su pecado (pensemos en el Día del orgullo gay). En un sentido, sin embargo, sí podemos afirmar que están enfermos, o ¿acaso no es el pecado la peor de las enfermedades, de hecho la causa de toda enfermedad, mal y de la misma muerte?

Unos párrafos más adelante, encontramos la siguiente afirmación:

«La identidad de género está generalmente acompañada del deseo de vivir y recibir aceptación como miembro de dicho género, e incluso del deseo irrenunciable de modificar, mediante métodos hormonales, quirúrgicos o de otra índole, el propio cuerpo, para hacerlo lo más congruente posible con el sexo-género sentido como propio».

Resulta llamativo cómo el ser humano se rebela contra el orden creacional y se atreve a espetarle a Dios a la cara: «¿Cómo me has creado así? No has hecho las cosas bien, pues yo tengo el deseo de ser de otra manera y mi voluntad no puede dejar de hacerse?». El problema es que, como afirmábamos antes, la realidad no puede cambiarse, tan solo distorsionarse. Así que ya pueden arremeter con todas sus fuerzas contra el orden establecido por Dios y cometer las mayores aberraciones que su enloquecida imaginación les sugiera, que jamás podrán cambiar la realidad, únicamente dar coces contra el aguijón y hundirse cada vez más en el hoyo en que se encuentran.

No vamos a seguir analizando esta aberrante ley, aunque mucho más se podría añadir. Baste señalar que las aspiraciones de la misma son enormemente ambiciosas, pues se propone alcanzar todos los ámbitos de la sociedad, incluyendo el sanitario, educativo y laboral. Para ello no escatiman en gastos ni en sanciones para quienes osen cuestionar sus ideas neopaganas. En el terreno educativo, por ejemplo, resulta llamativo el hecho de que ni docentes ni padres puedan oponerse a estas nocivas enseñanzas. Es este estado totalitario nuestro el que parece arrogarse el derecho de educar a sus ciudadanos en un pensamiento único y excluyente.

Finalmente, vamos a tratar de responder a algunas preguntas relacionadas con el tema tratado. En primer lugar, ¿cuál es la causa del enorme interés en difundir estas ideas anticristianas? O, aunque parezca no tener que ver con la homosexualidad, ¿por qué ha tenido tanto éxito la teoría de la evolución? ¿No será que el ser humano desearía que Dios no existiera para así poder dar rienda suelta a su pecado, sin remordimientos de conciencia? Estos falsos maestros, que han aprendido muy bien los caminos de su padre el diablo, piensan vanamente que pueden cambiar la realidad pervirtiendo el lenguaje, usándolo como instrumento de engaño y definiendo el mundo conforme a su malvada imaginación. Pero Dios, desde su trono celestial, se ríe de ellos (cf. Sal. 2:4), porque Él ya venció en su Hijo Jesucristo a Satanás, príncipe de este mundo, y todos los hijos de este no son sino instrumentos en las manos de aquel para hacer su santa voluntad.

Otra pregunta a que nos conduce la realidad presente es: ¿Por qué nuestra clase política no pregona estos asuntos en campaña electoral? Parece como si pretendiera cautivar las conciencias de los ciudadanos, pero sin revelar claramente lo que piensa. Si tan seguros están de las «verdades» que profesan, ¿por qué no hacen pedagogía de las mismas públicamente? ¿Por qué no se atreven a debatir con sus opositores ante los ciudadanos (a los cuales llaman «libres» pero, en realidad, parecen tratar como a niños o pobres ignorantes)? ¿Por qué no caminan de frente, en lugar de propagar su falsedad traicioneramente, usando las viles artimañas de su padre el diablo? En la pregunta está la respuesta. Siendo hijos de la mentira, sus estratagemas son engañosas y sus fines perversos. No pueden jugar limpio porque ellos mismos no están limpios ni son limpios los objetivos que persiguen.

Por otro lado, los políticos, en general, anteponen su ansia de poder a su integridad moral. Si electoralmente no les interesa mencionar un tema, lo pasan por alto y centran su discurso en las cuestiones que más votos puedan reportarles. Si mienten o se contradicen, no importa. Todo vale en esta guerra sucia. El fin justifica los medios y quien finalmente obtenga la victoria, se llevará el premio (el poder y la gloria de este mundo).

Pero los creyentes, ¿qué debemos hacer ante una situación tan desoladora? ¿Encerrarnos en nuestra torre de marfil y, desde ella, quejarnos de lo mal que está todo, de lo miserable que es el mundo? ¿Esperar a que Cristo venga para poner fin a la historia y ya, entonces, todo quede resuelto? Siendo la luz del mundo, creo que la respuesta es sencilla: Nuestro deber es brillar en medio de las tinieblas. Es el tiempo de denunciar a los falsos profetas de nuestro tiempo, cada cual desde la posición y responsabilidad que Dios le haya dado.

¿Sufriremos persecución por ello? Es posible, pero dejemos eso en manos de nuestro Señor y procuremos nosotros serle fieles, pues «las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta ley» (Dt. 29:29).

Y ¿con qué actitud nos acercaremos a los impíos? ¿Como el fariseo, altiva y despectivamente? En tal caso, no habremos entendido nada, pues «¿qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» (1 Co. 4:7). Por tanto, no se trata de arrojar la verdad a la cara de los pecadores, sino de tenderles la mano para intentar sacarlos del hoyo.

Pero hay cosas que claman al cielo, y creo que es tiempo de denunciar el pecado y desenmascarar al diablo, pues «si éstos callaran, las piedras clamarían» (Lc. 19:40).

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